Guardadas las infinitas proporciones que separan a la criatura del Creador, se podía ver en Dña. Lucilia una marcada semejanza con el Sagrado Corazón de Jesús.  Esta fue su mejor contribución para la formación de sus hijos.

 

No fueron únicamente razones naturales las que llevaron a Dña. Lucilia a dedicarles a sus hijos un afecto tan intenso. La raíz más profunda de éste era su elevada devoción al Sagrado Corazón de Jesús —a quien tanto le rezaba—, como ella misma se lo contaría al Dr. Plinio en una carta, con palabras llenas de unción:

«Me agradó inmensamente saber que cuando me echas de menos ¡rezas delante de mi oratorio! Yo también rezo tanto por ti; el Sagrado Corazón de Jesús, nuestro amor, ¡será tu salvaguardia y protector!, hijo querido de mi corazón».

Tal devoción combinada con la atmósfera de recogimiento, que Dña. Lucilia mantenía en el hogar, hacían de éste un lugar propicio para la oración y la contemplación. El Dr. Plinio recuerda que, muchas veces, al volver de algún paseo o una fiesta infantil, encontraba la casa inmersa en un ambiente que le evocaba el sonido grave, noble y suave del carillón de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Esto contrastaba con la superficialidad y la disipación que ya en los remotos años veinte del siglo pasado venían marcando cada día más la sociedad, lo cual le hacía entender mejor el modo de ser, invariable y profundo, de Dña. Lucilia. «Ese fue el motivo por el que tomé esta resolución: ¡yo también viviré así!», concluía el Dr. Plinio.

Doña Lucilia fotografiada em 1912, en París

Esmerada formación religiosa

En el fondo, les estaba enseñando a sus hijos a vivir de manera virtuosa, pues era lo que deseaba con más ardor. De ahí su gran empeño en darles una esmerada formación religiosa.

Excelente observadora como era no necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que la fräulein Mathilde, a pesar de ser una eximia educadora, no prestaba tanta atención en lo sobrenatural como sería deseable. Mejor para sus hijos, porque su propia madre asumiría esta tarea tan importante.

Doña Lucilia también les incentivaba a Rosée y a Plinio para que tuvieran una actitud de piedad con relación a las imágenes que ella misma colocaba en sus habitaciones, y que a menudo besaba cuando entraba allí.

El Dr. Plinio así recordaba, ya octogenario, el tiempo de sus seis o siete años, una época en la que profundizó en sus consideraciones sobre Nuestro Señor Jesucristo al contemplar sus imágenes en casa y en iglesias o leyendo libritos para niños:

«Desde mis primeros años yo ya tenía la convicción de que Él era el Hombre Dios, porque mi madre lo dejaba clarísimo en sus narraciones de la Historia Sagrada».

Tan rica y penetrante fue su influencia sobre sus hijos que Plinio, con tan sólo cuatro años, de pie sobre una mesa, llegó a darles clases de catecismo a los criados de la casa, transmitiéndoles lo que había oído de los piadosos labios maternos.

Por otra parte, a los niños les impresionaba vivamente ver en Dña. Lucilia su completo rechazo al demonio, el adversario del género humano. Tenía repugnancia hasta de su nombre, que no pronunciaba sino cuando era indispensable, y aun así con una expresión discretamente desagradada. Juzgaba —con toda razón— que el simple hecho de mencionar a tan abyecto ente, sin absoluta necesidad, podía ser interpretado como si se le invocara.

Una convivencia que conducía a amar a la Santa Iglesia

Los domingos Dña. Lucilia llevaba a los niños a Misa al santuario del Sagrado Corazón de Jesús, el cual, decorado con buen gusto, contenía verdaderas obras de arte.

Cierta vez, mientras asistía a Misa al lado de su madre, se formó naturalmente en su espíritu —por una comprensible asociación de imágenes— una impresión de conjunto de la iglesia: la invitación a la piedad que, en su alma, producían las estatuas de los santos; los vitrales de nobles y matizados colores, en cromática simetría con las melodías a un mismo tiempo majestuosas y afables del órgano; los paramentos solemnes del celebrante y los esplendores sacrales de la liturgia… Plinio discernió en ese magnífico conjunto todo cuanto de religioso y sobrenatural flotaba en el ambiente.

Su mirada se dirigió finalmente hacia la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, arquetipo divino de sus mayores anhelos, y comprendió que aquella atmósfera era un fiel y rico reflejo del propio Dios. En su alma brotó un acto de fe y de amor: «¡La Santa Iglesia Católica Apostólica Romana! Ella lo es todo y lo vale todo; ¡y nada será equiparable a sus mil y una perfecciones!».

Mientras pensaba en esto, miró a su madre y percibió cómo su alma era afín con todo aquel ambiente. Vio en ella un reflejo de la Santa Iglesia, lo que le hizo comprender y amar aún más a esta divina institución.

«Al prestar atención en la Salve, comprendí a mi madre por entero»

Sagrado Corazón de Jesús que pertenecía a Dña. Lucilia

Christianus alter Christus… Guardadas las infinitas proporciones que separan a la criatura del Creador y las inmensas distancias entre cualquier hombre y la Santísima Virgen, se podía ver en Dña. Lucilia una marcada semejanza con el Sagrado Corazón de Jesús y Nuestra Señora. Esta fue su mejor contribución para la formación de sus hijos; contribución, a decir verdad, subconsciente, pues su humildad le impediría hacer consideraciones de este género. Poco antes de su partida para el Cielo, el Dr. Plinio recordaba con enorme y cariñoso reconocimiento:

«Mi madres era una excelente consoladora. Cuando me acercaba a ella por alguna aflicción, o una situación sin salida, bastaba oírle decir un “hijo mío, ¿qué te pasa?” que la mitad del problema ya se deshacía. Frecuentemente, yo ya había batallado para encontrar una solución…

«Fijaba la mirada en ella y esperaba: “Quiero ver cómo se sale de ésta”.

«Me miraba pensativa, sin fruncir el ceño, con una calma enorme, y entonces me decía:

«—Bueno, vamos a arreglarlo así…

«Antes de saber siquiera qué haría, estaba seguro de que el caso se iba a resolver. Era un acto de bondad aquí, un acto de misericordia allí, un perdón allá, un consejo más adelante y una fina y completa solución, naturalmente con sacrificio para ella. ¡Yo salía superextasiado!

«El afecto de mi madre era envolvente y estable. A veces me despertaba por la noche y notaba su presencia al lado de mi cabecera, acariciándome y haciéndome señales de la cruz sobre la frente antes de irse a acostar. Era como un bálsamo perfumado y suavizante que me hacía un gran bien. Nunca disminuía ni un ápice, cualquiera que fuese el día, la hora, las circunstancias, las condiciones de salud. Sentía que podía contar con ella hasta el fin, hiciese lo que hiciese.

«Ella le daba mucho valor al hecho de que las personas la quisieran bien, pero si no la quisiesen su actitud era la misma. Nunca le guardaba ningún resentimiento a nadie.

«Me daba cuenta de que la fuente de su modo de ser radicaba en su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, por medio de la Santísima Virgen.

«Cuando Nuestra Señora me concedió la gracia de prestar atención, por primera vez, en la Salve, entonces comprendí a mi madre por entero, pues abrí los ojos a esa Madre toda celestial e indescriptiblemente más alta y más perfecta que ella. Así nació mi devoción a la Virgen Santísima».

Extraído, con pequeñas adaptaciones, de:
«Doña Lucilia»
. Città del Vaticano-Lima:
LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 187-191.

 

3 COMENTARIOS

  1. La Devocion al Sagrado Corazon de Jesus es excelente.En mi vida me ha traido paz y sosiego ante los acontecimientos ordinarios.La recomiendo efusivamente.
    Corazon de Jesus horno ardiente de caridad ten piedad y misericordia de nosotros!!!

  2. Que paz se siente leyendo este artículo.
    Que manera más dulce de transmitir la fé.
    Que sosiego y dulzura; se hace apetecible contemplar esas escenas de amor filial, para participar de esas mismas consolaciones.

  3. En mi familia siempre ha habido una fervorosa devoción al Sagrado Corazón, devoción transmitida de padres a hijos… Me ha llenado de paz este artículo y tomo como ejemplo la actitud de vida y la relación materno-filial de Dña. Lucilia para mi vida familiar. Siempre atenta, siempre dulce y con la mirada siempre en el Cielo… ¡Precioso!

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