San Pedro de Verona – Torre de integridad y de fortaleza, paladín de la fe

Nadie podría imaginar que, del seno una familia cátara, nacería un nuevo David, dispuesto a asestarle un golpe mortal en la frente al gigante herético.

Corría el siglo xiii y la noble dama se encontraba enferma; gusanos pestilentes pululaban en su cuerpo amenazando con apoderarse de todo su cuerpo. Pero ella no podía morir. ¿Quién iría a su rescate?

Como medicina extraída del propio veneno, Dios haría surgir del seno de una familia enferma, un acertado médico para ella, la más noble y distinguida señora de todos los tiempos: la Santa Iglesia.

Un nuevo Pedro para la Iglesia

Los cátaros, también llamados albigenses, recorrían Europa con rastrera saña. De origen desconocido, aparecieron a la luz del día como la herejía más peligrosa que la Iglesia conociera en tiempos medievales. Renovaban las doctrinas del maniqueísmo, cuya creencia afirmaba la existencia de dos dioses —el dios bueno, creador del espíritu; el dios malo, creador de la materia— y sustentaban un riguroso puritanismo que, paradójicamente, sólo podía conducir a la depravación de las costumbres. Se valían de la fuerza y de ​​las armas para arrastrar a multitudes de almas incultas, o mediocres, sedientas de la vida fácil sin una lucha contra los vicios. El principal objetivo de tal herejía era, sin duda, obstaculizar la influencia, el dominio y la capacidad de expansión de la Santa Iglesia.

Muchos Papas y santos ya habían estado luchando enérgicamente para detener ese poder que crecía ora de manera ostentosa, ora a escondidas; Santo Domingo de Guzmán, con sus hijos espirituales, recorrían vastas regiones en el combate con la espada de la palabra. Se celebraban verdaderos torneos espirituales en las plazas públicas, a los que acudían una numerosa muchedumbre, compuesta en gran parte por buenos católicos habituados a la lucha y sedientos de la verdad, en aquellos tiempos de confusión.

Mientras esos valientes paladines de la Virgen combatían en defensa de la fe, nacía en Verona (Italia) un nuevo Pedro, elegido desde el vientre materno por la gracia para replicar los ataques de las huestes del mal, sostener a la Iglesia y ser una roca de firmeza inquebrantable.

El pequeño polemista

De padres cátaros, Pedro demostró desde temprana edad una eximia pureza, candor e inocencia. Antes incluso de poseer el pleno uso de razón, parecía misteriosamente profesar ya la verdadera y única fe. Cuentan que, siendo todavía un tierno bebé, se negaba a tomar leche de las mujeres cátaras, y cuando le obligaban a hacerlo, lloraba y se resistía cuanto podía. Ya crecido, evitaba la compañía de los niños de esa perniciosa creencia, manteniéndose inmune a la herejía.

Pedro se erguía, poco a poco, como una torre de integridad, cual hermoso lirio nacido en medio del lodo de las falsas doctrinas y de la irreligión. Y Dios mismo regaría y cultivaría esa valiosa semilla, para hacerla grande ante sus ojos y los del mundo entero. ¿Cómo? Haciendo del niño un guerrero en el combate contra el mal. Y el primer enemigo al que tuvo que enfrentarse fue la malicia de sus propios parientes.

Ante la falta de maestros cátaros que le instruyeran en las letras, su padre lo inscribió en una escuela católica de la ciudad. ¡Nada más providencial! Un día, después de la clase, el pequeño regresaba a casa cuando se cruzó con uno de sus tíos, avanzado en edad y acérrimo hereje, el cual le preguntó cómo le iban los estudios. Sin titubear, Pedro hizo su convencida profesión de fe: «¡Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra!». El tío se lo rebatió con funestos argumentos, pero el niño se mostró irreductible: «Quien no crea esta primera verdad de la fe no tendrá parte en la salvación eterna».1 Verdaderamente no fueron ni la carne ni la sangre las que se lo habían revelado (cf. Mt 16, 17).

Ante tales palabras, el anciano tartamudeó y temió que de aquel pequeño polemista surgiera un nuevo David, dispuesto a asestarle en la frente del gigante el golpe mortal. El fisgoneo del mal a veces resulta exitoso… Su tío y otros tantos parientes comenzaron a aplicar un especial esfuerzo para seducirlo con vanas promesas o amenazas. Pero Pedro, sustentado por la gracia y la oración, se mantenía firme en su integridad.

En las pompas de Bolonia, un encuentro…

Su padre le prestaba poca atención a las amonestaciones de la familia de que mantuviera a su hijo alejado de la instrucción católica. Lo envió, entonces, con 15 años, a la famosa universidad de Bolonia, para completar sus estudios. Y he aquí que se le presenta a Pedro un nuevo enemigo: el ambiente frívolo y mundano, propio de los círculos estudiantiles, formado por una juventud licenciosa, llena de vanidades e ilusiones. El joven fue escarnecido, perseguido… Pero supo volar con las alas del espíritu y encontrar en Dios un refugio seguro; después de todo, no sólo era un diestro polemista, sino también un guerrero virgen que no transigía con el mal.

En esa difícil coyuntura en la que se encontraba el joven Pedro, Dios salió a su encuentro.

Más famosa que la universidad, era la figura de Santo Domingo de Guzmán, que vivía en Bolonia, «anciano ya, rodeado de discípulos, con la aureola de fundador y martillo de herejes».2 Arrebataba multitudes, convertía pueblos, perseguía al mal. Como tantos otros, Pedro seguramente experimentaría en su corazón arrobos de entusiasmo por este hombre de fuego.

Con 16 años, tomado por la gracia, se dirigió al convento dominico de la ciudad, con el fin de alistarse en aquella nueva milicia. Fue aceptado y cumplió su más ardiente deseo de recibir el hábito de la orden de manos del propio Santo Domingo. Era el año de 1221, ya hacia el final de la vida del fundador…

San Pedro había sigo sagaz en ver y rechazar el mal en su propia familia. ¿No sería equivalente su percepción del bien y su capacidad de adhesión al encontrar al fundador
San Pedro de Verona recibe el hábito dominico – Iglesia de San Nicolás, Valencia (España)

Bien podemos conjeturar que si grande era la acuidad de este santo veronés en percibir y rechazar el mal, equivalente debía ser su percepción del bien y, en consecuencia, su capacidad de adhesión. Así pues, ¿qué habrá visto cuando por primera vez cruzó su mirada con su fundador? A fin de cuentas, ¿no era el padre, el maestro, el sustento que buscaba? Santo Domingo, a su vez, ¿no habrá discernido en aquel joven una gloria prometedora para su naciente orden? La historia no nos lo cuenta…

Ya en los sagrados claustros dominicos, Pedro comenzó a vivir como un monje irreprochable, eximio en la regla, tan penitente como inocente, en continua oración y serios estudios. Concluido su período de formación escolástica, fue ordenado sacerdote y enseguida nombrado predicador contra los impíos heresiarcas. Dios se valdría de ese siervo suyo para salvar a la Iglesia, dotándolo de un don especial para confundir a los herejes. Después de todo, conocía de primera mano y en su propia piel la malicia de los cátaros. He ahí un perfecto remedio, extraído de entre el mismo veneno mortal.

Orador invicto, perseguido y victorioso

La salvación o la perdición se decidían en la predicación del santo; al oírlo, muchos se convertían y hacían penitencia. En uno de sus sermones a campo descubierto, los demonios, furiosos con tantas victorias, lograron aparecerse en horrendas figuras para perturbarlo y dispersar a la multitud. No obstante, con angelical sencillez, Pedro trazó la señal de la cruz en el aire y las figuras se deshicieron como por encanto.

No sólo era un orador polémico, sino que entraba en contacto directo con las almas en el confesionario, en el que se encerraba horas y horas. A un joven que le había dado una patada a su madre, le recordó el consejo del Señor: «Si tu pie te induce a pecar, córtatelo» (Mc 9, 45). Y el joven, emocionado, siguió las palabras al pie de la letra… Bastaba esto para que se montara una campaña de calumnias contra el santo. Sin embargo, al enterarse del hecho, Pedro intervino, trazó la señal de la cruz sobre la pierna mutilada y devolvió el pie a su sitio. En lugar de disminuir, su fama creció a mayor escala.

Con cada embestida del infierno, salía más fuerte. Un día, inmerso en tremendas tentaciones contra la fe, se dirigió confiadamente a la Virgen a fin de obtener su socorro. Mientras rezaba, oyó su maternal voz: «He rogado por ti, Pedro, para que tu fe no desfallezca. Tú, no obstante, anima a tus hermanos».3 En este episodio se puede vislumbrar la excelencia de las virtudes del religioso y su excepcional vocación, pues similares fueron las palabras del Salvador al advertirle a San Pedro Apóstol de las tentaciones que le sobrevendrían (cf. Lc 22, 32).

En el premio, una prueba

Dios lo coronó con dones místicos, concediéndole hablar con los Cielos. Ahora bien, ese mismo premio singular se convertiría, en cierto momento, en ocasión de sufrimiento para él.

En uno de sus coloquios nocturnos, fueron a su encuentro las santas vírgenes Inés, Cecilia y Catalina. Los monjes malintencionados, de los que se sirvió el demonio, al oír voces femeninas en su celda corrieron a acusarlo ante el prior del convento, quien, reuniendo a la comunidad en capítulo general, reprendió a Pedro por infringir gravemente la regla. No osó defenderse y recibió la dura sentencia de ser desterrado al convento de Marca de Ancona, suspendido del permiso para confesar.

El dominico aceptó el peso de tan dura calumnia. En su penitente soledad, cierto día se quejó afectuosamente al divino Crucificado, por ser injustamente objeto de infamia. Y Jesús le respondió: «Y yo, Pedro, ¿no era inocente? ¿Merecía el oprobio y el dolor con los que fui sobrecargado en el transcurso de mi Pasión? Aprende, pues, de mí a sufrir con alegría».4

Pedro se sintió revitalizado con tal lección y comprendió que Dios lo quería configurado a Él. Finalmente, su inocencia salió a la luz y el sumo pontífice, Gregorio IX, lo nombró inquisidor general. Su guerra contra los herejes se volvería aún más intensa.

Defensor de la Iglesia, con la fe y las armas

Pedro era implacable, atacaba vigorosamente el vicio y el error, obteniendo nuevas y estruendosas conversiones. Los líderes cátaros disputaron con él en público, pero siempre salían derrotados.

A fin de corroborar la predicación de las verdades de fe, Dios le otorgó al santo el don de hacer milagros. Enfermos eran curados y, en contrapartida, los herejes empedernidos enfermaban… Para indicar que el Dios verdadero era el Creador del mundo visible, una vez bendijo los cielos y he aquí que una nube refrescante se formó sobre el pueblo que asistía a un debate público.

En las disputas con los cátaros, Pedro fue implacable en atacar el vicio y el error, obteniendo nuevas y ruidosas conversiones. No pasaría mucho para que tramaran su muerte y para que Inocencio IV lo proclamara protomártir de la Orden Dominica
Escenas de la vida de San Pedro de Verona: realizando el milagro de formar una nube en el cielo durante un debate público, su martirio y sus funerales – Iglesia de San Nicolás, Valencia (España)

Trabajó incansablemente para extirpar la herejía. Como su prodigiosa actividad aún no bastara para contener el ímpetu de los herejes, fundó en la ciudad de Florencia la Cofradía de los Gentiles Hombres Armados, para que, como soldados católicos, defendieran la fe contra aquellos impíos, los cuales también pretendían dominar la tierra con armas. Muchos fueron los que se alistaron bajo tan noble bandera, y obtuvieron innumerables victorias. El insigne hijo de Santo Domingo armaba caballeros, les daba facultad para obrar y preceptos. Los malos ya no podían soportarlo…

Los herejes italianos prohibieron a sus adeptos que acudieran a las predicaciones de Pedro y enseguida tramaron matarlo. Acordaron entregarle cuarenta libras milanesas a quien lo hiriera de muerte. La noticia llegó al conocimiento del santo, que no hizo nada más que entregar su vida en manos de Dios, y anunció su destino en una de sus predicaciones en Milán:

«Sé que los herejes tratan de quitarme la vida, y que tienen ya dado el dinero a los que me han de dar la muerte. […] Mas no piensen los herejes que por ese medio se verán libres de mí: yo les aseguro desde ahora, que después de muerto he de hacerles mayor guerra de la que les tengo hecha hasta aquí».5

Un grito de fe en el umbral de la eternidad

Era el 6 de abril, sábado de la octava de Pascua, cuando el santo regresava a Milán con uno de sus compañeros. En el espeso bosque, cerca de la aldea de Barlassina, dos herejes lo esperaban escondidos, como para cumplir el Salmo: «Se pone al acecho en los poblados y mata al inocente en lugares ocultos» (9, 29).

Lleno de odio, uno de los mercenarios, llamado Carín, se abalanzó sobre el religioso, asestándole dos hachazos en la cabeza. Sin ceder al pánico, San Pedro no devolvió el golpe ni alteró en modo alguno la firmeza de su fe. Alzando la voz en medio del descomedido griterío, rezó: «¡Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra!». Y cuando ya no podía articular palabra, hizo de su mano la lengua y de su dedo la pluma, escribiendo en el suelo con su propia sangre: «¡Creo en Dios Padre!». Así rubricó el santo veronés la fe que profesaba desde niño. Finalmente, su corazón fue atravesado por una puñal y entregó su alma a Dios. Así había sido su fortaleza en vida, así lo fue en la muerte.

Como guerrero de la Virgen, San Pedro de Verona sigue desde el Cielo los pasos de la Santa Iglesia, para cumplir la amenaza hecha a los herejes: «Después de muerto he de hacerles mayor guerra»
San Pedro de Verona (el segundo, de derecha a izquierda) en la gloria, detalle de la «Coronación de la Virgen», de Fra Angélico – Museo de San Marcos, Florencia (Italia)

Fueron tantos los milagros realizados por su intercesión post mortem que en tan sólo once meses ya fue canonizado, por Inocencio IV, como protomártir de la Orden Dominica, coronado con la triple corona de virgen, mártir y doctor.

La tierra perdió un monje, el Cielo ganó un héroe. Muriendo a este mundo, San Pedro continúa viviendo en el corazón de la Iglesia. Y no puede quedarse de brazos cruzados en la eternidad aquel que en el tiempo fue un paladín invicto, un atleta de la fe, un guerrero de la Virgen, un ángel de la paz, un predicador de la verdad, un restaurador de la vida en los corazones. Junto a Dios, sigue los pasos de la Santa Iglesia y continuará cumpliendo su promesa: «Después de muerto he de hacerles mayor guerra». 

 

Notas


1 SÁNCHEZ ALISEDA, Casimiro. «San Pedro de Verona». In: ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2003, t. IV, p. 114.

2 Ídem, p. 115.

3 LEHMANN, SVD, João Batista. Na luz perpétua. 2.ª ed. Juiz de Fora: Lar Católico, 1935, t. I, pp. 339-340.

4 VAILLANT, A. Vie des Saints des familles chrétiennes et des communautés religieuses. Paris: Victor Palmé, 1865, p. 227.

5 BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ. Modelo de inquisidores en la fe, y en el celo, que a su ministerio corresponde. Écija: Benito Daza, 1786, pp. 68-69.

 

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