El burrito más feliz de la Historia

El corazón de aquel borriquito latía cada vez más fuerte… Uno de los que formaban parte del séquito empezó a tirar de él con mucha suavidad, siguiendo las orientaciones del Maestro. ¡Se sentía más noble que un brioso corcel!

Había pasado ya de la hora nona y el sol aún calentaba con fuerza la aldea de Betfagé, situada en las proximidades de Betania. En aquellos días, toda la región experimentaba la sequía y el hambre…

Los hijos de Bartolomé, honesto labrador, molían el trigo, que con tanto esfuerzo habían producido ese año, y ordenaban el heno en el granero de la casa. Marcos, el más joven de la familia, se encargaba de llevarles la harina a los compradores. Solía canturrear los salmos mientras cargaba los lomos de su burrito con pesados sacos de harina.

Ese animal era joven y gozaba de buena salud. Nadie lo había montado nunca; solamente lo usaban para carga. Obedecía prontamente y se entregaba tanto como podía en las tareas de transporte.

Aquella tarde, el pobre asno estaba bastante cansado… Después de una merecida ración de comida y una considerable dosis de agua, pudo retirarse a fin de recuperar las fuerzas para la próxima jornada.

—Vaya, ¡qué pesado ha sido tu trabajo hoy! ¡Eh, burrito! ¡Qué vida tan dura llevas! —le decía una atrevida gallina.

—Pues sí, estoy exhausto…

En ese mismo instante en que conversaban, empezó a temblar el suelo. Una enorme polvareda se levantó y la gallina, desesperada, comenzó a gritar:

—¡Ha llegado el fin del mundo! ¡Me voy corriendo a recoger a mis polluelos bajo mis alas! ¡Adiós!

Y se marchó… El borriquito se empacó, contuvo la respiración, cerró los ojos y se encogió de miedo. Entonces oyó una voz atronadora:

—¡¡¡Alto!!!

La tropa, que se trasladaba a pasos sincronizaos, se detuvo disciplinadamente frente a la casa de Bartolomé. Poco a poco, la nube de polvo fue desapareciendo y el burrito tuvo el valor de abrir uno de sus ojos para comprobar si el mundo se había acabado realmente… Sorprendido, percibió que se trataba de una legión romana que se dirigía a Jerusalén. Y en medio de la multitud de soldados vislumbró algunas cuadrigas tiradas por fuertes y hermosos caballos.

El joven asno, amarrado en un poste, pensaba consigo mismo:

—¡Ay! ¡Qué honroso sería llevar uno de esos carros utilizado únicamente por oficiales de guerra! Ese capitán, tiene tanta categoría… ¡Qué hombre importante! Todos los judíos se apartan para dejarle pasar. ¡Oh, qué magnífico!

Pero después de un largo suspiro:

—¡Ah, si yo fuera un caballo…! Sin embargo, nací jumento… ¡Así lo ha querido Dios!

Esa noche, el pobre animal estuvo soñando con la gloria de ser un corcel.

«¡Qué pesado ha sido tu trabajo hoy, burrito!», le dijo una gallina

Al rayar la aurora, Marcos reanudó el trabajo con los sacos de harina. Durante los desplazamientos, el burrito oyó el sonido de flautas y tambores. Poco después, vislumbró una caravana de mercaderes orientales. Decenas de camellos, ataviados con ricos jaeces y cargados de valiosos objetos pasaron delante del humilde borriquito que, lleno de admiración, exclamó:

—¡Mira todos esos camellos! ¡Qué lujosos arreos! Riendas de oro y plata… ¡Qué maravilla! Hasta se parecen a aquellos que mi abuela me contaba que había conocido hace unos treinta años, que acompañaba a tres reyes de Oriente. ¡Ah, si yo pudiera llevar, como ellos, a ricos mercaderes orientales, revestido de ropas y turbantes coloridos, cargados de piedras preciosas y finos tejidos! No obstante, aquí estoy, atado a una estaca…

Recogido en sus meditaciones, el jumento seguía pensando:

—¡Oh Dios, Creador mío, cómo desearía hacer algo grandioso en mi vida! Pero he nacido asno, cría de jumenta… ¡Que se haga tu voluntad!

Y prosiguió con su faena diaria.

Más tarde, casi al final de la jornada, nuevamente se encontraba atado a una cuerda, prendido al poste junto a la puerta. De repente, vio a dos hombres que se acercaban y, sin dar explicaciones, empezaron a deshacer los nudos que lo retenían.

—Eh, ¿qué me va a pasar ahora? Creo que esta gente tiene tanta hambre que ha decidido comer carne de burro. ¡Quien tiene hambre hasta de esto se alimenta! ¡Qué le voy a hacer!…

Suspirando continuó:

—¡Que se haga la voluntad de Dios!

Al darse cuenta, a distancia, de que querían llevarse su animal de carga, Marcos se dirigió a los dos desconocidos y les preguntó por qué lo desataban. La respuesta fue misteriosa:

—El Señor lo necesita, pero enseguida te lo devolverá.

Sin oponer resistencia, Marcos les permitió que se llevaran al borriquito, el cual se dejó guiar tranquilo y resignado.

Después de un tiempo de caminata, he aquí que se encuentra ante un hombre imponente y de trato bondadoso. Abrió sus ojos como platos para verlo mejor y levantó sus grandes orejas.

—Este hombre es muchísimo superior a aquellos oficiales romanos y ni de lejos se parece a los orientales que venían en camellos. ¡Ah, no hay comparación! Es diferente.

Para mayor asombro suyo, varias personas cubrieron con mantos su dorso y a continuación aquel varón se montó en él. No tardó mucho en comprender que se trataba de Jesús de Nazaret, el Mesías esperado desde hacía siglos.

Su corazón latía cada vez más fuerte… Uno de los que formaban parte del séquito empezó a tirar de él con mucha suavidad siguiendo las orientaciones del Maestro. ¡El burrito se sentía más noble que un brioso corcel!

Cuando llegaron a las puertas de Jerusalén, una aglomeración de personas de todas las edades y condición los esperaba ansiosamente. Extendían ramas de palmeras en el suelo o las balanceaban en señal de aclamación. También se desprendían de sus propios mantos y los depositaban para que el humilde borriquito del Salvador pasara por encima de ellos.

—¡Hosanna!¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Mientras las capas u otros valiosos tejidos iban recubriendo el camino a su paso, el burrito tuvo un estremecimiento interior. Sin embargo, reconoció que aquella gloria no era suya, sino del Redentor que en él iba montado.

Cuando terminó la procesión, el Señor se bajó y entró en el Templo. Al final del día, llevaron al borrico de vuelta con su dueño, que lo ató nuevamente al poste. El resto de su vida quedó señalado por aquel día de gloria. Era el animal más feliz del mundo, porque había recibido la gracia de cargar al Rey del universo. 

 

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