Hay una pequeña imagen de María Auxiliadora que nos acompaña desde hace mucho tiempo. No es una obra de arte, sino una imagencita de yeso de las que se fabrican en serie y que se encuentran por todas partes, de un tipo religioso llamado sulpiciano.
¿Por qué pensé haber hecho todo un hallazgo al toparme con esta imagen? Me pareció que tenía una expresión fisonómica llena de serenidad interior, todo ella derivada de la templanza, virtud cardinal por la cual se tiene para cada cosa el grado de aprecio o de repudio proporcional a las circunstancias. Nunca se desea algo exageradamente ni menos de lo que merece, y jamás se detesta algo exageradamente ni menos de lo que merece.
Esa disposición de alma me pareció que relucía mucho en la imagen. Discretamente, es tan apacible, tan desapegada y tan dueña de sí, de tal manera está tan dispuesta a actuar ante cualquier cosa de un modo enteramente proporcionado, que me pareció el símbolo mismo del equilibrio, que constituye el corolario de la virtud de la templanza. Y por eso tiene algo de puro y de virginal, que me encantó; y a la vez, algo de maternal, pues parece mirar a sus hijos, sonriente y dispuesta a empuñar el cetro de reina decisivo, según la petición que se le haga.
Se trata realmente del auxilio de los cristianos, y con una simbología. El Niño Jesús está en su brazo con los bracitos abiertos, sonriendo. Se ve que María Santísima ha hecho una petición y Él ha sonreído; los brazos abiertos son el fruto de la oración de su Madre. Nuestra Señora mira complacida viendo cómo un pobre hijo suyo, allí arrodillado, se encanta al observar a su Hijo por excelencia sonreír y abrir los brazos. Eso es el auxilio: la que nos obtiene, de quien que es el autor y la fuente última de todas las gracias, todo lo que le pedimos.
Lirio nacido del barro, de noche, durante la tormenta
Si la Virgen María no nos hubiera ayudado en cada momento, si no hubiéramos recurrido a Ella, sintiendo su apoyo maternal, no habríamos hecho nada. Cuando nuestro movimiento alcanza sus pináculos y, por ejemplo, contempla buenos resultados, debería decir que éstos son logros de Nuestra Señora.
¿Qué clase de logros?

Sobre todo, y por encima de todo, los que se obran en nuestras propias almas. Es decir, que haya una organización como la nuestra, con un número muy reducido de miembros, con esta mentalidad, estas costumbres, este estilo de piedad, en medio de la borrasca que existe a nuestro alrededor, eso es precisamente el lirio nacido del barro, que florece por la noche, durante la tormenta.
Pero cuando decimos «lirio nacido del barro», no recurrimos a la metáfora más que para afirmar que está ocurriendo algo totalmente inverosímil, tan inexplicable como que brote una edelweiss en el desierto del Sahara. Fue, por tanto, la Madre de Misericordia, Mediadora de todos los favores, quien presentó nuestra oración a su divino Hijo y obtuvo que fuera escuchada.
¡Aferrémonos a la Santísima Virgen!
¿Qué oración? Ante todo, la oración por la cual le pedimos que nos dé la gracia de amarla cada vez más, de ser suyos, de confiar en Ella, de unirnos a Ella y que Ella se una a nosotros. La gran y fundamental oración es que María nos haga devotos de Ella.
Me imagino a alguien diciendo: «Pero entonces la devoción suprema, el culto de latría a Nuestro Señor Jesucristo, ¿pasa a un segundo plano? ¿Qué sublevación es ésta: el culto de hiperdulía sustituyendo al culto de latría?».
Me dan ganas de responder: «¿Qué tontería es ésa?». Nuestra Señora es el canal necesario, único, para llegar a Nuestro Señor Jesucristo. Y si de tal manera la aplaudimos y veneramos, es porque adoramos a aquel a quien Ella conduce. La Santísima Virgen es el camino por el cual Él ha venido a nosotros. En María, Jesucristo se encarnó para luego redimir al género humano; Ella es la Corredentora. Cuando subió al Cielo, dejó a su Madre para aliviar un poco la tristeza y el inmenso vacío que quedaba en la tierra.
Teniendo todo esto en vista, si nos aferramos bien a la Virgen, iremos a Él; si no nos aferramos a la Santísima Virgen con todas las fuerzas de nuestra alma, ¿adónde iremos? ¡Abajo! Y sabemos muy bien quién está abajo…
Consejo de un sacerdote jesuita
Recuerdo que nuestro Grupo estaba en uno de sus momentos más crueles, en la lucha de Em defesa.1 Había puesto cierta esperanza en una editorial de Montevideo, muy importante en aquella época, para que publicara el libro en español. Me enviaron una carta pidiéndome permiso para traducirlo al español, y yo había aceptado. Pero la editorial me mandó otra carta diciéndome que ya no estaban interesados en su publicación… Poco después recibí otra carta de Montevideo. La abro pensando: «¿Qué nuevo disgusto será esto?».
Se trataba de un anciano sacerdote jesuita, al que no conocía, que me decía en su carta, resumidamente, lo siguiente: «Por más que ustedes sean atacados, los aprecio mucho y a causa de ello les doy lo que puedo dar: mis oraciones, en primer lugar; en segundo lugar, un consejo. Ustedes valen lo que valen porque son muy devotos de la Virgen. Sean cada vez más devotos y no habrá ningún bien que no les suceda; no disminuyan jamás, ni un mínimo grado, esa devoción, pues de lo contrario todo mal podría caer sobre ustedes».
Quiero creer que la piadosa alma de ese verdadero hijo de San Ignacio está a los pies de su fundador en el Cielo, gozando de la visión beatífica y mirando a Nuestra Señora. Le pido que rece por todos nosotros, para que sigamos ese consejo. Pero para ello, un punto es crucial: no basta no decaer en la devoción a la Virgen; o bien se sube cada día más, o bien se para, y lo que se para, decae. No tengamos miedo de exagerar, siempre que seamos fieles a la doctrina católica en materia de culto a la Santísima Virgen, porque de María nunquam satis, de Nuestra Señora nunca se ha dicho lo suficiente.2
Ella nos acompaña como a un hijo único
Como es Madre de Nuestro Señor Jesucristo y es nuestra Madre, está permanentemente dispuesta a ayudarnos en todo lo que necesitemos. San Luis María Grignion de Montfort3 afirma que si en el mundo hubiera una sola madre, que reuniera en su corazón todas las formas y grados de ternura que todas las madres del mundo sentirían por un hijo único, y esa madre tuviera sólo un hijo a quien amar, lo amaría menos de lo que Nuestra Señora ama a todos y cada uno de los hombres.
De tal modo es Madre de cada uno de nosotros, nos quiere tanto que —por muy desvalidos, descarriados, espiritualmente tambaleantes que seamos y no valgamos nada— si nos dirigimos a Ella, su primer movimiento será de amor y de auxilio.
María Santísima nos acompaña incluso antes de que nos dirijamos a Ella, porque tiene ciencia de lo que sucede a todos los hombres, en todas partes. Conoce, por tanto, nuestras necesidades y por su intercesión tenemos la gracia de acudir a Ella. Nuestra Señora le pide a Dios que recibamos esa gracia, y Él nos la concede. Nos dirigimos a Ella y la primera pregunta que nos hace es: «Hijo mío, ¿qué quieres?».
Oí una afirmación, que no es de un gran teólogo, pero tengo la impresión de que es cierta: si el propio Judas Iscariote, después de haber vendido a Nuestro Señor y mientras caminaba hacia el lugar maldito donde se ahorcaría, hubiera tenido un momento de devoción a la Santísima Virgen y le hubiera rezado, habría recibido apoyo. Si la hubiera buscado y le dijera: «No soy digno de acercarme a vos, de miraros, ni de dirigirme a vos. Soy Judas, el inmundo… Pero vos sois mi Madre, ¡tened piedad de mí!». Ella acogería con bondad al hombre cuyo nombre es sinónimo de la más baja y asquerosa torpeza, y que nadie pronuncia sin extremos de repugnancia, por así decirlo, sin gestos de repugnancia: Judas Iscariote… ¡Incluso a éste!
La hermosa «avenida de los callejones sin salida»
Pero nos resulta difícil tenerlo siempre presente. ¿Por qué? Porque no lo vemos y, en nuestra miseria, nos encontramos a menudo entre los que no creen porque no ven. No dudamos, pero olvidamos. Nos sentimos tan fuera de lugar que decimos: «Pero ¿será así realmente? Me pasó esto, aquello, lo otro. Se lo pedí a Ella y no he sido socorrido; ¿por qué he de creer que ahora seré ayudado? Madre de misericordia…, para mí, a veces sí, pero a veces no…».
En esas ocasiones debemos decir: Auxilium Christianorum, ora pro nobis! En los momentos en los que no entendemos, no tenemos idea de cómo será el desenlace del asunto, qué va a pasar, necesitamos repetir con insistencia: Auxilium Christianorum! Porque todo caso tiene una salida. A veces no vemos la solución, pero Nuestra Señora está dándole al asunto una salida monumental.

María Auxiliadora – Colección privada
Cuando recuerdo la historia de nuestras catástrofes, de nuestros resurgimientos, de nuestra dolorida y gloriosa «avenida de callejones sin salida»,4 mirando atrás me pregunto: «Si Ella me diera a elegir entre esta vía de callejones sin salida o cualquier otra de las que yo imaginaba, ¿cuál preferiría?». Habría respondido: «Madre mía, si me das fuerzas, elegiré “la avenida de los callejones sin salida”». Es la «avenida» de lo inexplicable, de la aparente catástrofe, de la derrota, de la devastación, pero de la victoria que se afirma.
¡Qué hermosa es la «avenida de los callejones sin salida»! ¿Por qué? Porque es la avenida triunfal de Nuestra Señora. Ella abre los callejones sin salida, transforma esta cosa monstruosa —una avenida desmembrada en callejones— y la convierte en una avenida. Se comprende la providencia de María Santísima. ¡Es una verdadera maravilla!
Nuestra insuficiencia proclama su victoria, canta su gloria. ¿Cómo no entusiasmarnos con la idea de que Ella nos ha hecho tan pequeños para que Ella fuera tan ampliamente glorificada? Es evidente. Esta oración debe estar en nuestros labios en todo momento: Auxilium Christianorum, ora pro nobis!
Recemos, pues, en todas las circunstancias de nuestra vida. Y en la hora de la muerte, cuando estemos en nuestro último aliento y sigamos diciendo: Auxilium Christianorum, el Cielo pronto se abrirá para nosotros. ◊
Extraído, con adaptaciones, de:
Dr. Plinio. São Paulo. Año xxiv.
N.º 278 (mayo, 2021), pp. 16-21.
Notas
1 Primer libro publicado por el Dr. Plinio, en 1943, en el que alertaba contra la subrepticia introducción del laicismo y del igualitarismo en ambientes eclesiásticos. La obra fue prologada por Mons. Benedetto Aloisi Masella, entonces nuncio apostólico en Brasil, y recibió una carta de elogio del papa Pío XII, firmada por Mons. Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI.
2 Cf. San Luis María Grignion de Montfort. «Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge», n.º 10. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, pp. 492-493.
3 Cf. Idem, n.º 202, p. 620.
4 Expresión acuñada por el Dr. Plinio para ilustrar las difíciles circunstancias que él y su obra afrontaron a lo largo de décadas, en las que repetidamente parecía que se encontraban sin salida, pero que la Santísima Virgen siempre acababa solucionando.