Marcos ni siquiera sospechaba que ellos no eran los únicos que planeaban un hurto. Alguien también estaba tramando un «ataque» más exitoso.

 

Era la fiesta de la Natividad de María. Marcos, un niño muy travieso, desobediente y con mal carácter —sobre todo después de haberse quedado huérfano—, no quería oír Misa e iba andando a regañadientes hasta la iglesia.

Al entrar se soltó de la mano de su tía y se adelantó para conseguir un sitio en algún banco, porque no quería permanecer de pie durante el Santo Sacrificio, como ya le había ocurrido varias veces. Cuando terminó la celebración, según la costumbre, todo el pueblo se acercó al altar con los niños para que éstos fueran bendecidos. Blanca también quiso llevar a su sobrino, pero el muchacho había salido corriendo y se perdió en medio de la multitud.

Tras la Misa, Marcos salió corriendo y se perdió en medio de la multitud

Unos instantes después, Marcos se dio cuenta de que se encontraba entre gente desconocida, solo y desprotegido. El pobrecito empezó a llorar y vagaba sin destino fijo. Entonces sus ojos se detuvieron en una imagen de la Virgen y una gracia enorme le hizo contemplar la misericordiosa y maternal mirada de María. Se acordó enseguida de los mimos y de las caricias de su madre terrena, pero entendió cuán superior era el amor de la Reina del universo.

El pequeño se quedó paralizado, se secó las lágrimas y su alma se llenó de suave dulzura y de una alegría que no lograba contener. Al mismo tiempo, una voz interior le prometía: «Marcos, hijito mío, siempre has estado en mi corazón y siempre estarás en él. Confía en mí, nunca te abandonaré. Entrégame tu corazón y serás feliz, he aquí mi única petición». En consecuencia, el niño se sintió totalmente atraído por aquella Señora y experimentó cómo el amor a la Virgen llena el vacío de cualquier corazón.

Había pasado una década y Marcos ya tenía 17 años; se hallaba a las puertas de la madurez. Infelizmente, no siguió por el buen camino y los principios cristianos no echaron raíces en su alma. Se había convertido en un osado delincuente: se juntó con malas compañías, formó parte de un par de bandas y cometió varios robos. Así pues, se iba distanciando cada vez más de aquella Madre que tanto lo amaba.

La víspera de la fiesta de la Natividad de María, Marcos y sus compinches habían decidido asaltar una de las mansiones más ricas de la ciudad. Estudiaron minuciosamente qué debían hacer o no para que el robo alcanzara un éxito total.

Aunque Marcos ni siquiera sospechaba que ellos no eran los únicos que planeaban un hurto. Alguien también estaba tramando un «ataque» más triunfante.

A la mañana siguiente Marcos se dirigió al lugar indicado, pero un presentimiento extraño lo andaba atormentando. Su conciencia lo acusaba, le hacía comprender que si cometía ese pecado se volvería un auténtico delincuente, sin vuelta atrás. Un castigo tremendo lo esperaría si se adentraba por tan mal camino. Estos pensamientos le quitaban el sosiego. Sin embargo, continuó adelante.

En determinado momento, se topó con esta escena: vio a un débil anciano siendo asaltado por dos ladrones que le eran desconocidos. Marcos sintió pena por el pobre hombre, pensó que era injusto lo que le estaba pasando y salió en su defensa, propinándoles una buena paliza a los agresores. El hecho le hizo caer en la cuenta de lo feo que era ser un delincuente y el peso de la conciencia aumentó todavía más…

El anciano se lo agradeció diciendo: «Que la Santísima Virgen te lo recompense y te proteja; y que te acompañe adonde quieras que vayas». Al escuchar estas palabras, Marcos sonrió tímidamente. En realidad, reconocía su maldad y se juzgaba indigno de la protección de María. No obstante, prosiguió su camino…

Sus ojos volvieron a detenerse en aquella mirada que años atrás le había causado tanto encanto: ¡la de María Santísima!

Cuando llegó al lugar del robo —ya sin ganas de estar allí— se sorprendió al ver a sus «amigos» puestos contra la pared por los guardias. Le entró el miedo y salió huyendo. Uno de los policías percibió su extraña reacción y fue a capturarlo: «Es muy probable que ése forme parte de esta pandilla de malhechores», pensó.

La persecución se extendía por varias calles y Marcos corría desesperadamente. Al pasar delante de una iglesia se le ocurrió entrar allí y esconderse. En la sacristía vio algunos ornamentos y… ni corto ni perezoso vistió uno de ellos, haciéndose pasar por sacerdote: se arrodilló en una capilla lateral y se puso a «rezar».

Mientras recuperaba el aliento, levantó la cabeza y ocurrió lo que no se esperaba: sus ojos volvieron a detenerse en aquella mirada que años atrás le había causado tanto encanto: la de María Santísima.

Inmediatamente le saltaron las lágrimas y sintió un enorme arrepentimiento de sus faltas: se dio cuenta de que no era feliz delinquiendo y veía cómo su corazón estaba vacío. Lleno de contrición, le pidió a la celestial Señora que se compadeciera de él, miserable hijo.

Se quedó un buen rato en dedicadas oraciones —y esta vez verdaderas— hasta que notó que ya había pasado el peligro. Se quitó la casulla y buscó a un sacerdote para confesarse. Regresó a la capillita e hizo la promesa de que le entregaría su corazón a María Santísima, consagrándole su vida.

Y así fue cómo Marcos pasó de ser un pernicioso delincuente a un monje fervoroso.

Tengamos siempre la certeza de que la Virgen nos ama como si fuéramos sus únicos hijos y que está constantemente a la espera de que le entreguemos nuestros corazones para transformarlos. Dejémonos amar por Ella y Ella será «nuestra recompensa demasiadamente grande». 

 

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