Santa Eduvigis – Destinada al combate y a la victoria

Eduvigis aprendió del divino Maestro a dispensarles a las criaturas un amor puro y sobrenatural, que la hizo luchar virilmente por el progreso de la Santa Iglesia y por la santificación de las almas en su tiempo.

«Mujer destinada al combate y a la victoria», he aquí lo que quiere decir Eduvigis. La duquesa de facciones finas y porte delicado hizo justicia al significado de su nombre, porque supo librar la lucha de la resignación ante los designios de Dios y enfrentar con virilidad los sufrimientos que asolaban su país, por cuyo motivo la llamaron «mujer fuerte del Evangelio».

Flor de la nobleza europea

Eduvigis fue la segunda hija de Bertoldo IV, conde de Andechs, Meran y Tirol, e Inés, hija del conde Rotlech, marqués del Sacro Imperio, cuya genealogía se remonta hasta el propio Carlomagno.

La pareja tuvo seis hijos más, entre ellos Inés, que se casó con Felipe Augusto, rey de Francia, y Gertrudis, que se desposó con Andrés, hijo de Santa Isabel de Hungría y rey de esta nación. Tales matrimonios le proporcionaron a Eduvigis relacionarse con varias de las casas reales europeas.

Infancia impregnada de inocencia y castidad

No se sabe el día exacto del año de 1174 que vio nacer a Eduvigis. Niña de carácter extremadamente afable, pero muy serio y noble, desde la cuna demostró una enorme inclinación hacia la inocencia y la castidad, cualidades tan raras en los faustos círculos de la corte y que ella conservaría toda su vida.

Al cumplir los 6 años fue confiada al cuidado de las benedictinas del monasterio de Lutzing, para que adquiriera el conocimiento religioso y cultural que su condición exigía. En poco tiempo las monjas notaron en la niña una inteligencia penetrante, así como numerosos dones: pintar iluminaciones, bordar, cantar y tocar distintos instrumentos. En el período que estuvo en el convento también estudió la Sagrada Escritura, se dedicó a cuidar a los enfermos y aprendió a organizar jardines y huertas. Sin embargo, las delicias de su alma eran pasar largas horas en la iglesia o al pie de alguna imagen de la Virgen.

En el matrimonio, virginidad de alma

A la edad de 12 años ya había adquirido una madurez ejemplar. Su nobleza de sangre, su hermosa apariencia y su rutilante inteligencia la hacían una dama muy codiciada para el matrimonio. No obstante, su mayor deseo era el de permanecer virgen y consagrarse a Dios por completo.

Matrimonio de Santa Eduvigis y Enrique I – Iglesia de Santa Catalina, Brandemburgo (Alemania)

Pero los designios de la Providencia son misteriosos e impenetrables. A través del casamiento con el príncipe Enrique I de Silesia, el Señor quiso unir en el alma de Eduvigis dos cualidades que parecen opuestas a los ojos del mundo: la virginidad de alma y la maternidad.

Incluso siendo una esposa entregada y una madre cariñosa, mantuvo intacta la pureza de su alma, como si nunca hubiera estado unida a nadie por lazos humanos, viviendo continuamente en función de Dios. Aprendió del divino Maestro la ciencia de amar a las criaturas con un afecto puro y sobrenatural, de modo que conservó la castidad de corazón hasta el final de su vida.

Formando la imagen de Cristo en el alma de su esposo

Trasladarse de residencia después de casarse, abandonando Baviera y yéndose a vivir con Enrique a Silesia (región de la Polonia medieval), supuso un cambio muy brusco para la joven.

La Polonia medieval de aquella época aún estaba saliendo de la barbarie, y las costumbres del pueblo eran muy rudas en relación con las de su tierra natal. Tuvo que fortalecer su corazón para afrontar los sufrimientos de su nueva condición, cuyo esfuerzo logró con tanto éxito que fue considerada «la primera princesa alemana que consiguió adaptarse al inhóspito suelo de Polonia».1 En poco tiempo cautivó a nobles y siervos por la dulzura y rectitud con que los trataba.

Su primera misión fue entender el genio de su esposo para poder servirlo mejor, y tan airosa salió de esta empresa que terminó por conquistar completamente su corazón.

Enrique era valiente, severo consigo mismo y generoso, pero su instrucción religiosa dejaba mucho que desear. Tampoco sabía rezar… Eduvigis, que lo amaba tanto como es posible en esta tierra, se preocupaba sobre todo por su alma. Se convirtió en su catequista y maestra y le enseñó la práctica de la oración y la buena moral. Cada día que pasaba, Enrique tenía más razones para confiar en su santa esposa, y su corazón fue llevado poco a poco a Dios por el amor y la dedicación de ella.

Voto de castidad perfecta

Bendito en frutos fue el matrimonio de Eduvigis, pues tuvo seis hijos. Tras el nacimiento del último, ella y Enrique hicieron voto de castidad perfecta, sellando su promesa secretamente en las manos de un obispo. Cuando el hecho se hizo público, decidieron vivir en residencias separadas para evitar un escándalo y, desde entonces, siempre se encontraban acompañados de testigos.

Eduvigis se trasladó a un monasterio de monjas cistercienses que su marido había construido en Trebnitz, en la actual Alemania. Enrique, arrastrado por el ejemplo de su esposa, comenzó a llevar una vida de religioso aún en el mundo. Se cortó el pelo en forma de tonsura y se dejó crecer la barba; 2 adquirió tan profunda humildad y ardiente devoción que se le consideraba un santo.

Con gran admiración, los circunstantes podían ver a una princesa joven, colmada de dones y estimada por todos, viviendo más como religiosa que como noble. Tenía por lema que cuanto más ilustre fuera el origen, más tendría que distinguirse por la virtud; cuanto más alta fuera la posición social, mayor sería la obligación de edificar al prójimo mediante el buen ejemplo. Y supo ponerlo en práctica eximiamente.

Patrona de los desvalidos, pobres y endeudados

En esta nueva vida que había iniciado, Eduvigis no quiso hacer voto de pobreza por un objetivo muy concreto: seguir ayudando a los demás con sus bienes. Era riquísima, pero vivía con una renta mínima para sí; con el resto socorría a los más desfavorecidos y construía hospitales, escuelas, iglesias y monasterios. Por sus innumerables gestos de caridad que atravesaron los siglos, es considerada la patrona de los desvalidos, pobres y endeudados.

Si bien que su mayor obra de misericordia quizá fuera la de emplear su poder e influencia política para expandir la Iglesia y salvar almas. El estado religioso en que se encontraba el pueblo e incluso muchos miembros del clero era verdaderamente lamentable. Eduvigis no veía barreras: se lanzaba a osadas empresas, gastaba su fortuna, exhortaba a los clérigos, a fin de contemplar el brillo de la verdadera doctrina en el alma de todos sus súbditos. Por eso es habitual representarla con su corona sobre la Sagrada Escritura, viniendo a decir que su poder y su riqueza estaban sostenidos por la fe; o con una iglesia en las manos, a causa de su preocupación por expandir y proteger a la Esposa Mística de Cristo.

Magnanimidad y fortaleza ante los infortunios

«Santa Eduvigis reconcilia al príncipe Conrado Plock con Enrique I», de Feliks Sypniewski

La sierva de Dios sabía que «aquellas piedras vivas destinadas a ser colocadas en el edificio de la Jerusalén celestial deben ser pulimentadas en este mundo con los golpes repetidos del sufrimiento, y que para llegar a aquella gloria celestial y patria gloriosa hay que pasar por muchas tribulaciones».3 En efecto, Santa Eduvigis había descubierto el secreto que hay detrás de la cruz, pero no se desanimó ante el dolor y los sacrificios que Dios le pedía.

Una serie de calamidades le sobrevinieron a esta noble alma. En 1237, su hijo Conrado murió atacado por una fiera mientras cazaba. Por aquellos días, todavía sumida en el dolor, lloró la muerte de otro de sus hijos, Boleslao.

Como si esto no bastara, su marido fue hecho prisionero por el príncipe Conrado de Plock durante la guerra. Armada de valor, se presentó en persona ante éste para obtener la liberación de su esposo. Conrado nunca se había dejado intimidar por nadie, pero «cuando vio a la duquesa Eduvigis frente a él, el hombre tembló. Le parecía que tenía delante a un ángel que lo amenazaba. Sin exigirle rescate alguno soltó al prisionero».4

Poco tiempo después, Enrique partió hacia la región de Crosna, en Polonia. Atacado por una repentina enfermedad, vino a fallecer en el 1238. La noticia de su muerte consternó a las religiosas del monasterio de Trebnitz. La única que permaneció serena fue Eduvigis, que trataba de confortar a las demás: «¿Por qué os quejáis de la voluntad de Dios? Nuestras vidas están en sus manos, y todo lo que Él hace está bien hecho, lo mismo si se trata de nuestra propia muerte que de la muerte de los seres amados».5

Una santa penitente y rica en dones

Santa Eduvigis tenía costumbres extremadamente austeras. A menudo pasaba el día a pan y agua, o sólo comía algunas verduras cocidas; durante cuarenta años se abstuvo de carne. Tras su muerte, su nuera Ana testificó ante las autoridades eclesiásticas que, «de todas las vidas de santos penitentes que había leído, jamás encontró quien superara a su suegra en la penitencia».6

Acostumbraba a caminar descalza hasta la iglesia, incluso sobre la nieve. Pero como no le gustaba que los demás vieran su sacrificio, siempre llevaba en las manos sus zapatos y se los ponía cuando se encontraba con alguien. Un día, una criada que la acompañaba empezó a quejarse del frío. Eduvigis entonces le dijo que pusiera los pies sobre sus huellas. La mujer comenzó a sentir un gran calor que le invadía todo el cuerpo.

La Providencia adornó el alma de esta dama tan generosa con numerosos favores, entre ellos el don de profecía y de revelación de las cosas ocultas, que le hacía presente acontecimientos que sucedían a mucha distancia. Previó guerras y calamidades que asolarían su país, curó a ciegos y a otros enfermos. Muchas veces fue sorprendida en profundo éxtasis, envuelta en una luz tan fuerte que llegaba a ofuscar a los que presenciaban el fenómeno.

Íntima unión con Nuestro Señor Jesucristo

Jesús crucificado bendice a Santa Eduvigis

Santa Eduvigis siempre evitó que se conociera el misterio de su íntima unión con el Señor. No obstante, tal era el fervor que la invadía que no conseguía reprimir sus suspiros, «gritos de amor, cantos de alegría escapaban de su corazón para saludar a su divino Novio».7

En cierta ocasión, una monja, deseosa de saber qué hacía en la iglesia cuando se quedaba sola durante largas horas, se escondió en el coro, desde donde presenció una escena admirable: después de besar cada asiento usado por las religiosas para el canto del oficio, se arrodilló ante el altar de la Santísima Virgen, sobre el cual había un crucifijo, y allí permaneció con los brazos extendidos en forma de cruz. Mientras así rezaba, el brazo del Crucificado se desprendió del leño y le bendijo diciendo: «Tu oración ha sido escuchada, obtendrás la gracia que pides».8 Así conquistaba el Corazón de Dios con su amor y oraciones.

Batalla contra los demonios

Para demostrarle a su celestial Esposo su fidelidad y amor, tuvo que ser sometida a una terrible prueba. Los demonios se le aparecían en formas horribles y la golpeaban, repitiendo con voz furiosa: «¿Por qué eres tan santa?». En esos momentos veía cómo sus fuerzas misteriosamente se paralizaban, mientras todo quedaba sumido en la oscuridad y el abandono. Las puertas del abismo se abrían ante la duquesa y se le presentaban las tentaciones más delicadas. Todas las pasiones que había reprimido durante años le asaltaban su espíritu: ira, odio, envidia… Si no supiera que estaba sustentada por una mano invisible, enseguida se hubiera desesperado. Eduvigis, sin embargo, lo soportó todo pacientemente. Cuando el tiempo de la prueba cesó, esa misma mano divina la elevó, llevándola de nuevo al reino de la luz.

A medida que se acercaba el día de su muerte, el Señor le hizo gozar anticipadamente la felicidad del Paraíso como premio a su fidelidad durante los asaltos de los infiernos: muchos ciudadanos de la Jerusalén celestial fueron a visitarla. El día de la natividad de la Santísima Virgen, Catalina, su fiel servidora, fue testigo de una escena maravillosa: vio cómo entraban en su habitación varios bienaventurados; y llena de alegría, los saludaba: «Queridos santos, sed bienvenidos; Santa María Magdalena, Santa Catalina, Santa Tecla, Santa Úrsula».9

Muerte y canonización

Muerte de la santa entre las religiosas de Trebnitz – Iglesia de Santa Catalina, Brandemburgo (Alemania)

Finalmente, llegó el momento en que Eduvigis entregaría su alma a Dios. Era el 15 de octubre de 1243. En su lecho, abría de vez en cuando sus ojos para elevarlos al cielo y pronunciar el divino nombre de Jesús. Mientras las hermanas cantaban los salmos, ella miró una vez más al cielo y, sin estertores, dio su último suspiro. Su cuerpo sufrió entonces un asalto por parte de las religiosas: unas le cortaban las uñas; otras, los cabellos; otras, trozos de su ropa.

Durante mucho tiempo el pueblo polaco lloró la pérdida de su madre. Pero ella no abandonaría a quienes tanto había amado en la tierra. Milagros y más milagros se siguieron.

El 15 de octubre de 1267, tan sólo veinticuatro años después de su muerte, el papa Clemente IV, que había obtenido él mismo un milagro por su intercesión, la inscribió en el catálogo de los santos. 

 

Notas


1 KNOBLICH, August. Histoire de Sainte Edwige. Duchesse de Silésie et de Pologne. Tournai: H. Casterman, 1863, p. 37.

2 Por esa razón es conocido hasta hoy como Enrique I, el Barbudo.

3 DE LA VIDA DE SANTA EDUVIGIS. Escrita por un contemporáneo. In: COMISIÓN EPISCOPAL ESPAÑOLA DE LITURGIA. Liturgia de las Horas. 5.ª ed. San Adrián del Besós: Coeditores Litúrgicos, 1998, t. IV, pp. 1298-1299.

4 MONTANHESE, Ivo. Vida de Santa Edwiges. 24.ª ed. Aparecida: Santuario, 2012, p. 37.

5 BUTLER, Alban. Vida de los Santos. Ciudad de México: Collier’s International, 1965, t. IV, pp. 127-128.

6 MONTANHESE, op. cit., p. 71.

7 KNOBLICH, op. cit., p. 230.

8 Ídem, p. 231.

9 Ídem, p. 280.

 

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