La gloriosa cuna de la vocación de Teresa de Ávila permaneció, durante cuatrocientos años, ajena a la reforma de esta santa. La hábil acción de una de sus hijas conquistó la esperada restauración, coronada por un emocionante hallazgo.

 

Ávila 1562. Tras veintisiete años de vida claustral en el monasterio de la Encarnación, Teresa de Jesús deja a las casi ciento ochenta religiosas que la habían acompañado en los primeros pasos en la vocación y marcha hacia la aventura más grande de su vida: la reforma de la Orden Carmelita.

Llevando consigo únicamente lo indispensable para su primera fundación, se despide de aquellas paredes, testigos mudos de su bendecida trayectoria: la puerta por la cual había ingresado en el monasterio, el locutorio donde el Señor la había reprendido por detenerse en conversaciones mundanas, la celda en la que había vivido y con Él tantas veces se había entretenido en coloquios sobrenaturales, la escalera donde en cierta ocasión se había encontrado con un bellísimo Niño que le declaró ser «Jesús de Teresa»…

Santa Teresa de Jesús – Monasterio de la Anunciación, Alba de Tormes (España)

Ahora bien, a pesar de haber sido el punto de partida de la renovación carmelitana, ese glorioso monasterio la acogería tan sólo cuatrocientos años más tarde, a través de la hábil y virtuosa acción de una de sus hijas espirituales del siglo XX.

En efecto, muchos años después de su partida y habiendo conquistado numerosas victorias para la Virgen del Carmen, Santa Teresa fue llevada por la obediencia de vuelta a su comunidad, esta vez como superiora. Sin embargo, encontró una oposición férrea por parte de las religiosas que, en un acto de manifiesta rebeldía, le negaron la entrada y la toma de posesión de su cargo… Después de duros y amargos momentos allí vividos, obtuvo como resultado que, a su muerte, ese convento se mantenía tan «calzado» como antes, es decir, no había adherido a la renovación deseada por ella.

Albores de la transformación

En 1940, ciertamente por la celestial intercesión de su fundadora, el monasterio acató la reforma, aunque todavía le faltara progresar en muchos puntos. Los cuatro siglos de resistencia habían marcado profundamente a aquella comunidad y hubo dificultades en la adhesión total al espíritu teresiano.

Como, no raras veces, el estado espiritual de un grupo de personas se refleja en la realidad material que lo rodea, en 1966 —¡veintiséis años después!— la falta de fervor de aquellas carmelitas y su deseo de lenitivos en el cumplimiento de la Regla se encontraban lamentablemente plasmados en la apariencia física del monasterio que, marcado por el tiempo, amenazaban con desmoronarlo. El convento, que había albergado a más de un centenar de monjas en la época de Santa Teresa, estaba reducido a una pequeña comunidad constituida en su mayoría por hermanas ancianas, lo que dificultaba la conservación del edificio.

Por otra parte, al ser la cuna de la vocación teresiana, muchos peregrinos, deseosos de imbuirse del espíritu de la santa, lo visitaban anualmente, acarreando no pocas contrariedades para la vida contemplativa que allí debería llevarse.

Otra «Teresa» para reformar la Encarnación

Santa Maravillas fotografiada al final de su vida

Aunque las religiosas de la Encarnación fueran conscientes de la grave situación del monasterio, se sentían incapaces de hacer frente a la tarea de reformarlo, tanto por el esfuerzo económico como por la fuerza moral que supondría llevarlo a cabo. Había que encontrar a alguien apto para conmover a almas generosas que financiaran la obra y, sobre todo, que estuviera dotado de un corazón abnegado y dispuesto a sufrir las dificultades que tan vasto proyecto prometía.

A fin de solucionar la cuestión, el confesor de la comunidad, el P. Crisógono de Jesús Sacramentado, y el obispo de Ávila, Mons. Santos Moro Briz, llegaron a la conclusión de que la única persona capaz de realizar la obra era la Madre Maravillas de Jesús, priora del monasterio de Aldehuela, en las proximidades de Madrid, que hacía poco había concluido la restauración de la comunidad carmelita de El Escorial.

Entonces le pidieron, en nombre de las religiosas de la Encarnación y de la diócesis, que tomara las riendas de la restauración no solamente de los edificios, sino también de las almas, llevándose consigo religiosas de sus fundaciones que pudieran auxiliarla. La Madre Maravillas, no obstante, se juzgaba inhábil para tal misión… Decidido a convencerla, Mons. Moro Briz le escribió, en enero de 1966, afirmando que si no acepaba el encargo, Dios le pediría cuentas a ella de la ruina de tan venerable monasterio.

A la Madre Maravillas le quedó claro la extrema necesidad de su intervención para que la comunidad de la Encarnación no pereciera. Por el amor que le tenía a su madre espiritual, Santa Teresa, se dispuso a asumir la pesada tarea, a pesar de sus 64 años y de su frágil salud.

Lucha por la apertura de las almas

Antes de comunicar al general de la Orden su decisión, la Madre Maravillas visitó dos veces el monasterio y comprobó la triste situación en que se encontraba. Según cuentan algunas carmelitas que la acompañaron, las religiosas «estaban bastante espantadas» y «no querían que [la Madre Maravillas] fuera en este plan de corregir y reformar espiritualmente a la comunidad. Ellas querían solamente la ayuda material y monjas que las auxiliaran materialmente».1

Mover las voluntades y abrir los corazones es mucho más difícil que construir edificios y levantar paredes… Sin embargo, poco a poco la Madre Maravillas fue convenciendo a las religiosas para que aceptaran las condiciones de la reforma y, finalmente, todas acabaron encariñándose con ella, lo que causó no poca admiración en los que conocían las disposiciones anteriores de la comunidad.

Se sabe que esa alma elegida y amada por la Santísima Virgen pidió muchas luces al Señor antes de elegir a las carmelitas que deberían acompañarla en su ardua misión, dejando trasparecer en algunas cartas lo mucho que deseaba que fueran las más observantes y virtuosas. Después de una meticulosa selección, la Madre Maravillas nombró nueva priora a la Madre Magdalena de Jesús y, además de ocho religiosas elegidas para auxiliarla, encargó los arreglos del edificio a la Hna. Isabel de Jesús, la cual, sin ser arquitecto, planeaba todas sus fundaciones.

Habían sido dados, por fin, los primeros pasos para la reforma de la Encarnación.

Ánimo inquebrantable en la obtención de los medios

Tras haber conquistado la apertura de las almas y establecido un grupo de carmelitas auxiliares, la primera disposición efectiva que adoptó la Madre Maravillas fue la de volcarse en las urgentísimas necesidades materiales de la comunidad.

Según el parecer de los especialistas, el monasterio se mantenía en pie por puro milagro, que las hermanas atribuían a Santa Teresa. Urgía colocar entre cuarenta y cincuenta puntales para que el edificio no se viniera abajo. Era necesario levantar los tejados, rehacer los sótanos, sustituir las vigas de madera, casi podridas y deshechas, por otras de cemento y hierro, construir nuevas celdas, restaurar la iglesia y realizar otras muchas reparaciones…

Con ánimo inquebrantable, la Madre Maravillas resolvió iniciar la reforma pidiendo ayuda financiera al poder público, convencida de que la conservación de tan valiosa reliquia también le competía. Fue entonces cuando un auténtico batallón de arquitectos, albañiles y trabajadores de todo tipo comenzaron las obras en el convento.

Movidos de entusiasmo por el valor histórico del edificio y por el simbolismo de cada rincón, los trabajadores se mostraron incansables en su labor, esfuerzo que enseguida sería muy bien recompensado por el Cielo a través de una inesperada y sorprendente dádiva.

Un regalo de Santa Teresa

En el piso superior, la cocina descubierta durante la reforma del convento – Monasterio de la Encarnación, Ávila (España)

En medio de los trabajos de reforma fue encontrada la puerta por la cual Santa Teresa había entrado en el monasterio con ocasión de su nombramiento como priora en 1571, además de varias ventanas y pinturas de la época. Pero el mayor y más interesante descubrimiento se daría el 3 de diciembre de 1968.

Por indicación de la Hna. Isabel, durante algunos días los obreros se esforzaron en derrumbar una de las paredes de la capilla de la transverberación, construida años antes en el lugar de la celda de Santa Teresa. La carmelita «arquitecta» tenía la esperanza de que detrás de alguna de aquellas paredes existiera aún parte de la celda o de la cocina de la fundadora, pues a partir de las medidas del edificio se estimaba que habría un espacio entre el muro de la capilla y lo que vendría a ser la puerta de la celda.

Cuál no fue la sorpresa cuando, tras varios días, los albañiles encontraron la codiciada cocina, en la que Santa Teresa había preparado sus comidas durante veintisiete años. Los ladrillos ennegrecidos aún formaban perfectamente el arco de la chimenea y el olor a humo concentrado por los siglos de reclusión era sentido nada más con acercarse.

La estupefacción y la emoción embargaron el corazón de todos los presentes, que vieron sus esfuerzos generosamente recompensados con el hallazgo de la peculiar reliquia.

Avisada para que verificara lo ocurrido, la antigua priora del monasterio, la Madre Encarnación, después de mirar largamente el techo y toda la cocina, permaneció inmóvil durante algunos minutos. Su profunda palidez atrajo la atención de los presentes, quienes al verla que seguía impávida pensaron que estuviera sintiéndose mal. Sin dar atención, no obstante, a las preguntas que le hacían, la Madre Encarnación mantuvo la mirada fija en aquel pequeño y bendito lugar. Al cabo de un rato explicó lo que le había pasado. Había visto a la mismísima Santa Teresa, que le dijo: «Estate tranquila, pues todo cuanto las madres están haciendo en esta santa casa es de mi agrado y muy bien hecho».2

Interior del monasterio de la Encarnación, Ávila (España)

Se sellaba así, con una comunicación sobrenatural, la santidad de la reforma emprendida por la Madre Maravillas y sus religiosas y quedaba comprobado, una vez más, cuánto Dios bendice, aún en esta vida, a aquellos que se preocupan por sus obras: «Cada uno será recompensado por el Señor según el bien que hiciere» (Ef 6, 8).

Se restaura el espíritu carmelitano

La reforma del edificio concluyó en un tiempo récord de cinco años. Para facilitar la observancia de la Regla, la puntualidad en los horarios y la participación de la comunidad en los actos en conjunto, se modificó el estilo de las celdas, que se hicieron menores, más alegres y soleadas. Se erigió un nuevo coro para uso de las religiosas y el antiguo, con el comulgatorio usado por Santa Teresa, quedó expuesto para la visita del público. Se ideó también un museo teresiano con todos los recuerdos de la Santa, para que pudieran ser venerados por los peregrinos.

Además, debido a la afluencia de fieles y de sacerdotes que deseaban celebrar Misas en el monasterio, la Madre Maravillas confió el servicio de la sacristía externa y la atención a los peregrinos a una congregación recién fundada, las Siervas del Evangelio, y construyó un edificio anexo al monasterio para residencia de estas religiosas.

Interior del monasterio de la Encarnación, Ávila (España)

Por otro lado, no menos gloriosa que la restauración material fue la transformación moral obrada por la sabiduría de la Madre Maravillas. A través de la paciencia y del buen ejemplo, paulatinamente la disciplina y el espíritu teresiano fueron echando raíces en el monasterio de la Encarnación. La comunidad empezó a observar las santas costumbres de la reforma, la paz y la unión no tardaron en establecerse entre las hermanas.

¡Colaboremos en la reforma del mundo!

Dice la Escritura que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20). Si durante cuatrocientos años la resistencia a la gracia divina reinó en aquel monasterio que había sido la cuna de la vocación de Santa Teresa de Jesús, en él también la misericordia de Dios acabó triunfando magníficamente y, a través de la acción virtuosa de un alma escogida, marcó para siempre la historia de la Orden Carmelita.

En los días en que vivimos, en los cuales innegablemente sobreabunda el pecado, pidámosle a Santa Teresa, a la Madre Maravillas de Jesús y a todos los santos y santas carmelitas que velen por nuestras almas y las hagan dóciles a la acción del divino Espíritu Santo y de los varones por Él elegidos, para que podamos colaborar en la reforma del mundo y triunfar con ellos en el Reino de María. 

 

Notas

1 GONZÁLEZ CHAVES, Alberto José. A casa de Teresa. 50 años de la restauración del Monasterio de la Encarnación de Ávila por Santa Maravillas de Jesús. In: Santa Madre Maravillas de Jesús. Madrid. N.º 178 (2016); p. 6.
2 MAGDALENA DE JESÚS, OCD. Un hallazgo singular. In: Santa Madre Maravillas de Jesús. Madrid. N.º 178 (2016); p. 19.

 

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1 COMENTARIO

  1. La historia del Carmelo es apasionante.
    He visitado muchísimas veces el Monasterio de la Encarnación. Y sólamente entrar por la puerta te transporta a los tiempos de Santa Teresa.
    La comunidad actual, tras las rejas del locutorio, respiran una bondad y cariño envidiable para los que vivimos en el mundo.
    Tengo la suerte de tener un trocito de madera de una viga de la celda de la santa reformadora.
    Santa Teresa, ruega por tus hijos

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