Elevación a la vida divina

La gracia es un don gratuito, un regalo divino superior a todo el orden natural creado. Por ella somos elevados del plano meramente humano a la categoría de seres deificados.

Recuerdo la primera conversación sobre vida espiritual que tuve con el Dr. Plinio, en 1959, cuando aún era muy joven y le pedí un consejo que me ayudara a decidir qué carrera debía seguir.

El Dr. Plinio quedó en recibirme a las cinco de la tarde en su despacho de abogado. Cuando llegué, lo encontré sentado en un sillón del vestíbulo, conversando con dos señores. Nos saludamos y me invitó a esperar en la sala contigua.

Entré y comencé a acompañar desde cierta distancia la conversación, que versaba sobre un tema que en ese momento yo no conocía, pero que despertó mi atención: la gracia.

Un misterio revelado por el Hombre Dios

Discutían si la gracia puede o no estar en objetos puramente materiales, como, por ejemplo, un ambiente como la Sainte Chapelle, o si está hecha sólo para el hombre y el ángel, es decir, para los seres inteligentes. Y el Dr. Plinio planteaba una serie de cuestiones: «¿Qué significa participar de la naturaleza divina? ¿Cómo se da esa participación?». Hasta que uno de sus interlocutores exclamó: «Plinio, así no se puede… ¡Quieres desentrañar todos los misterios que existen!». Él, sin embargo, respondió: «No, quiero llevar mi conocimiento hasta donde la inteligencia humana pueda comprender!».

Cuando se es joven, los hechos dejan una huella profunda, y recuerdo haber pensado: «Algún día estudiaré ese asunto, porque parece interesantísimo». En efecto, el episodio me abrió los horizontes para explorar más adelante un tema tan maravilloso y fundamental, hasta el punto de que mucho más tarde, en 1990, el Dr. Plinio mantuvo varias conversaciones conmigo para profundizar al respecto.

La gracia es un misterio inaccesible que, si no hubiera sido revelado por Nuestro Señor Jesucristo, nadie sería capaz de escudriñar

«Participar de la naturaleza divina»: este punto giró por su mente toda su vida. Tenía fe, pero quería obtener una respuesta exacta, porque deseaba hacer exposiciones e incluso impartir un curso sobre una materia tan central —que nunca había tenido oportunidad de estudiar en profundidad por falta de tiempo—, pues sabía que haría bien a las almas.

Ahora bien, la gracia es un misterio completamente inaccesible que, si no hubiera sido revelado por Nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento, nadie sería capaz de escudriñar. E incluso después de revelado, aún se cierne sobre él cierta sombra que no logramos penetrar: «¿Soy hijo de Dios?…».

Mientras estamos en esta tierra, es importante, por tanto, preocuparnos por los grandes horizontes del mundo sobrenatural y tratar de recorrer las explicitudes que nos ofrece la buena teología, hasta el límite al que ha llegado.

Monseñor João en junio de 2005

A cada naturaleza le corresponden fuerzas proporcionales…

El cristiano está acostumbrado al nombre de «hijo de Dios», y sería casi una ofensa negarle este título. Pero, en realidad, el hecho de ser producido por alguien no confiere el derecho de filiación. Un relojero que fabrica un reloj o un carpintero que hace muebles no pueden llamar «hijo» a las obras de sus manos. Para ser hijo, es necesario que el padre transmita, por vía de generación natural, su propia vida y naturaleza. Las crías de león son leones, y los hijos de los hombres son hombres.

Sabemos que en el orden de la naturaleza existen los minerales, los vegetales, los animales, los hombres y los ángeles; y en un nivel superior se encuentra el plano sobrenatural de la gracia y, después, la unión hipostática. No obstante, por encima de todo lo creado está la naturaleza divina, que se define por la capacidad que Dios tiene de entenderse a sí mismo tal como es y de amarse en virtud de su deidad.

La naturaleza mineral se caracteriza por la perennidad; sin embargo, es inanimada. La vegetal ya posee un principio vital y cierto movimiento en busca del sol, el agua y los nutrientes. La naturaleza animal presenta un grado más de vida, ya que se define por la sensibilidad. La naturaleza humana, por su parte, tiene el uso de la razón y de la voluntad. Y la naturaleza angélica, dotada de gran inteligencia y un poder superior al de los hombres, se distingue por ser puramente espiritual.

En consecuencia, las fuerzas de un ser son proporcionales a la naturaleza que posee. ¿Cómo podríamos pedirle a un animal que resolviera un problema filosófico? Sería absurdo, pues jamás tendría capacidad para hacerlo. Del mismo modo, las fuerzas de un hombre o un ángel nunca serán divinas, sino siempre puramente humanas o angélicas.

… y una recompensa equivalente

Asimismo, la recompensa que se puede obtener debe ser proporcional a las fuerzas que la merecieron. No tendría sentido premiar con una condecoración intelectual los esfuerzos físicos de transporte de peso realizados por un elefante, ya que el animal no podría beneficiarse de ella, pues su naturaleza no se lo permite.

De la misma manera, el galardón que el hombre pueda llegar a conseguir por sus acciones naturales, aunque cumpla con celo y heroísmo todos los mandamientos o atraviese los mayores tormentos y sacrificios, nunca será una recompensa divina ni tendrá absolutamente valor para la vida eterna,1 porque su mera naturaleza es incapaz de merecer nada en el orden sobrenatural.

El Cielo consiste, ante todo, en ver a Dios cara a cara; y ningún ser creado, ni siquiera un ángel en su más plena potencia, tendría jamás la posibilidad de conocerlo y de gozar de su visión, a no ser que se le concediera un don sobrenatural.

Sólo la gracia santificante nos eleva a esa felicidad que Dios se habría reservado para sí, pero que quiso extender a las criaturas racionales.

Se cuenta el hecho histórico de que Miguel Ángel, cuando terminó la famosa escultura de Moisés, quedó tan embelesado con su obra que dio un martillazo en una de las rodillas de la estatua, diciendo: Parla! Perché non parli? —¡Habla! ¿Por qué no hablas? El genio del Renacimiento, considerado uno de los artistas más grandes de la historia, no pudo transferir su naturaleza humana al mármol que había esculpido.

No obstante, Dios se entusiasmó, mucho más que Miguel Ángel, con la imagen que Él hizo de sí mismo y amó al hombre sin medida. Por lo tanto, no se contentó con dejarlo en la condición de mera figura y quiso transmitirle su propia naturaleza divina.

¿Qué es la gracia santificante?

¿Cómo puede Él divinizarnos? Por la gracia santificante, un don creado que, al penetrar en el alma, la eleva a la categoría divina, pues santifica esencialmente a quienes la reciben.

Sumadas todas las criaturas juntas: piedras preciosas, astros, animales, hombres, ángeles, nada son comparadas con una «gota» de gracia

No hubo un momento en que Adán y Eva, salidos de las manos de Dios, permanecieran como simples criaturas y fuera del estado de gracia. Según la doctrina católica, cuando Dios sopló sobre el muñeco de barro, ya le infundió las dos vidas, la natural y la sobrenatural. Y lo mismo hizo cuando constituyó a Eva de la costilla de Adán. Sin embargo, ambos pecaron y fue necesario que Cristo, nuestro Señor, naciera en el pesebre de Belén y obrara la Redención, restableciendo la vida sobrenatural a través de los sacramentos.

La gracia es un don gratuito, un regalo divino superior a todo el orden natural creado. Si sumamos los topacios y demás piedras preciosas, los astros, las águilas y tantos otros hermosos animales, los hombres y los ángeles, todas estas criaturas juntas no son nada comparadas con una «gota» de gracia.

Así dice Santo Tomás: «El don de la gracia sobrepasa todas las facultades de la naturaleza creada, porque es una participación de la naturaleza divina, y ésta pertenece a un orden superior al de toda otra naturaleza».2

¿Hierro o fuego?

Para explicar la manera cómo se produce esa participación, el Doctor Angélico ofrece un ejemplo muy convincente: si tomamos una barra de hierro a temperatura ambiente y la colocamos durante cierto tiempo en una fragua, al retirarla sale incandescente e incluso en llamas, hasta el punto de que no se puede palpar el hierro con las manos porque se quemarían como si tocaran directamente el fuego. ¿Qué ocurrió? El fuego transmitió su calor al hierro y éste, sin dejar de ser metal, adquirió todas las propiedades del fuego.

Así como el hierro adquiere las propiedades del fuego al ser colocado en la fragua, también el alma se diviniza al recibir la gracia

Algo análogo sucede con el alma cuando recibe la gracia: sigue siendo enteramente humana, pero se le añade una cualidad divina, que le da una participación real, auténtica y verdadera en la naturaleza misma de Dios; lo que significa tener la posibilidad de verlo como Él se ve, de amarlo como Él se ama y de gozar de Él como Él goza de sí mismo. A través de ese «rayo» de la gracia, el Señor nos eleva de plano, de modo que ya no somos meras criaturas, sino que pasamos a la categoría de seres deificados.

Scheeben, gran teólogo alemán del siglo xix, resume así esta verdad: la «naturaleza divina, por el infinito poder de su caridad, atrae a la nuestra, la adopta en su seno por la gracia, sumergiéndola como se sumerge el hierro en el horno. De esta suerte, pertenecemos a la raza de Dios, como la palmera al reino vegetal y el león al animal».3

Así como, al mirar un árbol, comprendemos de inmediato que forma parte de la naturaleza vegetal o, al ver pasar un perrito, sabemos que pertenece al reino animal, cuando contemplamos a alguien cuya alma está en gracia —como, por ejemplo, un niño recién bautizado—, deberíamos decir: «¡He aquí un santo! Éste es divino, pertenece al Reino de Dios».

Hijo de Dios…

¿Cuáles son sus consecuencias? Sin duda, el efecto principal de la gracia consiste en conferir la participación en la naturaleza de Dios. Pero de ella se derivan otras riquezas de grandísima importancia. Si, como hemos comentado antes, hijo es aquel que recibe la misma naturaleza del padre, aquellos que poseen la gracia ya pueden decir: «Somos hijos de Dios» (1 Jn 3, 2).

Esta filiación divina por medio de la gracia no debe confundirse con la filiación natural del Verbo en el seno del Padre, pues sólo Nuestro Señor Jesucristo es engendrado por naturaleza, tal como rezamos en el credo al llamarlo Hijo unigénito. Nosotros, en cambio, somos hijos por adopción.

No obstante, el término hijo adoptivo puede dar la impresión de que se trate de una simple adopción legal, cuyo valor es comparable al de aquella formalizada mediante un documento en el registro civil. El hecho de que un niño alemán sea adoptado por padres chinos no significa que adquirirá los rasgos y la mentalidad chinos. El niño crecerá alemán y siempre lo seguirá siendo en el seno de esa familia china.

Con la gracia ocurre algo mucho más efectivo: desde el momento en que penetra en el alma, hace que ésta adopte la forma de Dios. Y por eso la teología enseña que es una participación física y formal en la vida divina. La gracia no es una vestidura colocada sobre nuestro cuerpo, sino una cualidad que nos reviste por dentro y nos transforma.

Los teólogos buscan ilustrar este misterio utilizando la siguiente imagen: consiste en una adopción tan profunda e intrínseca que sería más o menos como si le sacaran toda la sangre al niño y le inyectaran en sus venas la sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

… y sus herederos

Otra consecuencia necesaria de nuestra filiación divina adoptiva es que nos convertimos en herederos de Dios, como escribe San Pablo en su carta a los romanos (cf. Rom 8, 17).

Detalle de «La Coronación de la Virgen», de Fra Angélico – Galería Uffizi, Florencia (Italia)

Volviendo a la metáfora del matrimonio chino, supongamos que, además del alemancito adoptado, tuvieran diez hijos. Al fallecer los padres, sus bienes se dividirían entre los once, quedando una porción pequeña e igual para cada uno. Tal es el reparto de la herencia entre hermanos meramente humanos o legales.

La herencia divina se distribuye de manera muy diferente: como Dios no muere, y lo que tiene para darnos es infinito, poseeremos con Él una herencia tan rica que, pese al inmenso número de sus hijos, nunca sufrirá ninguna disminución, pues se trata de la misma recompensa que Dios se reserva para sí desde toda la eternidad: verlo como Él se ve y amarlo como Él se ama.

Por lo tanto, cruzado el umbral de la muerte, poco después del juicio veremos al Señor cara a cara y gozaremos de la felicidad absoluta de estar con Dios y en Dios, como Él tiene la felicidad de estar en sí y de ser quien es.

Alcanzaremos entonces la consumación del estado de gracia, porque la gracia y la gloria son sustancialmente la misma vida, tan sólo con una diferencia de grado: la primera en estado de semilla —incoativo, como lo denomina la teología— y la segunda en plenitud, así como un niño es un adulto en germen. En este sentido, afirma Santo Tomás: «La gracia no es otra cosa que un anticipo de la gloria en nosotros».4

Además, todas nuestras apetencias se verán atendidas; todo aquello que deseamos y anhelamos será satisfecho.

Hermanos de Jesucristo

Existen todavía muchos otros efectos de la gracia santificante, como darnos la vida sobrenatural, hacernos justos y agradables a Dios, conferirnos la capacidad de mérito sobrenatural, unirnos íntimamente a Dios y hacernos templos vivos de la Santísima Trinidad. Pero hay uno al que San Pablo alude varias veces en sus epístolas (cf. Rom 8, 17.29; Heb 2, 11) y que bastaría para volvernos locos de amor: ¡somos hermanos de Nuestro Señor Jesucristo!

La gracia santificante nos une íntimamente a Dios, haciéndonos templos vivos de la Santísima Trinidad y hermanos de Cristo

Imaginemos que alguien nos presentara a un príncipe de gran elegancia y encanto. Seguramente nos quedaríamos impresionados y lo saludaríamos con mucha deferencia. Sin embargo, a nosotros se nos da mucho más, pues nos relacionamos como hermanos de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Cómo deberíamos querernos y estar dispuestos a hacer todo por los demás!

Esto sería suficiente para que cada uno de nosotros, al encontrarse con otro y saber que, por la misericordia de Dios, se mantiene en estado de gracia, lo tratara con profundo respeto e hiciera una genuflexión ante él por estar allí la vida divina. Amémonos, por tanto, unos a otros, de corazón y con ardor (cf. 1 Pe 1, 22). 

Fragmentos de exposiciones orales
pronunciadas entre 1993 y 2006.

 

Notas


1 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I-II, q. 114, a. 2.

2 Idem, q. 112, a. 1.

3 Scheeben, Matthias Joseph. Las maravillas de la gracia divina. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1945, l. i, c. v, [s. p].

4 Santo Tomás de Aquino, op. cit., II-II, q. 24, a. 3, ad 2.

 

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