Que quien me mire, te vea

«A pesar de poder servir de modelo en todo —escribe una de las connovicias de María Teresa González-Quevedo—, creo que la nota peculiar de su vida fue la devoción a la Santísima Virgen. La quería con locura, hablaba de Ella en todos los recreos, en Ella encontraba la solución de todas las dificultades, el remedio de todos los males; pero, sobre todo, el camino de su santidad».

Hasta sus relaciones con el Hijo Divino las quería a través de la Madre, según esta máxima que copió […] en sus apuntes: «Nunca veas a Jesús sin ver al lado a la Virgen. No busques a Jesús sino en la Virgen, no vayas a Jesús sino por la Virgen, no invoques a Jesús sino con la Virgen».

Y es notable que, a medida que esta idea iba profundizando en su alma, iba también logrando el ideal anhelado. Son muchos los testigos de su vida que confiesan por separado que realmente María Teresa tenía un no sé qué en la expresión del rostro, en su porte, en su conversación, en fin, en toda su persona, que recordaba a la Virgen y hacía pensar en Ella. Copiamos algunos de los numerosos testimonios que lo afirman:

«Tenía mucho amor a la Santísima Virgen y esto la movía a imitarla y lo hacía tan bien, que cumplía su deseo de aquella jaculatoria que solía decir: “Madre mía, que quien me mire, te vea”, y, efectivamente, en cualquier ocasión, verla a ella hacía pensar que así se hubiese comportado nuestra Santísima Madre».

LÓPEZ DE URALDE Y ELORZA, María Luisa, CACh.
Teresita. 6.ª ed. Madrid: Vedruna, 1978, pp. 176-177.

 

2 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados