La divina humildad expresada en la noche de Navidad

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«Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel»… El misterio de la noche de Navidad nos enseña a vivir la virtud de la humildad.

 

Tanto el Adviento como la Navidad nos recuerdan el acontecimiento sublime y divino de Dios encarnado que, para salvarnos, se hizo pequeño.

En el hecho sublime de la Encarnación contemplamos, primeramente, la humilde condición del ser humano, ser frágil y con restricciones.

Dios vino a visitarnos

Al contemplar la Encarnación vemos a Dios que vino a visitarnos en nuestra pobre carne mortal: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Para habitar entre nosotros, el Verbo divino escogió nacer en Belén. Habitar evoca un espacio concreto y limitado. Al nacer en Belén, Jesús manifestó la grandeza de la pequeñita ciudad de Judá, lugar imperceptible en el contexto geográfico, escogida para dar lugar al nacimiento del Salvador. Esta es la lógica de Dios —que está sorprendiéndonos siempre— muy bien expresada en las palabras del profeta: «Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel» (Miq 5, 1).

Los tratados de espiritualidad siempre destacaron esta indiscutible y profunda verdad teológica: la humildad es uno de los elementos cristológicos de mayor relevancia. Y el misterio de la noche de Navidad en Belén de Judá nos enseña a vivir la virtud de la humildad. Estamos ante una realidad: «Dios está en medio de nosotros, se encarnó y se hizo uno de nosotros».

Así, el «Dios-con-nosotros» (cf. Mt 1, 23) produce en la comunidad eclesial mucho más que un mero sentimiento. Se trata —lo subrayo— de una constatación: Dios, en su «humildad», está en medio de nosotros.

Significado y valor del pesebre

En la Encarnación la grandeza y la omnipotencia de Dios se revelan en la fragilidad de la criatura humana. Esto está muy bien expresado en la bella carta apostólica Admirabile signum, escrita por el Papa Francisco para destacar el significado y el valor del pesebre —por cierto, tan bien promovido en las casas de la familia de los Heraldos del Evangelio.

En esa carta leemos que «el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46)».

Tiempo de alegría

Teniendo presente en nuestras vidas esta oportuna reflexión que nos ofrece el Papa Francisco, vivamos este tiempo de Adviento y de Navidad, queridos Heraldos del Evangelio, inspirados por el ejemplo del Señor. Este es un tiempo de alegría, porque un corazón humilde siempre estará alegre. Es un tiempo de esperanza, pues Dios nos sorprende siempre, transformándonos con su amor misericordioso y abriéndonos caminos con su cercanía amorosa.

Les expreso, con afecto, mis fraternales votos de una feliz y santa Navidad, con el deseo de que, juntos, podamos, en el año venidero, permanecer asistidos por la dulce y suave fuerza del Espíritu.

 

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