Sucedió en muchas de las ciudades donde los Heraldos actúan: desde Asunción hasta Lisboa, de São Paulo a Maputo, pasando por Campo Grande, Ponta Grossa, Fortaleza en Brasil o San José de Costa Rica y en la capital de El Salvador. De helicóptero, goleta o avioneta, sacerdotes y diáconos de la institución llevaron con la debida reverencia al Santísimo Sacramento o portaron con amor filial una imagen de la Virgen María, orando, cantando o rezando el Santo Rosario. El objetivo siempre fue el mismo: manifestar nuestra fe y confianza en la Providencia Divina y pedirle a Nuestro Señor Jesucristo, por medio de su Santísima Madre, que protegiera y bendijera a los fieles en los difíciles días por los que estamos pasando.

Vivimos, en efecto, tiempos de grandes cambios. Delante del panorama que se desvela ante nuestros ojos, los cálculos y fuerzas humanas poco valen. Pero ¿por qué hemos de perturbarnos? ¿No dice Jesús, en el Evangelio, que hasta los cabellos de nuestra cabeza están todos contados (cf. Lc 12, 7) y ninguno de ellos cae sin permiso divino (cf. Lc 21, 18)? Cercanos a la realización de las promesas de Fátima y sintiendo la impotencia humana ante las enfermedades, las fuerzas de la naturaleza e incluso las vicisitudes de la economía global, ha llegado el momento de que miremos hacia lo alto. Es necesario, más que nunca, pedir que las bendiciones de Jesús y de María desciendan sobre nosotros y nos protejan en toda y cualquier circunstancia, por más complicada que sea.

Ese era el espíritu con el que los Heraldos del Evangelio realizaron las procesiones aéreas y marítimas. Y también con esa misma resolución tratan de llevar a cabo todas las actividades del día a día, en esta época de pandemia y confinamiento.

 

 

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