Percibir la excelencia de cada criatura y apreciar el aspecto por el cual reflejan a Dios es un don que nos prepara, por afinidad, para el Cielo.

 

En la sociedad humana existe lo que la Iglesia llama orden espiritual y orden temporal. La primera se refiere a lo sobrenatural y a la salvación de las almas directamente. La segunda, a la vida terrena —hecha para servir a la Iglesia y, por tanto, al orden espiritual—, de manera que está orientada hacia lo sobrenatural. Las realidades temporales son competencia del Estado, del poder civil; las espirituales están a cargo de la Iglesia.

Consideremos dos ejemplos: una capilla y un comedor. La capilla está hecha para rezarle a Dios; todo se encamina a la oración. El comedor tiene una finalidad tan sólo indirectamente espiritual. Directa y cercanamente presenta un objetivo temporal: que las personas coman y se conserven en buenas condiciones de salud para continuar su existencia terrena, servir a Dios y salvar su propia alma.

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. La Iglesia es la imagen más perfecta del Creador y reluce con las más magníficas semejanzas que una institución pueda tener de Él. Pero también la sociedad civil debe, en cierto sentido, corresponder a la imagen y semejanza de Dios.

En consecuencia, las personas que comen en un refectorio ha de ser imagen y semejanza de Dios mientras están alimentándose allí; y todo en aquel ambiente debe ayudarlas no sólo a comer, sino a contemplar al Creador como el autor de la nutrición, del alimento y del alimentado. El dueño de la casa, el sirviente que lo atiende, la vajilla, los muebles, la iluminación y todo lo que contribuye a la alimentación deben ser tales que la persona vea en ellos la imagen o la semejanza de Dios.

Un almuerzo en el monasterio de San Benito

Me acuerdo de una escena que presencié en el monasterio benedictino de la ciudad de São Paulo, donde conmemoraban la fiesta de San Benito. Yo aún era nuevo en el movimiento católico. En aquel tiempo había una tradición por la cual, el día del fundador de la Orden religiosa, los frailes o monjes invitaban a algunos amigos a una comida de carácter festivo.

Entré en el recinto con mucha curiosidad, porque nunca había participado en un almuerzo de este tipo. Era una sal de dos pisos de altura, con una mesa separada y más alta para el abad, Dom Domingo de Silos Schelhorn, hombre venerable. En el pecho tenía una bonita cruz de oro, colgando de una cadena, estaba todo vestido de negro, con escapulario y solideo también negros, y llevaba un anillo de amatista en el dedo.

A su lado estaba un gran historiador — Alfonso de Taunay,1 uno de los invitados a la fiesta— y una o dos personas notables cuyos nombres no recuerdo. Luego había dos mesas largas, con frailes, monjes benedictinos y algunos laicos. Como yo era novato, me quedé al final de una de las mesas.

Se filtraba una luz bonita a través de las altas ventanas; las mesas estaban colocadas de modo correcto. El abad rezó, bendijo los panes que ya estaban en las mesas, se sentó con mucha distinción. Algunos hermanos benedictinos entraron en fila, llevando platos monumentales, y empezaron a servir. Encontré aquello muy bonito, muy interesante, y sentí que elevaba mi alma a Dios. No obstante, se trataba de un acto temporal, no del canto de los Oficios en la iglesia.

En cierto momento oí detrás de mí, procedente de arriba, una voz que decía: «Continuación de la historia de Cneo Pompeyo». Miré hacia atrás y vi a un fraile benedictino que leía desde el púlpito una inconclusa biografía de Cneo Pompeyo.2 Hacía la lectura cantando muy afinadamente todo el tiempo. Se percibía que estaba mucho más atento a la afinación que al sentido de lo que estaba leyendo, pero que, a veces, iba seduciendo a todos con la narración.

Se dejaba de prestar atención en el ambiente para oír lo que decía: era una cuadriga que pasaba, con corceles fogosos y un guerrero encima; más adelante, llegaba una emperatriz; a continuación, un magistrado discursaba. Después se volvía a la vida cotidiana y se continuaba comiendo.

Comida en la Casa de Formación Thabor, Caieiras (Brasil)

Una de las características del espíritu del Dr. Plinio

Salí de allí con el alma toda ella orientada hacia lo más alto, hacia Dios, a través de lo temporal, de lo material. Ese era propiamente el buen uso que la civilización cristiana hacía de los conventos, pero también de las casas particulares, adaptado, entonces, a la vida de familia.

Una de las características de mi formación de espíritu fue que Nuestra Señora me ayudó muy temprano a percibir, con la facilidad propia a un niño, el reflejo de Dios en las cosas temporales, y no sólo en las espirituales.

Me deleitaba con las realidades espirituales, pero no tenía la tendencia de, por ejemplo, pasar la vida entera en una iglesia. Iba a la iglesia los domingos para rezar, o cuando surgía alguna necesidad durante la semana; caminando cerca de una iglesia, entraba y, si pasaba en el tranvía delante de una de ellas, me llamaba mucho la atención, la analizaba. Sin embargo, cuando entraba, dirigía toda mi capacidad de percepción en dirección a lo eclesiástico y a lo sobrenatural, con gran complacencia de mi alma.

En cuanto a las realidades materiales de la sociedad temporal, también me gustaba enormemente observar cómo eran correctas, bien ordenadas, y me parecía ver allí una superioridad y un atractivo para mi alma que, más tarde, con el estudio y la reflexión, comprendí que eran una semejanza de Dios.

Embestida de los enemigos de la Iglesia contra la sociedad temporal

La Iglesia es el centro de todo orden, de toda belleza, de toda dignidad, no sólo en la doctrina y la moral, sino también en los aspectos materiales de los templos, del culto, etc., que ha conservado con incomparable esplendor.

Hasta un determinado momento la Revolución no había atacado esto, por miedo a producir cristalizaciones. Había embestido contra la sociedad temporal. Y mientras ésta iba quedando cada vez más vulgar, ostentando menos las semejanzas con Dios, la sociedad espiritual parecía majestuosamente detenida en los siglos. Cambiaban las modas, los ambientes, las maneras, todo decaía, pero la Iglesia parecía fijada en la eternidad, inmóvil en su dignidad.

Recuerdo que, en varias épocas de mi vida, me fijaba en la decadencia de las costumbres de la sociedad temporal, del mobiliario, de los ambientes y de todo, continuamente, y frente a esto veía la estabilidad de la Iglesia. Esa sensibilidad mía para con los aspectos temporales me invitaba a actuar contra la Revolución especialmente en la parte temporal, que en aquella época era la más atacada, llevándome a combatir las malas modas, la falta de buen gusto, la vulgaridad y tantas otras cosas, en cualquier clase social donde me encontrara.

El Dr. Plinio a mediados de 1933

Frecuenté todo tipo de clase social, incluso muy modestas, muy populares, en cuyas casas comí. Hice campaña electoral en el norte de Paraná, en el norte del estado de São Paulo; sería exageración decir que vi todo cuanto es tugurio, pero llegué a verlos. En todas partes notaba vulgaridades y falta de buen gusto, al igual que cosas bonitas y elevadas, propias a cada categoría, que me llevaban a decir «sí» a lo que estaba bien, discerniendo allí algunas cosas orientadas a Dios, y «no» a lo que estaba mal y caminaba en dirección opuesta a Él.

Analogía entre belleza y santidad

Así pues, vi cosas magníficas a lo largo de mi vida, tanto en Brasil, como en Europa principalmente. Nunca me fue posible mirar algunas de ellas sin sentir una forma peculiar de belleza muy parecida a la virtud.

De hecho, la verdadera belleza se parece a la santidad. Y ésta, a su vez, es la belleza del alma. Por lo tanto, existe una analogía entre belleza y santidad. La pulcritud de un bien material sería como un reflejo de la santidad, razón por la cual al culto católico le conviene las cosas bellas y no las hediondas.

Nuestra Señora me obtuvo de Dios el don de, en todo lo que es bello y sublime en el orden de la Creación, percibir la excelencia de cada criatura y diferenciar lo que es digno, pero común o nada más que suficiente, y apreciar el aspecto por el cual aquello refleja a Dios.

¿Qué idea de Dios me da esto? La que Dios quiso que yo tuviera. Miro, percibo que es lindo y digo: se trata de una semejanza de Él, así como la obra de arte lo es del artista que la hace. Hay un divino Artista omnipotente, que posee todas las perfecciones y creó todo aquello de la nada, dándole esa belleza para que yo, por afinidad, supiera cómo es Él y, de este modo, me preparara para el Cielo.

Un interlocutor interesantísimo, inagotable y grandioso

Analicemos el mar. Es magnífico y muy parecido a un interlocutor interesantísimo, inagotable y grandioso, al mismo tiempo capaz de decir cosas afables, encantadoras, en rinconcito cualquiera de la playa donde se enrosca en una caracola. Tiene zonas tranquilas, otras que rugen; ¡y todo atrayentísimo!

El mar sería un interlocutor ideal cuando fuera a contarnos, por ejemplo, una batalla que libró: «Me levanté por la mañana y el día estaba espléndido»; se vería en él la belleza del día. «Me preparé para la batalla con gran ímpetu»; y se notaría la pulcritud de la mocedad. «¡Luché!»; y se oirían los trompetazos de todas las músicas de guerra de la Historia. El mar es una gran prosa, imita una vasta mente humana.

Sin embargo, el hombre más imbécil vale más que el mar entero. Dios graduó las cosas y estableció entre ellas esos abismos. La piedra que conociera una planta sentiría un abismo, que es una imagen pequeña del abismo que va de la criatura al Creador. La diferencia de la planta al animal, y del animal al hombre son otras imágenes de ese abismo; del hombre no bautizado y, por lo tanto, no perteneciente a la Iglesia, al bautizado que está en estado de gracia, otro abismo.

Esos abismos nos hacen medir cómo Dios es diferente de todo el universo creado. Y cada ser nos ayuda a comprender cómo es Dios. Entonces nosotros, flotando por encima de todo, exclamamos: «Dios mío, lo he pensado todo, lo he medido todo. ¡Cómo será vuestra Madre y cómo seréis Vos!».

¡Oh, silencio! ¡Oh, grandeza! Como el abismo, lo que es misterioso tiene su belleza. Al mismo tiempo, la intimidad suprema y la distancia infinita, ambas cosas nos encantarán. Él mismo será nuestra recompensa demasiadamente grande, nos prometió Nuestro Señor Jesucristo.

Esos abismos, a su manera, se repiten en las relaciones entre los hombres. Porque, aun siendo todos esencialmente iguales en cuanto naturaleza, en sus accidentes tienen desigualdades profundas.

Comedor de la Casa Madre de los Heraldos del Evangelio, São Paulo

Debemos estar ávidos por contemplar las superioridades

Vuelvo a lo sucedido en el monasterio de San Benito. Aquel benedictino leía acerca de Cneo Pompeyo en un tono de voz que reproducía, con una gravedad teutónica —era alemán—, la impasibilidad de los siglos. Daba la impresión del grandioso desfile de siglos de la Historia.

Si lo leyera yo, no lo haría así. Él, bajo este aspecto, es superior a mí. Y debo estar ávido por contemplar esa superioridad que me hace sentir, conocer y aprender algo, y en esa superioridad deleitarme. Es una perfección más existente en el orden creado por Dios y que hasta entonces no conocía.

He de amar cuando veo a gente superior a mí, así como amarme con rectitud al notar algo en lo que soy más que el otro. A su vez, quien es más que yo deben amar mi pequeñez y quien es menos, mi grandeza. Porque en esa interrelación la Creación refleja no sólo a Dios, sino la diferencia que hay entre ella y su Creador. 

Extraído, con adaptaciones, de:
Dr. Plinio. São Paulo. Año XXI.
N.º 247 (oct, 2018); pp. 8-14.

 

Notas

1 Alfonso d’Escragnolle Taunay, historiador, escritor y profesor brasileño.
2 Cónsul y militar de la República romana. Su victoria como comandante en la segunda guerra civil de Sila le confirió el apodo de Magno.

 

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1 COMENTARIO

  1. » EL REFLEJO DE DIOS EN LA SOCIEDAD TEMPORAL»
    Hasta en lo más cotidiano, el S.D.P. percibía a lo más sublime, a Dios. A Dios reflejado en aquellas cosas temporales que denotaban un orden, una belleza, una armonía. El era consciente de que eso se debía a una Gracia especial, recibida por medio de Nuestra Señora. Y por medio de esta
    Gracia llegó a comparar la belleza con la santidad. Pero también percibía, y sufría por ello, cómo la Revolución atacaba el orden social con las modas, la decadencia y malas costumbre, apartando así a Dios de lo temporal quedando relegado al ámbito religioso y espiritual. Así pues admiremos las cosas bellas, dignas y amemos a las personas superiores; con ello nos prepararemos para el cielo.
    Mayte Huerta Heredero. Valencia. España.

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