Ser apóstol es una vocación que se extiende a todos los tiempos y lugares. ¿Cómo diferenciar, no obstante, al apóstol verdadero del falso? La Segunda Carta a los corintios nos ofrece valiosos elementos para ello.

 

Ser apóstol no consiste en algo exclusivo del período inicial de la Iglesia, sino en una vocación que se extiende a todos los tiempos y lugares. De lo contrario, no sería posible cumplir el mandato del divino Maestro: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la Creación» (Mc 16, 15).

No obstante, junto a esos auténticos enviados de Dios, siempre hay quienes se presentan como tales, pero que, en realidad, son lobos rapaces que tratan de destruir al rebaño de Cristo (cf. Mt 7, 15).

Esta triste realidad y sus consecuencias han sido, por cierto, pronosticadas por el propio Jesús: «Aparecerán muchos falsos profetas y engañarán a mucha gente y, al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24, 11-12).

Por lo tanto, es muy importante saber discernir los verdaderos apóstoles y los falsos. ¿Cómo hacerlo?

La Segunda Carta a los corintios y la figura del apóstol

La Segunda Carta a los corintios es uno de los escritos más ricos de San Pablo. Las circunstancias que la envuelven, sus destinatarios e incluso los problemas pastorales que la motivaron, hace que brille como un «apasionado desahogo del corazón del gran Apóstol, una vigorosa defensa de su apostolado en respuesta a las calumnias levantadas contra él».1

En su epístola, el Doctor de las Gentes hace una contraposición entre él mismo y los «falsos apóstoles» que buscan minar su trabajo. De modo que es fácil de detectar a lo largo del texto bíblico las características del verdadero embajador de Jesucristo. Pasemos a considerar algunas de ellas.

Elegido por Dios

«Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios» (2 Cor 1, 1).

Ya en las primeras palabras de la epístola, San Pablo señala su vocación: apóstol de Jesucristo. Esa es su identidad, su credencial, su definición.

Otra verdad, sin embargo, se manifiesta claramente en el texto sagrado: recibió su misión directamente de Dios. Es la voluntad divina la que hace que el hombre se eleve a la altísima condición de enviado del Señor. Se trata de un don, una gracia que ninguna fuerza humana puede conceder o usurpar.

Signo de contradicción

«Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida» (2 Cor 2, 15-16).

Incluso siendo un emisario de Dios, el verdadero apóstol no goza de la aceptación de todos. Algunos lo tienen como un portador de muerte. ¡Es un signo de contradicción! Sus oyentes se verán impelidos a tomar una actitud definida: acogerlo o rechazarlo. La adhesión lleva consigo la admiración; mientras que el rechazo, el odio.

Una cualidad así parecería incoherente y hasta contradictoria con la misión apostólica, que tiene por finalidad salvar al mayor número posible de almas; pero no lo es. Querer la salvación de todos no implica automáticamente en que todos quieran ser salvados.

Para aquellos que hacen poco caso de su propio destino eterno, la figura del apóstol se vuelve insoportable. Es lo que explica San Juan Crisóstomo, al comentar el fragmento citado: «El que va hacia la perdición sólo pude recriminarse a sí mismo. Se dice que los cerdos son sofocados por el perfume y que la luz, como ya he dicho, ciega a los débiles. La naturaleza de las cosas buenas es así: no solamente cura lo que es similar a ella, sino que destruye lo que le es contrario; de esta manera se muestra fortísima su fuerza».2

¿Apóstol de Cristo o siervo de Beliar?

Martirio de San Pedro – Catedral de San Pedro, Condom (Francia)

«No os unzáis en yugo desigual con los infieles: ¿qué tienen en común la justicia y la maldad?, ¿qué relación hay entre la luz y las tinieblas?, ¿qué concordia puede haber entre Cristo y Beliar?, ¿qué pueden compartir el fiel y el infiel?, ¿qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos?» (2 Cor 6, 14-16).

He aquí otro atributo fundamental del verdadero apóstol de Jesucristo, enunciado claramente por San Pablo: ¡integridad!

El que posee ese llamado debe precaverse en relación con las acciones que atentan contra él; y, por eso, debe ser consciente de que, en el camino de la fidelidad, no hay sitio para inicuas composiciones.

Al preferir la tolerancia en lugar de la intransigencia contra el mal, el falso apóstol desea fabricar una pretendida compatibilidad entre Cristo y Beliar, entre la Luz y las tinieblas, entre Dios y los ídolos.

La infidelidad constituye una marca inconfundible de quien no es auténtico enviado de Dios. Más aún, distingue con claridad a un siervo de Beliar, pues quien no se muestra íntegro en el servicio de Dios se vuelve merecedor de las palabras del divino Maestro: «El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama» (Lc 11, 23).

San Ireneo de Lyon emite un juicio severísimo con respecto a este género de personas: «En cuanto a aquellos, que pasan por presbíteros ante los ojos de muchos, pero son esclavos de sus pasiones y no anteponen el temor de Dios en sus corazones, […] y obran el mal en secreto y dicen: “Nadie nos ve”, serán reprendidos por el Verbo, que no juzga según la reputación ni se fija en las apariencias, sino en el corazón. Y escucharán estas palabras dichas proféticamente por Daniel: “¡Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. ¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”».3

Perseguido por los «falsos apóstoles»

«Esto lo hago y lo seguiré haciendo para cortar de raíz todo pretexto a quienes lo buscan para gloriarse de ser tanto como nosotros. Esos tales son falsos apóstoles, obreros tramposos, disfrazados de apóstoles de Cristo; y no hay por qué extrañarse, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Siendo esto así, no es mucho que también sus ministros se disfracen de ministros de la justicia. Pero su final corresponderá a sus obras» (2 Cor 11, 12-15).

Este es uno de los muchos pasajes en los cuales San Pablo insinúa que está siendo perseguido.

La comunidad de Corinto —por la cual el Apóstol llegó a derramar lágrimas de amor (cf. 2 Cor 2, 4)— empezó a incriminarlo con varias acusaciones infundadas y calumnias. He aquí algunas de ellas: que no pertenecía a Cristo, que era un destructor de comunidades, que invadía el terreno de otros e incluso que padecía una especie de esquizofrenia (cf. 2 Cor 10, 1-14).4

¿Cómo se explica que las mismas personas por las que San Pablo tanto se había dedicado pudieran, de manera tan vil, habérsele sublevado? Un exégeta contemporáneo nos lo responde: «Los corintios no llegaron solos a formular estas acusaciones contra Pablo. Detrás de ellas están los que la carta llama, con una buena dosis de ironía, “superapóstoles”. ¿Quiénes son? Seguramente personas influyentes, representantes de la jerarquía central que se impone a la comunidad».5

Ante la persecución, no desfallecer, ¡sino luchar!

San Pablo es apedreado en Listra -Basílica de San Pablo Extramuros, Roma

Por otra parte, el modo como el Apóstol enfrenta la calumnia es conmovedor. El verdadero mensajero de Cristo jamás puede dejarse abatir por las persecuciones que sufre, ya sean externas, ya internas, incluso cuando provienen de aquellos que fueron objeto de una mayor bondad, dedicación y esperanza.

Defenderse con altanería y con confianza en aquel que todo lo puede, cortándoles todo pretexto a los obreros tramposos (cf. 2 Cor 11, 12-13), fue el medio utilizado por San Pablo para superar las dificultades encontradas en el camino de la evangelización. Esto hizo de él un varón realmente majestuoso.

Al respecto, pondera con sabiduría el Papa Benedicto XVI: «¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla? Es evidente que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, a veces desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que ningún límite podía considerarse insuperable. Para San Pablo, como sabemos, esta razón es Jesucristo».6

Apóstol de los «secretos» de Dios

«¿Hay que gloriarse?: sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un hombre en Cristo que hace catorce años —si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe— fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que ese hombre —si en el cuerpo o sin el cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe— fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables, que un hombre no es capaz de repetir» (2 Cor 12, 1-4).

En la teología, los fenómenos místicos extraordinarios o sobrenaturales —como este que nos narra San Pablo— son considerados gratis datæ, es decir, dones que Dios concede gratuitamente a quien Él quiere. Están reservados a pocos; e incluso varios santos no llegaron a recibirlos. Sin embargo hay que tener claro que todo bautizado debe nutrir una inmensa vida interior— mística en el sentido más profundo de la palabra—, condición imprescindible para cualquier acción pastoral. Ningún apóstol puede excusarse por no cultivar y fomentar la contemplación.7

Esto no significa, no obstante, que esos fenómenos sean siempre fortuitos. Al contrario, muchos de ellos tienen como causa el intenso grado de espiritualización al que han llegado ciertas almas escogidas.8

San Pablo, por Lippo Memmi – Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

De este modo, podemos ver en la elocuente descripción de las revelaciones recibidas por San Pablo una garantía de que él no es únicamente portador de Espíritu, sino también poseedor de una gran intimidad con Nuestro Señor Jesucristo. A menudo, Dios se revela místicamente al apóstol para convertirlo, de manera más evidente todavía, en un emisario suyo.

«Apóstol de Jesucristo y heraldo de la verdad»

El texto de la Segunda Carta a los corintios contiene también otras cualidades que diferencian al verdadero apóstol del falso, tales como la modestia (cf. 2 Cor 12, 14), la sinceridad (cf. 2 Cor 1, 12-14), el ser ministro del espíritu y no de la letra (cf. 2 Cor 3, 5-6). No obstante, los límites de este artículo impiden un análisis más extenso.

De cualquier manera, la índole del auténtico evangelizador está trazada con una claridad única en la epístola, cuya idea central consiste en la defensa del ministerio paulino. En palabras de un renombrado exégeta, el hilo conductor de su proceder se puede definir así: es «apóstol de Jesucristo y heraldo de la verdad, con todas las dificultades y toda la gloria que eso lleva consigo».9

Gloria, palabra que suena tan atrayente a los oídos de todos. Sea el apóstol verdadero, sea el falso, la buscan incansablemente.

Para este, la gloria se traduce en señuelo, oportunismo e hipocresía. Para el otro, sin embargo, significa revestirse de Jesucristo, considerarse como instrumento puesto en las manos del Señor. Instrumento que, a veces, es débil; pero, paradójicamente, a partir de esa flaqueza, Nuestro Señor Jesucristo muestra toda su fuerza y todo su poder (cf. 2 Cor 12, 10). 

 

Notas

1 PEIFER, OSB, Claude J. Conoce la Biblia: Nuevo Testamento. Primera y Segunda Epístola de San Pablo a los corintios. Santander: Sal Terrae, 1966, v. IX, p. 106.
2 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Omelie sulla seconda lettera ai Corinzi, 5, 2. In: ODEN, Thomas C.; BRAY, Gerald (Ed.). La Bibbia commentata dai Padri. Nuovo Testamento: 1-2 Corinzi. Roma: Città Nuova, 2014, v. VII, p. 276.
3 IRENEO DE LYON. Contra las herejías. L. IV, c. 26, n.º 3: SC 100, 721-723.
4 Para obtener una explicación más detallada acerca de estos y otros ataques hechos contra San Pablo véase: BORTOLINI, José. Cómo leer la Segunda Carta a los corintios. Los agentes de pastoral y el poder. Santafé de Bogotá: San Pablo, 1998, pp. 22-24.
5 BORTOLINI, op. cit., p. 25.
6 BENEDICTO XVI. Audiencia general, 25/10/2006.
7 La importancia de la contemplación para el perfecto desarrollo de la vida del apóstol es abordada con claridad en: GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald. Las tres edades de la vida interior. 3.ª ed. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1950, pp. 1075-1082.
8 Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. 6.ª ed. Madrid: BAC, 1988, p. 886.
9 TURRADO, Lorenzo. Biblia Comentada. Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas. Madrid: BAC, 1965, v. VI, p. 460.

 

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