Elusiva e intrigante como los ojos del beduino, Petra parece custodiar, tras las mudas rocas de sus fachadas, el secreto de la verdadera identidad de los tres Reyes Magos.

 

Al sudeste del mar Muerto se pueden divisar todavía hoy día las fascinantes ruinas de una ciudad tallada en piedra, que durante siglos permaneció oculta en el inhóspito desierto de Edom. Para acceder hasta allí es necesario recorrer una estrecha garganta de 1200 metros de longitud, serpenteándola entre paredes rocosas que alcanzan, en ciertos puntos, hasta 180 metros de altura.

Me refiero a Petra, ciudad construida por los nabateos, pueblo que desapareció en las resecadas arenas de Oriente tan misteriosamente como surgió: de manera similar al revolar de la seda llevada por el viento del desierto o al aroma del incienso emanado de un cuento de Las mil y una noches.

Mientras los romanos construían prácticas calzadas, obligando a los pueblos dominados por ellos a conformarse negligentemente con las rutas establecidas, los nabateos guiaban sus pasos siguiendo el movimiento de los astros.

Navegantes eximios en los mares de arena, tenían una incomparable capacidad de transportar oro, incienso y mirra para venderlos y enviarlos a tierras distantes como Siria, Egipto, Persia, Turquía, Roma. Sus camellos, de portentosa resistencia y de una secreta habilidad para almacenar agua, añadidos a la pericia de guiarse por las estrellas, les hicieron posible establecer la llamada Ruta del incienso, que unía el puerto de Gaza al golfo de Adén y a las míticas minas de Saba a través de 2400 kilómetros de desierto.

Con el transcurso de los siglos, ese pueblo nómada pasó a dominar un vasto territorio. Gracias a sus ingeniosos sistemas de riego, que aún hoy asombran a los estudiosos, fueron capaces de edificar la magnífica Petra, cuya grandeza perdura hasta nuestros días.

Sin embargo, más allá de los mudos testimonios de ruinas milenarias, la cultura de los nabateos ocupa la atención de los investigadores a causa de una relación aún más enigmática y fascinante: con respecto a los Reyes Magos.

¿Habrían pasado por Petra a lo largo de su interminable trayecto? Es muy probable que así fuera, pues no en vano dice el profeta Isaías: «Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor» (60, 6). Y en otra parte: «Enviad un cordero al soberano del país, desde la Peña del desierto» —lugar que muchos identifican con Petra— «al monte Sion» (16, 1).

Yendo más lejos en ese vínculo, algunos autores afirman que los Reyes Magos fueron, en realidad, sacerdotes nabateos que unían el conocimiento de los persas a la proximidad física y espiritual con el pueblo elegido.1

¿Cuál será la respuesta a ese intrigante enigma?

Sea cual sea, las lluvias torrenciales del invierno y los tórridos vientos del desierto no han conseguido aún desvanecer la imponencia de Petra, elusiva e intrigante como los ojos del beduino. Detrás de las mudas rocas de sus fachadas parece que habita el secreto de la verdadera identidad de los Reyes Magos, esos sabios, astrólogos y místicos que, guiados por una estrella, un día llegaron a Judea para adorar al Niño Jesús.

Y, mientras arqueólogos y académicos revelan nuevos rasgos de su pasado milenario, la magnificencia de esta ciudad puede, quizá, resumirse en una frase simple en palabas, pero densa en contenido: Petra, donde los Magos anduvieron una vez…

 

 

Notas

1 Cf. LONGENECKER, Dwight. Mystery of the Magi: The Quest to Identify the Three Wise Men. Washington DC: Regnery History, 2017.

 

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