Genazzano: devoción de toda una vida

Ante el santo fresco nadie puede quedarse al margen de la escena, como mero espectador. Junto a la Madre del Buen Consejo sólo se puede adoptar una postura: unirse a ese Niño y dejarse llevar por la Virgen. Es decir, ¡hacerse hijo!

En nuestra relación filial con la Madre de Dios, la comprensión de los fundamentos de la mariología ocupa, sin duda, un papel importante; sin embargo, no lo es todo ni su aspecto más relevante.

El factor primordial en la convivencia con la Santísima Virgen consiste siempre en una gracia sensible y de carácter místico, en una experiencia sobrenatural que nos hace «degustar», en lo más profundo del alma, la bondad inefable, compasiva y desbordante del perdón que emana de su mirada maternal.

Esa gracia se manifiesta, no pocas veces, a propósito de las perplejidades y las incertidumbres que nos afligen a lo largo de la vida o incluso en medio de una terrible prueba espiritual. Hasta se podría afirmar que, cuando alguien nutre cierta reticencia hacia la devoción a Nuestra Señora, es señal de que aún no ha pasado por un gran aprieto…

La constatación de lo mucho que María nos quiere y desea ayudarnos a resolver los problemas que nos angustian, hace que brote en nosotros un sentimiento de indecible gratitud por los beneficios inmerecidamente recibidos.

La percepción místico-experimental de tal bondad, tal capacidad de perdonar, curar las heridas y borrar los pecados, tal disposición de acoger siempre a cualquier miserable que se presente ante Ella, por peor que sea el estado de su alma, da origen a un vínculo personal, íntimo y filial con la Santísima Virgen. Vínculo estrechísimo, porque está arraigado en la propia trama de la vida del individuo y abarca todos los aspectos de su existencia, ya sean las aflicciones, las pruebas y los fracasos, ya las alegrías, las esperanzas y los éxitos.

Génesis de una devoción

En el transcurso del año de 1967, el amor filial a María y el propio vínculo de la sagrada esclavitud de amor a Ella ya habían echado profundas raíces en mi alma. Con todo, una nueva iniciativa de la gracia marcaría perdurablemente mi vida: el «encuentro» con la Madre del Buen Consejo.

En diciembre de ese año, el Dr. Plinio sufrió una grave crisis de diabetes, que culminó con una intervención quirúrgica de urgencia en el Hospital Sirio Libanés y la amputación de cuatro dedos del pie derecho. En esa ocasión recibí la enorme gracia de poder asistirlo personalmente, desde los albores de la enfermedad, cuando todavía guardaba reposo en su residencia, en compañía de su extremosa madre, Dña. Lucilia, hasta la fase final de la convalecencia.

Pocos meses antes de que se manifestaran los síntomas de la dolencia, había llegado providencialmente a manos del Dr. Plinio un libro sobre Mater Boni Consilii, de autoría de Mons. Georges Francis Dillon, misionero irlandés que había residido un tiempo en el santuario de Genazzano. Escrita en inglés, la publicación había sido traducida al francés, idioma en el que la leyó.

Le impresionaron mucho los hechos extraordinarios que allí se narraban sobre la historia del fresco y los fenómenos sobrenaturales observados en él, en especial las constantes variaciones de color y de expresión fisonómica. Sin embargo, aunque hubiera seguido con atención el suave y discreto movimiento de la gracia en su alma durante la lectura, éste no le había resultado lo suficientemente claro como para discernir en él ningún signo de un cambio de tono o de un nuevo rumbo en sus relaciones con Nuestra Señora.

Además de las molestias y sufrimientos derivados de la diabetes y del postoperatorio, el Dr. Plinio atravesaba una terrible noche oscura del alma, relacionada con los innumerables sinsabores que enfrentaba en los círculos más cercanos de su apostolado y con la perennidad de su obra. Años después, afirmaría que esa prueba espiritual le hacía sufrir mucho más que la enfermedad física.

El día 16 de diciembre, estando aún convaleciente de la operación, en su habitación del Hospital Sirio Libanés, el Dr. Plinio recibió la visita de un grupo de discípulos, algunos procedían del estado de Minas Gerais. Uno de ellos le había pedido a un amigo, que estaba de viaje por Italia, que le trajese una estampa de la Madonna del Buon Consiglio di Genazzano, y deseaba regalársela al Dr. Plinio.

Desenvolvieron entonces la estampa enmarcada de la Madonna y la apoyaron en las piernas del Dr. Plinio, que se encontraba en la cama hospitalaria, recostado sobre varias almohadas. La tomó en sus manos y, visiblemente emocionado, la contempló en silencio durante unos veinte minutos, interrumpido únicamente por breves exclamaciones:

—¡Qué imagen magnífica! ¡Impresionante, extraordinaria! Miren, parece que quiere hablar. Ha cambiado de colores. ¡Qué bondadosa, maternal! ¡Sonríe, dispuesta a ayudar!

Tal como Mons. Dillon1 comenta en su libro, también con las réplicas impresas del fresco de Genazzano a veces suceden hechos milagrosos. En el cuadro que tenía ante sí, el Dr. Plinio pudo constatar los mismos cambios de color y de expresión fisonómica que son tan frecuentes en el original. Y, como en una caricia, comprendió que María Santísima le decía: «Hijo mío, no te turbes. Ten confianza, porque tu obra será concluida y tú cumplirás por entero tu misión».

Al referirse a este episodio, el Dr. Plinio revelaría más tarde: «En el momento en que miré la estampa, tuve toda la impresión de que la imagen cobraba vida, sonreía y me hacía entender, por el juego de sus expresiones fisonómicas, que debía tener plena confianza». La sonrisa de Mater Boni Consilii era la respuesta afectuosa a las perplejidades e interrogantes que le afligían.

La contemplación de esta gracia mística recibida por mi padre espiritual dejó huellas indelebles en mi alma, abriéndome un nuevo horizonte en mi relación con María Santísima, que se intensificaría gradualmente a lo largo de los años, hasta constituirse en la columna vertebral de mi devoción a Ella, bajo la particular advocación de la Madre del Buen Consejo de Genazzano.

Remoto origen, convivencia envuelta en misterio

El fresco de la Madonna del Buon Consiglio es una imagen «peregrina» y repleta de imponderables, cuyo origen más remoto se pierde en el misterio. Se sabe que ya se encontraba en Escútari (Albania) hacía más de siete siglos cuando migró a Genazzano, en las cercanías de Roma, en el año 1467.

¿Cuál es su verdadera procedencia? ¿Qué artista genial la pintó? ¿Fue sólo fruto del talento humano o intervino también el concurso angélico? ¿Provino de una inspiración sobrenatural, de una aparición de la Madre de Dios? ¿La enigmática bordadura del cuello del Niño Jesús constituye un mero ornato o se lee ahí alguna palabra en un idioma desconocido relacionada con su misión? Éstas son algunas de las preguntas que afloran a la mente de un devoto observador cuando considera la riqueza de detalles del fresco, reflejada en el porte, en los gestos o en las propias vestimentas de sus augustos personajes.

No obstante, nada atrae tanto la atención como la celestial convivencia entre Madre e Hijo allí retratada, cuya contemplación siempre ha sido mi deleite:

«En un gesto de intenso afecto, rebosante de amor, rodea con la mano derecha el noble y delicado cuello de su Madre, mientras con la izquierda sujeta enérgicamente la parte superior de su vestido, como diciendo: “¡Eres toda mía!”. Es tan categórico este conmovedor y divino abrazo, que su mirada derecha parece ligeramente desviada de la línea normal, por el énfasis con el que estrecha su rostro contra el de su Madre Santísima.

»Sin dejar de expresar en nada la fisonomía propia de un niño, el divino Infante no denota, sin embargo, la mínima superficialidad, tan característica de esta etapa de la vida. Por el contrario, como un océano de seriedad, trasparece en Él toda la profundidad y amplitud del entendimiento, toda la fuerza de la voluntad, toda la elevación y nobleza del sentir. Y tiene la más alta conciencia de lo que representa su Madre, del paraíso interior que Ella le ofrece. […]

»Por su actitud, el Niño Dios parece decirnos a cada uno: “Si quieres algo de mí, pídelo por medio de mi Madre y serás atendido”».2

La cabeza de Nuestra Señora está levemente apoyada en la cabeza del Niño, como indicando la total unión —casi se diría unidad— existente entre ambos, la cual se expresa sobre todo por el intercambio de miradas. ¡Y cómo se miran! ¡Parece tratarse de una sola y misma mirada! Se tiene la impresión de que Ella nos está confiando: «Hijo mío, el Altísimo depositó en mí maravillas jamás imaginadas por los ángeles y santos del Cielo. Por eso, hay misterios de Dios que los espíritus bienaventurados sólo conocen penetrando en mi mirada. Y hay misterios que sólo comprenderán contemplando ese intercambio de miradas entre Madre e Hijo».

De las incontables imágenes o pinturas que representan a la Santísima Virgen con el divino Infante en brazos, que yo conozca, ninguna deja traslucir tanto esa unión como el fresco de Genazzano. Hay algo en la escena que parece sugerir a quien la analiza embelesado: «Si quieres conocer al Niño, es necesario verlo en la mirada de Ella; de modo similar, para conocerla por entero, es necesario verla en la mirada de Él». Ningún hombre podrá penetrar en este intercambio de miradas si no se deja atraer por la sagrada y divina intimidad existente entre Madre e Hijo. Son tantas las maravillas allí contenidas, que la eternidad será insuficiente para desentrañar sus secretos.

Es precisamente este desbordamiento de amor y cariño que experimento cada vez que me acerco a Mater Boni Consilii. Estar ante el sagrado fresco, dejarme penetrar por el intercambio de miradas entre Madre e Hijo, sentirme de alguna manera insertado en esa inefable convivencia, constituye para mí una especie de «pre» visión beatífica, que me llena el alma de consuelo y reaviva todas mis esperanzas interiores. ¡Cuánta alegría, cuánto amparo, cuánto sustento espiritual recibo allí en los largos coloquios con mi Madre!

Inolvidable encuentro

«Estar ante el sagrado fresco, dejarme penetrar por el intercambio de miradas entre Madre e Hijo, sentirme de alguna manera insertado en esa inefable convivencia, es para mí una especie de “pre” visión beatífica»
Fresco de la Madre del Buen Consejo, fotografía tomada en noviembre de 1978 por Mons. João (en el destacado, en aquella ocasión)

La primera vez que visité el milagroso fresco fue en noviembre de 1978, durante una estancia en Roma. El otoño europeo estaba ya muy avanzado y, acostumbrado a la suavidad de esa estación en Brasil, yo aún no conocía sus rigores. Tampoco sabía cómo ir, por mí mismo, a la pequeña y encantadora Genazzano, razón por la cual le pedí a un amigo de la Ciudad Eterna que me acompañase.

Tomamos un autobús en la estación de Termini, que iba parando en todos los pintorescos pueblecitos medievales que había por el camino, hasta llegar por fin a Genazzano. Entramos en el santuario inmediatamente después de almorzar.

Al ver el fresco, sentí una gran alegría. La Virgen nos recibió con mucha ternura maternal y me arrebató el alma por completo, confirmando mis anhelos respecto a su victoria sobre la Revolución. Aproveché la ocasión para tomar diversas fotografías y permanecí allí durante mucho tiempo, en una bendita convivencia. Pero en determinado momento, cuando el sol ya se había puesto, un sacerdote comenzó a hacer sonar el manojo de llaves, indicándonos que había llegado la hora de cerrar la iglesia.

Este primer contacto constituyó el marco inicial de una relación con la Madre del Buen Consejo llena de intimidad y afecto, de confidencias y orientaciones sobre los caminos a seguir. En el viaje de vuelta, temblaba de frío, pues no me había llevado ropa de abrigo y las ventanas del autobús estaban abiertas. No obstante, embargado por un enorme consuelo, aún continuaba absorto en las consideraciones sobre la fisonomía de la imagen, su atractivo y sus colores.

Los beneficios de ese breve encuentro con Mater Boni Consilii fueron inmensos y me llevaron a hacer un propósito: en la medida en que mis obligaciones de apostolado lo permitiesen, no dejaría pasar mucho tiempo sin volver a Genazzano, pues ya no conseguiría vivir lejos de la celestial convivencia con la Madre y el Niño en el bendito fresco. De hecho, en las décadas siguientes, la Virgen me brindaría la oportunidad de visitarla innumerables veces.

«Estréchame en tus brazos maternales»

Tendría muchos hechos que narrar. Pero ¿cómo concluir en breves líneas una convivencia que empezó en 1978 y se prolonga, durante más de cuatro décadas, hasta nuestros días? 3

Constantemente Nuestra Señora me está invitando a vivir abandonado a sus cuidados, a sus atenciones y a su amparo, envolviéndome en el mismo amor con el que Ella cubre a su divino Hijo.

En efecto, cada vez que rezo ante el fresco de Mater Boni Consilii o incluso ante alguna réplica, siento mi alma, por así decirlo, ungida por un bálsamo que me da nuevas fuerzas para mi lucha, nuevo aliento para mis días y nuevas gracias para mi vida. ¡La Señora del Buen Consejo es para mí una sonrisa de la Providencia, un faro en las tempestades, una estrella brillante en las noches oscuras!

Hay algo misterioso en el cuadro, que hace que la convivencia con Nuestra Señora sea tan sublime y elevada que excluye cualquier forma de comunicación humana o incluso angélica: Ella nos habla directamente al corazón. ¿Cómo? Conversando con nosotros a través de la mirada. El buen consejo que nos da aparece estampado en su mirada, que a veces se manifiesta afectuosa y maternal, a veces seria y grave y a veces inexorable y justa… Podríamos pasar días y días, y hasta eternidades enteras, comentando su mirada, pues ¿quién puede abarcar la envergadura de la mirada de María Santísima? Nadie… o mejor dicho, únicamente el Niño que Ella lleva en sus brazos.

Sin embargo, ante el santo fresco nadie puede quedarse al margen de la escena, como mero espectador. ¡No! Junto a Mater Boni Consilii sólo se puede adoptar una postura: unirse a ese Niño y dejarse llevar por la Virgen. Es decir, ¡hacerse hijo!

Un hijo es aquel que comprende por entero a su madre y sabe discernir sus actitudes de alma a través de simples gestos o miradas
Santa misa celebrada por Mons. João ante el milagroso fresco, en febrero de 2006

El hijo es aquel que comprende por entero a su madre y sabe discernir sus actitudes de alma a través de simples gestos o miradas. No obstante, cuando existe una correspondencia de amor perfecta entre madre e hijo, se produce una convivencia aún más sublime: ambos pasan a tener un solo corazón. De manera que si me pidiesen que representara el corazón de los celestiales personajes del fresco, pondría solamente uno, y no dos corazones… Eso es ser hijo, y éste es el grado de unión con Nuestra Señora al que cada uno de nosotros está llamado.

Pero no es lo único. Nadie puede ser verdadero hijo de la Virgen sin que su alma no haya alcanzado las cimas de la confianza… ¿Qué cimas son ésas? Miremos una vez más la imagen y allí encontraremos la respuesta: ¡esas cimas son los brazos maternales de María! Quien no tenga la confianza de llegar hasta Ella y arrojarse a sus brazos, no puede ser llamado hijo suyo.

Por eso, al concluir este sucinto relato sobre mis relaciones con la Madre del Buen Consejo de Genazzano, me dirijo a Ella en espíritu para pedirle: «Madre mía, piensa en mí y estréchame en tus brazos maternales, pues solamente en ellos aprenderé las maravillas de tu amor». 

Extraído, con adaptaciones, de:
¡María Santísima! El Paraíso de Dios
revelado a los hombres
.
Lima: Heraldos del Evangelio,
2021, t. i, pp. 98-151.

 

Notas


1 Cf. Dillon, George Francis. The Virgin Mother of Good Counsel. London: Granville Mansions, 1884, pp. 93-102.

2 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Mãe do Bom Conselho. 3.ª ed. São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2016, pp. 26-29.

3 Monseñor João, fallecido en el año 2024, escribió estas líneas en el 2019.

 

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