Desde que Amatista se marchó, poco a poco todo empezó a cambiar. Lo que, al principio, era la diversión de las nuevas estrellas, se convirtió en una verdadera aflicción.

 

El gélido viento de la noche soplaba sin piedad sobre aldeas y bosques. Los animales se refugiaban en sus guaridas, los pájaros en sus nidos y los hombres dormían profundamente junto a la chimenea. No obstante, existían otros personajes que, sin necesidad de fuego o vestidos, permanecían insensibles al frío nocturno…

Inmóviles, puestas sobre la tierra y escondidas de la mirada humana, algunas piedras preciosas empezaron a considerar una maravilla de la Creación que en ese momento se manifestaba: la luz de las estrellas.

Citrino, dirigiendo sus ojos hacia el cielo, les dijo a las demás:

—Hermanas mías, ¡fijaos en la belleza de esas estrellas! Cada vez que las analizo, me parece que algo más allá de mis fuerzas me eleva hasta Dios.

—¡Sí! —le contestó Rubí—. Como nosotras, ellas tampoco sienten el frío, ¡pues son fogosas como el Sol que nos calienta!

—¡Ah, mayor es su alegría, porque se mueven y cuán encima de este mundo brillan! —exclamó Ópalo.

—¡Su morada es el cielo! Mientras que la nuestra es este suelo tan banal… —manifestó Diamante.

—Algún día seremos como ellas: ¡estaremos cerca de nuestro Creador! —volvió a pronunciarse Citrino.

—Compañeras, ¡no perdamos la esperanza! —intervino Esmeralda—. Las estrellas son nuestras hermanas y ciertamente nos acogerán. ¡Vamos! ¡Vayamos hacia el cielo!

A estas palabras, replicó Amatista:

—¡Espera un momento, Esmeralda! Nosotras no somos capaces de llegar hasta allí por nuestros propios medios. Necesitamos que alguien nos ayude. Si no tenemos fuerzas siquiera para movernos, mucho menos para volar más allá del globo terrestre… Recemos al ángel que nos custodia.

Tan pronto como iniciaron la oración, el Ángel de las bellezas creadas, fuerte y luminoso como el sol, se les apareció. Y, al escuchar su deseo de habitar en el cielo, les respondió:

—Ciertamente las estrellas os acogerán. Sin embargo, estad seguras de que allí todo es muy diferente. Por eso, cuando queráis volver, podréis vosotras mismas bajar a la Tierra.

Y empezó a designar el destino de cada piedra preciosa:

«Tú, Rubí, por ser reflejo de fortaleza sin par, te quedarás en la constelación de León.

«Por tu generosidad, Amatista, te quedarás en el Crucero del Sur, significando la infinita donación de Dios para con los hombres: su muerte en la cruz.

«Diamante, tú, que eres siempre perenne, representas la verdadera paz, por eso puedes unirte a la constelación del Águila, para contemplar tranquilamente la eternidad.

«Tú, bello Citrino, por tu color dorado, la más noble entre las demás, podrás quedarte en la constelación del Escudo, para significar la virtud de aquellos que combaten por la fe.

«Ópalo, con tu alegría multicolor, te quedarás en la Corona Austral.

«Y tú, oh encantadora Esmeralda, reflejarás mejor tu luz en la Tres Marías, que sirven para identificar otras constelaciones».

Dichas estas palabras el ángel arrojó su luz sobre las piedras. Éstas quedaron tan brillantes que, como el rocío de la mañana al calor del sol, poco a poco se fueron elevando de la tierra al cielo.

Al llegar a las bellas moradas celestiales, las estrellas formaron un cortejo, bailando y cantando alegremente para sus nuevas compañeras. En una mezcla de exultación y curiosidad, querían todas saber cómo era la vida en la Tierra. En cada constelación se oía hablar de mares y lagos, de montañas nevadas y volcanes incandescentes. Pero lo que más les encantaba era conocer la historia de los santos.

Transcurridos algunos días, un movimiento diferente llamó la atención de los conjuntos celestiales hacia el Crucero del Sur:

—La estrella Amatista ha decidido regresar a la Tierra —comentaban.

—Pero ¿cuál ha sido el motivo? —preguntó uno de los astros.

—Su generosidad tiende a expandirse, pero para que eso ocurra necesita del sufrimiento. Sin embargo, durante estos días estuvo buscándolo por aquí y descubrió que en el Cielo ya no se sufre. Entonces bajará para estar con los hombres.

Desde que Amatista se había marchado, poco a poco todo comenzó a cambiar.

Una mañana, las estrellas-piedras asistían a la vida de los hombres, sin que ellos lo notaran. Esto, que al principio era la diversión de los nuevos astros, enseguida se convirtió en una aflicción:

—Mirad, compañeras —exclamó Ópalo—, ¡en todas las casas las personas lloran! No conocen la alegría. El sufrimiento llama a la puerta de las almas; mi hermana Amatista está allí para ayudarlas, pero nadie sabe sufrir bien… Tengo que amparar a los hombres.

—¡Hermana mía, no lo hagas sin mí! La humanidad sólo tendrá verdadera felicidad si se vuelve fuerte para luchar valientemente contra el mal —explicó Rubí.

Una voz procedente de la constelación de Escudo cortó, entonces, la conversación entre la estrella-alegría y el astro-fortaleza:

—¿Y quién va a conseguir que los hombres vivan lo que vosotras predicáis? Sin la fe, toda alegría es vana y la fortaleza, brutalidad. Percibo que mi morada no es aquí; ¡mi cielo es el corazón del justo! Iré con vosotras y tomaré posesión de lo que es mío.

Inesperadamente la estrella de la paz se puso a llorar:

—¿Me quedaré aquí sola sin vosotras? No puedo bajar, pues allí no existe un lugar de absoluta paz. Dios constituyó la tierra como campo de batalla y la completa posesión de mi bien sólo se encuentra en el Cielo.

—Calma, amiga mía. En breve tendrás nuevas compañías, porque también iré yo a visitar a las almas. Las llenaré de esperanza en poseerte eternamente —la consoló Esmeralda, que también regresaba a su «tierra natal».

Así, tranquilizado el bello Diamante-paz, descendieron las demás piedras-estrellas. Hasta el día de hoy escoltan a la estrella de la generosidad y del dolor, que diariamente visita los corazones de los hombres, deseosa de llevarlos al gozo del Reino de la paz eterna. Estemos con el alma abierta y oigamos lo que estas fulgurantes lumbreras celestiales tienen que contarnos. 

 

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