Innumerables veces hemos escuchado a nuestro añorado fundador comentar la parábola del hijo pródigo, analizando los personajes que componen el escenario divinamente ideado por Nuestro Señor Jesucristo: el padre, el hermano mayor, el propio hijo pródigo en sus diversas actitudes de alma. No obstante, un día nos sorprendió oírle comentar una cuarta figura, ausente de la parábola, pero probablemente contemplada por el Salvador: la madre de los dos jóvenes.1
¿Cuál habría sido la actitud de esa madre al ver a su hijo menor abandonar la casa paterna y aventurarse en el mundo? Ante todo, no le habría dejado marcharse… Y si por casualidad el hijo lograra escaparse de casa, la madre, entristecida por su alejamiento, no se contentaría con esperar resignada su regreso, sino que saldría a buscarlo incansablemente hasta traerlo de vuelta.
Esta bellísima reflexión nos ayuda a comprender la época histórica en la que vivimos. En efecto, la humanidad de nuestros días es una «hija pródiga» de Dios, sobre la cual deberá descender un gran perdón. Sin embargo, no puede volver por sí misma a la casa paterna y necesita una madre misericordiosa que la rescate. ¿Dónde encontrar una madre tan bondadosa y afable? Una respuesta segura puede estar en el sublime fresco de Nuestra Señora del Buen Consejo.
Analicemos con detenimiento algunos aspectos de ese fresco y veamos cómo encierra, en cada detalle, una sonrisa maternal.
Consejo de María, consejo de Cristo
La primera particularidad que merece atención es el título dado a la Santísima Virgen, invocada en la pintura como aquella que puede darnos un buen consejo.
Ahora bien, ¿cómo definir el concepto consejo? En términos generales, se trata de una recomendación destinada a resolver un problema específico. Por eso, en circunstancias difíciles, que requieren decisiones serias, nada puede ser más útil que recibir un buen consejo. Desde este punto de vista, no podría haber nadie más fidedigno que Nuestra Señora para aconsejarnos en cualquier situación; al fin y al cabo, Ella es la Madre de la Sabiduría encarnada.
A menudo, al contemplar el fresco de Genazzano, pasa desapercibida una peculiaridad: la mirada de la Virgen no se dirige al fiel que se encuentra ante Ella, como suele ocurrir en la mayoría de las imágenes de Nuestra Señora, sino que su cabeza se inclina ligeramente hacia el Niño, indicándonos que Jesús es la fuente de toda la sabiduría extraída por Ella para aconsejarnos. Por esta razón, el divino Infante, a pesar de ser pequeñito, es representado con la fisonomía de quien ya ha alcanzado la madurez.2
En esa mirada entre Madre e Hijo, además, se manifiesta la unión de voluntades entre ambos, de tal manera que María nos transmite lo que Jesús desea, guiándonos por los caminos que la voluntad divina ha ideado para nuestras vidas. Así pues, sus consejos gozan de la exactitud e infalibilidad de las propias palabras de su divino Niño.
Por otro lado, el gesto filial del Infante al abrazar a su Madre Santísima nos ofrece un ejemplo de la intimidad con la que debemos recurrir a María, que también es Madre nuestra, y de la disposición de alma necesaria para recibir sus consejos. Según considera el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira,3 al asirse con sus deditos al cuello de Nuestra Señora, el Niño Jesús no sólo quiere sujetarse, sino también hacer que el rostro de Ella se gire hacia Él, como diciendo: «¡Mamá, mírame!». Es la oración perfecta de un buen hijo.
Mirada incomparable
En su vida terrenal, la Virgen poseía en grado eminente el don de transmitir a quienes se acercaban a Ella las virtudes que rebosaban de su alma.4 De hecho, es propio de la virtud perfecta no sólo practicarse individualmente, sino «contagiar» a otras almas.
Podemos imaginar, por ejemplo, cuando se encontró con María Magdalena, aún pecadora, y, por primera vez, sus miradas se cruzaron. ¿Qué debió de pasar por aquella pobre alma en tan augusto momento? Misterios de la gracia… No obstante, es posible considerar que la pureza de Nuestra Señora, como un manto blanquísimo, cubrió su corazón empedernido y, del fango de su libertinaje, comenzó a brotar el lirio de la virginidad que le sería restaurada pronto.
Algo similiar sigue obrando la Santísima Virgen a través de su fresco. Cuántas y cuántas veces las almas se desesperan ante sus miserias y faltas, y no saben a quién acudir para abandonar el vicio… No tienen fuerzas para reconocer sus errores y recibir el perdón de Dios. ¿Qué hacer? Simplemente, recurrir a la Madre del Buen Consejo. No siempre pronuncia palabras, pero habla con claridad por la acción de la gracia divina, más valiosa que todos los discursos. Basta con contemplar el fresco para que la inocencia perdida empiece a ser restaurada. A continuación, Nuestra Señora fortalece el alma para que busque un sacerdote y reciba, en el sacramento de la confesión, la consumación de la obra de misericordia iniciada por su purísima mirada.
Comunicación que trasciende la palabra
Mientras que los dulces ojos de María, de rasgos ligeramente orientales tan bellamente representados en el fresco, acentúan aún más su maternidad y su afecto, los labios, que esbozan una discreta sonrisa, revelan la seriedad habitual de quien tiene el alma en paz, siempre dispuesta a un encuentro con Dios. «María era en todas las cosas seria y circunspecta, no reía nunca, hablaba poco, solamente decía lo necesario, escuchaba con facilidad, siempre afable con todo el mundo»,5 relata un antiguo retrato de la Santísima Virgen.
Ciertamente, cuando caminaba por las calles de Nazaret, María saludaba con afabilidad a sus vecinos y conocidos, y quizá a algunos afortunados transeúntes. Más tarde, también favoreció a los Apóstoles con innumerables sonrisas, que acompañaban sus palabras y consejos. Y todo esto, que no quedó registrado en los evangelios, nos lo transmite el fresco de Genazzano en sus inefables «cambios de fisonomía». Nuestra Señora del Buen Consejo actúa así: a través de los imponderables de su rostro, penetra poco a poco en nuestra alma hasta embalsamarla por completo, obrando una misteriosa conversión. Parece estar viva ante nuestros ojos, y su voz suave, serena y maternal susurra en lo hondo de nuestros corazones aquella sublime recomendación, siempre adecuada a la necesidad humana, que señala un rumbo infalible: «¡Confianza!».
Nuestra Señora restaurará la humanidad
«¿Qué me ha ocurrido?», se preguntaba Joris-Karl Huysmans, conocido literato francés, cuando se vio convertido a la religión católica por una gracia misteriosa. ¿Cómo era posible que, hundida en el abismo del vicio y del pecado, su alma deseara cambiar y recorrer el camino de la penitencia y de la santidad? Al no hallar respuesta en el mundo a tal interrogante, reconoció: «Es la Virgen quien actúa en estos casos sobre nosotros; es Ella quien nos amolda y nos pone en las manos del Hijo, pero sus dedos son tan delicados, tan fluidos, tan cariñosos que el alma que han transformado no siente nada».6
Pues bien, tal como sucedió con Huysmans, y como sucede en el interior de cada uno de nosotros, llegará el día en que Nuestra Señora intervendrá en la Historia, restaurando en la humanidad la vida de la gracia y derramando sobre todo lo creado la plenitud de los efectos de la Redención. Pase lo que pase, miremos al fresco de la Madre del Buen Consejo, que nos dirá: «Hijo mío, hija mía, ¡confía! Y yo te guiaré por el camino seguro». ◊
Notas
1 Cf. Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Homilía. Mairiporã, 18/3/2007.
2 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Reunión. São Paulo, 22/8/1988.
3 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 8/10/1971.
4 En este sentido, Santo Tomás de Aquino afirma que la Santísima Virgen superó a los ángeles en pureza, pues no sólo fue pura, sino que alcanzó la pureza para otros (cf. Santo Tomás de Aquino. In salutationem angelicam expositio, n.º 1120).
5 Le Mulier, Henri. Vie de la Très-Sainte Vierge. Paris: Abel Pilon, 1859, t. i, p. 372.
6 Huysmans, Joris-Karl. En route. Paris: P. V. Stock, 1899, p. 28.

