Santa Teresa del Niño Jesús – Mártir del amor

En la fidelidad eximia a su vocación, la «pequeña flor» del Carmelo brilló por la virtud de la fortaleza como un guerrero en el campo de batalla o un San Lorenzo ardiendo en la parrilla.

Corría el año 1887. Dos jóvenes francesas paseaban por Roma en una agradable mañana de noviembre, acompañadas por su padre. Se dirigían en peregrinación al famoso y emblemático Coliseo, que pronto apareció ante ellas, armonioso, imponente, serio, a la vez ligero y monumental… un auténtico testigo mudo, vencido, pero perseverante frente a los ultrajes de los siglos.1 Al verlo, ambas se estremecieron: ¡estaban ante el lugar donde tantos mártires habían sacrificado sus vidas por Nuestro Señor Jesucristo!

Se acercaron para besar aquel suelo santificado con tanta sangre cuando se encontraron con una barrera que les impedía entrar… Entonces se empeñaron en averiguar cómo acceder allí. Sobre ese momento, la más pequeña, Teresa Martín, relató más tarde: «Al ver a un obrero que pasaba con una escalera, estuve a punto de pedírsela; pero, por suerte, no llevé a cabo mi idea, porque me habría tomado por una loca…».2

¿Atribuir a Santa Teresa el título de mártir será un halago superficial, más impregnado de sentimiento que de razón?

Poco después, sin embargo, Teresa encontró un sitio donde los escombros tocaban la valla y la hacían franqueable. Llamó rápidamente a su hermana, Celina, y las dos comenzaron a escalar intrépidas las sagradas ruinas. «Papá nos miraba, asombrado por nuestra audacia. En seguida nos dijo que volviéramos, pero las dos fugitivas ya no oían nada. Al igual que los guerreros sienten cómo aumenta su valentía en medio del peligro, así nuestra alegría crecía en proporción al esfuerzo que hacíamos para alcanzar el objeto de nuestros deseos. […] Al poco, habiéndolo encontrado y estando arrodilladas en aquella tierra sagrada, nuestras almas se fundieron en una misma oración… Mi corazón latía con mucha fuerza cuando mis labios se acercaron al polvo teñido de la sangre de los primeros cristianos. Pedí la gracia de ser también mártir por Jesús y sentí en lo más profundo de mi corazón que mi oración ¡había sido atendida!…».3

«He aquí el sueño de mi juventud»

Quien haya conocido la vida de Santa Teresa del Niño Jesús y se haya familiarizado con su pequeña doctrina habrá comprobado la autenticidad de esta exclamación suya: «El martirio: he aquí el sueño de mi juventud»,4 sueño que creció con ella en el claustro del Carmelo como uno de los rasgos más destacados de su espiritualidad.

De hecho, toda su existencia exhala el precioso perfume del holocausto que tantos cristianos sufrieron por su fe en los albores del cristianismo. A lo largo de su trayectoria por esta tierra de exilio, por ejemplo, solía pronunciar frases como éstas: «A mí me es igual vivir que morir! […] Se acabaron las alegrías de la tierra; para mí no puede haber más que alegrías celestiales. […] ¡Oh, Jesús!, que sea yo tu feliz víctima. Consume esta pequeña hostia tuya con el fuego del amor divino. […] Quiero ser fascinada por tu divina mirada; quiero convertirme en presa de tu amor».5

Esos fervorosos y auténticos pensamientos son tan dignos de un mártir como lo fueron las palabras paradigmáticas del gran San Ignacio de Antioquía: «Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. […] A aquel quiero que murió por nosotros. A aquel quiero que por nosotros resucitó. […] Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia: sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro, de mí y desde lo íntimo me está diciendo: “Ven al Padre”».6 Salvando los diecisiete siglos que separan las vidas de estos dos santos, sus aspiraciones revelan un mismo espíritu, el mismo amor.

Pero, por otra parte, atribuir a Santa Teresa el título de mártir puede parecer un halago superficial, más impregnado de sentimiento que de razón. Al fin y al cabo, simples palabras, por muy sinceras y apasionadas que sean, no constituyen un martirio. Sobre todo porque ella nunca sufrió persecución religiosa hasta el día en que cerró los ojos a esta vida en su plácido lecho de tuberculosa, rodeada de sus hermanas de hábito, tras los silenciosos muros del Carmelo…

«Pedí la gracia de ser también mártir por Jesús y sentí en lo más profundo de mi corazón que mi oración había sido atendida»
Coliseo – Roma; destacada, Santa Teresa del Niño Jesús en 1885

Este último argumento sería decisivo si la teología no enseñara que la vida religiosa es un verdadero martirio, aunque no en sentido estricto, sino por una profunda analogía. Santo Tomás de Aquino7 comenta, citando a San Gregorio Magno, que cuando alguien entrega a Dios todo cuanto tiene y toda su vida, por medio de un voto, ofrece un holocausto. Al abrazar la vocación carmelitana con eximia perfección, Santa Teresa agotó exhaustivamente ese «todo» y brilló por la virtud de la fortaleza más que un guerrero en el campo de batalla,8 o tanto como un San Lorenzo ardiendo en la parrilla.

No hay mayor prueba de amor…

La clave para comprender el holocausto de la Santa de Lisieux reside en su amor incondicional a Dios. Ella misma se refería a su camino espiritual como un martirio de amor, y de hecho alcanzó «el ejercicio y el premio de mártir»,9 no por el mismo suplicio de los mártires, como enseña San Agustín,10 sino por la misma causa: la caridad.

Como fruto inmediato de esta virtud, demostró una abnegación inquebrantable. «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24), enseñó el divino Maestro. Y Santa Teresa hizo de tales palabras la regla de su conducta, el látigo con el que ella misma laceró su naturaleza pecadora para ofrecerla en sacrificio a Dios. Como confirmación de esta verdad, podrían narrarse aquí muchos ejemplos de su vida, de los cuales sólo recogemos algunos.

Cuenta una de sus novicias que, tanto en sus ratos libres como en los momentos de trabajo, procuraba siempre atender con amabilidad a cualquiera que la interrumpiera, incluso cuando abusaban de su buena voluntad o le exigían que hiciera alguna tarea a la que no estaba obligada. Para ella, ésa era la actitud más natural y se desvivía por complacer a todas.

Respecto a una hermana de hábito, que, según la propia santa, tenía el don de desagradarla en todo y que le provocó muchos y violentos combates interiores, se comportaba con la mayor amabilidad posible. Siempre buscaba su compañía y solía sonreírle con tanto cariño que la religiosa llegó a creerse especialmente querida. «Desde que nos conocimos —afirmó en cierta ocasión con ingenuidad—, experimentamos una atracción mutua irresistible».11 La propia comunidad creía que entre ambas existía una amistad tan estrecha que llegó a despertar cierta envidia en María, hermana de sangre de Santa Teresa…

Otro ejemplo encantador que nos dejó la santa carmelita fue su comportamiento con una de sus novicias, de índole tenaz y modesta inteligencia. Sor Marta de Jesús, como se llamaba, declaró más tarde: «[La Sierva de Dios] fue para mí de una bondad y de una caridad que no podrá revelarse si no es en el Cielo. […] Sin embargo, la hice sufrir mucho por mi carácter difícil; pero puedo afirmar, con toda verdad, que conservó siempre la misma dulzura, la misma igualdad de carácter. […] Nunca me rechazó a pesar de la frecuencia de mis visitas; nunca manifestó el menor enojo al recibirme».12

La hermana Marta solía enfadarse con ella y, cierta vez, llegó a decirle incluso cosas que sin duda le causaron gran pena. Santa Teresa no mostró disgusto alguno y contestó con calma y bondad, rogándole a continuación que la ayudara en cierto trabajo. Molesta, la novicia quiso entonces poner a prueba la paciencia de la santa y dejó de responder a cuanto le decía. Pero, finalmente, no pudo sino rendirse ante su bondad y pedirle perdón por su mal comportamiento.

Al haberse comportado como una madre ante los numerosos caprichos, extravagancias y brutalidades de esa religiosa, Santa Teresa se ganó su inmensa estima y acabó conquistándola para Dios, convirtiéndola en una buena religiosa. «No me cansaba de ver con qué caridad me trataba —relata sor Marta—; […] no sabría expresar la gran abnegación que ella infundió en mi alma».13

Fidelidad a la regla

Si en lo que respecta a sus compañeras de claustro Santa Teresa demostró la autenticidad de su amor a Dios (cf. 1 Jn 4, 20-21), mediante la observancia de la regla carmelitana manifestó la radicalidad de ese amor y su audacia.

Si en lo que respecta a sus compañeras de claustro demostró la autenticidad de su amor a Dios, mediante la observancia de la regla carmelitana manifestó la radicalidad de ese amor y su audacia
Religiosas del Carmelo de Lisieux durante un período de trabajo; destacada, Santa Teresa del Niño Jesús

De salud delicada, padecía constantes y fuertes molestias estomacales desde que ingresó en la vida religiosa. No obstante, nunca pidió que la dispensaran de los ejercicios comunes ni del trabajo arduo. Tenía por norma aguantar hasta el agotamiento antes de quejarse a su superiora. «[Si] puedo todavía caminar —decía ella—, debo estar en mi obligación».14

«No debemos darnos una vida cómoda. Ya que pretendemos ser mártires, es preciso emplear los instrumentos que tenemos»

No es difícil imaginar cuánto le costaron, en medio de tales molestias, las largas horas de canto del oficio, la alimentación austera, las cortas noches de sueño que tantas veces pasó en vela a causa del frío, al que era muy sensible… ¿Quién podría calcular el valor de estos sacrificios ocultos soportados a lo largo de los años? Y perseveró en ese propósito incluso tras el inicio de la tuberculosis, enfermedad que la llevó a la muerte…

«No debemos darnos una vida cómoda. Puesto que pretendemos ser mártires, es preciso emplear los instrumentos que para ello tenemos»,15 enseñaba ella. Lo arduo de este martirio radica en que el religioso debe aplicarse a sí mismo voluntaria y amorosamente los instrumentos de suplicio, sin ayuda de despiadados verdugos, y ello cuando la naturaleza humana aprecia demasiado la carne propia para aborrecerla, y ama demasiado su propia vida para perderla enteramente al servicio de Dios.16

Santa Teresa terminó sus días sin pronunciar palabras inútiles, sin perder un minuto, sin consentir en una sola falta de caridad ni en un solo impulso de mal humor, sin la más mínima infidelidad a la regla. En una palabra, no dejó escapar ningún pequeño sacrificio; y estas nadas, como ella las consideraba, fueron las que la molieron y la transformaron en limpio trigo de Dios.17

«Sólo la inmolación total de uno mismo merece el nombre de amor»:18 he aquí la esencia del martirio y la definición de la vida de la Santa de Lisieux. ¡Cuántos mártires, sometidos voluntariamente a la crueldad de sus verdugos, habrían vacilado en entregarse a esa muerte continua, de todos los momentos! Quizá se cansarían de ese holocausto «a fuerza de alfilerazos»19 y apostatarían… pues es más fácil abrazar la muerte en un instante por la fe en Cristo que entregarle día a día, jirón a jirón, trozo a trozo, el preciadísimo don de la vida.20

La perfección de todos los sacrificios

El rostro humano es un reflejo del alma. Concluyamos, pues, estas reflexiones contemplando unos instantes una fotografía de Santa Teresa. De entre las muchas que se prestarían a nuestro análisis, detengámonos en ésta, donde aparece de rodillas, sosteniendo lirios blancos frente a una cruz.

«Sólo la inmolación total de uno mismo merece el nombre de amor»
Santa Teresa en 1896

Según comenta el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, su semblante se muestra indescriptiblemente doloroso, pero sonriente; no busca ocultar su propio dolor, «sino afirmarse mediante un prodigio de virtud, de fidelidad a la gracia, a pesar del dolor. Los labios sonríen sólo porque la voluntad quiere que sonrían»,21 en una actitud de profunda fe. Su mirada luminosa irradia paz, dejando entrever, detrás de ella, uno de esos océanos de sacrificio tan grandes que solamente caben en un alma católica y generosa.

Al observar esa figura angelical, afloran a nuestros labios pocos elogios más adecuados para calificarla que el de mártir de la vida religiosa. Procuremos, pues, admirarla; pero no con ese embeleso efímero e infructuoso propio de la mentalidad hodierna, sino con espíritu católico, que nos lleva a imitar las virtudes que amamos.

Y para alcanzar el éxito en esa imitación, supliquemos: ¡Oh, Santa Teresa del Niño Jesús, enséñanos a encontrar en el amor a nuestras pequeñas cruces la perfección de todos los sacrificios de nuestra alma! 

 

Notas


1 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. «Dois ideais: o direito e a máquina». In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año IV. N.º 42 (jun, 1954); p. 7.

2 Santa Teresa de Lisieux. «Manuscrits autobiographiques» (Ms A, 60v). In: Œuvres. www.archives.carmeldelisieux.fr.

3 Ibid., Ms A, 61r

4 Idem. «Manuscrits autobiographiques» (Ms B, 3r). In: Œuvres, op. cit.

5 O espírito de Santa Teresa do Menino Jesus. Conforme seus escritos e as testemunhas oculares de sua vida. 7.ª ed. São Paulo: Paulus, 2023, p. 65; 217-221.

6 San Ignacio de Antioquía. «Carta a los romanos», c. iv, n.º 1; c. vi, n.º 1; c. vii, n.º 2. In: Padres Apostólicos. Madrid: BAC, 1990, pp. 477-479.

7 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 186, a. 6.

8 Cf. Barrios Moneo, CMF, Alberto. Santa Teresita. Modelo y mártir de la vida religiosa. 6.ª ed. Madrid: Coculsa, 1967, p. 345.

9 Barrios Moneo, CMF, Alberto. La espiritualidad de Santa Teresa de Lisieux a la luz de los procesos de su canonización y de sus “Manuscrits autobiographiques”. Madrid: [s. n.], 1958, t. ii, p. 83.

10 Cf. San Agustín. Enarrationes in Psalmos. Psalmo 34, Sermo II, n.º 13.

11 Barrios Moneo, Santa Teresita. Modelo y mártir de la vida religiosa, op. cit., p. 208.

12 Ibid., p. 194.

13 Ibid., p. 195.

14 Ibid., p. 348.

15 Ibid., p. 350.

16 Cf. ibid.

17 Cf. Santa Teresa de Lisieux. «Dernières paroles» (Carnet jaune, 9 août). In: Œuvres, op. cit.

18 O Espírito de Santa Teresa do Menino Jesus, op. cit., p. 42.

19 Cf. Santa Teresa de Lisieux. «Correspondance» (Lettre 74). In: Œuvres, op. cit.

20 Cf. Barrios Moneo, Santa Teresita. Modelo y mártir de la vida religiosa, op. cit., p. 345.

21 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Paz de alma no Tabor e no Calvário». In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año X. N.º 111 (mar, 1960); p. 7.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados