No consideramos con nostalgia una civilización católica del pasado, sino que miramos con esperanza hacia la época católica por excelencia que vendrá, el Reino de María. Y podemos, desde ahora, instaurar ese reinado en nuestro interior.

 

¿Cuál es el fundamento de la realeza de Nuestra Señora? ¿Por qué Ella es reina? ¿En qué consiste este título?

En primer lugar, hemos de considerar que a un rey le corresponde ser hijo de una reina. Ahora bien, como Nuestro Señor Jesucristo es Rey de todos los hombres —ya sea en cuanto Dios, ya en cuanto hombre—, la realeza de Nuestra Señora resulta del hecho de ser Ella la Madre del Rey.

Sin embargo, existe también otra razón mucho más profunda.

Deseaba ser esclava, se convirtió en Madre de Dios…

Desde el pecado de Adán pasaron cuatro mil años de separación entre Dios y los hombres, durante los cuales no se podía ir al Cielo. Se permanecía en el Limbo a la espera del momento en el que Nuestro Señor Jesucristo naciera y rescatara a la humanidad. Entonces se estaba aguardando a que Dios creara a aquella virgen excepcional, dotada de una santidad y de una perfección inimaginables, de cuyo vientre nacería el Salvador.

La Virgen y el Niño – Catedral de Nuestra Señora, Amberes (Bélgica)

Al ver el miserable estado de la humanidad, María Santísima le pedía a Dios que enviara al Salvador a la tierra en sus días. Ansiaba también conocer a su Madre y servirla como criada o esclava. Podemos imaginar el estremecimiento de alma de Nuestra Señora cuando tuvo conocimiento, por la salutación angélica, de que la escogida era Ella misma. ¿Cuál no habrá sido el sobresalto virtuoso, santo y, al mismo tiempo, jubiloso de su alma?

Comprendemos bien la perfección de la respuesta de Nuestra Señora al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Es decir: «Juzgaba que yo no lo merecía, pero ya que la invitación viene de Dios, hágase en mí según tu palabra». En ese momento el Espíritu Santo actuó en la Santísima Virgen y Nuestro Señor Jesucristo fue concebido en su seno.

Comenzaba, por tanto, el período bellísimo en que Jesús vivió en María. Durante toda la gestación, Ella fue el sagrario dentro del cual Nuestro Señor daba gloria al Padre eterno.

…y, en cierto modo, su Reina

Por el conocido proceso de desarrollo de un niño en el claustro materno, Él recibía de Nuestra Señora, continuamente, los elementos necesarios para la formación de su cuerpo. Pero no debemos imaginar que esa relación tan íntima entre madre e hijo era tan sólo física y corpórea. También había una relación espiritual y sobrenatural.

A medida que del cuerpo y de la sangre de María se iba formando el cuerpo de Nuestro Señor se establecían relaciones de alma entre Él y su Madre cada vez más íntimas, de tal manera que, en el momento del nacimiento, el proceso de unión de Jesús con Nuestra Señora llegó a su término. En Belén, cuando Ella lo contempló por primera vez, había culminado un proceso intimísimo de unión, cuyo verdadero alcance sólo lo podremos comprender en el Cielo, siempre que en esa realidad no haya misterios tan sublimes que sobrepujen cualquier comprensión.

Pero no debemos imaginar que tras el nacimiento de Nuestro Señor esa unión entre ambos disminuyó. Al contrario, ya que la Virgen María crecía continuamente en santidad y perfección, la unión con su Hijo se desarrollaba siempre cada vez más, de modo, que en la hora suprema de la muerte de Jesús, Nuestra Señora tenía más unión con Él que en cualquier otra ocasión de su vida, porque allí las relaciones entre los dos habían llegado a su ápice.

Es decir, cuando vivía en Nuestra Señora, Jesús estaba en una dependencia completa de Ella, como el hijo en el claustro materno, el cual no tiene voluntad propia, sino que depende enteramente de su madre. Ahora bien. Nuestro Señor no se volvería un «independentoso» tras nacer; por el contrario, se celebra su obediencia a sus padres (cf. Lc 2, 51). Nuestra Señora, por tanto, tuvo una autoridad materna cada vez más enriquecida con relación a su Hijo, hasta el momento de su muerte.

A este título la Santísima Virgen fue, en cierto modo, Reina de Nuestro Señor. Y quien es su Reina es Reina de todo, evidentemente. La realeza de María viene del poder y la autoridad que Ella ejerció hasta el final de sus días sobre aquel que es el Poder y la Autoridad, y que aún conserva en el Cielo.

Entonces entendemos por qué se le atribuye a Nuestra Señora el título de omnipotencia suplicante. Aunque sea una criatura humana, una esclava del Señor, como Madre de Dios su súplica es omnipotente: por voluntad divina todos sus deseos son atendidos. Aquella que siempre es atendida por el Rey del universo, evidentemente es la Reina del universo. La realeza de María tiene como punto de partida su realeza sobre Nuestro Señor Jesucristo.

Por consiguiente, se trata de una realeza que contiene todas las otras realezas, todas las alegrías, todos los derechos. Su autoridad sobre la Iglesia y sobre cada católico resulta de este hecho: Nuestra Señora es Madre de Dios y tiene con Él esa relación.

Reina de los corazones, por la gracia

Nossa Senhora dos Corações – Mosteiro de Santa Clara, Quito

A parte de ese ángulo altísimo, la realeza de María debe ser vista también desde un aspecto más accesible a nuestra consideración.

Todas las oraciones, todos los actos de adoración, de acción de gracias, de reparación y de alabanza que deseamos que suban al trono de Dios, deben ser hechos por medio de Nuestra Señora. Y, en sentido inverso, todos los dones que recibimos de los Cielos nos vienen a través de Ella. De manera que María es el canal necesario —no por la naturaleza de las cosas, sino por un acto libre de la voluntad divina— entre nosotros y Dios.

Así pues, Ella es la Medianera de todas las gracias. Aquello que, por ventura, todos los santos pidieran sin su intercesión no lo obtendrían; pero todo lo que Nuestra Señora pide, sin la intervención de ningún santo, lo recibe. Comprendemos entonces que o bien remitimos cualquier oración por medio de la Santísima Virgen o bien Dios, nuestro Señor, la ignora.

Este principio coloca a Nuestra Señora en la posición que Ella debe ocupar en el culto católico, la cual está, en gran medida, indicada en el libro de San Luis María Grignion de Montfort con respecto a la devoción a María Santísima. O sea, el principio de la esclavitud a Ella se funda mayormente en esa verdad, que hace par con la de la omnipotencia suplicante.

Por lo tanto, Nuestra Señora es Reina de cada alma individualmente porque, al concederles esas gracias, Ella las gobierna. En último análisis, mi existencia está dirigida, ritmada, orientada según los designios de la Providencia, de acuerdo con las gracias que recibo. Luego Nuestra Señora es mi Reina y dispone de mí como quiere, mi vida espiritual la tiene a Ella como centro. Ella es la Reina de todas las almas, la Reina de los corazones.

Esta es una linda advocación, cuyo sentido precisamos entender y que está muy relacionada con la devoción a Nuestra Señora conforme la escuela de San Luis María Grignion de Montfort.

¿Qué significa ser Reina de los corazones?

El corazón no es principalmente el símbolo de la ternura y del afecto. En la lengua de las Escrituras, el corazón representa el ánimo, la mentalidad, la voluntad del hombre.

Ser Reina de los corazones significa que María Santísima tiene autoridad sobre la mente y la voluntad de los hombres. Ella puede desvencijarlos de los defectos que tienen y hacer tan viva la atracción por el bien que los lleve —no por una imposición tiránica, sino por la acción de la gracia— hacia donde Ella le plazca.

Reina de la sociedad humana

Como María Santísima es Reina del corazón, de la mentalidad de cada hombre individualmente considerado, podemos decir también que es Reina de la sociedad humana, de la opinión pública, porque ésta constituye el conjunto de todas las mentalidades en cuanto entrelazadas unas con las otras e influenciándose a la vez.

¿Qué quiere decir esto concretamente?

Dios no creó el universo al azar; todo lo ha dispuesto con peso, número y medida. Cuando los hombres estén reunidos en el valle de Josafat para ser juzgados notarán que forman una colección y que todo lo que hay de potencialidad en la naturaleza humana fue expresado de algún modo. De manera que faltaría algo en la obra de Dios si tal o cual persona no hubiera sido creada. Cada uno posee un papel en un plano sublimísimo, que se revelará con ocasión del Juicio final.

Así, los hombres son susceptibles de ser vistos en una mirada de conjunto. Esta colección de hombres que hay, hubo y habrá se llama género humano. Pero dentro del género humano no existe un salto; los grandes saltos no están en la regla general de la obra del Creador. Entre el género humano y cada hombre individualmente, existen los grupos humanos que son las razas; dentro de las razas, las naciones; dentro de las naciones, las regiones; dentro de las regiones, las ciudades; dentro de las ciudades, las familias; dentro de las familias, los hombres. Es decir, hay grupos intermedios que vinculan al hombre con el grupo supremo, que es el género humano.

En ese sentido, ¿qué es una nación o un país? Es una especie de colección que revela un denominador común de los hombres que constituyen esa nación o país y que, en cierto modo, expresan una virtualidad de la naturaleza humana. Esta colección se asemeja a un mosaico compuesto por los individuos vivos, pero que tienen una proyección en la Historia y una continuación en aquellos que vivirán. En esto consiste propiamente, en su visión completa, la sociedad humana.

Luego Nuestra Señora es Reina de esta, por así decirlo, enorme «alma colectiva» de la humanidad: la opinión pública, con todas las interacciones e interinfluencias que la constituyen.

«En mí, oh Madre mía, Vos sois Reina»

¿Cómo sería una sociedad que, de hecho, obedeciera a Nuestra Señora en cuanto su soberana? San Agustín la definió perfectamente, presentando una imagen magnífica de sacralidad, de respeto, de orden, de bienestar del alma y del cuerpo.

Contra la afirmación de los paganos de su tiempo de que la causa de tantos desórdenes en el mundo eran los católicos, el Obispo de Hipona hizo la siguiente apóstrofe: «Imaginad un reino donde el monarca y los súbditos, los generales y los soldados, los padres y los hijos, los profesores y los alumnos son católicos y proceden de acuerdo con la Ley de Dios. Tendríais el orden humano perfecto, orden de paz, de gloria, de sabiduría, de esplendor, de felicidad».

He aquí el orden que nace del hecho de que todos los hombres cumplen con la voluntad de Dios y, por lo tanto, de Nuestra Señora. Esa es la descripción del verdadero orden humano, tan diverso del desorden que hoy impera.

¿Cuál es la razón para que reine ese desorden? Al romper con la Santa Iglesia, la humanidad rompió con Nuestro Señor Jesucristo y con Nuestra Señora, pues sólo está unido a ellos quien está unido a la Iglesia. Habiéndose profundizado esa ruptura, el desorden fue entrando en el mundo hasta el auge en que se encuentra actualmente.

Ahora bien, estamos llamados a restaurar ese orden e implantar el Reino de María, es decir, la sociedad humana según la voluntad de Nuestra Señora. Porque Ella es la Reina efectiva de cada alma, de los grupos humanos menores —familia, municipio, región—, de los grupos humanos soberanos —las naciones— y de todo el género humano, antes de que el mundo se acabe debe nacer ese orden perfecto en su plenitud.

De manera que no consideramos únicamente con nostalgia épocas católicas pasadas, sino que sobre todo miramos con esperanza hacia la época católica que vendrá, el Reino de María, donde todo será así.

El Dr. Plinio corona la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima, en la década de 1980

¿Debemos vivir solamente de una enorme añoranza y de una gran esperanza? No. Tenemos la posibilidad, cada uno en sí mismo, de proclamar el Reino de María diciendo: «En mí, oh Madre mía, Vos sois Reina. Reconozco vuestro derecho y procuro atender a vuestras órdenes. Dadme lumen de inteligencia, fuerza de voluntad, espíritu de renuncia para que sean efectivamente obedecidas por mí. Aunque el mundo entero se rebele y os niegue, yo os obedezco». En ese torrente de desorden y de pecado que hay en la tierra, el alma de quien afirma esto es como un diamante puro.

Así pues, Nuestra Señora continúa teniendo algunos enclaves en el mundo. Son los que a Ella se consagran, reconocen su poder y dicen: «Por muy rebelde que esté el mundo, yo me alzo y declaro: sobre mí María Santísima reina y, por eso, empiezo la Contra-Revolución para que Ella reine también sobre los demás».

Es la realeza de Nuestra Señora vista desde dos lados: como ejercida sobre mí y, en segundo lugar, haciendo de mí un varón que lucha para hacerla efectiva en la tierra. 

Extraído, con pequeñas adaptaciones,
de: Dr. Plinio. São Paulo. Año XV.
N.º 173 (ago, 2012); pp. 6-11.

 

Artículo anteriorSólo cuando seas víctima…
Artículo siguienteSan Pío X – Gran Papa en la Historia, gran santo en la Iglesia

1 COMENTARIO

  1. Agosto, mes por excelencia de Nuestra Señora en el que conmemoramos su Asunción a los Cielos así como el título de María Reina. Prueba de ello es la cantidad de pueblos de España que celebran sus fiestas en torno al día de la Asunción. Y es providencial que el artículo del S.D. Plinio nos hable de María como Reina. Y para la Reina, la Gloria; en el lugar más cercano al Rey, su Hijo; y ambos, junto a Dios.
    Nuestra meta es llegar también a la Gloria. Por tanto, tomemos a María como nuestra Reina y algún día, a través de su corazón -como Reina que es de los corazones- y gracias a su intercesión alcanzaremos esa gracia.
    Mayte Huerta Heredero. Valencia. España.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí