«Mis pensamientos distan de los vuestros»

Del contraste entre los criterios de los hombres y los de Nuestro Señor al elegir a su primer vicario, sacamos una lección importante: el juicio humano yerra fácilmente al considerar las obras divinas, si no está amparado por la gracia.

La fama de Juan el Bautista había marcado la historia de Israel y la opinión pública aún estaba bajo el efecto producido por aquel hombre poco común, que se alimentaba de saltamontes y miel silvestre, vestido con piel de camello y cinturón de cuero. La Providencia había distribuido gracias en torno a su figura y circulaban numerosos comentarios sobre él, entre los que predominaba la idea de que era el Mesías, o alguien muy vinculado a éste, dotado de poderes extraordinarios.

Pero si tanto impacto había causado Juan, simplemente bautizando y sin haber hecho ningún milagro, ¿qué entusiasmo suscitaba Nuestro Señor en el pueblo? ¿Qué era la palabra del Precursor comparada con la pronunciada por el Verbo encarnado? ¿Quién podía compararse con Él?

Un gesto suyo era un gesto de Dios; su mirada, la propia mirada de Dios; al respirar —como cuando sopló sobre los Apóstoles después de la Resurrección (cf. Jn 20, 22)— su aliento infundía el Espíritu Santo en lo hondo de sus corazones.

El poder de la luz que irradiaba Jesús se hace muy evidente ya al comienzo de su vida pública, cuando Juan Evangelista y Andrés lo acompañaron hasta donde Él vivía y pasaron allí ese día (cf. Jn 1, 39). Sin duda, ambos lo siguieron físicamente, pero sobre todo fueron impulsados ​​por un toque de la gracia, como un rayo en sus almas, que los invitaba a ir en pos del Señor. Seguir para ellos significaba conocer su escuela espiritual y doctrinaria, sus costumbres y formas de ser; en definitiva, la novedad que se sumaba a lo que habían aprendido del Bautista. Si con Juan ya se sentían arrebatados de una manera tan abrumadora, ¿qué más podía aportar este hombre, que era «superior» a él (cf. Jn 1, 30) y hacia quien el primero había estado apuntando?

El juicio humano falla ante las obras divinas

Jesús Nazareno estaba conmoviendo a Israel y sembrando a su alrededor perplejidades, preguntas y un gran misterio a su alrededor… Misterio que, evidentemente, todos querían interpretar, pues el género humano siempre busca clasificar lo que ve.

Ahora bien, ¿cómo «clasificar» a Nuestro Señor sin la Revelación? ¿Cómo definirlo sin un juicio divino, sin un criterio celestial? ¡Es imposible! Las personas usaban su inteligencia humana, aplicaban sus cualidades naturales, pero olvidaban considerar los elementos sobrenaturales para distinguir en Él al Hijo unigénito de Dios.

Por eso, estando en Cesarea de Filipo, el Señor lanzó la pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16, 13). No lo hizo sólo para dejar claro quién era, sino también para alejar a los Apóstoles de las opiniones erróneas que existían acerca de Él. El Creador de la gracia había estado en constante comunicación con ellos durante tres años, iluminando el interior de aquellas almas con su luz, el lumen Christi, para introducir y alimentar la fe, la esperanza, la caridad y las demás virtudes y dones.

Después de que le enunciaran la no pequeña lista de los distintos conceptos que circulaban entre la gente sobre Él, el divino Maestro planteó a continuación el problema crucial: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15).

Nótese que en la primera pregunta Jesús se denominó a sí mismo «Hijo del hombre», y en la segunda dijo «soy yo», un nombre que Dios se dio a sí mismo: Yahvé. Así pues, la respuesta a su pregunta ya estaba casi insinuada. Pedro exclamó entonces: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). El Señor afirmó que no fueron «ni la carne ni la sangre» (Mt 16, 17) las que le habían revelado esto, sino el Padre. Es decir, no había sido la mera naturaleza, ni la percepción o el discernimiento humanos.

En este punto, llegamos a una conclusión importante: el juicio humano es defectuoso y, por tanto, se equivoca fácilmente al considerar las obras divinas, a menos que esté respaldado por la gracia.

¿A quién sugeriríamos como Papa ideal?

Supongamos que, estando con los Apóstoles, el Señor se volviera hacia nosotros y nos dijera: «Voy a fundar mi Iglesia y quiero que uno de estos doce sea mi primer vicario y se siente en la cátedra de la infalibilidad. Sin embargo, también deseo tu opinión para elegir cuál de ellos debe ser el Papa».

¿Y si pudieras elegir al primer Papa?

¿Con qué mirada contemplaría yo a los Apóstoles? ¿Qué impresión de desprecio no tendría en mi espíritu respecto a los defectos de aquellos que estaban allí? Hombres rudos y sin instrucción, desprovistos de prestigio e importancia social; vestidos de forma tosca. Su lenguaje era de clase baja, pues hablaban con acento galileo, tenían las manos callosas y su andar era pesado… Quizá respondería yo:

«Pero, Jesús, ¿en qué piensas cuando eliges a tales auxiliares? ¿Qué esperas de estos pescadores?

»La primera imagen que me viene a la mente es la de Simón Pedro. Espontáneo, impetuoso, explosivo… No evalúa bien las circunstancias ni sabe reflexionar sobre lo que debe decir, como ocurrió aquella noche cuando, en medio de la oscuridad, te apareciste caminando sobre las aguas y él enseguida gritó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua” (Mt 14, 28). ¡Qué imprudencia! Después de haber caminado sobre las olas con el poder que le diste, empezó a hundirse, quedando en una situación ridícula. Ese, Señor, es demasiado temerario y superficial, ¡no es apto para el papado!

»Mis ojos se posan en Tomás. Tampoco parece adecuado para desempeñar el cargo: es excesivamente prudente, duda de todo, antepone sus propios criterios…

»A continuación, encuentro a Santiago y a Juan, los “hijos del trueno”, parientes tuyos. Juan es tu apóstol más íntimo, ¡pero aún muy joven! Ambos tienen un temperamento colérico y combativo; no entienden qué es la bondad, siempre están ansiosos por destruir y por resolver los casos rápidamente, a base de la fuerza y de la violencia. Estos dos no tienen posibilidades de gobernar tu Iglesia».

Y así, recorriendo todos los discípulos, llegaríamos a uno, ante el cual se detendría nuestra mirada:

«¡Ah, Jesús mío, ese parece sensato y equilibrado! Es un hombre callado, que se muestra poco, porque piensa bien antes de hablar. Posee una gran capacidad práctica y administrativa, y es el único que tiene el sentido común de recordarles a los demás que no hagan gastos superfluos y que guarden el dinero para los pobres… Judas Iscariote, en mi opinión, ¡sería el Papa ideal!

Las opciones humanas no coinciden con las divinas

Vemos, una vez más, cuán equivocadas son nuestras apreciaciones, no sólo con respecto a Dios, sino también en relación con los demás y con nosotros mismos, y cómo nuestras opciones no coinciden con las de Jesús. «Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan […] mis pensamientos de vuestros pensamientos» (Is 55, 9), afirma el Señor.

Al separar definitivamente a los Doce del mundo y encomendarles la misión apostólica de constituir su Iglesia, Nuestro Señor no lo hizo solamente en cuanto Dios, sino que se sirvió, en cuanto verdadero hombre, de dos elementos como base: por una parte, su conocimiento práctico y experimental, viéndolos en la situación en la que se encontraban, con todas sus lagunas y deficiencias; por otra, su espíritu colmado de gracia y de luces infusas, por el cual penetraba en sus almas, reconociendo en ellos su religiosidad, su dedicación e incluso cierta virtud, y sabiendo cuánto necesitaban ser asistidos por el soplo del Espíritu Santo y sostenidos por el Padre eterno.

Más aún, en lo más alto de su alma, Jesús los contemplaba en Dios, por la visión beatífica, como si ya estuvieran en la perfección plena de la gloria eterna.

La elección divina

Podemos imaginar que, en una actitud de humildad y obediencia, el Señor quiso exponerle al Padre esa elección, hablando con profunda consideración y afecto de cada uno:

«Oh Padre mío, tan venerado y amado, entre mis queridos discípulos te presento, en primer lugar, a Simón, hijo de Jonás. Fuiste tú, oh Padre, quien lo designaste como fundamento de la Iglesia. Por eso le daré el nombre de Pedro. Es recto, franco, generoso; todo se puede esperar de él, ¡incluso el heroísmo! Confía demasiado en sus propias fuerzas, lo sé bien, pero cuando flaquee, no perseverará en su culpa y se arrepentirá.

»Andrés, su hermano, fue el primero en venir a verme cerca del Jordán, y enseguida me trajo a su hermano. También es ardiente, aunque posee un temperamento más tranquilo y sereno. Creo que su abnegación puede alcanzar cotas admirables.

»Santiago y Juan, junto con ellos, son los obreros de la primera hora. Abandonaron a su anciano padre por mí. Me impresiona la forma como Juan me escucha: es puro, tiene espíritu elevado y amor a lo sublime; en su memoria se graba todo lo que digo, y en su rostro encendido se lee un santo entusiasmo. Veo que enseñará mi evangelio con mayor profundidad que los demás.

»Felipe es celoso y habla con sencillez. Tan pronto como llegó a mí, me conquistó a Natanael. Este último es un israelita sincero, que no conoce la astucia ni la duplicidad de espíritu. Me planteó objeciones y se sometió a mis respuestas. Me parece que se puede contar con él.

»Mateo es aquel Leví que me siguió con un simple gesto hecho de pasada. Al reunir en un banquete a muchos de sus amigos publicanos, me permitió predicarles la justicia y la penitencia. También presta desvelada atención a todas mis palabras, por insignificantes que parezcan».

Y así, después de recorrer a todos los Apóstoles, el divino Maestro también le debió hablar a Dios Padre acerca del «hijo de la perdición» (Jn 17, 12): «¡Judas! Es aquel que me traicionará… ¡Cómo hiere mi Corazón ese hombre! Su alma dura y empedernida —lo veo— será tomada por Satanás. No obstante, te pido que le sean concedidas todas las gracias necesarias para que no siga ese camino y venga a buscarme».

En ese tremendo contraste entre las opiniones divinas y las humanas, se comprende mejor el desprecio que el adorable Jesús demuestra por las reglas del mundo y el designio tan alto, grandioso y sapiencial con que elige, para formar el Colegio Apostólico, a estos pescadores miserables e incultos, a los que más tarde dotará de una sabiduría superior, haciéndolos líderes de hombres, conquistadores, héroes, grandes santos, mártires incomparables.

Al elegir, por sapiencial designio, a miserables pescadores para constituir el Colegio Apostólico, el Señor demuestra su desprecio por las reglas del  mundo
Monseñor João en agosto de 2003

Más que una simple reparación

En el caso concreto de Pedro, sabemos que poseía una fe en alto grado, hasta el punto de lanzarse al mar en busca del Señor sin medir los riesgos y de ser el primero en proclamar su divinidad. Sin embargo, cuando llegó el momento de afirmar que era discípulo suyo, lo negó tres veces.

¿Por qué lo negó? No fue por falta de fe, pues ésta era robusta, sino porque aún se amaba más a sí mismo que al Señor y le dio más importancia a la opinión de los demás que a la de Él.

Si su entrega de hecho hubiera sido total, quizá habría muerto junto al Maestro en aquella ocasión, pues el amor perfecto pasa por encima del instinto de conservación. Y así, no sólo habría habido dos ladrones en el Calvario, sino también el primer pontífice, dando ejemplo de cómo seguir a Jesucristo hasta la cruz.

Pero la Santísima Virgen rezaba por él. Cuando el apóstol se encontró con el Señor, tras su triple negación, aquella mirada divina convirtió la piedra: al percibir como en un espejo la situación de su alma, impregnada de orgullo, vanidad y respeto humano, Pedro se alejó angustiado y lloró…

Cuando Nuestro Señor resucitó y se le apareció individualmente, comenzó una etapa de esperanza. Pero fue también en este período cuando ocurrió el interrogatorio de tres preguntas idénticas por parte del Redentor: «¿Me amas?» (cf. Jn 21, 15-17). Pedro se entristeció y se sintió inseguro, creyendo que Jesús le preguntaba tres veces para que pudiese reparar su crimen.

De hecho, Él quería una reparación de la falta cometida anteriormente por una afirmación en sentido contrario, pero no sólo eso. Mucho más importante era darle a Pedro la oportunidad de crecer en el amor, incluso antes de la venida del Espíritu Santo.

Sí, en cierto momento una lengua de fuego se posaría sobre su cabeza, y saldría proclamando lo que antes le parecía una imprudencia. Por su palabra, tres mil personas serían bautizadas en un solo día, y por su acciones y sus milagros, el Mesías iluminaría el mundo y la historia cambiaría.

Pero primero era necesario que hiciera el firme propósito de amar a Nuestro Señor más que a sí mismo, con un amor mayor que el de los demás: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Por eso, Jesús añadió: «¡Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas!».

La esencia del papado reside en el amor

Desde el principio, cuando Andrés había llevado a su hermano hasta Jesús, éste ya lo había elegido para ser el primer Papa, diciendo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa “piedra”)» (Jn 1, 42). ¿Por qué? ¿Por ser el que más conocía? No. Porque, a pesar de sus debilidades, era quien más amaba.

Vemos, entonces, un criterio que quizá se estableciera en los cónclaves, o tal vez para ser utilizado en épocas turbulentas, para la elección de un Papa: el que más ama es el que tiene verdaderamente la capacidad de apacentar el rebaño. Porque quien conoce, enseña; pero quien ama, apacienta.

Un Papa no tiene por qué ser el más prudente y hábil ni el mejor diplomático. Tampoco necesita ser el más preparado intelectualmente; ni el más noble o distinguido. Si ni siquiera la fe bastó a aquel sobre el cual fue erigida la Iglesia, ¿cómo bastará para sus sucesores?

El espíritu que presidió visiblemente la fundación de la Iglesia continúa acompañando de manera invisible su desarrollo a lo largo de los siglos
San Pedro recibe las llaves del Reino de los Cielos – Iglesia de San Pedro y San Pablo, Kössen (Austria)

El amor, sí, constituye objeto de juicio, pues en materia de mérito está por encima del propio conocimiento, como afirma San Juan de la Cruz: «A la tarde de esta vida seréis juzgados en el amor».1

De hecho, para santificar, encender el fervor y unir más a la fuente de la gracia, Nuestro Señor Jesucristo, y a María, Madre de la gracia, es necesario amar. Sólo hace brotar la tranquilidad, el consuelo y la alegría quien se desprende de sí mismo, porque de la caridad mana la paz. San Agustín afirma: «Dilige et quod vis fac —Ama y haz lo que quieras»;2 y podemos completar que quien ama es capaz de todo, incluso de ser Papa… El egoísta, por el contrario, crea a su alrededor un ambiente de amargura, indisposición y malestar.

Dios dirige su obra con mano omnipotente

He aquí una impresionante lección, que nos lleva a la siguiente conclusión: es necesario que las obras de Dios sean dirigidas por su mano omnipotente, o no hay cualidad humana que las haga resistir.

Al contemplar la Santa Iglesia en la actual coyuntura, debemos evitar cualquier pensamiento de desánimo, o tal vez de amargura, a propósito de las deficiencias e imperfecciones existentes en el elemento visible de esta divina institución. Creemos que el espíritu que presidió visiblemente la fundación de esta obra continúa acompañando de manera invisible su desarrollo a lo largo de los siglos, hasta nuestros días.

Así como la Iglesia fue erigida sobre un pilar tan insuficiente desde el punto de vista humano, pero luego se apoderó del mundo, creemos que, si hoy atraviesa dificultades, el apogeo de su historia aún no ha llegado; más bien, ¡está por realizarse de una forma estupenda y magnífica! Las miserias o defecciones actuales, como en tiempos pasados, lejos de sacudir nuestra fe, son útiles para mostrar a los ojos de todos la acción siempre milagrosa de aquel que con un simple acto de voluntad creó el universo.

Tengamos una confianza seria y firme en el futuro de la Iglesia: ¡el Señor hará que esta barca llegue a buen puerto! 

Fragmentos de exposiciones orales
pronunciadas entre 1992 y 2010.

 

Notas


1 Cf. San Juan de la Cruz. «Dichos de luz y amor», n.º 59. In: Vida y obras. 5.ª ed. Madrid: BAC, 1964, p. 963.

2 San Agustín. «In Epistolam Ioannis ad Parthos tractatus decem». Tractatus VII, n.º 8. In: Obras. Madrid: BAC, 1959, t. xviii, p. 304.

 

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