Que el Señor te conceda la verdadera humildad

Si el verte pequeña delante de Dios te alegra, bien está; pero a mí me parece, perdóname, pues yo no soy nadie…, que si no te alegraras por eso sería más perfecto. Si prescindieras de ti sería mejor. Cuando menos te mires a ti misma mejor verás a Dios. Que el Señor te conceda la verdadera humildad, pero una vez que la hayas sentido sigue adelante, no te detengas en la humildad, pues te detienes en ti misma. Sigue adelante; sube hasta el Señor, que cuando estés con Él, entonces ya verás cómo efectivamente te sientes nada…

No te mires a ti misma, mira a ese Jesús en la cruz, mira a Dios que te ama, seas como seas. No midas tu amor porque es tuyo. Mide el que Dios te tiene a ti. No remires y rebusques lo que tienes en tu corazón, porque también es el tuyo, y pierdes el tiempo: no hallarás nada.

Si en el mar tiras un granito de sal, desaparece, pues la sal se disuelve con el agua, y entonces el mar y el granito de sal serán todo uno. Pero si en lugar del granito de sal, que es muy pequeñito, tiras un granito de arena, el granito seguirá siendo pequeño y estará en el mar, pero no se disuelve… Procuremos ser ese granito de sal que se disuelve en Dios y que desaparece, y no el granito de arena. Es mejor que prescindamos de nosotros mismos para poder subir hasta Él, pues si no estaremos siempre detenidos en nuestra propia humildad.

San Rafael Arnaiz.
Carta del 1/12/1935.
In: Quattrocchi, Paolino Beltrame.
Fascinado por el Absoluto. Hermano Rafael.
2.ª ed. Madrid: Paulinas, 1994, pp. 112-113.

 

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