El tema del trato caballeresco me hace recordar una serie de cosas de mi infancia, cuando la cuestión de las relaciones humanas y la vida en sociedad comenzaba a aflorar en mi espíritu.
La amistad en tiempos pasados
Mi madre solía contar historias de conocidos que eran amigos de verdad, hasta resultar asombroso. Narraba, por ejemplo, lo que le ocurrió a mi abuelo.
Él había heredado unas tierras en el interior de São Paulo. En aquel entonces —hace más de cien años—, Pirassununga, Araraquara, São Carlos, esas regiones que están tan cerca de nosotros, eran todavía zonas agrestes.
Mi abuelo decidió fundar una hacienda. Sin embargo, como se había educado en la ciudad de São Paulo, no tenía ni idea de las cosas del campo. Un amigo suyo de la niñez, que tenía negocios en la zona, pasó por la propiedad de mi abuelo, vio que estaba mal organizada y fue a hablar con él. Ambos se trataban por sus apodos de la infancia: al amigo, que se llamaba Estanislau, le decían Lalau; y a mi abuelo, Antonio, Totó.
Lalau le dijo a Totó:
—Mira, Totó, ¡tu hacienda es una vergüenza! Tienes que comprarme otros tantos esclavos1 y olvídate de tu hacienda, no aparezcas por allí, no me preguntes nada. Solamente, cada año, dame un cheque con tal cantidad para pagar los gastos. Al cabo de cinco años, te devolveré una hacienda plenamente desarrollada, con una plantación de café en producción y una cuenta bancaria abierta por mí a tu nombre, con las ganancias obtenidas.
A mi abuelo le pareció una idea muy interesante; compró los esclavos, se los entregó a Lalau y no volvió a intervenir en los asuntos de la hacienda. Ni siquiera hablaban del tema. Una vez cumplido el plazo, Lalau —que, por cierto, era un barón del imperio— fue a ver a mi abuelo y le dijo:
—Mira, Totó, vamos a echarle un vistazo a tu hacienda. Está lista, te alegrará verla.
Fueron juntos, y era una maravilla, todo floreciente. Entonces mi abuelo quiso pagarle por ello, pero Lalau respondió:
—Ni me lo menciones, ¡está prohibido! Porque lo he hecho por amistad hacia ti.

El Dr. Antonio y Dña. Gabriela, abuelos maternos del Dr. Plinio
Yo miraba a mis compañeros y me preguntaba: «¿Quién hace eso hoy en día?». En mi infancia, o se pagaba muy bien —y aun así se revisaban las cuentas, para comprobar que no había habido robo—, o aquello terminaba en desastre. Y me quedaba con esta pregunta en mi cabeza: «¿Se acabó la época de los amigos?».
Conversaciones envueltas en un respeto especial
Yo observaba a las personas mayores, de la edad de mis padres y, sobre todo, de mis abuelos, y notaba lo diferente que era su forma de relacionarse: se trataban con un respeto que en mi generación ya no existía.
Mi abuela tenía una amiga con quien mantuvo amistad hasta el final de su vida. Eran dos señoras notablemente hermosas, no sólo porque tenían un rostro bien proporcionado —como el de una muñeca de cristal—, sino también por ser muy refinadas, elegantes.
Se habían conocido cuando eran unas muchachas. Sus casas, en la diminuta São Paulo de aquellos tiempos, estaban relativamente cerca. No había teléfono, y una joven solamente podía salir a la calle con alguien de la familia; sola, jamás. Así que, como a menudo tenían muchas ganas de verse y no había quien las acompañara, a una hora fijada se asomaban a la ventana de sus respectivas casas, con unos prismáticos, y se hacían señales, se comunicaban por gestos, conversaban.
Más tarde, las dos se convirtieron en hacendadas en el interior de São Paulo y pasaron unos años sin verse, pues sus propiedades estaban muy distantes una de la otra. Posteriormente, sus maridos volvieron a vivir a São Paulo y ellas retomaron su amistad.
Las conocí cuando ya eran muy mayores. Esta señora visitaba a mi abuela todas las semanas, un día fijo. Se sentaban y empezaban a charlar. Normalmente, aparecía algún miembro de la familia y participaba un poco en la conversación, pero enseguida se retiraba, porque a ellas les gustaba hablar de cosas de su época y de sus recuerdos. Lo más considerado era dejarlas a solas.
Pero a mí me apenaba, pues quería escuchar su conversación —¡tan entretenida todo el rato! Cuando terminaba la visita, se despedían de una manera tan festiva, tan solemne, tan bonita, que daba gusto verlo. En más de una ocasión entré en el salón para ver a las dos despedirse.
Transformaciones en las formas de cortesía
En mi familia formábamos un círculo de primos y manteníamos conversaciones muy animadas, pero ya no eran como las de antiguamente. Percibía esa diferencia y me preguntaba: ¿qué había desaparecido para que la convivencia hubiera cambiado tanto? Tuve que analizarlo bastante para saber qué responder.
Lo primero que se me ocurrió fue que, en mi generación, la gente se trataba con pulidez, pero ésta era muy común, un tanto cinematográfica. La auténtica cortesía estaba muriendo, para dar paso simplemente a un trato correcto, pero sin las dulzuras de antaño.
Una vez, leyendo un libro francés escrito por un historiador sumamente interesante, Gosselin Lenôtre, Gens de la Vieille France (Gente de la Vieja Francia), me topé con una frase de Talleyrand: «Quien no vivió antes de la Revolución francesa no conoció la dulzura de vivir».
Pensaba para mis adentros: «¡Exactamente! Esas ciudades con fábricas, tranvías, automóviles, cláxones, luz eléctrica —la pequeña São Paulo ya tenía todo eso, a menor escala; sólo le faltaban aviones—, ajetreo, trenes y todo lo demás… Es imposible que en ese ambiente exista la douceur de vivre de otrora».
La alegría de causar alegría
Sin embargo, se planteaba una cuestión: ¿cómo aquellas personas sentían la vida y conseguían obrar así? ¿Cuál era su forma de ser? ¿Por qué se acabó todo eso? Un niño, observando las cosas desde este lado, se veía naturalmente llevado a hacerse estas preguntas.
En casa de mi abuela había un jardín grande. Los jueves, todos los niños se reunían allí, corrían, se divertían, etc. Un tío mío llegaba justo cuando la animación alcanzaba su apogeo y entonces el juego se detenía y —en aquella época, no se toleraban ciertas faltas de educación— todos los niños iban a besarle la mano a ese tío y a preguntarle cómo estaba.
Le producía un placer especial traernos, de vez en cuando, paquetes de grageas extranjeras rellenas de jalea de frutas, deliciosas. Si no las traía, lo tratábamos igual. Pero yo notaba que le agradaba vernos contentos. Entre tener unos cuantos billetes de más en la cartera o haber causado esa alegría, por el efecto que ésta tenía en él, mi tío obtenía un placer que estaba dispuesto a pagar.
A veces yo era testigo de pequeños gestos de amabilidad por parte de las personas mayores. Por ejemplo, recuerdo a un señor que vino a visitarnos a casa. Entró con dos flores de cactus preciosas y dijo: «He encontrado esto en una floristería por la que he pasado. Son muy bonitas y quizá le gusten a usted»; y se las entregó a la dueña de la casa, su cuñada, que se quedó muy contenta y mandó que las pusieran en un pequeño jarrón cerca de ella. Percibí lo mucho que se alegró al saber que la señora pasaría el resto de la tarde contemplando aquellas flores. Independientemente de cualquier retribución, lo que le satisfacía era ver contento al otro.
Era un sentimiento que respondía a un hábito social, que consistía en la alegría de causar alegría, la satisfacción de causar satisfacción. Se trataba de una solidaridad que vinculaba una criatura a otra, por la cual el dolor de una dolía a la otra, lo que contentaba a una complacía a la otra. La douceur de vivre estaba arraigada, consolidada.
Extinción de la reciprocidad e implantación del egoísmo
Al mirar hacia el pasado, me daba cuenta de lo fuerte que era ese sentido de reciprocidad en las generaciones anteriores, y tanto mayor cuanto más se retrocedía en el tiempo. En mi generación, ya casi había desaparecido; en nuestros días, se ha extinguido por completo.
Cuando ocurre un accidente en la carretera, por ejemplo, a veces se pide a los conductores que se detengan para que lleven al herido en su coche. Conozco el caso de uno que dio esta respuesta: «Mi automóvil es nuevo y su sangre lo va a manchar. No quiero». Y siguió su camino.
Así pues, se ha establecido un clima moral totalmente distinto, donde esa reciprocidad, el deseo de favorecer por el bien que siente el otro, desaparece. Del mismo modo, el respeto se disipa: la alegría porque el otro es superior, por mostrarle reverencia, por honrarlo.
Se ha perdido toda satisfacción de hacer el bien; por el contrario, se ha convertido en algo desagradable. Siendo así, poco importa ver a los demás consumirse y arruinarse si uno consigue su propio bien.
¿Cómo puede ser agradable una conversación entre dos personas si cada una sabe que la otra tiene esas ideas sobre sí misma? Es imposible no percibir cierta melancolía en el trato de hoy día. Hay una constante agitación nerviosa, pero la alegría por la felicidad del otro ha desaparecido. ¿Cómo se explica que eso existiera durante un tiempo y luego dejara de existir?
Con Nuestro Señor, la alegría comenzó a irradiarse en la tierra
Hubo alguien que entró en la historia. Cuando esto sucedió, el mundo entero era una noche igual a la que acabo de describir; Él resplandeció, y el gusto por ser bueno y hacer el bien empezó a brillar entre los hombres. El placer de respetar e incluso venerar, de dedicarse, de sacrificarse; el contentamiento de hacer el bien, de saber que el otro ha quedado satisfecho, aun cuando éste no se percatara de quién lo ha favorecido; todo esto comenzó a irradiarse en la tierra por alguien designado con tres palabras: Nuestro Señor Jesucristo.

Vitral de la iglesia de San Juan Bautista, Cardiff (Reino Unido)
San Pedro emplea una fórmula que cuando la leí se me quedó grabada como una fulguración, y jamás se borró de mi espíritu. Describió la vida del Señor con esta síntesis latina: «pertransivit benefaciendo» (Hch 10, 38), pasó por la vida haciendo el bien. Todo el tiempo, de principio a fin, haciendo el bien, sin mirar nada más que a la alegría de hacer el bien, con el desbordamiento, la abundancia que todos conocemos. Alcanzó el auge de, cuando fue preso en el huerto de los olivos, ordenarles a los verdugos: «Dejad marchar a estos» (Jn 18, 8). ¡Eran los discípulos los que huían! No deberían haber huido, pero huyeron. Sin embargo, el perdón fue tal que sólo tuvo estas palabras: «Dejad marchar a estos».
Es más: San Pedro le cortó la oreja a Malco. Jesús se inclinó, recogió la oreja del suelo y se la volvió a colocar a ese que lo estaba arrestando para someterlo a un juicio injusto y matarlo de la manera más cruel que se pueda imaginar.
Nuestro Señor enseñó y reveló aquello de lo que Él mismo daba ejemplo: Dios es la bondad, la majestad infinita, el esplendor sin fin, la perfección insondable, la omnipotencia; pero también la misericordia, la compasión, el perdón repetido una y otra vez con afecto, el cuidado solícito hasta la muerte en la cruz por nosotros.
Jesucristo nos amó y nos ama así. Fundó una Iglesia que es la suma de todas las perfecciones y de todas las maravillas, incluso en medio de las tristezas del siglo xx: cuanto más la conocemos, más la admiramos.
Por lo tanto, a través de su enseñanza, nos ha revelado que tenemos ese Padre común, ese Dios que nos ama así.
Haciendo el bien al prójimo, alegramos a Jesucristo
Eso les dio a los hombres la idea de que todos somos uno en Él, participamos de sus sentimientos y de sus disposiciones, y de este modo, al hacer el bien al otro, le alegramos.
Santa Catalina de Siena tuvo que cuidar una vez de una leprosa. Le llenó de satisfacción el causarle contento a esta enferma; es más, sabía que Nuestro Señor Jesucristo se alegraba en el Cielo al ver a aquella desdichada hija sonreír, feliz, con sus labios descarnados. El Redentor amaba a la hija leprosa, tenía pena de ella y se complacía cuando otra hija, a quien Él había concedido la salud, la consolaba.
Así nace el placer de respetar. A otra mujer, que era neurasténica y tenía un carácter insoportable, la santa la llamaba «madre mía».

«Santa Catalina de Siena y el mendigo», de Giovanni di Paolo -Museo de Arte de Cleveland (Estados Unidos)
Todo esto, en conjunto, hace crecer en los hombres la satisfacción bien ordenada de sentir la alegría de los demás, el placer de dar, de sacrificarse, de inmolarse, de aflojar las garras del egoísmo, del amor propio, del orgullo, mediante un gesto, una cortesía. Una palabra delicada a veces transforma a una persona, especialmente cuando no tenemos ganas de decirla, pero lo hacemos para servir a la Santísima Virgen.
Una convivencia feliz, con el aroma de Nuestro Señor Jesucristo
Los paganos, en tiempos del Imperio romano, miraban a los católicos y se decían entre ellos: «¡Mirad cómo se aman!». Es el buen aroma, la luz de Nuestro Señor Jesucristo, que ilumina y lo modifica todo.
Les doy un consejo: ¿quieren tener felicidad verdadera en el alma y la luz de Nuestro Señor Jesucristo ante sus ojos? ¿Desean sentir en el aliento de sus almas su aroma? Sacrifíquense y alégrense de ver que los otros están contentos gracias a ese sacrificio.
No esperen recompensa. Quien hace el bien a los demás a causa de obtenerla pretende hacer un negocio. Prepárense más bien para la ingratitud, el desprecio, el maltrato, y díganse: «Lo he hecho para que esa persona se sintiera un tanto satisfecha. Nuestro Señor y su Santísima Madre han sido glorificados, porque ha tenido un instante de alegría auténtica. Eso algún día redundará en beneficio de su alma. ¡Voy a hacerlo más veces!».
Cuando quieran darse cuenta, el aroma de la convivencia estará impregnado de bálsamo, perfumado y será agradable. Será Cristo, nuestro Señor, quien se haga presente. ◊
Extraído, con adaptaciones al
lenguaje escrito, de: Conferencia.
São Paulo, 10/6/1985.
Notas
1 La abolición de la esclavitud en Brasil se dio el 13 de mayo de 1888. Por lo tanto, en la época del hecho narrado, la mano de obra en las grandes plantaciones de café de São Paulo aún no era libre.

