Ante las perplejidades que el decadente mundo actual suscita en el corazón de los católicos fieles, una invitación a la confianza heroica señala el camino hacia los días venturosos del triunfo de Nuestra Señora.

 

Imagínese, lector, la situación de un joven medieval que oye historias de peregrinos indefensos, blancos de asaltos y de todo tipo de malos tratos en los caminos que van a Jerusalén. Más aún, llega a sus oídos que los propios Santos Lugares, donde el divino Redentor padeció y murió para rescatar a los hombres del pecado y de la muerte eterna, están siendo brutalmente profanados y destruidos por los enemigos de la fe. Consumido de santo celo por el Señor, Dios de los ejércitos, hace votos y se alista en las Cruzadas.

San Luis IX en el asalto a Damieta –
Catedral de Senlis (Francia)

No obstante, de niño había sufrido un terrible accidente, que le redujo considerablemente la agilidad de sus movimientos. Una vez delante del enemigo, embiste con todo el vigor de su espíritu, para darle un golpe certero, pero sus miembros no responden al ímpetu de su alma. Se da cuenta enseguida de que se encamina hacia el fracaso y la derrota.

Sin embargo, contra sus expectativas, un indomable y valeroso cruzado, que lucha a su lado, percibe su contingencia y se coloca detrás de aquel débil hermano de armas y, haciéndose uno con él en la lucha, asume el control de sus brazos: empuña el escudo y blande la espada con la misma agilidad y precisión que cuando actúa con sus propios miembros. Inesperadamente, el caballero discapacitado empieza a realizar proezas inimaginables y ¡se convierte en uno de los mayores héroes del campo de batalla! La condición para alcanzar la gloria del éxito consistió apenas en dejarse guiar, con total flexibilidad y sin pretensiones, por su «ángel de la guarda», sin poner obstáculos.

¿Qué sería mejor para aquel joven: gozar de integridad física a fin de derrotar a los enemigos con sus propias fuerzas o dejarse asumir por ese «ángel» y adquirir sus inigualables proporciones en el arte de la lucha?

Algo similar ocurre en las batallas espirituales libradas en pro del triunfo del Corazón de María. Vivimos un momento histórico de ápices: por un lado, el apogeo de la Sagrada Esclavitud a Jesús en las manos de Nuestra Señora, la proximidad de la revelación del Secreto de María1 y el consecuente caudal de gracias que se derramará sobre la humanidad; por otro, la debilidad extrema de los que son llamados a ser los receptáculos de estas gracias y a contemplar la esplendorosa aurora de la era culmen de la Historia.

Ante este panorama, los hijos y esclavos de Nuestra Señora que desean ser fieles tienen un solo camino delante de ellos: el del desprendimiento. No basta con reconocer que no son nada, que no tienen fuerza de voluntad para dar ni siquiera un paso en las vías de la santidad, que dependen en todo de la gracia y del auxilio de María. Para que lleguen a ser valerosos e intrépidos guerreros de la Virgen se les exigirá un completo abandono y una flexibilidad total a la acción del Espíritu Santo en sus almas. De esta manera atraerán la mirada benevolente del Todopoderoso, que los asumirá y en ellos realizará grandes obras.

Discapacitados por naturaleza, divinos por gracia

Ese misterio hizo que el alma de María Santísima exultara de alegría y proclamara que Dios había mirado la nada de su Sierva, obrando en Ella maravillas (cf. Lc 1, 49). Sí, en el cántico del Magníficat, María quiso anunciar un porvenir todavía distante, pero con el que ya se regocijaba. Contemplaba a sus elegidos, tan débiles, inconstantes y desprovistos de las cualidades necesarias para el cumplimiento de la misión de implantar su reinado en la tierra; no obstante, discernía también que en esta generación predilecta el Altísimo manifestaría toda su fuerza. De tal forma aquellos hijos serían regenerados por la gracia, que en ellos no serían ya visibles los aspectos humanos: debido a la unión con la Trinidad Beatísima, se volverían verdaderos tabernáculos de la vida divina, a semejanza de lo que le había sucedido a Ella mientras gestaba al Niño Jesús.

La venida del Espíritu Santo sobre la Virgen y los Apóstoles – Iglesia de los Servitas, Innsbruck (Austria)

Con el augusto acontecimiento de la unión de la naturaleza divina con la humana en el claustro virginal de Nuestra Señora, se inició una nueva era en las relaciones de Dios con la Creación, que ha sido sostenida a lo largo de la Historia por medio de hombres providenciales, los cuales prepararon el camino para la plena realización de los planes divinos. Ahora bien, el advenimiento de este auge, o sea, del Reino de la Virgen, abrirá a sus hijos y esclavos un régimen aún superior en las relaciones con la Santísima Trinidad. El Espíritu Paráclito se unirá a cada uno de una manera nunca antes vista, transformándolos en los apóstoles previstos y anhelados por tantas almas de fuego en tiempos pasados, en particular por el gran profeta de María, San Luis Grignion de Montfort, en su Oración Abrasada: «Esclavos de vuestro amor y de vuestra voluntad; hombres según vuestro corazón, que, sin voluntad propia que los manche y los detenga, cumplan todas vuestras voluntades y arrollen a todos vuestros enemigos».2

¡Cuánto se debe desear que llegue pronto el establecimiento de esta nueva economía de gracias en los corazones de los amados hijos de María! Para ello, nos corresponde perseverar en ese anhelo durante la espera y mantener encendida la fe en la realización de la promesa, incluso si nos sentimos en el más terrible abandono o nos encontramos con el más evidente desmentido.

Esta actitud de alma conquistará de los Cielos que los días de aflicción sean abreviados y anticipado el pleno cumplimiento de los planes divinos. Como nuevos Jacob (cf. Gén 32, 24-28), lucharemos con Dios para que su gloria sea la más completa y esplendorosa, y la derrota de sus enemigos, la más aniquiladora y humillante.

La historia de los Macabeos y los días actuales

Al reflexionar sobre la superabundancia y excelencia de este nuevo régimen marial de gracias, surge inevitablemente una pregunta: ¿Qué estará tramando el demonio para impedir su florecimiento? ¿Se infiltrará con el objetivo de atacar a las almas llamadas a participar de ese régimen? Ahora bien, si ni siquiera a los espíritus celestiales se les ha dado a conocer los tesoros sobrenaturales que Nuestra Señora lleva en su corazón y de los cuales quiere que los hombres sean partícipes, ¿qué sabrán los demonios acerca de ellos? Nada, ¡absolutamente nada! Sin embargo, los ángeles malos actúan como perros capaces de olfatear la presencia de la gracia.

«Vigilad y orad» (Mt 26, 41), enseñó el divino Maestro. El enemigo infernal intentará deturpar y oponerse al flujo de estas gracias para la humanidad, haciendo que los hijos de la Virgen desistan de avanzar. ¿De qué modo? De la misma manera que alguien podría arruinar un libro que aún no se ha escrito. O sea, simplemente causándole tales molestias, tormentos y dificultades al escritor que lo lleve a renunciar a su emprendimiento. Si se rinde ante los obstáculos, el libro no llegaría a existir; es decir, la gracia sería rechazada a priori.

Delante de Antíoco Epífanes, una madre anima a sus siete hijos al martirio – Grabado de Gustave Doré

Un hecho histórico ilustra de manera paradigmática esta estratagema del príncipe de las tinieblas. «Olfateando» en el aire que la Encarnación del Verbo se aproximaba, Satanás comprendió que el único medio de impedirla sería destruir al pueblo elegido y, sobre todo, la religión verdadera, pues así las profecías perderían su sentido y el Salvador quedaría privado de las bases necesarias para obrar la Redención y fundar la Santa Iglesia. La misión del Mesías sería un fracaso total y el nuevo régimen de gracias que Él venía a inaugurar para la humanidad habría sido frustrado ya desde sus inicios.

Para ello, el demonio se sirvió de Antíoco Epífanes. Por obra de este rey perverso, al cual se unieron «hijos apóstatas» (1 Mac 1, 11) de Israel, muchos abandonaron la alianza con el Señor, acomodándose a las costumbres paganas, el culto a Dios fue substituido por rituales idolátricos en la propia Jerusalén y una terrible persecución religiosa se desató contra los Macabeos y los pocos israelitas que permanecían fieles. Con todo, el Señor jamás abandona a aquellos que tienen un amor íntegro por Él. Asistiéndolos con gracias e intervenciones extraordinarias, les fue concediendo victoria tras victoria, hasta la completa aniquilación de los enemigos y la restauración del culto divino (cf. 1 Mac 1-4).

La historia parece repetirse en nuestros días con todos aquellos que aman sinceramente a Nuestra Señora. Las fuerzas del mal «han husmeado» el cambio de clave en el plano salvífico y quieren impedir, o al menos tergiversar, las copiosas gracias que el Inmaculado Corazón de María comienza a derramar sobre sus fieles. Y el demonio, que tal vez esté presintiendo que en breve será aplastado por el talón de la Virgen, promueve desesperadamente toda especie de insultos, blasfemias y sacrilegios contra la Madre de Dios, negándole las glorias y los honores que la Iglesia, desde el comienzo, siempre le tributó. Sin embargo, cuando veamos que empiezan a suceder estas cosas, acordémonos de las hazañas de los Macabeos y repitamos las palabras del divino Maestro: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación» (Lc 21, 28).

Sublime grito de guerra: «Tened confianza: yo he vencido al mundo»

Durante la Última Cena, inmediatamente después de que el hijo de la perdición saliese del Cenáculo para consumar su infame traición, Nuestro Señor se dirigió a sus discípulos con palabras afectuosas y estimulantes en extremo, anunciándoles la venida del Espíritu Paráclito y alertándolos acerca de las terribles persecuciones que en breve se desencadenarían sobre ellos. Y, como nunca un general vencedor osó hablar a sus tropas, el Redentor concluyó su discurso de abrasado amor con un sublime grito de guerra: «Tened confianza: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

La confianza surge, así, como la más poderosa y destructiva arma de los discípulos de Cristo en la lucha contra las potencias del mal, coligadas para impedir la consolidación y expansión del Reino de Dios en los corazones y en la sociedad. Por este motivo, la pérfida serpiente no escatima esfuerzos para crear artimañas a fin de extirpar esa virtud, tanto como sea posible, de los fundamentos mismos de la estructura psicológica del hombre. Retirar de la naturaleza humana la capacidad de confiar fue, sin duda, uno de los más funestos males que la Revolución logró causar.

Reconocer la propia debilidad y saber confiar en la fuerza que viene de la gracia divina resulta fundamental para los verdaderos hijos de la Virgen. Y es que la Providencia ha permitido, y aún permitirá, muchas pruebas en la fase previa al Reino de María precisamente para que se compenetren de esta realidad. Porque, ¿cómo va a confiar alguien en la gracia si no experimenta en sí mismo sus debilidades? ¿Qué puede hacer la Madre de Misericordia por aquel que se juzga autosuficiente, fuerte y seguro? Sólo a los enfermos les aprovechan tanto el médico como la medicina…

La Virgen con el Niño, aplastando al demonio – Catedral de San Pedro, Vannes (Francia)

Pero más que restituir a sus predilectos la capacidad de confiar, la Santísima Virgen desea que se conviertan en paradigmas de la confianza. En su indecible bondad, Ella le pedirá a determinado hijo la práctica de esta virtud ante el infortunio; a otro, en medio de la contrariedad; a un tercero, en la lucha contra sus propias debilidades; a otro más, en reconocerse muy amado por Ella. En fin, Nuestra Señora quiere hacer de cada uno de sus hijos una piedra preciosa incrustada en la magnífica joya de la confianza.

¡La aurora del Reino de María ya brilla en la tierra!

Las gracias que vienen siendo concedidas a las almas más llamadas y más unidas a la Reina celestial participan ya de las gracias específicas de su reinado, las cuales se irán difundiendo gradualmente por toda la sociedad. Se trata de gracias aún desconocidas, incluso por los ángeles, pues hasta ahora estuvieron escondidas en el Paraíso divino del Inmaculado Corazón de María. A ellas bien pueden aplicarse las palabras del Apóstol cuando se refería a las realidades celestiales: «Algo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar» (1 Cor 2, 9).

Ante este cuadro grandioso, el autor de estas líneas no podría dejar de resaltar el papel de un héroe de la confianza: San José. Con ocasión de la Encarnación del Verbo, el Padre Eterno lo constituyó guardián de las gracias de la unión hipostática. Y es también al Glorioso Patriarca a quien la Virgen Santísima confía las gracias mariales. Como bondadoso y vigilante padre, acaricia, protege y ampara a cada instante a los elegidos de su Esposa virginal.

¿Cuál debe ser, entonces, la actitud de los verdaderos devotos, hijos y esclavos de amor de María? Una profunda compenetración de la importancia de estas gracias. ¿De qué modo? ¡Teniendo una confianza total en Ella! Confiar significa creer en el amor superabundante y gratuito de Nuestra Señora, que desciende de muy alto y es capaz de, en sólo un instante, convertirlos en los apóstoles de los últimos tiempos profetizados por San Luis Grignion de Montfort.

Parafraseando al divino Salvador, estos hijos y esclavos pueden proclamar con ufanía: «¡Confianza, confianza, confianza! María Santísima, la Reina de la Historia, aquella que sola aplastó todas las herejías, ¡triunfó sobre Satanás y la maldita Revolución gnóstica e igualitaria! ¡La aurora del Reino de su Sapiencial e Inmaculado Corazón ya brilla en la tierra!». 

Extraído, con adaptaciones, de:
Maria Santíssima! O Paraíso de Deus revelado aos homens.
São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v. III, pp. 173-183.

 

Notas

1 En sus escritos, San Luis María Grignion de Montfort se refiere a la esclavitud de amor a María preconizada por él como un secreto revelado por el Altísimo de una vía segura para la santidad. Más que prácticas piadosas, este secreto consiste en hacer todas las cosas con María, en María, por María y para María; (cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Le secret de Marie, n.º 1; 28).
2 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Prière Embrasée, n.º 8.

 

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1 COMENTARIO

  1. Me encantó todo lo que he leido de Nuestra Madre Maria, que lo volvería a leer. Muchisimas gracias por permitir leerlos. Ruego me sigan enviando la Revista Digital.
    Me faltan algunos artículos que leer. Estoy preparándome para consagrame próximamente. Dios y la Mamita Maria les bendiga.

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