Una amabilidad, una reprensión o una palabra de estímulo pueden ser la «pequeña piedra» que le hará posible a mi hermano llegar al «pico Agulhas Negras» de su vida espiritual.

 

El Creador obsequió a la nación brasileña no sólo con la vastedad de su territorio, sino también con todo tipo de maravillas de la naturaleza. Entre ellas encontramos el pico Agulhas Negras, situado en la frontera de los estados de Río de Janeiro y Minas Gerais.

Una experiencia palpable de la presencia de los ángeles

Con sus 2791 metros de altitud se eleva soberbio en el horizonte, como desafiando al hombre diciendo: «¡Ven! ¡Sube, si eres capaz! En mi cima el aire es más puro, el sol más brillante y el panorama increíblemente más bello. Ven a sentir la satisfacción de admirarlo todo desde lo alto. Ven a sumergirte en las reflexiones que solamente las alturas pueden ofrecer».

Intrépidos corazones, mucho más grandes que esas montañas altaneras, aceptaron a lo largo de los años el osado desafío de alcanzar su cumbre y, realmente, el resultado no decepciona. Allí uno tiene la experiencia casi palpable de la presencia de los ángeles, que ciertamente deben pasearse por su accidentada cúspide cantando y alabando a Dios.

Al mismo tiempo que sirve de mirador para contemplar la estremecedora grandeza de la Creación, el pico de Agulhas Negras nos impele a la gratitud para con el Creador. El paisaje que se observa desde su cima puede ser inmenso y colosal, pero —como nos enseña el Doctor Angélico— una «gota» de gracia vale más que el universo entero.1 La realidad que habita el alma humana en estado de gracia es inconmensurable.

Solamente los más osados aceptan el desafío…

Quien acepta el reto de escalar el pico Agulhas Negras, se debe preparar para una ardua ascensión. Senderos escarpados, arroyos, árboles, grietas y tramos llenos de estorbos le esperan a lo largo del camino. Para vencer tantas dificultades es necesario poner en juego todas las fuerzas físicas, no perder nunca el ánimo y jamás desviarse del objetivo.

En determinado momento de la caminata, el alpinista ya no se encuentra con las famosas bifurcaciones de las sendas, sino con una pavorosa pared de roca… Todo parece estar perdido para los que desisten fácilmente ante los obstáculos.

Alumnas del curso superior y alumnos del seminario de los Heraldos del Evangelio camino del pico Agulhas Negras

Solamente los más osados se atreven a escalarla. Y éstos, desconociendo aún lo que hallarán más adelante, se lanzan sobre las rocas ansiosos por lograr la meta anhelada.

Un pequeño «puente» nos lleva hasta la cima

Al principio de la escalada todo marcha relativamente bien. No obstante, al llegar a lo más alto del gélido muro de piedra, surge un desesperante impedimento: una brecha muy grande entre dos rocas, que para los espíritus más «prudentes» puede indicar el fin del trayecto.

No hay donde apoyar los pies, ni espacio suficiente para coger impulso y saltar. La única hipótesis plausible ante esa aparente imposibilidad parecía ser la de desistir y regresar. ¡Qué tristeza! Tres horas de duro esfuerzo para que, estando a un paso de la cumbre, no se pueda conseguirlo…

De hecho, la subida sería imposible por ese camino si no hubiera, un poco más abajo de la enorme brecha, una pequeña roca —tal vez la menor de las que allí se encuentran—, que vale como «guion» salvador para que el alpinista venza el desafío.

Una piedra como aquella podría parecer insignificante en medio de tan colosal panorama. Sin embargo, es clave para acercarse al pico. Su posición y tamaño sirven de puente para vencer el infranqueable obstáculo, permitiendo alcanzar el ápice de la aventurera travesía.

Dilectos instrumentos de la Divina Providencia

Una vez llegados de vuelta a casa, nos detenemos unos instantes en la capilla para rezar. Arrodillados en adoración ante el Santísimo Sacramento, afloran en nuestra mente las peripecias del viaje y, con ellas, una valiosa lección.

La pequeña piedra nos ha enseñado que, a la hora de alcanzar un osado objetivo, la importancia de los instrumentos que contribuyen a ello no está en su grandeza, sino en el valor que Dios haya querido darles. Y eso se aplica tanto a las rocas como a los hombres.

No es nuestra estatura física, intelectual o social la que nos vuelve capaces de apoyar y elevar en el plano sobrenatural a las almas que se acercan a nosotros. Pues, incluso siendo como insignificantes piedras echadas en la cuneta del camino, podemos tener un grande y hasta indispensable papel a la hora de ayudar a un hermano a alcanzar su «pico Agulhas Negras».

A menudo, Dios quiere que cosas tan sencillas como una sonrisa, una amabilidad, una reprensión o una palabra de estímulo en el momento oportuno sean la «pequeña piedra» con la cual se le hace posible al prójimo vencer las dificultades que lo separan de lo alto de la montaña espiritual.

Las almas que se alegran en ayudar a los demás a subir son los instrumentos dilectos de los cuales se vale la Divina Providencia para escribir las más bellas páginas de la Historia. De ellas, el ejemplo más sublime es la Virgen María, quien habiendo ido a auxiliar a su prima Santa Isabel, y tras santificar a San Juan Bautista aún en el seno materno, dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 46-48).

 

Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica. I-II, q. 113, a. 9, ad 2.

 

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