Al constatar que la Virgen Santísima portaba en su seno al divino Infante, es indudable que San José debió experimentar una enorme perplejidad. […]
Al penetrar en la mirada de María, San José, en medio de su drama, continuaba viéndola como la propia mirada de Dios para sí, más cristalina que el agua más límpida, más brillante que el más radiante de los soles. Sin embargo, no podía dejar de reparar también en los claros indicios del embarazo. […]
Sobre este particular, subraya el Dr. Plinio: «Es un absurdo pensar lo contrario. A San José le bastaba mirarla, incluso de espaldas; tenía suficiente con ver cómo su túnica rozaba ligeramente el suelo, o cómo Ella se apoyaba en una mesa mientras conversaba, para descansar un poquito; de cualquier gesto, hasta del movimiento de las pestañas al parpadear, dimanaban torrentes de castidad a su alrededor». Viéndola purísima y celestial, se maravillaba al comprobar, en todo momento, con qué santa se había unido. […]
Conociéndola como nadie en la tierra, tuvo la certeza de que sólo Ella podría ser la Madre del Salvador, pues era imposible que hubiese una santidad superior a la suya. Por lo tanto, ¡la misteriosa Virgen contemplada proféticamente por Isaías era María! […]
Como Nuestra Señora, a pesar de las evidencias, permanecía en silencio, pues sabía que Dios quería probar la confianza de su virginal esposo, éste juzgaba que había en este silencio una señal de que el Altísimo, que para San José era representado por Ella, no lo quería allí. Al mismo tiempo, veía en esta actitud una manifestación excelentísima de la delicadeza marial: callarse era un modo de insinuarle que necesitaba progresar más para participar de aquel misterio. […]
En vista de estos pensamientos, no parece exagerada la afirmación del Dr. Plinio al discurrir sobre tal prueba: «Después de Nuestra Señora, nadie en la tierra sufrió tanto como San José. […] Dios, por así decir, no le dio ninguna ayuda en medio de ello, lo dejó desamparado… ¡solo!». ¿Qué hacer? ¿Cómo proceder? Queda así representada, con toda su envergadura, la gran perplejidad del virginal esposo de María Santísima.
Clá Dias, EP, João Scognamiglio.
San José: ¿quién lo conoce?… Madrid:
Heraldos del Evangelio, 2017, pp. 143-151.

