De la unión de San Joaquín y Santa Ana florecería el Lirio de los lirios, María Santísima, de la cual nacería el Salvador. Para que cumplieran bien esta misión, convenía que la Providencia los elevara a un grado de santidad jamás alcanzado hasta entonces.

 

El Verbo eterno quiso necesitar de una madre para asumir en ella la naturaleza humana y, recapitulando en sí el universo entero (cf. Ef 1, 10), reparar el pecado de nuestros primeros padres.

Desde esa perspectiva, la aparición de la Virgen no significó únicamente un enriquecimiento para la obra de la Creación, sino su elevación a una plenitud inimaginable. La natividad de la Reina del universo dio lugar al inicio de un nuevo régimen de gracias para los ángeles y los hombres y permitió que Dios estableciera en el plano físico su Paraíso1. A partir de ese momento, Él pudo «pasear» en el alma de María como lo hacía de modo prefigurado en el paraíso terrenal cuando conversaba con Adán «a la hora de la brisa» (Gén 3, 8).

Y para el surgimiento, en el tiempo, de ese Paraíso preparado con esmero desde toda la eternidad, el divino Artífice dispuso de dos almas escogidas: San Joaquín y Santa Ana. La comprensión de las gracias y los dones singulares con los que la Providencia los galardonó, en virtud de su extraordinaria vocación, requiere que recordemos ciertos presupuestos teológicos fundamentales.

Limpios del pecado original y colmados de gracias

Santa Ana – Parroquia Thannenkirch, Alsacia (Francia)

Tras la caída de nuestros primeros padres, el Creador estableció un pacto con Abrahán y le indicó rituales que santificarían a sus descendientes, limpiándolos de la culpa del pecado original y atenuando sus secuelas. De ese modo formaba para sí un pueblo santo, del cual nacería el Varón centro y ápice de toda la Historia: Jesucristo.2 Ahora bien, inseparablemente unida a Él en la mente divina se encontraba Nuestra Señora, obra maestra del Altísimo y compañera en la obra redentora de su Hijo.

El Padre tuvo un afecto muy especial preparando el nacimiento de María y bajo cierto aspecto cuidó de una manera más directa y con mayor esmero de su venida al mundo que del nacimiento del Niño Jesús. En primer lugar, porque era conforme a la nobleza divina proceder así con una criatura más frágil y delicada. Después, por la simple razón de que el factor más importante y fundamental para que se diera la Encarnación era la existencia de la Virgen. Al estar Ella en la faz de la tierra, la Trinidad Santísima podía «despreocuparse» de los otros detalles.

Como verdaderos israelitas, Joaquín y Ana fueron a su tiempo limpios del pecado original y vivían en estado de gracia. Pero la grandeza de la concepción de la Madre del Mesías recomendaba que ellos se elevaran a un grado de santidad y de purificación hasta entonces jamás alcanzado. Por consiguiente, debían ser colmados de dones y virtudes muy particulares.

Además, en lo que respecta a la constitución de la niña, convenía que Ana poseyera una santidad aún mayor que la de su esposo, pues se convertiría en el tabernáculo vivo de la Reina del universo. Sin embargo, Dios también ornó a Joaquín con eminentes virtudes, ya que éstas serían la principal herencia que dejaría a su hija. En cierto sentido, la misión de ambos superaba la de los propios ángeles, puesto que a ninguno de ellos Nuestra Señora los llamó «mamá» o «papá»…

Efectos de la proximidad con la Madre de Dios y su Hijo

Explica el Doctor Angélico que cuanto más cerca está alguien de la causa, sea del género que sea, tanto más participa de su efecto.3 Aplicando este principio a Cristo, fuente de la cual nos llega toda gracia y verdad (cf. Jn 1, 17), aquellos que le son más próximos, más se benefician de los frutos de su Encarnación, Muerte y Resurrección. Esa proximidad, no obstante, puede ser considerada desde dos aspectos diferentes, pero no necesariamente excluyentes: uno basado en el vínculo sanguíneo y familiar, otro en la complementariedad de misión.

En María ambos aspectos se verifican de modo impar, ya que por la maternidad divina contribuyó a la formación del cuerpo perfectísimo de su Hijo y, como Corredentora y Medianera universal de todas las gracias, se asoció a la obra de salvación por Él realizada. Por lo tanto, quien más plenamente se benefició ante previsa merita de la Redención fue la Virgen, exenta de cualquier mancha de pecado y llena de gracia desde el primer instante de su concepción.

Algo similar habría ocurrido con San José, conforme el autor expone en otra obra suya.4 A pesar de que el Glorioso Patriarca no hubo ofrecido contribución biológica alguna para la concepción de Jesús, su singular proximidad física, como padre virginal del Hombre Dios y verdadero esposo de María Santísima, propiciaba igualmente una participación sui géneris en los efectos de la Redención.

Recapitulados esos principios fundamentales, la pregunta surge inevitablemente: ¿Qué habrá ocurrido con Santa Ana y San Joaquín? Los Evangelios no dicen nada al respecto, ni siquiera mencionan sus nombres.5 Con todo, ¡son los padres de la Virgen y los abuelos de Jesús!… ¿Habrá vínculo más estrecho y más íntimo? ¿Cuáles fueron entonces los efectos de la gracia sobre el santo matrimonio en vista de la concepción de María, la Inmaculada? Un pasaje del Antiguo Testamento puede ayudarnos a responder estas cuestiones.

El ejemplo de Tobías y Sara

La Sagrada Escritura narra con detalle la boda de Tobías y Sara, prima suya, doncella prudente y muy hermosa (cf. Tob 7–8). La joven era víctima de Asmodeo, el demonio de la impureza, el cual había matado en la primera noche del casamiento a siete maridos que a ella se habían acercado movidos por la pasión y, por tanto, distantes de Dios en su interior. Muy afligida, Sara llegó a pensar en suicidarse, pero resistió a la tentación en vista del disgusto que le causaría a su buen padre, Ragüel.

Casamiento de Tobías y Sara – Museo Schnutgen, Colonia (Alemania)

La Providencia, sin embargo, había preparado una admirable solución para el caso. Tobías, instruido por el arcángel San Rafael, que lo acompañaba en forma humana con el nombre de Azarías, vencería la concupiscencia de la carne, exorcizaría a Asmodeo y se casaría con Sara con el corazón puro.

Con la debida anuencia de los padres, se celebró de modo solemne la fiesta de los esponsales. Terminada ésta, y nada más habiendo entrado en el aposento nupcial, Tobías dijo: «Levántate, Sara, y hagamos oración a Dios hoy y mañana, y después de mañana; porque estas tres noches las pasaremos unidos en oración con Dios, y pasada la tercera noche haremos vida maridable; pues nosotros somos hijos de los santos patriarcas y no podemos juntarnos a manera de los gentiles, que no conocen a Dios» (8, 4-5).

Agotado el plazo, observado por ambos en fervorosa plegaria, Tobías le rezó así a Dios, antes de consumar el matrimonio: «Ahora, pues, Señor, Tú sabes que no movido de concupiscencia tomo a ésta mi prima por esposa, sino por el sólo deseo de tener hijos que bendigan tu santo nombre por los siglos de los siglos» (8, 9).

Por su pureza y obediencia a los consejos del ángel, Tobías exorcizó su unión nupcial y tuvo una larga vida en compañía de Sara.

San Joaquín – Museo Arzobispal de Arte Religioso, Cuzco (Perú)

La castísima generación de María, preludio de la revancha divina

A la luz de este hecho, surge la cuestión con relación a San Joaquín y Santa Ana. Cuando se considera que en los dos convergió lo que había de más refinado en el pueblo elegido, tanto en lo referente a los dones naturales como a los sobrenaturales, con vistas a su plena manifestación en Nuestra Señora y en el Hombre Dios, parece razonable admitir que también ellos, de manera aún más perfecta que Tobías y Sara, fueron purificados de la concupiscencia de la carne antes de la concepción de María.6

Además, al tratarse de la Medianera universal de todas las gracias —mediación que abarca por entero la Historia de la Creación—, los primeros en beneficiarse de esta prerrogativa, ¿no deberían ser sus propios padres? Esa hipótesis se presenta como el modo más decoroso y casto de preparar la aurora de la Redención, que despuntaría en la concepción de la Santísima Virgen.

El autor cree que la Providencia concluyó su obra en ambos concediéndoles esa gracia, de manera que en la generación de María la concupiscencia en nada manchara el ánimo de los esposos.7 Así, la castísima concepción de Nuestra Señora constituiría el preludio de la revancha sobre la serpiente, que Dios había prometido en el Paraíso (cf. Gén 3, 15).

 

Extraído, con pequeñas adaptaciones, de:
«Maria Santíssima! O Paraíso de Deus revelado aos homens».
São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v. II, pp. 57-73.

 

 

Notas

1 Sobre ese Paraíso afirma San Luis María Grignion de Montfort : «La Santísima Virgen es el verdadero Paraíso terrenal del nuevo Adán; el antiguo paraíso terrenal no era más que una figura de él. […] En este Paraíso terrenal es donde se halla verdaderamente el árbol de la vida, que produjo a Jesucristo, fruto de vida; el árbol de la ciencia del bien y del mal, que ha dado la luz al mundo. Hay en este lugar divino árboles plantados por las manos de Dios y regados por su unción divina, que han dado y dan, todos los días, frutos de sabor divino; hay arriates esmaltados con hermosas y diferentes flores de virtud, cuyo olor aromatiza incluso a los propios ángeles. (SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.º 261).
2 En su infinita bondad, el Padre nunca ha abandonado al hombre después de la falta de Adán. Por el contrario, a todo momento y en todas las circunstancias, siempre ofrece a la humanidad un remedio salvífico, como enseñan San Agustín (cf. Epistola CII. Ad Deogratias, n.º 12), San León Magno (cf. In nativitate Domini. Sermo IV, n.º 1: SC 22, 106-110) y Santo Tomás de Aquino (cf. Scriptum super Sententiis. L. IV, d. 1, q. 2, a. 4, qc. 2). Así, entre los medios ordinarios para la remisión de la culpa original, Dios estableció la circuncisión, en el Antiguo Testamento, y el sacramento del Bautismo, en el Nuevo Testamento. Afirma el Doctor Angélico que la circuncisión perdonaba el pecado original y confería la gracia santificante con todos sus efectos, aunque permaneciera el impedimento de entrar en el Reino de los Cielos, que sería suprimido únicamente con la Pasión de Cristo; el Bautismo, por su parte, concede no sólo el perdón del pecado original y de toda culpa actual, sino también el reato de la pena a ellos debida, confiriendo gracias incomparablemente más copiosas que la circuncisión (cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 70, a. 4). No obstante, el poder de Dios no se limita a la circuncisión o al sacramento del Bautismo, sino que los trasciende, llegando incluso a conferir sus efectos sin la realización de esos ritos (cf. Ídem, q. 64, a. 3; a. 7; q. 66, a. 6; q. 68, a. 2).
3 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 27, a. 5.
4 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. San José: ¿quién lo conoce?… Madrid: Asociación Salvadme Reina de Fátima, 2017, pp. 29-47.
5 Los nombres de San Joaquín y Santa Ana aparecen por primera vez en el Protoevangelio de Santiago, escrito apócrifo del siglo II. No obstante, su asimilación por parte de los Padres y escritores eclesiásticos, así como su inserción en el culto litúrgico, desde el siglo VI en Oriente y el siglo VIII en Occidente, pesan decisivamente en el sentido de tratarse de un auténtico dato de la Tradición. De donde concluye Benedicto XIV: «Siendo opinión general, tanto en la Iglesia oriental como en la occidental, desde hace muchos siglos, que los padres de la Santísima Virgen se llamaban Joaquín y Ana, no hay motivo para oponerse a esa sentencia, principalmente porque nada consta en contrario que no hayamos rebatido con sólidas razones» (BENEDICTO XIV. De festis Beatæ Mariæ Virginis, c. IX, n.º 19).
6 El pecado de Adán privó a todo el género humano de la santidad y justicia original, hiriéndole en sus propias fuerzas naturales, sometiéndolo a la ignorancia, a la muerte y al sufrimiento e inclinándolo al mal (cf. CCE 405). Esta inclinación al pecado, denominada fomes peccati —literalmente, propensión al pecado— o concupiscencia, lleva al apetito sensitivo, en el cual residen las pasiones, a no subyugarse a la razón y al imperio de la voluntad. Según afirma Santo Tomás: «En el estado de inocencia, en cambio, el apetito inferior estaba totalmente sometido a la razón; por eso no se daban más pasiones del alma que las procedentes a partir del juicio racional» (SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 95, a. 2). Incluso después del Bautismo el hombre necesita combatir constantemente esa mala inclinación, cuyo ímpetu disminuirá a medida que progrese en gracia y en la práctica de la virtud.
7 Cf. ALASTRUEY, Gregorio. Tratado de la Virgen Santísima. 4.ª ed. Madrid: BAC, 1956, p. 25.

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