Fuerte contra los malos y verdadero padre con sus súbditos, este valeroso rey, de pureza inmaculada, supo ser sagaz para huir de sus enemigos, pero sobre todo supo ser héroe cuando Dios se lo pidió.

 

A la vera del mar azul de la costa este de Inglaterra, se erguía en lo alto un castillo, refugio del rey Edmundo en sus momentos de meditación y recogimiento. Ese palacio y su entorno —denominado posteriormente Maidenboure, es decir, la casa del rey virgen, en el antiguo idioma sajón— eran imagen de la propia pureza de cuerpo y alma de aquel monarca que marcaría la Historia con su sagacidad ante el riesgo, el sacrificio y la lucha y, sobre todo, por haber sido un héroe cuando Dios le pidió su propia vida por la salvación de su pueblo.

Conocido y amado por su dulzura y compasión para con todos, en especial los más necesitados, este soberano demostró cómo en la bondad para con el prójimo y en la pureza de costumbres es donde se adquiere fuerza de espíritu para enfrentar las peores situaciones con osadía y virilidad.

A su memoria se le agregaron algunas leyendas piadosas, siendo difícil distinguirlas de los datos estrictamente históricos. Verdaderas o no, nada le restan a la gloria del santo; al contrario, nos invitan a admirar a quienes no escatimaron las tintas de lo maravilloso cuando se trató de alabar su santidad.

Un niño que brillaría como el sol

San Edmundo – Iglesia de San Andrés, Essex (Inglaterra)

Edmundo nació a principios de la Edad Media, en el año 841. Todo lleva a creer que su familia pertenecía a la nobleza del reino de Sajonia, en la actual Alemania.

Narra la tradición que su padre le había suplicado a Dios tener una santa y numerosa familia y, para que esto le fuera concedido, un ángel le habría inspirado que visitara la tumba de los Apóstoles en Roma. Entonces marchó en peregrinación. A mitad de camino se hospedó en casa de una noble viuda. Cierto día, mientras conversaban, esta señora tuvo una visión: sobre el pecho del peregrino vio un sol radiante que esparcía sus rayos por todas partes y profetizó que de él nacería un hijo cuya fama se extendería por los cuatro rincones de la tierra, inspirando a todos los hombres el amor de Dios.

Desde la niñez, Edmundo fue educado en la fe católica y aprendió a leer y escribir —algo inusual en aquella época— en las escuelas palatinas fundadas por Carlomagno, casi contemporáneo suyo. También se instruyó en el latín y dedicaba sus horas de estudio para memorizar los salmos.

A parte de esto, poco más se sabe de su infancia. Un niño de cabello rubio y ojos azules, en nada se distinguí de los otros muchachos de su edad. Sin embargo, su vida de repente dio un giro cuando cumplió alrededor de los 12 años.

Elegido para la realeza

Cuentan que en las tierras de la Anglia Oriental, región del este de Inglaterra que hoy abarca los condados de Norfolk y Suffolk y parte de los condados de Essex y Cambridgeshire, el rey Offa —que unos dicen que era el tío de Edmundo y otros, su primo— lamentaba no tener ningún heredero que le sucediera en el trono, pues su único hijo había renunciado a la realeza para ser ermitaño. En previsión de las inminentes invasiones de las tribus nórdicas y, sobre todo, temiendo por el bien espiritual de su pueblo, buscaba a alguien de valor a quien confiarle la corona.

Para obtener tal gracia, decidió ir en peregrinación a Tierra Santa. Dios ya había preparado una respuesta a sus súplicas: a medio camino se detuvo en el reino de Sajonia, donde se hospedó con la familia de Edmundo. Al discernir en el jovencito un digno sucesor suyo, Offa quiso adoptarlo como hijo. Antes de continuar su viaje se quitó el anillo real y se lo enseñó al niño diciéndole: «Fíjate bien en el dibujo y el sello de este anillo. Si yo, cuando esté lejos, te indico un deseo mío por medio de este símbolo, ejecútalo sin tardanza».

El rey prosiguió su camino, visitando todos los lugares sagrados por los cuales había pasado el Hombre Dios. En Constantinopla, adonde se dirigía para venerar la Santa Cruz como desenlace de su peregrinación, sintió que las fuerzas le faltaban y que la muerte se acercaba. Reuniendo a los suyos a su alrededor, les anunció que el joven Edmundo debería sucederle en el trono y, dándoles su anillo, entregó su alma a Dios.

Los súbditos de Offa emprendieron enseguida de nuevo el viaje y se presentaron ante la familia de Edmundo, instándoles a que el muchacho los acompañara a Anglia Oriental. Su padre, sin embargo, dudó en dejarlo marchar. Era aún muy joven para asumir el gobierno de un reino, pensaba. Pero temiendo oponerse a los designios de Dios sobre su hijo, finalmente cedió.

En el trono de Anglia Oriental

Dicen que cuando Edmundo desembarcó en la costa de su nueva patria, se postró en tierra para hacer una oración; al levantarse, fuentes de agua cristalina brotaron del suelo árido, las cuales empezaron a obrar curaciones milagrosas.

En la Navidad del 855, cuando Edmundo tan sólo tenía 14 años, los nobles de Norfolk, encabezados por el obispo Humberto, reconocieron formalmente su soberanía. Pero a pesar del manifiesto deseo del fallecido monarca, esto no bastaba para que comenzara su reinado. Conforme a las costumbres del país, era necesario que el nuevo rey demostrara estar a la altura de esa dignidad; sólo entonces el pueblo lo reconocería. Además, el reino se encontraba algo conturbado debido a las invasiones de los bárbaros nórdicos y a la codicia de los soberanos vecinos, que pretendían dominarlo.

El santo obispo Humberto, cuya palabra tenía gran peso en la nación, se dispuso a promover la causa de Edmundo. Así transcurrió un año entero, un período que el rey lo pasó casi en retiro, esperando el momento de asumir efectivamente el gobierno.

La coronación de San Edmundo, ilustración de la obra «Vida de los santos Edmundo y Fremundo», de John Lydgate – Biblioteca Británica, Londres

Finalmente, en la Navidad del 856, Edmundo fue solemnemente coronado como soberano de Anglia Oriental. El cortejo que precedió la entrada del rey estaba compuesto de clérigos, monjes y nobles, que llevaban sus espadas desenvainadas o portaban las insignias reales. En el altar, ante el prelado y con las manos sobre los Evangelios, Edmundo juró fidelidad a la Santa Iglesia, prometió erradicar toda clase de maldad de en medio del pueblo y se comprometió a valerse de justicia y misericordia en los juicios.

Los primeros años de su reinado transcurrieron de forma pacífica. Condescendiente con sus súbditos e intransigente con los malhechores, Edmundo combinaba la dulzura y la sencillez de la paloma con la prudencia y la astucia de la serpiente. En suma, era un monarca cristiano que procuraba la gloria de Dios en primer lugar. Bajo la orientación espiritual del obispo Humberto y practicando siempre la virtud, se convirtió en un gobernante exitoso y su fama enseguida se extendió por toda Europa.

Ahora bien, Edmundo no sería santo si no fuera odiado y perseguido… Y lo fue especialmente por los príncipes paganos de Dinamarca, Hinguar y Hubba, que no tardaron en embestir contra Inglaterra.

¡Abanderado en el campamento del Rey eterno!

El comienzo de la gran invasión tuvo lugar durante el invierno del 866, cuando las fuerzas danesas aportaron en Anglia Oriental. Por donde pasaban, masacraban sin piedad a todos, incluso mujeres y niños; saqueaban ciudades e incendiaban monasterios e iglesias, asesinando a monjes y religiosas en cantidad. En uno de los conventos, la abadesa Santa Ebba, previendo el ataque y queriendo preservar su virginidad más que su propia vida, decidió cortarse la nariz y los labios, inspirando a las demás monjas a hacer lo mismo. Así recibieron a los invasores, los cuales, ante tal espectáculo de heroicidad, las degollaron y le prendieron fuego a la abadía, al ver frustrado su principal objetivo.

Durante cuatro largos años, Edmundo enfrentó a los daneses. Una vez, cuando los enemigos avanzaban en dirección a su castillo, se vio obligado a huir a galope. En cierto momento, se encontró con sus perseguidores que, sin sospechar de su verdadera identidad, lo amenazaron para que les dijera dónde se encontraba el rey. Él respondió astutamente: «Cuando salí a la carrera, Edmundo estaba allí y yo con él. Cuando me di la vuelta para huir, el se giró; no sé si se escapará de vosotros. Ahora el destino del rey está en manos de Dios y de Jesús, a quien obedece».1

Los invasores excedían en número y habilidad a los defensores, pero éstos contaban con la gracia y el auxilio de los Cielos. Hinguar no tardó en enviarle un mensajero a Edmundo haciéndole una propuesta: renunciar al trono y a la fe, a cambio de riquezas y de la garantía de poder reinar como vasallo, sometiéndose a los daneses. El obispo Humberto le aconsejó que huyera para evitar la muerte, pero Edmundo sabía que no podía abandonar a su pueblo y le contestó al prelado: «Él me reserva la vida, que ya no me preocupa; me promete un reino, que ya poseo; me garantiza concederme riquezas, que no necesito. ¿Por estas cosas es por las que ahora empezaría a servir a dos señores, yo que me comprometí ante toda mi corte a vivir y reinar solamente bajo Cristo?».2

Y dirigiéndose al mensajero le dice: «A menos que tu señor se convierta primero en siervo del verdadero Dios, el rey cristiano Edmundo no se someterá a él por ningún amor a la vida terrena. ¡Prefiere seguir siendo abanderado en el campamento del Rey eterno!».3

Firmeza de cara al martirio

Martirio de San Edmundo, ilustración de la obra «Vida de los santos Edmundo y Fremundo», de John Lydgate – Biblioteca Británica, Londres

Tras la salida del mensajero, Edmundo reunió a las tropas para atacar a los enemigos en la ciudad de Thetford. Allí libró una ardua batalla con pérdidas considerables de ambas partes. Algunos autores cuentan que, después del combate, el santo monarca se dirigió con el obispo Humberto a una iglesia de Heglesdune para rezar; despojándose de su armadura, se postró en tierra pidiendo fuerzas para el martirio.

De repente, una horda violenta irrumpe en la iglesia y avanza en su dirección: eran los daneses. Lo arrastraron hacia fuera, lo despojaron de sus vestiduras e insignias reales y, a continuación, lo ataron a un árbol. Edmundo, a imitación del Señor, no opuso resistencia. Tenía tal flexibilidad y fidelidad a la voz de la gracia que supo combatir siempre y huir cuando era necesario, pero no dudó en entregar su vida cuando le fue pedida.

Sujeto al tronco, le hacen nuevas proposiciones de renuncia a la fe. Edmundo las rechaza todas. Empiezan entonces a lanzarle una ráfaga de flechas, hasta que no queda una sola parte del cuerpo sin heridas; sin embargo, al ver que no moría ni desistía —y quizá intimidados por su altivez—, le cortaron la cabeza, arrojándola en un denso bosque. Y así murió, rey, mártir y virgen, el 20 de noviembre del 870. No había cumplido siquiera los 30 años; no obstante, ya estaba maduro para recibir el premio eterno en el Cielo.

El obispo Humberto, que lo había acompañado desde las glorias de la coronación, también lo siguió en los dolores de la pasión, siendo martirizado poco después.

Piadosa búsqueda, milagroso hallazgo

La noticia de la ejecución del rey no tardó en llegar a los oídos de sus súbditos, que se apresuraron a recuperar su venerable cuerpo. Era de noche cuando un grupo de hombres, liderados por un testigo ocular del asesinato, se adentró en el bosque con antorchas en las manos, en busca de la cabeza del rey. Después de mucho tiempo de búsqueda decidieron rezarle al propio San Edmundo. He aquí que, de repente, escucharon a alguien gritar:

—¡Aquí! ¡Aquí!

Todos se miraron entre sí, al reconocer la voz del fallecido, y fueron adonde procedía el sonido.

—¿Dónde estáis? —le preguntaron en medio del bosque oscuro.

Y oyeron nuevamente el dulce timbre de su soberano:

—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!

Ese «aquí» no paró de resonar hasta que se toparon con el milagro: la cabeza del santo, cual tesoro escondido, estaba cuidadosamente guardada por un lobo. Al acercarse, la fiera se apartó, como entregando la reliquia a sus súbditos para que le dieran un entierro digno del rey.

A este milagro le siguió otro tal vez más asombroso: al juntar la cabeza al cuerpo, ambos se unieron, quedando únicamente una fina línea roja alrededor del cuello.

Años más tarde, se constató que el cuerpo de San Edmundo estaba incorrupto. Numerosas personas fueron testigos de ese hecho a lo largo de los siglos; incluso había sido nombrada una mujer para que de tiempo en tiempo le cortara las uñas y el cabello al santo, colocándolas en una caja para la veneración de los fieles. Sin embargo, entre invasiones, guerras y otros imprevistos, el cuerpo tuvo que ser trasladado varias veces, hasta el punto de que hoy en día se desconoce su paradero.

Modelo para los gobernantes y para los que luchan por el Reino de Dios

Hallazgo de la cabeza de San Edmundo, ilustración de la obra «Vida de los santos Edmundo y Fremundo», de John Lydgate – Biblioteca Británica, Londres

Los frutos de la sangre de San Edmundo no se hicieron sentir de forma inmediata, pues los caminos de Dios tienen sus demoras. Tras la muerte del rey, los daneses paganos se hicieron cargo de Anglia Oriental, dominándola durante cincuenta años…

Mientras tanto, llama la atención la muerte repentina e inexplicable de uno de los tiranos daneses, de nombre Swein, la cual es atribuida a San Edmundo: según algunos autores, el rey se le habría aparecido en sueños y asestado un fuerte golpe en la cabeza, cuyas secuelas lo llevaron poco después a finalizar sus días en la tierra.

No obstante, si echamos un vistazo a la Historia de Inglaterra, podremos ver en esa sangre una semilla de los numerosos bienaventurados que allí surgieron, hasta el punto de hacerla merecedora del título de Isla de los santos.

Modelo para los gobernantes, San Edmundo enseña que «sólo gobierna bien quien está dispuesto a llevar la fidelidad a sus principios y a su cargo hasta el martirio».4 Pero él también es ejemplo para todos los católicos que deben batallar para mantener su fe en medio de las hostilidades del mundo moderno. Su vida inmaculada, heroica y siempre conforme a la Providencia fue un prenuncio de la victoria a ser conquistada por los fieles que, incluso sin saberlo, luchan por la implantación del Reino de Dios sobre la tierra.

 

Notas

1 GAIMAR, Geffrei. History of the English. In: HERVEY, Francis (Ed.). Corolla Sancti Eadmundi. The Garland of Saint Edmund, King and Martyr. London: John Murray, 1907, p. 129.
2 SAN ABÓN DE FLEURY. The Passio of Saint Eadmund. In: HERVEY, op. cit., p. 29.
3 MACKINLAY, OSB, James Boniface. Saint Edmund, King and Martyr. London-Leamington: Art and Book Company, 1893, p. 119.
4 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 20/11/1970.

 

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