Por encima de la virtuosa propensión de Dña. Lucilia a lo elevado y a lo sublime, se hallaba su robusta determinación de cumplir la voluntad de Dios, aunque le costara frenar sus buenos movimientos de alma.

 

A medida que se acercaba a los 30 años, se delineaba en el interior de Lucilia una aspiración a la vida religiosa, la cual adquiría rasgos cada vez más marcados durante largas horas de contemplación en la quietud, intercaladas de oración vocal. Sin embargo, por encima de su virtuosa propensión a lo elevado y a lo sublime, permanecía su decidida determinación de cumplir la voluntad de Dios, aunque fuera a costa de frenar sus buenos movimientos de alma.

Dispuesta a seguir en cualquier momento, por mucho que le costara, la voz del Espíritu Santo, tenía por seguro que ésta se manifestaba a menudo a través de los consejos u órdenes de su querido padre, el Dr. Antonio Ribeiro dos Santos.

Docilidad a los designios de la Providencia

Al atardecer de cierto día, el Dr. Antonio, con su característico paternidad, se acercó a su hija para tratar el delicado tema del matrimonio. Le hizo ver que los años pasaban y que corría el riesgo de convertirse en una tía solterona, alrededor de la cual los sobrinos hacen la fiesta.

Claro que, como buen padre, no deseaba presionarla para que se decidiera por el matrimonio. En esa misma ocasión, le contó a Lucilia que un amigo suyo le había presentado a un joven abogado, el Dr. João Paulo Corrêa de Oliveira, descendiente de una ilustre familia de Pernambuco, muy fino e inteligente. Lo consideraba, por tales motivos, el esposo más apropiado, pero salvaguardando que solamente a ella le correspondía la última palabra.

Con su fisonomía siempre dulce y afectuosa, Lucilia no se alteró ante la sugerencia paterna. Era una nueva manifestación de aquella permanente templanza que ya iba alcanzando su pleno florecimiento.

Si la voluntad de la Providencia se insinuaba de esta forma, ¿por qué no alegrarse? Su futuro tenía que ser bueno, puesto que había sido recomendado por el Dr. Antonio. ¿Qué más podía faltar para su consentimiento? Sin embargo, siempre comedida y prudente, le pidió a su padre un tiempo para pensárselo y, después de rezar y reflexionar mucho, aceptó la propuesta de que le fuese presentado el digno y simpático licenciado, de quien sería novia.

Lucilia no se equivocaba al discernir en las palabras de su padre la indicación de los designios divinos a respecto de ella. De hecho, estaba llamada a ejercer el insustituible papel de la buena madre junto al Dr. Plinio Corrêa de Oliveira , varón suscitado por Dios para marcar el siglo XX con su virtud y actuación a favor de la Santa Iglesia y de la civilización cristiana.

Pompa nupcial

¡Día 15 de julio de 1906! Fecha notable en la crónica social de la ciudad, debido a un brillante acontecimiento del cual nos da noticia el Correio Paulistano del día siguiente:

Doña Lucilia poco antes de la boda

«Se celebró ayer, en esta capital, el matrimonio de la Excma. Srta. Lucilia Ribeiro dos Santos, hija muy amada del Sr. Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, con el distinguido abogado, el Dr. João Paulo Corrêa de Oliveira. […]

«La ceremonia religiosa, que se celebró a las ocho y media de la noche en la capilla del Seminario episcopal, estuvo concurridísima. Pronunció en esta ocasión una bella oración de bendición y buenos augurios a la nueva pareja, el Rvdmo. arcediano Mons. Francisco de Paulo Rodrigues, vicario general de la diócesis».

La concurrencia en la iglesia de numerosos invitados, pertenecientes a la más alta sociedad, despertó extrema curiosidad entre la gente sencilla que por allí pasaba, atrayendo a una pequeña y ruidosa multitud.

Sin embargo, nada le gustó tanto a aquella gente como el extenso cortejo de carruajes y automóviles que se dirigía a la residencia de los Ribeiro dos Santos, inmediatamente después de la ceremonia. Llamaba especialmente la atención el vehículo de los novios que, finamente decorado y tapizado en seda, abría el séquito.

El ansiado encuentro con Nuestro Señor Sacramentado

Hasta el pontificado de San Pío X, a principios del siglo XX, la gracia de la Primera Comunión todavía no se había extendido a los niños y adolescentes. No fue ése, empero, el único motivo que mantuvo a Lucilia lejos de este sacramento hasta la proximidad de su boda. En aquella época, la población brasileña, aunque era mayoritariamente católica y participaba en todos los acontecimientos religiosos, casi no frecuentaba los sacramentos. Contribuía a esta actitud contradictoria una ensañada propaganda anticlerical, que la conducta censurable de cierto número de eclesiásticos no hacía sino estimular.

Altar de la capilla del monasterio de la Luz, São Paulo, donde Dña. Lucilia hizo la Primera Comunión

Esto conllevaba, como resultado, lamentables malentendidos entre el clero y los fieles, incluso favoreciendo la circulación de rumores desagradables, según los cuales existían sacerdotes que se aprovechaban del confesionario para hacer proposiciones deshonestas a las penitentes. En el triste clima así establecido, se comprende que muchos padres de familia prohibieran a sus hijas y sus esposas acercase al tribunal de la penitencia. El Dr. Antonio creía estar actuando con acierto al adoptar tal postura.

Para un alma ardientemente devota del Sagrado Corazón de Jesús, la comunión constituía el ápice normal del trato íntimo con el divino Salvador. De ahí que supusiera para la joven Lucilia una prueba nada pequeña el vivir tanto tiempo a la espera de ese sacramento. Y, a pesar de la admiración, nunca desmentida, que sentía por su padre, no lograba esconder su mansa incomprensión ante la irreductible actitud de éste; pero sin resultado.

El matrimonio le proporcionaría, por fin, la oportunidad de realizar el deseo, que albergaba desde hacía tanto tiempo, de recibir a Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía. La víspera de la boda, el Dr. Antonio se dirigió a su futuro yerno y le dijo:

Dr. João Paulo, debido a la situación del clero, hasta ahora no he permitido que Lucilia se confesara y, por consiguiente, tampoco que comulgara, aunque ella lo quisiera de veras. Como la situación va mejorando, soy propenso a permitirlo. De todas formas, quien tiene que decidirlo es usted: si quiere, se confesará y comulgará ahora con ocasión de su matrimonio.

El Dr. João Paulo miró a su novia a fin de que manifestara sus anhelos. Con la delicadeza de siempre, le dijo que le gustaría mucho poder comulgar regularmente. A partir de entonces, convinieron que así se hiciera y en la víspera de la boda (el 14 de julio de 1906), Lucilia pudo confesarse y hacer la Primera Comunión en su muy amada capilla del Convento de la Luz, adquiriendo de esta forma más fortaleza de alma para enfrentar las incertidumbres de un nuevo estado de vida. 

Extraído, con adaptaciones, de:
Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV;
Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 97-101.

 

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