La devoción eucarística de Santo Tomás de Aquino – Lección viva de la teología

Inigualable erudito, teólogo y filósofo, Santo Tomás de Aquino también fue un gran santo. Uno de sus mayores legados es la profunda piedad eucarística de la que nos dio ejemplo.

Intrigado, fray Domingo de Caserta empezó a observar a un monje que todos los días transitaba por el monasterio a una hora muy particular… Antes de maitines —por lo tanto, de madrugada— salía a escondidas de su celda y regresaba enseguida al escuchar la campana para la oración, a fin de no ser visto.

Resuelto a descubrir el motivo de la «fuga», el celoso fraile siguió una vez al «transgresor»: bajaron las escaleras, atravesaron un pasillo y, finalmente, llegaron a la capilla de San Nicolás, adonde entró el monje. Como tardaba mucho, fray Caserta decidió entrar y lo encontró rezando, ¡suspendido en el aire! Además, escuchó una voz clarísima procedente del crucifijo: «Tomás, has escrito bien sobre mí. ¿Qué recibirás de mí como recompensa por tu trabajo?». El religioso, con candor y sencillez, le respondió: «¡Nada más que Vos, Señor!».1

Sí, este ferviente monje fue uno de los mayores genios de la Historia: Santo Tomás de Aquino; un hombre conocido como erudito, teólogo y filósofo, pero que muchos olvidan que fue un gran santo. En este artículo pretendemos señalar, precisamente, un aspecto importante de su alma: su piedad, en especial la devoción eucarística, la sólida base sobre la que cimentó su vida y obra.

El episodio narrado antes ocurrió en los últimos años del Doctor Angélico en esta tierra, cuando estaba terminando de redactar el «Tratado sobre la Eucaristía», inserto al final de su obra maestra: la Suma Teológica. Se conjetura que estaba pasando por alguna prueba en relación con sus escritos. Lo cierto es que las palabras pronunciadas por el Salvador bastaron para estampar con «sello» divino todo lo que había afirmado sobre el augusto sacramento del altar.

Conquistado por María desde la cuna

Esta profunda piedad sólo podía tener su origen en el amparo de la Santísima Virgen. Así lo demuestra un hecho encantador, que afortunadamente la Historia ha registrado.

Un día, mientras bañaba al niño, su nodriza se fijó que escondía en su mano un papelito. Vanos fueron los intentos de quitárselo al bebé… Éste lo sujetaba con fuerza, apretándolo contra su pecho, y siempre lloraba cada vez que intentaban abrirle la manita. Esta tenacidad, no obstante, era impropia de su carácter tierno y tranquilo. Cuando su madre logró, por fin, coger el papel, vio que había una sencilla inscripción: Ave María. Admirada, la condesa de Cariccioli le devolvió el escrito a su hijo, quien, sin titubear, se lo metió en la boca y se lo tragó, sonriéndole después.

Nuestra Señora había elegido a Tomás como objeto de su predilección desde la cuna, y conquistó su corazoncito para sembrar en él el amor a su divino Hijo.

Entrañada devoción eucarística

Siendo ya sacerdote dominico, su primer acto del día era estar en oración delante del sagrario. Después de maitines, celebraba una misa y luego asistía a otras dos, las cuales casi siempre acolitaba. Comenta Benedicto XVI que, «según los antiguos biógrafos, solía acercar su cabeza al sagrario, como para sentir palpitar el Corazón divino y humano de Jesús».2

Cada visita al Prisionero del tabernáculo, cada encuentro de su mirada finita y creada con la mirada eterna y creadora, cada contacto de su inteligencia humana y defectible con la sabiduría infinita y omnisciente, le comunicaba auténticos fulgores de la propia luz divina, que después transmitía en sus escritos.

La unión con Dios alcanzó tal auge en su alma que fue favorecido con el don de la contemplación infusa, así como el de la levitación y las lágrimas. Tenía éxtasis muy profundos, que a veces duraban horas.

Obra de amor ofrecida a Jesús Hostia

Además de consignar la doctrina con respecto a este sacramento, Tomás fue el poeta por excelencia de la Eucaristía. El oficio y la liturgia que compuso para la solemnidad de Corpus Christi son una verdadera joya que, en la feliz expresión de una obra del siglo pasado, «ya ha desafiado siete siglos, y que tal vez sigamos cantando en la eternidad bienaventurada».3

Nadie como él ha conseguido traducir la ciencia eucarística en oraciones e himnos tan hermosos. Con toda razón, Santo Tomás recibió de Pío XI el título de Doctor Eucarístico.4 Su nombre quedará grabado para siempre en el estandarte de la Historia como portador de la mayor obra de amor ofrecida a Jesús Hostia.

Santidad: ¡el mayor legado de Santo Tomás!

Hay ciertas realidades que sólo alcanzan la plenitud del fulgor en su ocaso, a semejanza del sol, que lanza sus más bellos rayos cuando está a punto de retirarse bajo las misteriosas brumas de la noche. Así sucede con las almas que caminan en la presencia de Dios: sus últimos días en esta tierra son los más repletos de bendiciones, pues revelan de forma maravillosa la santidad de toda una vida.

Analizando, por tanto, el final de la peregrinación terrena del Doctor Angélico, podemos saborear ampliamente su amor a Jesús Eucaristía, cuyo fervor ni las glorias del mundo ni las vanidades de la erudición lograron enfriar.

Cada visita al Prisionero del sagrario le comunicaba a Santo Tomás auténticos fulgores de la propia luz divina, que después transmitía en sus escritos
Santo Tomás de Aquino – Museo Diocesano de Arte Sacro, Vitoria (España)

A la edad de 49 años enfermó gravemente durante un viaje. Cuentan sus biógrafos que los monjes cistercienses de Fossanova, donde fue acogido, se disputaban entre sí llevarle la leña a la chimenea que lo calentaba, a fin de tener la oportunidad de convivir con ese maestro que tanto admiraban. Por su parte, fray Tomás les agradecía el favor exponiéndoles sucintamente el Cantar de los Cantares, tal y como se lo habían pedido.

Estando a las puertas de la muerte, pidió el santo viático. Al ver a Jesús Sacramentado entrando en su aposento, exclamó lleno de emoción: «¡Señor! ¿Vos venís a visitarme a mí?». A pesar de su extrema debilidad, se levantó con esfuerzo de su lecho y se postró ante el Santísimo Sacramento durante un largo rato, mientras rezaba el confíteor. Después, se arrodilló e hizo esta conmovedora oración: «¡Cuerpo sacratísimo, precio de mi alma, viático de mi peregrinación!… Por vuestro amor, Jesús mío, he estudiado, he predicado, he enseñado y he vivido. Mis días, mis suspiros, mis trabajos han sido para Vos. Todo cuanto he escrito, lo he hecho con la recta intención de agradaros. Sin embargo, si hubiese alguna cosa no conforme con la verdad, yo lo someto todo a la autoridad de la Iglesia Romana en cuyo seno y obediencia quiero morir».5 Apenas comulgó, entró en un profundo éxtasis.

*     *     *

Muchas fueron las obras doctrinarias de este glorioso santo. Sin embargo, ninguna de ellas se compara a su ejemplo de virtud. Mirando, pues, al genio de Aquino, sepamos extraer no sólo la erudición de su pensamiento o la sabiduría de sus palabras, sino sobre todo dejémonos empapar por su devoción eucarística, a fin de que participemos de la recompensa demasiadamente grande de la cual goza ahora en el Cielo. 

 

Notas


1 GUILHERME DE TOCCO. L’histoire de Saint Thomas d’Aquin. Paris: Du Cerf, 2005, p. 85.

2 BENEDICTO XVI. Audiencia general, 23/6/2010.

3 FARREL, OP, Walter; HEALY, STD, Martin J. El libro rojo de Dios, según Santo Tomás de Aquino. Pamplona: Don Bosco, 1979, p. 598.

4 PÍO XI. Studiorum ducem.

5 SAINZ, OP, Manuel de M. Vida del angélico maestro Santo Tomás de Aquino, patrono de la juventud estudiosa. Vergara: El Santísimo Rosario, 1903, p. 177.

 

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