Sencillo pero expresivo gesto

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El desacertado golpe del verdugo hizo que, al caer el cuerpo de su hermana mayor al suelo, su vestido se rasgara. Entonces Alodia fue corriendo hasta ella para arreglarle la ropa.

 

Martirio de Santa Nunilo – Monasterio de San Salvador de Leyre (España)

El valor moral de una persona reside, sobre todo, en su actitud de refrenar las malas pasiones y ordenar los afectos del alma conforme la voluntad de Dios. Sin embargo, esa disposición debe reflejarse también de alguna forma en el exterior: en la conducta, las palabras y el vestuario. Y la virtud que a eso nos invita, más que cualquier otra, es la de la modestia.

Lejos de ser propia a las almas débiles y tímidas, sólo logra ser bien practicada por quien es generoso y firme en la fe. Exige vigilancia, mortificación y, por encima de todo, un corazón abierto a las realidades sobrenaturales. En efecto, si vivimos convencidos de la presencia de Dios y de la compañía constante del ángel de la guarda nos resultará más fácil mantener la debida compostura en las acciones exteriores, por respeto a aquel que todo lo ve y a sus sublimes embajadores celestiales.

Como virtud manifestada a los otros, la modestia constituye un acto de caridad hacia el prójimo, al cual edificamos mediante el ejemplo, y de verdadero amor hacia nosotros mismos, pues nos lleva a comportarnos según nuestra condición de criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios y de templos vivos del Espíritu Santo.

La vida de los santos, que contiene numerosos casos de insignes gestos de amor a Dios, nos ofrece también hechos ilustrativos de esa excelente virtud. Entre ellos encontramos el de dos jóvenes hermanas que vivieron en la península ibérica durante la época en la que ésta estaba dominada casi completamente por los sarracenos.

Dos huérfanas perseguidas por ser cristianas

Con el ascenso al trono de Abderramán II, en la tercera década del siglo IX, empezaba un período difícil para los cristianos del emirato de Córdoba, pues, aunque no hubiera un clima de persecución encarnizada, quien desobedeciera abiertamente las leyes del Corán debía ser denunciado a las autoridades.

Cuenta la tradición que un rico muladí de la villa de Adahuesca, situada al norte de la península, se casó por aquellos años con una cristiana; de esta unión nacieron dos niñas: Nunilo y Alodia. Ambas fueron educadas por su madre en la religión verdadera a escondidas, para evitar que le acusaran de «apostasía».

Siendo aún adolescentes se quedaron huérfanas de padre y madre y fueron confiadas a la custodia de un pariente paterno, acérrimo adepto del islamismo. No obstante, incluso en aquel ambiente hostil, las hermanas perseveraban en la fe recibida en el Bautismo.

Ante el temor a ser denunciado por mantener a dos jóvenes cristianas en su casa y codiciando el premio prometido a quien delatara a los seguidores de Jesús, su tutor las entregó a Jalaf ibn Rasid, gobernador de Alquézar. Éste intentó convencerlas, con lisonjas y amenazas, a que abandonaran su religión, pero todas sus propuestas fueron rechazadas con energía por las hermanas, que le declararon estar dispuestas a vivir o morir por Cristo.

Admirado por su perseverancia y conmovido por la juventud de las dos, Jalaf ordenó que regresaran a casa, sin hacerles ningún daño.

«La muerte nos llevará a los brazos de Cristo»

Disgustado con el inesperado desenlace, el impío pariente apeló a la autoridad de Zimael, gobernador de Huesca.

Nuevamente fueron llamadas a interrogatorio. Si adjuraban de la fe, recibirían oro, plata, vestidos y joyas, además de ricos y nobles esposos; si no lo hacían, serían sentenciadas a la pena de muerte. Pero nada conmovía a las heroicas hermanas, que respondieron:

«No te empeñes en apartar del culto de Dios a dos vírgenes. […] Con Cristo está la vida y sin Él, la muerte. Permanecer a su lado y vivir en Él, es la verdadera alegría; separarse de Él, la perdición eterna. En cuanto a nosotras, tenemos el propósito de no abandonarle; le hemos consagrado la santidad de nuestro cuerpo. Las ventajas de esas cosas perecederas que nos propones, las despreciamos. […] Por lo que se refiere a la muerte con que nos amenazas, la recibiremos muy contentas, sabiendo que ella nos abre las puertas del Cielo y nos lleva a los brazos de Cristo».1

El regidor se dio cuenta de que el hecho de estar juntas las fortalecía en sus convicciones y ordenó que las separaran. Las envió a la casa de diferentes familias, quienes al paso que las trataban muy bien, procuraban persuadirlas con promesas y amenazas diciéndoles: «¿Qué haces? Tu hermana ya ha renegado y quiere seguir nuestra ley»2.

Santas Nunilo y Alodia camino del martirio – Monasterio de San Salvador de Leyre (España)

Cuarenta días después, Nunilo y Alodia se encontraron de nuevo ante el inicuo gobernador. En este último interrogatorio el ataque fue más sutil al presentarles la propuesta de que tan sólo simularan una renuncia a la fe. Ante el rechazo enérgico de las jóvenes, inmediatamente pronunció la sentencia de muerte por decapitación.

Noble gesto nacido de un corazón puro

Como Nunilo era la mayor, le tocó ser la primera.

Descubrió su garganta para facilitarle el trabajo al verdugo y se preparó para recibir la corona del martirio; pero el ejecutor erró parcialmente el golpe. Al caer su cuerpo al suelo y con los estertores de la muerte su vestido se rasgó. Entonces Alodia fue corriendo hasta ella para arreglarle la ropa. Y como si viera su alma volar cual paloma hacia el Cielo, le decía jubilosa: «Espérame un poco, hermana, espérame un poco»3.

Luego se preparó para recibir el golpe fatal, aunque antes ciñó su túnica a la altura de los pies, con la cinta con la que ataba sus cabellos, para evitar lo sucedido con su hermana.

Sus cuerpos fueron abandonados en el propio lugar, con el fin de convertirse en alimento de los animales. Sin embargo, éstos no se atrevieron a tocarlos, pues una fuerza divina velaba sobre los restos mortales de las dos hermanas. Al fijarse en ello, los infieles los arrastraron fuera de la ciudad, donde los cristianos les dieron sepultura.

Sin duda, aquella jovencita intrépida que salió corriendo para cubrir el cuerpo de su hermana no podía siquiera imaginar que la consideración de ese sencillo gesto suyo, recordado con admiración a lo largo de los siglos, valdría más que muchas palabras en este mundo tan avieso a la virtud y, en especial, a la modestia.

 

Notas

1 PEDROARENA, OSB, José Antonio X. Santas Nunilo y Alodia. In: ECHEVERRÍA, Lamberto; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2006, v. X, p. 578.
2 CARAYOL GOR, Rafael. Santas Mártires del Monte, Alodía y Nulilón. 3.ª ed. Granada: Porcel, 2002, p. 13.
3 Ídem, p. 16.

 

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