Maravillosa santidad y ternura paternal

La prueba más dolorosa para los hijos espirituales de San Ignacio era el alejarse de la casa de Roma, donde les era dado ver a su muy amado padre general, admirar su maravillosa santidad, gozar de su ternura paternal. Eran tan tiernamente amados por él, que cada uno podía juzgarse ser el hijo preferido de su corazón.

La veneración que el santo fundador inspiraba en todos sus religiosos se comprende cuando vemos cómo Dios parecía complacerse en justificarla. Los buenos sacerdotes coleccionaban todo lo que podían coger de su santo general. Se repartían los cabellos que se cortaba, los restos de papeles en los que había escrito una orden sin valor porque ya había sido cumplida, en fin, todo lo que le pertenecía y estaba relacionado con él.

En la Compañía existía, desde los primeros sacerdotes de la fundación, una graciosa y poética creencia que aumentaba la tierna veneración que el santo fundador inspiraba en todos sus hijos. […]

El P. Laynez, apoyándose en su antigua intimidad con Ignacio, y en la confianza que siempre le había mostrado, quiso conocer de él la verdad y le dijo un día:

—Padre, todos estamos convencidos, y algunos motivos hay para creerlo, que la querida alma de vuestra reverencia está confiada a la custodia de un arcángel. ¿Esto es verdad?

Ignacio de Loyola bajó la mirada, se ruborizó cual delincuente, no respondió y se vio ante un bochorno muy doloroso.

DAURIGNAC, J. M. S. Santo Inácio de Loyola.
2.ª ed. Rio de Janeiro: CDB, 2018, pp. 278; 298-300.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados