Cuando la ley de Dios está en juego, todos los sacrificios, toda la dedicación y toda la constancia en la fe valen la pena. Al ser Él Rey y Señor tiene derecho a ser alabado y obedecido, aunque eso nos cueste la sangre del cuerpo y la del espíritu.

 

La historia de los Macabeos es, sin lugar a duda, una de las más hermosas de la Sagrada Escritura.

El testimonio de un amor adamantino a la ley de Dios, de una fidelidad eximia a su santo Nombre y de una fuerza sobrehumana que se impone sobre la propia flaqueza distinguió el periplo de aquellos varones y damas que lucharon en Judea y los hizo dignos de marcar la Historia con su constancia.

El Altísimo se complace con la fidelidad de los suyos, sobre todo cuando ésta es demostrada hasta el extremo, «porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación» (Eclo 2, 5).

Así trató el Señor a su pueblo durante las persecuciones que por entonces se habían desatado e igualmente así manifestó su poder…

Antíoco Epífanes, un vástago perverso

Nos encontramos en el siglo IV a. C. Alejandro Magno se había convertido en uno de los mayores potentados del orbe, hasta el punto de que ningún ejército conseguía hacerle frente: «Llegó hasta el confín del mundo, saqueó innumerables naciones… la tierra enmudeció ante él» (1 Mac 1, 3).

Sin embargo, tras someter bajo su yugo a algunos de los pueblos más influyentes de aquel tiempo —como el reino de los persas—, sintió que la muerte se avecinaba. Entonces convocó a los altos oficiales y repartió entre ellos su imperio. Todos ciñeron la diadema real y sus hijos los sucedieron por muchos años, haciendo que el mal se multiplicara por toda la tierra (cf. 1 Mac 1, 7-9).

No es de extrañar que de entre esos reyes surgiera «un vástago perverso: Antíoco Epífanes» (1 Mac 1, 10), el cual subió al trono de Sirioa en el año 175 a. C. «También se le conoció por el sobrenombre de epímane, maníaco, a causa de su orgullo, que le impulsaba a igualarse con Zeus».1

Llevado por la ambición, Antíoco planeó conquistar Egipto. Atacó al rey Ptolomeo VI, que huyó en desbandada, y de regreso a Siria marchó rumbo a Jerusalén, donde entró triunfante. Saqueó el Templo, apoderándose de los objetos de valor que lo adornaban, y volvió a su tierra, tras haber matado a los judíos que se le habían opuesto.

Dos años después atacó nuevamente Jerusalén, donde estableció una ciudadela. Decretó por escrito órdenes que los habitantes de Judá tenían que adoptar: «se prohibía ofrecer en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones, y guardar los sábados y las fiestas; se mandaba contaminar el santuario y a los fieles, construyendo aras, templos y capillas idolátricas, sacrificando cerdos y animales inmundos; tenían que dejar sin circuncidar a los niños y profanarse a sí mismos con toda clase de impurezas y abominaciones, de manera que olvidaran la ley y cambiaran todas las costumbres» (1 Mac 1, 45-49). Además, mandó que se irguiera sobre el altar lo que el primer libro de los Macabeos califica de «la abominación de la desolación» (1, 54), a quien, de ahí en adelante, los judíos deberían adorar como dios.

Nadie que viniera a contrariar sus órdenes se libraría del castigo.

Una conquista desde hace tiempo preparada

Gran parte de los judíos no presentaban resistencia, pues hacía mucho que sus almas estaban corroídas por el desamor al Dios de Israel y a su causa. A tal punto que varios de ellos ya se habían mancomunado con los paganos para adoptar sus malas costumbres y prácticas perversas (cf. 1 Mac 1, 12-13).

En efecto, el libro de los Macabeos describe que antes incluso de la invasión de Antíoco los israelitas partidarios del helenismo «construyeron en Jerusalén un gimnasio, disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, se asociaron a los gentiles y se vendieron para hacer el mal» (1 Mac 1, 14-15).

El deseo de una vida más adaptada a los hábitos nuevos de los griegos agitaba, cada día, el corazón de los aggiornati judíos de aquel tiempo. La religión, las costumbres, la moral y las prescripciones de sus antepasados estaban desfasadas y condenadas al olvido más completo…

Para ellos valía más vivir de acuerdo con los dictámenes de la tierra que con las leyes del Cielo.

Desolación entre los pocos fieles

Los pocos que osaron hacerle frente al conquistador fueron cruelmente masacrados por sus soldados. Dicen la Escrituras que «una cólera terrible se abatió sobre Israel» (1 Mac 1, 64): las mujeres que circuncidaban a sus hijos, los que habían realizado el rito y los propios niños eran asesinados por mandato del rey. Igual destino tenían aquellos que conservaran algún libro de la Alianza o persistieran en seguir las prescripciones de la ley divina.

Los que escaparon del furor de los paganos se refugiaron en lugares solitarios y allí mantenían, en la medida de lo posible, la práctica de la verdadera religión. Pero su situación se volvía cada vez más difícil…

Quizá sea por eso que, al inicio, al primero y segundo libro de los Macabeos se les llamara en las traducciones al latín Angustiæ filiorum Dei y Angustiæ templi,2 respectivamente.

Aceptar tal desolación y dejarse masacrar fue, para esos judíos, su muestra de amor a Dios y a su ley. No obstante, ¿sería eso suficiente?

Matatías y el apóstata, por Gustave Doré

Impulsado por justa cólera

«Por entonces surgió Matatías, hijo de Juan, hijo de Simón sacerdote de la familia de Joarib; aunque oriundo de Jerusalén, se había establecido en Modín» (1 Mac 2, 1) con sus hijos: Juan, apodado el Feliz; Simón, llamado el Fanático; Judas, apellidado Macabeo; Eleazar, denominado Avarán; y Jonatán, conocido como Apfús.

Emisarios de Antíoco llegaron a Modín para obligar a sus habitantes a que sacrificaran al ídolo. Su objetivo principal era conseguir la apostasía de Matatías, pues al ser un hombre influyente y respetado serviría de ejemplo a sus compatriotas de cómo se debía abandonar la ley divina sin escrúpulos ni pesar.

El día señalado para el sacrificio, Matatías compareció en el lugar para ver cómo se desarrollarían los hechos. Al ser intimado por los emisarios a cumplir la orden real, él se negó rotundamente, declarando que no se desviaría de la verdadera religión «ni a derecha ni a izquierda» (1 Mac 2, 22), junto con toda su familia.

No obstante, tan pronto como terminó de pronunciar tales palabras un judío se adelantó a sacrificar al ídolo ante toda la asamblea. «Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y, en un arrebato de ira santa, corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara» (1 Mac 2, 24). También le quitó la vida al oficial del rey encargado de obligarlos a la apostasía y llamó a sí a quienes quisieran resistir, por amor a Dios, hasta el final.

Inicio de la resistencia

Instalada la rebelión de los Macabeos, se fortificaron en refugios alejados de la ciudad. La conducta de Matatías sería muy diferente de la que hasta entonces habían adoptado los israelitas. No venía para perder sino para ganar. En efecto, en la hora de la dificultad es cuando aparecen, con todo el ímpetu del amor, los verdaderos hijos de Dios.

Ahora bien, ocurrió que muchos de los judíos que se habían refugiado en el desierto fueron alcanzados por los sirios y masacrados sin ninguna resistencia, dejándose matar, pues era día de sábado y no querían romper el descanso prescrito por la ley…

Cuando Matatías supo esto decidió no actuar como ellos, incluso aunque fuera sábado; de lo contrario, nadie sobreviviría a los ataques de los paganos. Reunió a un ejército y empezó a recorrer el país exterminando a los judíos prevaricadores, destruyendo los altares de los ídolos y persiguiendo a los enemigos (cf. 1 Mac 2, 44-47).

La actitud de Matatías revela algo de aquella astucia de la serpiente que el divino Maestro les ordenaría tuvieran los hijos de la luz (cf. Mt 10, 16). No se ciñó a la letra de la ley, sino que supo discernir la necesidad de abdicar de una costumbre santa para defender valores aún más altos.

Por otra parte, digna de admiración es también la postura de sus seguidores: atendieron a la voz del hombre de Dios, seguros de que el camino por él señalado conducía a la victoria.

Judas Macabeo – Capilla de Nuestra Señora de
la Consolación, Pierrelongue (Francia)

Martillo de Dios contra los paganos

Tras la muerte de Matatías, su hijo Judas Macabeo tomó el mando del ejército. Sus hazañas fueron simplemente innumerables.

Se cuenta que Judas era llamado Macabeo a causa de la forma de su cabeza, que se parecía a un martillo —maqqeneth en hebreo y maqqaba en arameo.3 Fue con ese nombre con el que su familia y la resistencia de los israelitas en Tierra Santa pasaron a la Historia, y ningún otro podría ser más adecuado, pues fueron verdaderos martillos de Dios contra los paganos.

Asumido por Dios en todas sus empresas, Judas Macabeo venció con la fuerza del Altísimo y puso en fuga a sus enemigos. Junto con sus hermanos derrotó a los sucesivos generales enviados por el rey Antíoco, el cual, humillado en su orgullo, murió de disgusto tras conocer que sus tropas habían sido aniquiladas (cf. 1 Mac 6, 8-16).

Después de incontables luchas y dificultades, los Macabeos consiguieron, por fin, romper el dominio de los paganos en su territorio. La religión del verdadero Dios volvió a ser practicada, con mucho más fervor que antes y «la tierra de Judá gozó de sosiego por algún tiempo» (1 Mac 7, 50).

Aparente desmentido y verdadera victoria

Sin embargo, tras la muerte de Judas «volvieron a surgir apóstatas por todo el territorio de Israel y levantaron cabeza todos los malhechores» (1 Mac 9, 23). Los judíos renegados proseguían sus maquinaciones (cf. 1 Mac 9, 58; 10, 61; 11, 25), y la perspectiva de una nueva apostasía del pueblo elegido se vislumbraba con claridad en el horizonte.

Ante esto, se podría pensar que la lucha de los Macabeos fue noble y heroica, pero inútil. No extirparon la verdadera raíz de la iniquidad: los falsos practicantes de la verdadera religión. Sus vidas habrían sido sacrificadas en pro de la realización fugaz de un «sueño de ojos abiertos», condenado a no tener continuidad en el tiempo.

¿Valió la pena tanta fidelidad a una ley que ya estaba olvidada en su nación? ¿Valió la pena tal lealtad a un Dios que, hacía mucho, había sido abandonado por gran parte del pueblo? ¿No habría sido mejor que Matatías y sus descendientes hubieran adoptado una política más conciliadora, cediendo parcialmente a las exigencias del enemigo en lugar de tratarlo con tanta intransigencia?

Dice el poeta Fernando Pessoa que «todo vale la pena, si el alma no es pequeña».4

Cuando Dios y su Ley están en juego, todos los sacrificios, toda la dedicación y toda la constancia se vuelven un deber de justicia. Como supremo Rey y Señor, tiene derecho a ser alabado y obedecido, aunque eso nos cueste la sangre del cuerpo y la del espíritu.

Por haber sido un ejemplo de fidelidad a Dios en medio de lo absurdo y de la desilusión, los Macabeos merecieron brillar en el firmamento de la Iglesia y de la Historia. Proclaman por todos los siglos que sólo en Él se encuentra la verdadera victoria. Por eso hoy son y siempre serán dignos de nuestra admiración.

 

Notas

1 ARNALDICH, OFM, Luis. Biblia comentada. Libros históricos del Antiguo Testamento. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1963, p. 960.
2 Cf. Ídem, p. 949. Del latín: Las angustias de los hijos de Dios y Las angustias del Templo.
3 Cf. Ídem, ibídem.
4 PESSOA, Fernando. Mensagem. Lisboa: Parceria Antônio Maria Pereira, 1934, p. 64.

 

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