Muchos de los fieles que visitan la Galería de los Mapas, en el Vaticano, parecen que han perdido el rumbo. Confusos y desorientados, ¿dónde encontrarán un principio que llene de certezas su corazón?

 

Al visitar el Vaticano, muchos podrán sorprenderse con las enormes pinturas que revisten de arriba abajo las paredes de una de sus más famosas salas: la «Galería de los Mapas». En ella, monumentales frescos representan la geografía de islas y regiones de Italia y sus alrededores, pero también ilustran gestas navales como el asedio de Malta o la batalla de Lepanto, comandada por Don Juan de Austria.

Detengámonos un instante ante esta última escena. Sobre las azules aguas del mar Jónico se alinean las flotas en reñido combate y en lo alto de los cielos surge una realidad que va más allá de nuestros ojos carnales: los espíritus celestiales se unen a los hombres en la victoria de Dios.

Justo en el centro de esos gigantescos mapas, sirviéndoles al mismo tiempo de pivote y de anfitrión, se encuentra la ciudad de Roma, sede de la Santa Iglesia Católica. La fantástica galería parece proclamar de esta manera que todos los acontecimientos de la Historia ocurren en función de la Esposa de Cristo y que los ángeles, como aquel representado en lo alto de la batalla de Lepanto, emplean todo su poder para hacer triunfar la causa del bien, que sólo en la Iglesia se encuentra en plenitud.

Ahora bien, muchos de los fieles que hoy visitan la Galería de los Mapas parecen que han perdido el rumbo. A causa de la infeliz mezcla entre luz y tinieblas que el demonio ha logrado instaurar sobre la faz de la tierra, ya no consiguen discernir dónde se encuentran la verdad, el bien y lo bello. Confusos y desorientados en medio de un mundo «tibio» (Ap 3, 16), recelan ser vomitados junto con él de la boca del Señor.

Para que eso no suceda, es necesario que reaprendamos a sentire cum Ecclesia, siguiendo la famosa máxima acuñada por San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Porque el que busca «sentir con la Iglesia», haciéndose con ella «un solo corazón y una sola alma», llena su propio corazón de certezas y se convierte en un verdadero miembro de la milicia terrestre, que lucha codo con codo con los ejércitos celestiales por el triunfo de Dios.

La iglesia, sin embargo, es una institución viva que tiene por alma al mismo Espíritu Santo. Ella no habita en un edificio, en una ciudad o en un país, sino en el interior de los justos.

Si el soplo del divino Paráclito mueve la brújula que guía el rumbo de ese Cuerpo Místico, los elegidos son su puntero. Principalmente aquellos llamados a indicar a la humanidad la voluntad del Altísimo en cada época, direccionándola al pleno cumplimiento de sus designios. Unámonos a ellos, hagamos que nuestros corazones palpiten al unísono con el latido de la Iglesia y seamos así instrumentos para la victoria de Dios y de María Santísima.

 

 

 

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