A los discípulos que lo seguían deseosos de conocer su morada, el Señor les dirige afectuosas palabras: «Venid y veréis». También a nosotros nos hace ese llamamiento, ansioso por revelarnos sus más íntimos deseos y pensamientos.

 

Evangelio del II Domingo del Tiempo Ordinario

En aquel tiempo, 35 estaba Juan con dos de sus discípulos y, 36 fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». 37 Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». 39 Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día; era como la hora décima.

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; 41 encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». 42 Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)» (Jn 1, 35-42).

I – Llamados a seguir más de cerca al Señor

Tras concluir el ciclo navideño con la celebración del Bautismo del Señor, la Santa Iglesia nos abre las puertas del Tiempo Ordinario y nos invita en este segundo domingo a seguir a Jesús más de cerca, a convivir con Él, a modelar nuestro interior conforme al suyo.

La primera lectura (1 Sam 3, 3-10.19) nos enseña cómo responder correctamente a esa solicitud cuando describe el comienzo de la vocación de Samuel, llamado a ser profeta de Israel a la edad de 9 años. El versículo final recoge un bellísimo elogio sobre el niño, el cual, dispuesto a cumplir por entero la voluntad del Señor, «no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras» (1 Sam 3, 19).

En la segunda lectura (1 Cor 6, 13-15.17-20), aún más constrictiva, profunda y llena de sustancia, San Pablo hace una seria advertencia con respecto a la responsabilidad que nos cabe en cuanto bautizados: hemos de conservar lejos del pecado no solamente nuestras almas, sino también nuestros cuerpos, pues éstos son «miembros de Cristo» y «templo del Espíritu Santo» (1 Cor 6, 15.19). Por lo tanto, conformar todos los aspectos de nuestra vida a los principios que nutren y rigen nuestras relaciones con Dios.

En este sentido, el Evangelio es muy claro, como se constatará más adelante. Al ver a Jesús pasando a lo lejos, San Juan Bautista proclama: «Este es el Cordero de Dios». Con las palabras del Precursor, la voz de la gracia resuena en los corazones de Juan y Andrés, los cuales inmediatamente siguen al Salvador. «Maestro, ¿dónde vives?», le interrogan los dos discípulos. Y en esa pregunta, aparentemente tan simple, se encuentra la síntesis de la invitación que hoy la liturgia nos hace.

II – El Señor se manifiesta ante quien lo busca

San Juan Evangelista comienza la narración de la vida de Jesús con tres declaraciones de San Juan Bautista sobre el Mesías, hechas en días consecutivos ante diferentes tipos de público (cf. Jn 1, 19-36). En esos versículos se ve cómo el Discípulo Amado, que había tenido por maestro al Precursor, conocía la extraordinaria fuerza de su palabra.

El fragmento del cuarto Evangelio que contemplamos este domingo presenta la última de esas declaraciones y marca el inicio de la misión pública del Señor, que atrae hacia sí a los primeros discípulos.

En un auge de gracias místicas

En aquel tiempo, 35 estaba Juan con dos de sus discípulos y, 36 fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios».

San Juan Bautista – Catedral de Notre Dame, París

Esta escena la describe uno de los testigos: el propio apóstol San Juan, como admiten generalmente los comentaristas, que oculta su identidad bajo el velo de la humildad. Lo acompaña Andrés, hermano de Simón Pedro.

El Precursor se hallaba otra vez entre sus discípulos, al día siguiente de las declaraciones consignadas en versículos anteriores. Sin embargo, el efecto fulminante de la sintética frase de Juan el Bautista, descrita a continuación, hace suponer que desde hacía mucho tiempo venía preparándolos para el encuentro con el Mesías. Quizá incluso hasta les habría prometido señalarlo, cuando surgiera la oportunidad.

Probablemente ambos formaban parte de un núcleo de seguidores más admirativos, más ardorosos y más dispuestos, cuyas preguntas sobre el deseado de las naciones le habrían permitido al Precursor narrarles el comienzo de su misión en la visita de la Virgen a Santa Isabel, contarles las maravillas que conocía con respecto a Jesús, transmitirles las inspiraciones que la gracia soplaba en su interior.

Tales comunicaciones iban in crescendo, y aquel día Juan debió haber notado que se trataba de una situación especial creada por la Providencia. Sin duda, en el auge de la conversación, cuando las gracias místicas alcanzaron su punto culminante, fue cuando exclamó: ¡He ahí el Cordero de Dios!

Flexibilidad al llamamiento divino

37 Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.

En aquel mismo instante Andrés y Juan se despiden de su antiguo maestro y, aceptando la invitación de la gracia, siguen a Nuestro Señor. Eximio apóstol y fiel restituidor, San Juan Bautista aprovecha la ocasión para transferir a Jesús todo el encanto que ambos nutrían por él.

No les mueve la mera curiosidad, sino la profunda acción del Espíritu Santo en sus almas, que los arrebata. Si la compañía y las enseñanzas del Precursor ya los colmaba de arrobamiento y entusiasmo, ¿cómo resistirse a la acción ejercida por el Varón del cual había venido a dar testimonio y de quien no se consideraba digno de desatarle la correa de las sandalias (cf. Jn 1, 27)?

Aquí tenemos un impresionante ejemplo de cómo debemos ser flexibles al llamamiento que la gracia cotidianamente hace en nuestros corazones para seguir al Cordero Divino.

Un encuentro preparado desde toda la eternidad

38a Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?».

Al principio, los dos lo acompañaban de lejos; después aprietan el paso a fin de acercarse. Al percibir su presencia, el Señor se vuelve hacia ellos y les dirige la palabra. Es la primera vez que la voz del Redentor se hace oír en el Evangelio de San Juan.

«¿Qué buscáis?», les pregunta. Más que obtener una respuesta, que en cuanto Dios ya conocía, Jesús deseaba darles a aquellos discípulos la oportunidad de estrechar lazos con Él y, sobre todo, de explicitar a sí mismos, con claridad, lo que andaban procurando.

Cabe recordar que tal escena no fue fruto de la casualidad. Desde toda la eternidad el Verbo Divino había elegido a Juan y a Andrés e ideado las circunstancias en las cuales se daría aquel encuentro. Y lo mismo ocurre con nosotros. Con cariño eterno el Señor nos eligió y en incontables ocasiones de nuestras vidas toma la iniciativa de hablar en nuestro interior. Para que eso suceda, pone únicamente una condición: que le abramos el alma a su gracia.

El lugar donde habita el Maestro

38b Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?».

Al llamarlo «Rabí», San Juan y San Andrés manifiestan el deseo de ser sus discípulos, aprender su doctrina, seguir su escuela espiritual. Y ese anhelo es corroborado por la pregunta: «¿Dónde vives?».

En efecto, ¿los dos sólo deseaban conocer el lugar donde vivía Jesús? Parece poco probable, pues más tarde él mismo declararía: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8, 20). En realidad, ambos anhelaban visitar muchas veces al divino Maestro y estar en su compañía, porque en aquel tiempo el aprendizaje se daba, sobre todo, en la convivencia.

No obstante, el interrogante «¿dónde vives?» presenta también un sentido místico profundo, relacionado con otra afirmación del Señor: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 34). Habitamos donde depositamos nuestra atención, nuestra admiración, nuestros intereses.

De modo que la pregunta de los dos discípulos podría formularse así: «Maestro, ¿en qué altura están tus cogitaciones, por cuáles sendas caminan tus deseos, en qué sitio se encuentra tu espíritu, dónde descansa tu alma? ¡Eso es lo que anhelamos saber!».

Por ser el Verbo Encarnado, sólo podría morar en los más elevados lugares celestiales… Su alma, creada en la visión beatífica e hipostáticamente unida a la divinidad, jamás abandonó esa sublime perspectiva, incluso en los momentos en que el Hombre Dios contemplaba los lirios del campo, se entretenía con un niño o dormía en la barca.

La vocación de San Pedro y San Andrés –
Iglesia de San Pedro, Burdeos (Francia)

El premio reservado a los que buscan

39 Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día; era como la hora décima.

El Señor no les indica la localización de una morada física, sino que les invita a convivir con Él. Si San Juan Bautista había venido a allanar los caminos, rebajar las colinas y elevar los valles (cf. Lc 3, 4-5), a fin de llevar a las almas hasta el Mesías, le correspondía ahora a éste continuar el trabajo del Precursor, revelándoles a aquellos discípulos sus objetivos, sus métodos, su pensamiento, su mentalidad.

El evangelista hace hincapié de subrayar un detalle: «era como la hora décima», según el cómputo del tiempo usado por los judíos de esa época. Y dicho número en la Sagrada Escritura simboliza plenitud. Por lo tanto, en los relojes de la Providencia había sonado la hora de una manifestación completa, una auténtica epifanía del Salvador de Israel.

Conforme las costumbres vigentes por entonces, es probable que los venturosos discípulos permanecieran esa noche con Jesús, pues en ese momento faltaba poco para el atardecer. En un ambiente distendido e íntimo, deben de haber acribillado a preguntas a su anfitrión. El Señor respondería a todo; y mientras los instruía por medio del lenguaje humano, a través de la acción divina les trabajaba el alma con gracias nuevas, para que se interesaran cada vez más por los temas tratados.

La materia transmitida por el Maestro era incomparablemente más elevada, atrayente y profunda que la que aprendieron con San Juan Bautista. Ambos estaban extasiados con los panoramas que les desvelaba. Pero especialmente les impresionaba la persona de Nuestro Señor Jesucristo, sus gestos, su mirada. Aunque todavía no discernieran su divinidad, se trataba de un hombre tan extraordinario, tan distinto a los demás que conocían, tan penetrado por la gracia, que los dos, sin duda, concluyeron: «Hemos encontrado al Mesías». Quizá le habrían hecho al respecto una pregunta categórica a Jesús, el cual jamás los despediría sin una respuesta clara, que los robusteció en la fe.

Infelizmente las páginas de la Historia no registraron el contenido de aquella bendecida conversación… Lo cierto es que, al salir de allí, San Andrés se apresuró en transmitir la buena nueva a su hermano.

Colegio Apostólico – Pórtico del monasterio de Santa María de Monserrat (España

Quien descubre donde habita Jesús, desea llevar a otros hasta Él

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; 41 encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».

San Juan y San Andrés podrían haberse guardado para sí el gran descubrimiento. Sin embargo, al ser el bien eminentemente expansivo,1 la prueba de que alguien encontró al Señor es el empeño que manifiesta en hacer apostolado con los otros, con el fin de salvarlos.

Así debemos actuar nosotros: cuando descubrimos donde «vive» Jesús en un determinado aspecto de su doctrina, mentalidad o modo de ser, procuremos rápidamente llevar a quienes nos son cercanos a seguir el mismo camino y, de esta forma, convivir con Él.

42 Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

Nuevamente llama la atención que una simple frase haya movido a San Pedro a buscar al Maestro, como ocurrió con San Juan y San Andrés, sin poner ninguna objeción. Más aún tratándose del primer Papa, que se mostraría tan inquiridor y renitente en otras circunstancias (cf. Mt 16, 22; 18, 21; Mc 14, 29-31; Jn 13, 6-9). La prontitud con que atiende al llamamiento de su hermano permite suponer que ya esperaba la prometedora noticia sobre el Mesías.

Las familias eran numerosas en aquel tiempo y había mucha probabilidad de que Andrés tuviera otros hermanos. Por consiguiente, el hecho de que fuera a buscar a Simón no se debe únicamente a que la caridad empieza por casa… El fututo Príncipe de los Apóstoles también había sido formado por San Juan Bautista y, sabiendo que el Redentor prometido ya había aparecido en Israel (cf. Jn 1, 26), aguardaba con ansiedad el momento de encontrarse con Él.

Tal vez aquellos tres discípulos habían hecho, incluso, el pacto de comunicar inmediatamente a los otros quién era el Mesías, tan pronto como alguno de ellos lo descubriera. De esta manera, la sucinta afirmación de San Andrés tan sólo venía a poner fin a una cuestión alimentada en largas conversaciones.

III – ¿Dónde vive Jesús hoy?

Plinio Corrêa de Oliveira en 1993

«O testimonium animæ naturaliter christianæ»,2 exclama con razón Tertuliano. Por su naturaleza cristiana, el alma humana vuela en seguimiento del Señor, pues fue creada para Él. Hay en el corazón del hombre una percepción sobrenatural que, ante las circunstancias más diversas, le permite afirmar: «Jesús vive aquí». Se trata, por tanto, de ser fiel a esa inconfundible marca de cristianismo grabada en nosotros y, así, hacerla cada vez más robusta.

Pero hay algo más. Nosotros, hijos de la Santa Iglesia, tenemos la gracia extraordinaria de descubrir con seguridad dónde vive Jesús. ¿Cómo? Oigamos las palabras llenas de unción del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, varón que marcó indeleblemente el siglo XX con su fe:

«En sus instituciones, en su doctrina, en sus leyes, en su unidad, en su universalidad, en su insuperable catolicidad, la Iglesia es un verdadero espejo en el cual se refleja nuestro divino Salvador. Más aún, ella es el propio Cuerpo Místico de Cristo. Y nosotros, todos nosotros, tenemos la gracia de pertenecer a la Iglesia, ¡de ser piedras vivas de la Iglesia! ¡Cómo hemos de agradecer ese favor!».3

Sí, en la única y verdadera Iglesia de Cristo, infalible en su moral, inmutable en sus dogmas, ejemplar en sus santos, íntegra en su oposición al «príncipe de este mundo» (Jn 16, 11), conocemos la mentalidad de Nuestro Señor Jesucristo, sus palabras, sus deseos, sus sentimientos.

Aceptemos, pues, la invitación que Él nos hace —«Venid y veréis». Busquémosle donde, de hecho, se encuentra. Para eso basta que imitemos la prontitud de Juan y de Andrés y nos abramos enteramente a la influencia de la Santa Iglesia.

En este sentido, continúa el Dr. Plinio:

«No nos olvidemos, sin embargo, de que “noblesse oblige”.4 Pertenecer a la Iglesia es cosa muy alta y muy ardua. Debemos pensar como la Iglesia piensa, sentir como la Iglesia siente, actuar como la Iglesia quiere que procedamos en todas las circunstancias de nuestra vida. Esto supone un sentido católico real, una pureza de costumbres auténtica y completa, una piedad profunda y sincera. En otros términos, supone el sacrificio de una existencia entera. ¿Y cuál es el premio? “Christianus alter Christus”.5 Yo seré de modo eximio una reproducción del propio Cristo. La semejanza de Cristo se imprimirá, viva y sagrada, en mi propia alma».6

De hecho, Jesús hace su morada en aquellos que se empeñan en descubrir dónde habita Él. Así, al concluir estas líneas, dirijámonos a nuestro Redentor y manifestémosle nuestro deseo de seguirlo:

«“Rabí, ¿dónde vives?”, te preguntaron Andrés y Juan. Y les respondiste: “Venid y veréis”. Hoy el mundo no desea saber dónde habitas y, si lo supiera, tal vez promoviera su destrucción. En reparación, Señor, quiero invitarte a morar conmigo. ¡Ven, Señor, y permanece en mí! ¡Mi corazón es enteramente tuyo, entra y toma cuenta de él!».

 

Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 5, a. 4, ad 2.
2 TERTULIANO. Apologeticum, c. XVII: PL 1, 377. Del latín: «¡Oh testimonio del alma naturalmente cristiana!».
3 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Via-Sacra. VI Estação. In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año I. N.º 3 (mar, 1951); p. 4.
4 Del francés, literalmente: «Nobleza obliga». Expresión usada para indicar que cada cual ha de comportarse de acorde a su posición o a la reputación que se ha granjeado.
5 Del latín: «El cristiano es otro Cristo».
6 CORRÊA DE OLIVEIRA, op. cit., pp. 4-5.

 

1 COMENTARIO

  1. Bellísima reflexión! Me ha llevado a la contemplación de ese encuentro de Andrés, Juan y Pedro con la persona del Señor Jesús. Un deleite para mi alma necesitada de un encuentro renovador con el Señor!
    Alabado sea Jesucristo!

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