Para que una Hija de María Auxiliadora cumpla su misión ha de poseer la perfección religiosa trazada sobre todo en la vida, los ejemplos y los escritos de su padre y fundador. Porque él es el modelo y maestro seguro de su propia perfección.

 

La elevación de nuestro mismo padre y fundador Don Bosco a la honra de los altares,1 que ha suscitado un indecible entusiasmo y una confianza universal en su poder de intercesión, ha aguzado igualmente en mi corazón el deseo, ya tan vivo, de ver a las buenas Hijas de María Auxiliadora, que también lo son de él, muy elevadas en la perfección religiosa.

Si nuestro Beato ya nos había sido propuesto como modelo e incomparable maestro a comienzos del año que dentro de poco no tendrá más mañana, con mayor razón sobrevivirá ese sentimiento eternamente, como ahora, dentro de nuestros corazones. […]

Tener continuamente presente este atrayente modelo

Primero, la ansiosa expectativa; después, las triunfales e insuperables celebraciones; y más tarde, la creciente devoción al nuevo Beato, que enseguida se ha vuelto prácticamente universal por la multitud de gracias y favores —expresados en los exvotos, en los centenares de velas que arden continuamente ante la urna de las reliquias del santuario de María Auxiliadora y en las incesantes peticiones de oraciones para obtener gracias o para agradecer las obtenidas—, estoy seguro de que se ha convertido casi vivo y palpable para cada Hija de María Auxiliadora en el «aguinaldo» de este año que está por terminar.

Era imposible que una Hija de María Auxiliadora no tuviera continuamente presente este atrayente modelo de educador y maestro de vida religiosa, refulgiendo, en la aureola del Beato, de todas las virtudes propias a su misión. Porque, para cumplir su misión, una Hija de María Auxiliadora debe poseer la perfección religiosa planteada por su fundador. Ahora bien, ésta viene trazada en las Reglas, en el Manual de los actos de piedad, pero sobre todo en su vida, en sus ejemplos y en sus escritos.

Por tanto, le ruego, Rvda. Madre, que estimule a cada Hija de María Auxiliadora a extraer de esa fuente el espíritu de la propia perfección, es decir, el carisma del Instituto, que no se puede encontrar en ninguna otra parte, ni siquiera en los libros cuya finalidad es conducir al alma paso a paso en el ascenso de la perfección.

En esos libros se pueden encontrar principios y normas generales, pero no las aplicaciones conformes al espíritu recibido del fundador, quien ahora con más autoridad les reitera a sus hijas: «os he dado ejemplo, para que hagáis lo mismo; y entonces ciertamente alcanzaréis la perfección a la que habéis sido llamadas por el Señor».

Oh, no hay cosa más grande que esta: tener al padre y fundador del propio Instituto como modelo y maestro seguro de perfección.

Cada una se convertirá en el ornamento de su propio Instituto

San Juan Bosco entrega a Santa María Mazzarello
las Reglas de las Hijas de María Auxiliadora –
Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia)

El magisterio supremo de la Santa Iglesia nos lo garantiza; y su vida —leída, meditada y estudiada con amorosa asiduidad— será para las Hijas de María Auxiliadora el espejo luminoso en el cual podrán ver el desarrollo progresivo de su perfección, basada en su caridad y su actividad, como la de su bienaventurado padre.

A usted le corresponde, Rvda. Madre, proveerles a cada una de sus hijas ese espejo de perfección, proporcionándoles o, al menos, dándoles la facilidad de tener a disposición alguna de las «Vida» del Beato (de la cual ya hay copiosa bibliografía); dejándoles tiempo para hacer una buena lectura cotidiana a solas o, mejor aún, en comunidad; animándolas en todos los sentidos y en todas las ocasiones a atesorar las enseñanzas que ahí encontrarán abundantemente.

Así, cada Hija de María Auxiliadora se convertirá en el ornamento de su propio Instituto, será la «salvadora» del alma en el campo de la educación y la perfecta religiosa en la práctica heroica de todas las virtudes que crean la santidad.

Delante de este espejo, pronto logrará hacer desaparecer sus malas inclinaciones, sus criterios personales, su amor propio —el cual se escabulle por los poros de la persona y sabe camuflarse incluso bajo el aspecto de celo— y la refinada búsqueda de sí misma, más insidiosa en recamar silenciosamente en torno a su propio «yo» razones de toda clase para hacer valer sus derechos personales.

Conseguirá todo eso porque en la vida del Beato encontrará ejemplos y copiosas normas para luchar eficazmente contra todos esos enemigos mediante la oración, la mortificación y la ilimitada actividad por el bien de las almas, hasta la completa inmolación de sí misma. […]

Nuestra perfección consiste en unirnos a Dios

Pero la Hija de María Auxiliadora debe aprender de la vida de nuestro bienaventurado padre, sobre todo, el camino para elevarse continuamente en la perfección religiosa, es decir, en la unión con Dios. Ya que, en última instancia, nuestra perfección consiste precisamente en unirnos e identificarnos con Dios sin descanso y con todas nuestras fuerzas.

Ahora bien, la unión con Dios no es otra cosa que el fruto del amor a Dios y al prójimo amado por Él, como nuestro bienaventurado padre nos enseñó y nos enseña ahora aún más desde el trono de su gloria, prácticamente con la característica sencillez que le es propia.

No nos detengamos en las abstrusas consideraciones de tantos métodos y fórmulas incongruentes, sino en la sencillez evangélica: apartemos los impedimentos que dificultan esa unión, es decir, el pecado y los malos hábitos, de una manera expeditiva, decidida; y luego empecemos de inmediato a correr por el camino que nos ha sido trazado, haciendo obras de amor y aceptando los sacrificios inherentes al apostolado de nuestra misión.

Como Don Bosco, necesitamos llegar a la unión con Dios por la vía más corta y en el menor tiempo posible, para consagrarlo todo al bien del prójimo, en el cual reside la verdadera prueba del amor a Dios y de la unión con Él.

Nuestro bienaventurado padre fijó su mirada en el fin último de nuestra perfección y, por así decirlo, se apoderó de él para utilizarlo como medio para crecer en la perfección a cada momento.

Parece decir: «Ya que la unión perfecta con Dios es la meta de nuestra eterna felicidad, entonces sin pérdida de tiempo, comencemos esta unión divina aquí mismo, viviendo únicamente en la presencia de Dios, consagrándole todas nuestras aspiraciones, nuestras palabras y nuestras obras en el apostolado con las almas que Él ha confiado a nuestro cuidado. Que todo lo que hagamos sea hecho en unión con Dios, sin más consideración por nosotros y las criaturas: ¡todo por Dios en la salvación de las almas!».

Fragmentos de: Carta a la superiora general
de las Hijas de María Auxiliadora, 21/9/1929.
In: DALCERRI FMA, L. Un maestro di vita interiore:
Dom Filippo Rinaldi
. Roma: FMA, 1990, pp. 109-121.

 

Notas

1 San Juan Bosco fue beatificado por el Papa Pío XI el 2 de junio de 1929, unos meses antes de haber sido escrita esta carta.

 

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