Junto con una extraordinaria corona de laureles, de los sitios menos esperados recibiría las espinas de la envidia y de la ingratitud.

 

Muchos personajes han brillado en la Historia por su dedicación, bravura y fidelidad. Tales virtudes, no obstante, resplandecen más especialmente en aquellos que supieron practicarlas en medio de enormes contrariedades, peligros y padecimientos, como los que enfrentó el valiente héroe del cual nos ocuparemos en estas líneas.

La vocación militar

Nacido en la ciudad de Montilla en 1453, Gonzalo Fernández de Córdoba era el segundo hijo de una noble familia de Castilla.

Su padre murió joven. Sin embargo, antes de entregar su alma a Dios le confió su familia a un amigo de similares raíces aristocráticas: Diego de Cárcamo. Este hidalgo sirvió de preceptor al pequeño Gonzalo y le inculcó el aprecio por la grandeza, combatividad y rectitud, virtudes que debían brillar en todo caballero, máxime en la España de aquellos tiempos, en los cuales la guerra era una constante realidad.

El joven no tardó en entrar en esas lides. Bajo el mando del capitán Alonso de Cárdenas, participó en las batallas contra Enrique de Portugal, formando parte de una compañía de ciento veinte caballeros de la Orden de Santiago, entre los que destacaba por su coraje, arrojo en la lucha e impresionante genio militar. Su figura pronto se haría conocida, como lo describe en hermosas líneas un famoso historiador:

«La gallardía de su persona, la majestad de sus modales, la viveza y prontitud de su ingenio, ayudada de una conversación fácil, animada y elocuente, le conciliaban los ánimos de todos […]. Dotado de robustas fuerzas, y diestro en todos los ejercicios militares, […] siempre arrebataba los aplausos; y las voces unánimes de los que le contemplaban le aclamaban príncipe de la juventud».1

Hidalguía y espiritualidad

Monumento a Gonzalo Fernández de Córdoba,
por Manuel Oms, Madrid

Era un caballero por entero, lo cual quedaba patente en su refinada forma de actuar.

Cierta vez, cuando Isabel la Católica regresaba de Flandes —donde había ido con su hija Juana— y su barco encontraba muchas dificultades para atracar, D. Gonzalo saltó al agua para ayudar a la soberana, incluso estando vestido de seda y terciopelo, pues no permitiría que la tocasen las manos de los marineros.

En otra ocasión, en la toma de Granada, la tienda de la reina se incendió. El capitán ordenó que trajeran el mobiliario de su propia casa, a fin de reponer las pertenencias que habían sido quemadas en la tienda real. Isabel, al ver la cantidad de tapices, muebles y vestidos que le estaban siendo entregados, le dijo al hidalgo andaluz:

—El fuego le ha causado más daños que a mí.

A lo que él le retrucó:

—Todo esto es poco para ser ofrecido a una reina.

La cortesía servía de apropiada moldura para el ímpetu y combatividad de este bravo militar, que se veía continuamente inmerso en las guerras en defensa de la fe y de sus monarcas. Armado con tales cualidades, desempeñó un importante papel en la Reconquista y la rendición de Granada, partiendo después hacia Italia, a fin de proteger las posiciones e intereses que sus soberanos, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, mantenían en Nápoles.

La primera campaña en Italia

Como el capitán Gonzalo era de la máxima confianza de la reina, no había otro más indicado que él para tan difícil tarea: cuando desembarcara en la península itálica con sus cinco mil infantes y seiscientos caballeros tendría que enfrentar ni más ni menos que a veinte mil soldados a pie y cinco mil jinetes que el rey de Francia, Carlos VIII, había enviado para garantizar el éxito de sus pretensiones de expansión territorial.

Don Gonzalo se dio cuenta de que la manera tradicional de luchar —con cargas de caballería pesada— le sería contraproducente, dada la desproporción numérica y la gran destreza de los franceses en el arte ecuestre, motivo por el cual decidió emplear una técnica de lucha algo diferente contra sus enemigos…

El Gran Capitán en el ataque de Montefrío, por José de Madrazo – Alcázar de Segovia (España)

El nacimiento de los tercios

El método común y más eficiente empleado en las guerras hasta entonces era que la caballería pesada de los ejércitos contrarios midiera sus fuerzas en un choque frontal en campo abierto. El ímpetu de aquellas dos paredes de hierro era tan pujante que aniquilaba cualquier cosa que se interpusiera en su camino.

Sin embargo, los largos años de experiencia militar en la península ibérica le sirvieron al oficial predilecto de la reina para conocer, organizar y poner en práctica una táctica inusual de combatir, pero que se mostraría muy eficaz durante siglos. Consistía en usar, casi exclusivamente, a la infantería, novedad que dejó a todos desconcertados.

Para salir con desenvoltura de la difícil situación en que se encontraba, D. Gonzalo dividió su ejército en tres partes, de donde probablemente se originó el nombre dado a sus formaciones: tercios. Los primeros soldados iban armados con picas o alabardas, a fin de parar a pie la embestida de la caballería; detrás de ellos estaban los arcabuceros, que frenarían el empuje de sus oponentes con sus certeros disparos; y, por último, formaban los rodeleros —nombre que deriva de sus escudos redondos, llamados rodelas—, eximios espadachines que finalizarían la acción, luchando cuerpo a cuerpo con lo que sobrara de la malparada carga.2

Esta formación, utilizada por D. Gonzalo en gran parte de sus batallas, aliada a su ingenio y capacidad, dominó a todos los adversarios que a él se oponían y aumentó su fama de tal manera que le valió el título de Gran Capitán.

Italia lo llama de nuevo

Habiendo restablecido el orden en Nápoles, regresó a España cargado de laureles. Sin embargo, no permanecería en su patria mucho tiempo. Tras unos años, en los cuales comandó expediciones destinadas a aplacar las rebeliones de remanentes musulmanes en la región andaluza de las Alpujarras, fue convocado a una nueva campaña al otro lado del mar Tirreno.

El Tratado de Granada y una bula del Papa Alejandro VI habían dividido los territorios de Nápoles entre las coronas de Francia y de España. No obstante, la posesión de las regiones centrales de Italia no se encontraba tan claramente definida y esto desencadenó inevitables desentendimientos entre los dos monarcas.

Estos últimos confiaron entonces la resolución del problema a sus mejores comandantes. El elegido por la parte francesa fue el duque de Nemours, Luis de Armagnac; por la española, el incontestable Gran Capitán.

Nemours invitó a D. Gonzalo a entablar negociaciones. Después de estériles encuentros, en los cuales expusieron sus razones para tomar posesión de las tierras, ambos salieron persuadidos de que el único medio capaz de poner fin a las discusiones era… las armas.

Tras la batalla de Ceriñola, el Gran Capitán encuentra el cadáver del duque de Nemours, comandante del ejército francés, por Federico de Madrazo y Kuntz – Museo del Prado, Madrid

La batalla de Garellano

Numerosos combates se sucedieron a esos pleitos e, incluso habiendo fallecido Nemours en la batalla de Ceriñola, los franceses sólo perdieron las esperanzas de dominar la situación tras la tremenda refriega que se desarrolló a orillas del río Garellano.

El ejército de Francia intentaba atravesar el agua a fin de librar batalla, pero D. Gonzalo y los suyos se encontraban postados en el otro margen y hacían inútiles cualquier esfuerzo que sus oponentes emprendían para construir un puente. Finalmente, después de muchos intentos, los franceses consiguieron que la estructura hecha de toneles y tablas llegara a tocar el margen opuesto.

Se siguieron sangrientas contiendas, de las cuales habrían salido vencedores si el tiempo no se opusiera a ello. Lluvias torrenciales se desencadenaron y el cauce subió tanto que el puente quedó intransitable. Ambos ejércitos se retiraron a sus respectivos campamentos. El combate se interrumpiría por un período determinado…

En ese ínterin los españoles, que debido a la constitución del terreno se encontraban en un lugar más bajo y sufrían más la intemperie, empezaron a quedarse sin provisiones.

Los oficiales del Gran Capitán le propusieron marcharse hacia Capua, ciudad no muy distante, a fin de que los soldados recuperaran fuerzas. La respuesta fue tajante: «Más quiero buscar la muerte dando tres pasos adelante, que vivir un siglo dando uno solo hacia atrás».3 A continuación, D. Gonzalo reunió a un grupo selecto y le dio la arriesgada misión de dirigirse en secreto a una región donde, lejos de la vista de los franceses, podrían construir otro puente.

Concluida la tarea, casi todo el ejército español atravesó el río. Al ser atacados por sorpresa, se apoderó de los desprevenidos soldados franceses tal caos que su única defensa fue salir en desbandada para intentar salvar su vida. Por segunda vez, la victoria de la constancia contra la displicencia y de la vigilancia contra la imprevisión expulsó a los franceses de Nápoles.

Las cuentas del Gran Capitán

Tanta gloria, sin embargo, no era aprobada por todos… Entre los descontentos estaba el rey Fernando que, tras la muerte de su esposa Isabel, no veía con buenos ojos a Gonzalo de Córdoba.

Estatua orante de Gonzalo Fernández de Córdoba – Real Monasterio de San Jerónimo, Granada (España)

No sabemos hasta dónde llega la verdad y dónde empieza la exageración al respecto, pero se dice que, aconsejado por otros tantos envidiosos más, el monarca estaba constantemente en busca de algún pretexto para librarse de aquel de quien pensaba que ofuscaba su gloria. Cierto día —esto sí es un hecho documentado— Fernando exigió que Gonzalo compareciera a juicio, a fin de justificar las grandes sumas de dinero que había utilizado en la última campaña, pues su exorbitante valor, según el parecer de los detractores, probablemente había sido fruto de algún desvío.

El Gran Capitán no se alteró ante aquel ultraje a su honestidad y, al día siguiente, abriendo un cuaderno de notas, leyó la lista de los gastos de la empresa: «Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para que rueguen a Dios por la prosperidad de las armas del rey. Setecientos mil cuatrocientos noventa y cuatro ducados en espías. En picos, palas y azadones, cien millones. En guantes perfumados para preservar a las tropas del hedor de los enemigos muertos, cuarenta mil ducados; y, finalmente, trescientos millones, valor de mi paciencia perdida al escuchar a gentes que piden cuentas al que ha traído reinos (este párrafo no fue leído al rey)».4

Ante las cómicas enormidades de aquellas cifras, todos los presentes estallaron en carcajadas. Fernando se quedó en silencio. Ordenó que se cerrara la sesión y a partir de ese día no volvió a mencionar el asunto.

El Gran Capitán continuó siendo fiel vasallo de su señor, incluso después de haber sido blanco de su desconfianza e ingratitud y de haber sido relegado a un segundo plano por aquel a quien sólo se preocupó en servir.

¡Ante Dios no hay héroes anónimos!

Gran pesar nos asalta al ver que, en el transcurso de los años y de los siglos, hechos como este vuelven a ocurrir. Muchas veces, los más valientes, fieles y dedicados servidores de las causas justas continúan siendo objeto de la envidia, calumnia y persecución por parte de aquellos que no saben medir su valor.

Sin embargo, esa falta de reconocimiento del mundo en nada disminuye la grandeza de quienes mantienen su fidelidad inmaculada hasta el final y que siempre serán recompensados. De hecho, si es verdad que muchos no los aprecian —como, sin duda, a nadie le sorprende que ocurra entre los hombres— también es cierto de que ante Dios no hay héroes anónimos. 

 

Notas

1 MONTOLIU, Manuel de. Vida de Gonzalo de Córdoba (El Gran Capitán). 6.ª ed. Barcelona: Seix y Barral, 1952, p. 12.
2 Cf. MARTÍN GÓMEZ, Antonio Luis. El Gran Capitán: las campañas del Duque de Terranova y Santángelo. Madrid: Almena, 2000, p. 14.
3 MONTOLIU, op. cit., p. 82.
4 Ídem, p. 99.

 

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