¿Por qué uno?

La simple contemplación de la obra de la creación proporciona al hombre un prodigioso caleidoscopio de las perfecciones divinas. A modo de ejemplo, consideremos el movimiento migratorio de los gansos canadienses. ¿Quién no se ha maravillado de la sabiduría que se manifiesta en ellos? Atraviesan miles de kilómetros volando siempre juntos, en una impecable formación en «V», para que todos se beneficien del desplazamiento de aire provocado por el que lidera la expedición. A éste, sin embargo, le corresponde no sólo el gran esfuerzo de enfrentar la masa de aire, abriendo el camino a los que le siguen, sino también guiar y «confirmar» a sus «hermanos» en la consecución del objetivo común.

Dios, que así ordenó la existencia de estas simples aves, ¿no habrá realizado algo aún más hermoso en la obra maestra del universo, la Santa Iglesia Católica? Esto es lo que vamos a considerar, a través de los ojos del Doctor Angélico (cf. Summa contra gentiles. L. IV, c. 76).

Es bien sabido que el divino Redentor estructuró la Iglesia de forma jerárquica: unos son pastores, otros ovejas; los hay cuya misión consiste en enseñar, guiar y santificar, y otros llamados a ser enseñados, guiados y santificados. No obstante, ante la siempre creciente multiplicación de los pastores dispersos por la vastedad de la tierra, la cohesión del Cuerpo Místico de Cristo se vería seriamente sacudida sin una fundamental unidad, es decir, la de la fe.

¿Cómo, pues, conservar esa imprescindible unidad en medio de la diversidad de pueblos y culturas, de choques de civilizaciones, de oscilaciones de los ánimos, sin excluir aún de ese panorama el factor deletéreo de los siglos, que se suceden inexorablemente hasta la consumación de la historia? Sólo una inteligencia divina sería capaz de resolver tal problema, insoluble para la pobre mente humana…

Esta unidad de fe, explica Santo Tomás, exige que la Iglesia tenga un jefe único y universal. Por eso, Cristo le dirá tres veces a Pedro: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17). Y también: «Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32). Jesús le indicaba así al primer Papa su misión, garantizándole una asistencia especial de la Providencia.

Dignidad y unicidad de la misión de Pedro

La dignidad y unicidad de la misión de Pedro son, por tanto, inconmensurables. Para enfatizarlas, el Aquinate recurre a un argumento de naturaleza escatológica: la Iglesia militante es una prolongación de la Iglesia triunfante, que constituye un solo rebaño en el Cielo, bajo el liderazgo de un solo Jefe, que es el propio Dios. Del mismo modo, la Iglesia militante, como prolongación y reflejo de la gloriosa, también necesita estar bajo el liderazgo de un solo pastor, el sumo pontífice. De esta manera, Pedro asume en la tierra el puesto de lugarteniente del Padre eterno en el Cielo.

A todo lo que acabamos de exponer, se podría objetar que esa estructura jerárquica, anclada en la persona de Pedro, se restringiría exclusivamente al núcleo inicial de los discípulos de Cristo. Ahora bien, responde Santo Tomás, el Salvador instituyó su Iglesia para que atravesara los siglos, como medio por el cual Él cumpliría su promesa: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). Por consiguiente, es necesario que la potestad que le confirió a los Apóstoles, en particular a Pedro, sea transferida a sus sucesores hasta la consumación de los siglos. 

 

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