Santa Teresa Margarita Redi – Íntima amiga del Sagrado Corazón de Jesús

Los que buscan agradar a Dios sin reservas, en todo momento y en cualquier situación, atraen sobre sí la mirada divina y reciben del Sagrado Corazón de Jesús el mayor afecto y cuidado.

 

Imaginemos que nos adentramos en la biblioteca de un monasterio, nos dirigimos a la sección de hagiografía y hallamos un libro titulado Los amigos de Dios. Se trata de una obra misteriosa, escrita por manos angélicas, que nos presenta la Historia bajo el único prisma desde el cual merece la pena considerar cualquier acontecimiento: la mirada del Altísimo.

Santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón Redi,
Virgen Carmelita Descalza

Esta preciosidad condensa a la vez la narración de hazañas grandiosas y trágicas, corrientes e increíbles, gloriosas y terribles de almas que se convirtieron en robles de santidad ante los Cielos y ante toda la humanidad.

Con el volumen en las manos, enseguida ya en el primer capítulo, nos encantamos con el inocente candor y la profética fortaleza de los pastorcitos de Fátima, de los videntes de La Salette o de la joven ovejera de Masabielle, quienes recibieron la gracia de contemplar a la Santa Madre de Dios y oír de Ella palabras que marcarían el rumbo de los siglos futuros.

Hojeándolo, también vibramos de entusiasmo con la vocación de augustos personajes como los monarcas Fernando III, rey de Castilla y León, Luis IX, rey de Francia, o La Doncella de Orleans, Santa Juana de Arco, que brillaron en el firmamento de la cristiandad más por el esplendor de su alma que por el centelleo de sus espadas en defensa de su patria y, sobre todo, de la fe. La integridad con la que empuñaban la tizona les confirió la misión de guiar a naciones enteras a la luz de las enseñanzas de la Santa Iglesia; y ésta, en agradecimiento, los proclamó modelos de santidad.

En capítulos siguientes resuenan en nuestros oídos las predicaciones del Poverello de Asís con las que exhorta a la Edad Media a abrazar la pobreza, en un completo rechazo al mundanismo; llegan hasta nosotros los «ladridos» del «perro del Señor», Santo Domingo de Guzmán, que avanza sin temor sobre los heresiarcas que atentan contra la doctrina católica; incluso conseguimos degustar un poco la impecable lógica de San Ignacio de Loyola.

Continuamos pasando las hojas de nuestro maravilloso libro hasta que, casi al final, nos encontramos con un título que llama sobremanera nuestra atención: Los íntimos del Señor. Este capítulo trata de un cierto tipo de almas sobre las que poco o casi nada se podría decir de ellas, pues su virtud heroica les mereció la honra de los altares, pero la belleza de sus vidas resplandeció tan sólo ante Dios.

En una elocuente inspiración, el autor cita el famoso lema de los requetés españoles: «Ante Dios nunca serás héroe anónimo», y brevemente reseña la trayectoria terrena de San Rafael Arnáiz, San Bruno y otros muchos. Entonces, como movidos por una súbita atracción, fijamos los ojos en el siguiente título: La santa escondida con Cristo en Dios: Santa Teresa Margarita Redi.1

La pregunta que a estas alturas surge en nuestra hipotética lectura no es tanto: «¿qué hizo de grandioso?», sino más bien: «¿qué hizo para entrar en la intimidad de Dios?».

Piadosa formación bajo la égida paterna

La pequeña y bella ciudad de Arezzo vio a la segunda de los trece hijos de Ignacio Redi y Camila Balatti llegar al mundo el 15 de julio de 1747. En las aguas bautismales recibió el nombre de Ana María.

Debido al prestigio de la familia Balatti, que pertenecía a la nobleza de la ciudad de Siena, y al cargo que ostentaba Ignacio Redi como gran maestre de la Orden militar de San Esteban, la niña tuvo una infancia tranquila, orgánica y reglada por los actos de piedad que la tradición dictaba. Desde su más tierna infancia había sido un receptáculo de gracias que fueron preparándola con mucha antelación para la misión que Dios le había reservado.

El primer instrumento usado por la Providencia para delinear su camino espiritual fue su propio padre, varón contemplativo y piadoso. A menudo se la llevaba a pasear, terminando en la iglesia de los Capuchinos; durante el trayecto le enseñaba a rezar la Salve y las letanías, así como a buscar al Creador en el bellísimo paisaje toscano: en las flores, en las aves, en el cielo… ¡en todo! Así, Ignacio Redi incentivaba a su pequeña a «sorprender» a Dios en cada una de sus criaturas.

A su formación cristiana también contribuyó la influencia de su tío Diego, sacerdote de la Compañía de Jesús. Sería quien, años más tarde, introduciría a Ana María en la devoción que conquistó su entusiasmo y a la cual consagró su vida: el Sagrado Corazón de Jesús.

La costumbre de la época recomendaba que las niñas fueran educadas en un convento y que su tutora fuera alguna de las monjas. Allí recibían la formación necesaria para convertirse en buenas damas cristianas o, quizá, si se manifestaba la vocación para tal, religiosas de esa misma casa. De modo que cuando Ana María cumplió los 9 años sus progenitores la enviaron al monasterio benedictino de Santa Apolonia, en la ciudad de Florencia.

Durante siete años quiso Dios mantener escondida en aquel claustro a la pequeña piedra preciosa que Él mismo tallaba para sí. Causa admiración que uno de los pocos testimonios de la época que se conservan sobre ella refiera: «Era una niña buena y corriente; nada de extraordinario se notaba en su comportamiento»2.

Dios la destinaba, desde la más tierna juventud, a pasar desapercibida ante los hombres a fin de que brillara únicamente para Él.

Peligro a la vista: el jansenismo

Con la explosión de la herejía jansenista, hecha de un moralismo rígido, formal y sombrío, gran parte de la sociedad de la época fue corroída por su veneno y, en consecuencia, dominada por la consideración casi exclusiva de la justicia de Dios, en detrimento de otra de sus perfecciones, la bondad.

La fría y corrosiva lava de Jansenio se introdujo hasta en los claustros y monasterios, amenazando con formar generaciones de religiosos que solamente temieran al Señor y se olvidaran de la práctica del primer mandamiento: «Amar a Dios sobre todas las cosas».

Fue en ese momento de la vida de Ana María cuando la Divina Providencia reavivó en su alma las enseñanzas de su padre y de su tío Diego, ambos fervorosos entusiastas de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús que surgía tímidamente en Francia. Incluso rodeada por un ambiente en que se concebía a Dios como juez implacable, el amor tiernísimo que brotaba del Divino Corazón la atraía y la fortalecía en un propósito hecho en su infancia: agradar a Dios en todo.

Esa devoción fue la puerta por la cual el Altísimo quiso abrir su intimidad para con Ana María y el sólido fundamento que le permitió mantener intacta su fe en medio de los desvíos del jansenismo.

Ana María configuró su vida espiritual en la contemplación del misterio del Sagrado Corazón de Jesús, especialmente bajo las especies eucarísticas, e hizo del altar sus delicias. Llegaba a permanecer largas horas casi inmóvil en un diálogo místico con aquel que «tanto amó a los hombres».

Las superioras del convento de Santa Apolonia, al constatar la propensión de la joven a elevarse hacia las cosas sobrenaturales, imaginaron que en breve tendrían una novicia más en su comunidad. Pero Dios le había reservado a esta hija suya una relación aún más profunda con su Sagrado Corazón, dentro de la austeridad y del silencio.

Santa Teresa de Jesús, Monasterio de San José, Ávila (España)

Curioso llamamiento a la vocación

En septiembre de 1763 una exalumna del colegio de Santa Apolonia se presentó en la puerta del establecimiento para despedirse de sus antiguas maestras. Coterránea de Ana María y perteneciente a una de las familias de la alta sociedad de Arezzo, Cecilia Albergotti había decidido ingresar en el Carmelo a fin de buscar allí su propia santificación y servir mejor a la Iglesia.

La palabra «Carmelo» resonó en el alma de Ana María con un timbre de misterio y atracción irresistible. Tal vez le recordara las proezas de San Elías, la promesa de la venida de la Santísima Virgen al mundo y la invitación a la íntima convivencia con el Cielo a través de la radicalidad, la sobriedad y la contemplación.

Mientras conversaba con Cecilia, Ana María oyó místicamente, con los sentidos interiores, una voz nítida y clara que le dijo: «Soy Teresa de Jesús y te quiero entre mis hijas»3. Asustada, corrió hacia el altar para refugiarse en el Sagrado Corazón de Jesús, pero, para su sorpresa, al llegar allí la voz se manifestó de nuevo y, esta vez, sin margen de duda: «Soy Teresa de Jesús y te quiero entre mis hijas; en breve estarás en mi monasterio»4.

Ahora bien, la herencia espiritual dejada por Santa Teresa de Ávila se basa en el despojo de las cosas terrenales para volar sin trabas rumbo a los absolutos celestiales. El llamamiento que Santa Teresa les hace a cada una de sus hijas está, en todo, lejos de ser fácil y cómodo. Y quizá sea esa precisamente la razón por la cual atrae a tantas almas sedientas de heroísmo en la entrega de sí mismas a Dios.

La decisión de la joven Ana María de hacerse carmelita sorprendió no sólo a sus maestras, sino también a su familia. Y le acarreó un período de prueba por parte de sus parientes, que nutrían secretos deseos de que entrara en la Orden benedictina.

Ignacio Redi, hombre prudente y devoto, quiso poner a prueba a su hija en las virtudes que le serían exigidas por la rígida Orden carmelita. Por eso la obligó a esperar largos meses, durante los cuales examinó su docilidad, solicitud, obediencia y, finalmente, incluso su fe. La última de las pruebas consistió en un auténtico interrogatorio hecho por tres ilustres eclesiásticos que, tras analizarla, concluyeron que el Carmelo era el mejor lugar para que ella amara, sirviera y glorificara a Dios.

Después de ese duro período, en que el tiempo y la espera actuaron como inclementes verdugos, se despidió por fin de los suyos e ingresó en el «jardín de Dios», en Florencia.

En el Carmelo, otra «Teresa» más

Aparición del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque Iglesia del Gesú, Miami (EE. UU.)

Frecuentemente, el comienzo del camino de un religioso por la vía que Dios le ha trazado va acompañado de abundantes gracias primaverales; la gracia se aprovecha de los más pequeños hechos, circunstancias y personas para desplegar la belleza del ideal que ha de seguir.

El ingreso en el Carmelo le pareció la entrada en el paraíso terrenal. En sus escritos llama a sus compañeras de hábito de «ángeles» y registra que se considera indigna de estar junto a ellas.

Ahora bien, la comunidad en cuestión estaba compuesta en su mayoría por religiosas de avanzada edad, que veían en la joven novicia la esperanza de continuidad de aquel Carmelo, pero también la oportunidad de satisfacer mezquinos egoísmos.

La grandeza de alma de Ana María no se vio debilitada ante los malos tratos que recibió por parte de algunas de sus hermanas de vocación. Por el contrario, supo, con ayuda de la gracia, valerse de esas pequeñas cruces para ofrecerle a Dios un sacrificio de agradable olor que la configuraba cada vez más con el Sagrado Corazón de Jesús, víctima de los pecadores.

Superada la etapa del noviciado llegaba la hora de la profesión. En el momento de elegir el nombre de religiosa, Ana María se puso bajo el patrocinio de su fundadora y de la gran Santa Margarita María Alacoque, su modelo en la devoción al Corazón de Jesús.

La obediencia puesta a prueba

Lo que se conoce de la vida de Santa Teresa Margarita tras los muros claustrales es lo que se podría esperar de cualquier carmelita fervorosa: obediencia eximia, pureza angelical y pobreza evangélica. Podemos preguntarnos entonces: ¿qué hizo de extraordinario para merecer la honra de los altares?

La respuesta es de una sencillez profundísima: por el cumplimento de esas tres virtudes en grado heroico, fue fiel al voto realizado en su infancia de «agradar a Dios en todo».

Las narraciones de su vida cuentan un episodio digno de nota, que ilustra muy bien esa realidad. En cierto momento, su obediencia fue puesta a prueba cuando su superiora le incumbió que cuidara de una hermana que sufría demencia. De religiosa ejemplar, la enferma se había vuelto de un temperamento en extremo hostil, bruto y huraño: tenía accesos de locura en los cuales «experimentaba un violento deseo de comer precisamente lo que le habían prohibido los médicos» o bien «rechazaba a menudo con indignación lo que momentos antes había ansiado con arrebatamiento»5. Cuando no era atendida según su voluntad, enseguida descargaba todo su furor contra su bienhechora. La joven enfermera era insultada y humillada por ella con frecuencia.

Había otra religiosa a quien le correspondía dividirse con la santa las atenciones a la enferma. Aunque, para empeorar la situación, esa ayudante alimentaba una falsa concepción de caridad y, para evitar ser maltratada, le consentía a la enferma todos sus caprichos.

La circunstancia era delicada para Santa Teresa Margarita: si cuidaba de la salud de la enferma de acuerdo con las normas recibidas, atraería sobre sí un aluvión de insultos, además de la incomprensión de la otra religiosa, que la culpaba de los ataques de cólera de la paciente; si consentía en alguno de los deseos de ambas, desobedecería a su superiora. Ante ese callejón sin salida, prefirió aceptar vejaciones y ultrajes, y de ese modo comprar gracias de fortaleza y de salvación para la enferma y la hermana enfermera, que ceder en materia de obediencia.

Santa Teresa Margarita Redi –
Iglesia del Santo Ángel, Sevilla (España)

Tres palabras que encierran la plenitud del amor

El lema de «agradar a Dios en todo» fue para Santa Teresa Margarita un faro que orientó su vida dentro y fuera del monasterio.

Su existencia atestigua que aquellos que buscan agradar al Señor en todo, en todo momento y en cualquier situación, incluso adversa, atraen la mirada divina sobre sí y reciben de Él todo el afecto y el cuidado que el más tierno de los padres puede consagrarle a un hijo frágil, pero fiel, que se abandona en sus brazos.

El voto que había hecho siendo muy joven, quizá con una conciencia algo pueril de la profundidad de lo que prometía, se convirtió en la llave para abrir el Sagrado Corazón de Jesús y penetrar en la convivencia más íntima con Él. Y el divino Salvador quiso, a su vez, mostrarle el agrado que sentía en esa mística relación concediéndole una gracia extraordinaria.

Encontrándose la comunidad reunida para el canto del Oficio, «mientras en el coro se rezaba Tercia, al leerse en el capítulo las palabras “Deus caritas est et qui manet in caritate in Deo manet et Deus in eo6, sor Teresa Margarita se sintió embestida por una ola de amor divino»7 y fue llevada a experimentar la plenitud de amor encerrada en esas tres palabras: «Deus caritas est».

¿Qué es lo que le habrá sido mostrado en ese éxtasis? Dios es amor… El Espíritu Santo es el Amor de Dios. ¿El Gran Desconocido se le habrá manifestado a ella? ¿Con qué gracias fue colmada y qué esperanzas coronaron su persona?

Lamentablemente la Historia no registró las comunicaciones celestiales que Santa Margarita recibió en ese momento, ni siquiera sus impresiones después de ese hecho. Únicamente se sabe que, después de eso, era frecuente encontrarla en sus quehaceres cotidianos con el espíritu recogido y absorto en la repetición del versículo «Deus caritas est», pareciendo que estaba con el alma toda puesta en la convivencia mística con el divino Redentor.

Sepamos, con el auxilio de Santa Teresa Margarita, «agradar a Dios en todo», para que seamos así introducidos en su presencia, en su intimidad y en su perpetua alegría.

 

Notas

1 Cf. SCIADINI, OCD, Patricio. Santa Teresa Margarida Redi. Vida, escritos e espiritualidade. São Paulo: Edições Carmelitanas, [s.d.], p. 7.
2 Ídem, p. 16.
3 Ídem, p. 18.
4 Ídem, ibídem.
5 TEODORO DELL’ARCANGELO RAFFAELLO, OCD. Abrégé de la vie de la Servante de Dieu Sœur Thérèse-Marguerite Redi du Cœur de Jésus. Avignon: Seguin Ainé, 1848, p. 118.
6 Del latín: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16).
7 SCIADINI, op. cit., p. 62.

 

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