«Volved a mi Corazón, que es todo vuestro»

¡Con qué afecto debemos abrazar y sufrir todas las aflicciones que nos sobrevienen, por amor a nuestro Salvador, ya que Él las soportó primero por amor a nosotros! ¿No nos han de parecer muy dulces, puesto que han pasado por su dulcísimo y amabilísimo Corazón? Mas ¡cuánto horror debemos tenerle a nuestros pecados, que le han hecho tantas heridas y causado tanto dolor al divino Corazón de nuestro Redentor!

Leemos en la vida de San Francisco de Borja, de la Compañía de Jesús, que hablándole un día, ante un crucifijo, a un gran pecador a quien le exhortaba a la conversión, y permaneciendo este hombre empedernido en su error, el crucifijo o, mejor dicho, el Crucificado, en un exceso de bondad admirable, le habló, exhortándole a que hiciera lo que su siervo le decía; y al mismo tiempo le brotó sangre de todas sus llagas, con lo cual, nuestro bondadosísimo Salvador, le daba a entender que estaba dispuesto a derramar su sangre otra vez y a morir por su salvación si fuera necesario. Pero, a pesar de esta indecible bondad, el miserable persistía en su endurecimiento, y entonces salió un chorro de sangre de la llaga del costado que, al caer sobre él, lo dejó tendido muerto allí mismo. ¿Qué fue de su alma? Te dejo a ti que lo pienses. ¡Oh, Dios mío, qué espantoso espectáculo!

Aprendamos de aquí que no depende de nuestro Redentor que no seamos salvados. Pero hay corazones tan duros que aun cuando bajara del Cielo para predicarles Él mismo y aun cuando lo vieran cubierto de llagas y todo bañado en su sangre, no se convertirían.

¡Oh Dios mío, no permitáis que seamos de ese número!, antes bien concedednos la gracia de abrir nuestros oídos a la voz de todas las sagradas llagas de vuestro cuerpo y de vuestro Corazón, que son otras tantas bocas por las que clamáis sin cesar: «Volved, pecadores, volved a vuestro corazón», es decir, a mi Corazón, que es todo vuestro, pues todo él os lo he dado. Volved a este benignísimo Corazón de vuestro Padre, que rebosa de amor y de misericordia por vosotros, que os acogerá en sus entrañas y que os colmará de toda suerte de bienes.

SAN JUAN EUDES. «Du Divin Cœur de Jésus».
In: Œuvres Complètes. Vannes: Lafolye Frères,
1908, t. VIII, pp. 260-262.

 

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