¿Sabías…

… por qué el sábado está dedicado a Nuestra Señora?

La consagración del sábado a María es una tradición que se remonta a la época carolingia, cuando el erudito consejero de Carlomagno, Alcuino de York († 804), propuso que se celebraran dos misas votivas en honor a la Santísima Virgen ese día. Desde el siglo xi hasta la actualidad, la costumbre de dedicar el sábado a Nuestra Señora ha obtenido el consenso del clero y el entusiasmo de los fieles. Y no es para menos.

Reza el Génesis que Dios «bendijo el séptimo día y lo consagró» (2, 3); ¿y qué criatura fue, como María, tan colmada de bendiciones por el Señor? El Creador descansó el sábado; ¿y dónde reposó Jesús durante nueve meses, sino en el seno de la Virgen Madre?

En esas entrañas purísimas, la Sabiduría eterna quiso habitar, según las palabras de las Escrituras, que la Iglesia pone en labios de María: «El que me había creado estableció mi morada» (Eclo 24, 12). Constituida así en el camino por el que Dios vino hasta nosotros, la Reina del universo se convirtió, con un título más, en la Señora del sábado: así como éste conduce al domingo, también Ella es la vía segura que nos lleva a Cristo.

Por encima de estas razones, está el hecho de que el sábado posterior a la Pasión, la Santísima Virgen, sola, mantuvo su fe inquebrantable en la resurrección de su divino Hijo. La Madre de Jesús fue la única que, en aquella noche de tinieblas e incredulidad, representó en plenitud a la Iglesia misma, haciendo que ésta estuviera marcada por un aspecto marial desde sus orígenes. 

 

… por qué la lengua oficial de la Iglesia es el latín?

En la primera comunidad de fieles de Jerusalén, la liturgia probablemente se celebraba en arameo, mientras que el hebreo estaba reservado para la lectura de la Sagrada Escritura. Tras la caída de la Ciudad Santa en el año 70 y la expansión de la Iglesia por el Imperio romano, el griego koiné se convirtió en la lengua franca entre los cristianos.

Prólogo del Evangelio de San Juan – Biblia Vulgata Clementina

En los siglos iii y iv, la lengua griega perdió prestigio debido al debilitamiento de la influencia de Oriente en la Iglesia. Por otra parte, los documentos eclesiásticos oficiales empezaron a redactarse en latín, como las cartas del papa San Cornelio a San Cipriano de Cartago, alrededor del año 250.

El empleo del latín en la liturgia fue lento y progresivo. Su preponderancia creció con la Biblia Vulgata, versión encargada por el papa San Dámaso I a San Jerónimo.

Con la caída del Imperio romano de Occidente en el 476, el latín clásico perdió relevancia, aunque permaneció en la liturgia y en los documentos oficiales. El llamado latín eclesiástico continuó como lengua franca en Occidente durante toda la Edad Media, no sólo en los escritos eclesiásticos, sino también en los seculares, coexistiendo con las lenguas neolatinas.

A pesar del declive de la enseñanza y del uso de la lengua latina en el siglo xx, ésta sigue siendo «la lengua viva de la Iglesia» (San Juan XXIII. Veterum sapientia: AAS 54 [1962], 134) y la lengua oficial del rito latino, según lo prescribe el Concilio Vaticano II, aunque, por razones pastorales, se le puede dar mayor cabida a la lengua vernácula (cf. Sacrosanctum Concilium, n.º 36).

El nuevo Reglamento General de la Curia Romana, promulgado por León XIV en noviembre de 2025, sigue estableciendo que, por lo común, sus documentos sean redactados «en lengua latina o en otra lengua» (art. 50, §1).

Por último, dado que el latín no pertenece a ninguna nacionalidad, expresa mejor la universalidad de la Iglesia. Y al no ser la lengua materna de nadie, es inmune a las mutaciones naturales de los idiomas en uso. Paradójicamente, al ser «muerta», se ha vuelto inmortal. 

 

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