El Renacimiento – El pasado tiene novedades

En pleno siglo xxi estamos viviendo una revolución cultural que comenzó hace más de quinientos años.

Hay dos maneras de entender el presente: como pasado del futuro y como futuro del pasado. Y no piense, querido lector, que esta introducción es un mero juego de palabras. Es un hecho indiscutible —casi un lugar común— que los siglos precedentes nos prepararon y que, según la misma regla, los hijos que engendramos son el futuro en nuestras manos.

Por eso la historia siempre ha sido considerada como un espejo: mirándola nos encontramos y, desde ahora, vislumbramos el porvenir. Dirijamos entonces nuestra atención al tortuoso camino de los milenios, a fin de desentrañar la senda por la cual hemos llegado a la situación actual. Es más, para discernir si debemos continuar por ella…

Antiguas novedades

Renacimiento. Uno de los últimos grandes giros de la Historia que alteró el rumbo de la humanidad. No de una forma brusca, por supuesto, sino lenta, inexorable y… completamente. «Basta con pronunciar las sílabas de esa palabra para que nos vengan a la mente imágenes múltiples, contrastantes, pero todas igualmente dotadas de un brillo singular».1

Tras la transición del mundo pagano al cristiano, el período de cambio más radical que hubo en la historia fue aquel en el que la Edad Media se transformó en la Modernidad. Y entre los factores más poderosos de esta mutación se encuentra, sin duda, el Renacimiento.

Esta etapa histórica, que en sentido amplio podemos situarla entre principios del siglo xiv y mediados del siglo xvi en el Occidente cristiano, se considera cuna y vivero de innumerables inventos y descubrimientos. No obstante, exageraríamos si sólo a eso le atribuyéramos el cambio moral, psicológico y sobre todo religioso que allí se observó.

De hecho, no son las novedades las que mejor la retratan, sino la sorda rebelión contra su tiempo y el declarado regreso a patrones de épocas muertas. Como su propio nombre indica, este período no fue de nacimiento, sino de renacimiento. Y sus principales exponentes presentaron sus invenciones como redescubrimientos, «como un retorno a las tradiciones de la Antigüedad después del largo paréntesis de lo que fueron los primeros en llamar la Edad “Media”».2

No son las novedades las que mejor retratan al Renacimiento, sino la sorda rebelión contra su tiempo y el declarado retorno a patrones de épocas muertas
Diosa Atenea – Museos Vaticanos; de fondo, ruinas del Templo de Erecteion, Atenas

Desenterrando a los muertos

El mal de esa transformación no estaba en el progreso que traería, ya sea en el arte, en la filosofía o en la ciencia. Es obvio que no. El problema no era lo que introducía, sino el espíritu con el que lo hacía, como veremos más adelante.

Así, al mismo tiempo que este cambio de mentalidad reintroducía a Roma y a Grecia en la civilización europea, expulsaba a la cristiandad, que por entonces reinaba en su apogeo. En una conferencia pronunciada en la década de 1960, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira3 hace un certero análisis al respecto, cuyas ideas principales transcribimos a continuación.

Como una enfermedad, con síntomas aparentemente menos graves que los de las tres Revoluciones que la acompañaron,4 abrió una primera y profunda grieta en el mundo medieval, por donde penetraron los gérmenes de destrucción que obraron todo lo demás, desde el protestantismo hasta el comunismo, llegando al caos global del siglo xxi. En la elegancia de las resucitadas columnas jónicas, en la alegría del contrapunto que empezó a inundar las partituras europeas, en la perfección de las representaciones humanas sobre lienzos, paredes y mármoles, estaba la semilla de todo el horror moral que se siguió.

Sin embargo, lo difícil sería introducir ese tipo de horror en el alma medieval, siempre ávida de lo maravilloso. El Renacimiento se presentó, pues, con ropajes tentadores para hombres sedientos de belleza: sería una amplia revolución hecha en nombre del arte. Y no cualquier arte, sino aquel que había quedado sepultado bajo las ruinas de la Roma imperial, la única cultura —siempre según los renacentistas— capaz de satisfacer los anhelos del alma humana. Las otras culturas que crecían al pie de este frondoso árbol no serían más que «dialectos», meros arbustos subdesarrollados. Había llegado el momento de resucitar esta cultura muerta e «inmortal».

He aquí un proceso averso a la naturaleza: desenterrar un cadáver en vez de generar el conjunto de conceptos, saberes y sabores que constituyen la cultura y la mentalidad de una civilización. La cultura nace de las convicciones y de las condiciones en que vive un pueblo determinado; de circunstancias históricas, por lo tanto. Recuperar una cultura ajena —hasta el punto de considerarla como la única válida— es absurdo. Y sobre este absurdo se construyó el Renacimiento.

Y el sepulcro se convirtió en cuna

Levantar un edificio sobre tan débiles cimientos habría sido imposible si no se hubiera encontrado un terreno muy favorable. E Italia era por entonces un terreno bien preparado.

En efecto, mientras todo Occidente era aún escenario de la lenta agonía de la civilización medieval, en una Florencia en ebullición artística, en una Venecia enriquecida y mercantil, y en una Roma recientemente desocupada por el Papa —trasladado a Aviñón y a las preocupaciones del cisma que se siguió5—, ya se estaba produciendo una visceral e irreversible transformación.

Poco a poco, emergía en la península itálica un nuevo estado de espíritu: el pensamiento tendía a la disipación, a la investigación de lo meramente natural, a la sublevación contra el dogma y la fe; la voluntad, irritada por las dependencias morales que se le imponían, sacudía las disciplinas básicas; el sentido mismo de la vida parecía presto de ser abiertamente cuestionado.

Tres hombres-símbolo

Las principales figuras del Humanismo, que florecieron en esa primavera de genios pacientemente engendrados por las universidades católicas del Medievo, encarnarían la antigua pero retocada mentalidad.

Francisco Petrarca, considerado el padre de ese período histórico, a pesar de haber recibido las órdenes sagradas, cultivaba, a la par de los versos virgilianos, una jungla de orgullo y vanidad. Juzgó a las ciencias de su tiempo y las impugnó todas: filosofía, teología, medicina, derecho… Para él, las universidades eran «nidos de pedante ignorancia». Al fin y al cabo, aún no había llegado el redentor del conocimiento humano, el «nuevo Sócrates», como él mismo se consideraba. Tamaña autoestima no le impedía, empero, envidiar la gloria de Dante, que le eclipsaría su esplendor de entre la posteridad. De hecho, Petrarca confesó que «el anhelo de la inmortalidad del nombre era una tan grave enfermedad, que no podía librarse de ella».6

Para Miguel Ángel, «el cuerpo del hombre es el único medio de decoración, así como de representación», y quería, en la ilustración de las bóvedas, «la exhibición constante del cuerpo humano como la más alta personificación de energía, de vitalidad y de vida».7 Sus obras expresan los lamentables horizontes de aquellos espíritus intemperantes y libertinos que se convirtieron en «los legítimos precursores del hombre codicioso, sensual, laico y pragmático de nuestros días».8 No es casualidad que su Pietà, a pesar de la maestría de sus trazos, inspire tan poca piedad y que el techo de la Capilla Sixtina haga que los ojos de las almas castas bajen en lugar de elevarlos al Cielo.

Otro gran icono: Leonardo Da Vinci. En 1476, cuando tenía 24 años, fue arrestado en Florencia por el libertinaje de sus costumbres. El pudor y el respeto que tenemos por nuestros lectores nos obligan a omitir los detalles.9 Con él, el arte ya no estaría al servicio de lo invisible, sino que sería antropocéntrico y naturalista. Las proporciones humanas, esbozadas en su Hombre de Vitruvio, se convertirían en las medidas de la belleza y de la nueva civilización: el hombre, no Dios.

Figuras destacadas del Humanismo encarnarían la «nueva» mentalidad, naturalista y antropocéntrica
Francisco Petrarca – Galería Municipal de Lecco (Italia); Leonardo da Vinci – Museo de los Pueblos Antiguos, Lucania (Italia); Miguel Ángel -Galería Hans, Hamburgo (Alemania)

Los motores de la revolución

La primera característica del renacentista, como bien observa el Dr. Plinio,10 es una especie de saturación de la vida medieval. La Edad Media tuvo como ideal una existencia equilibrada, ordenada y orientada hacia sus fines últimos; para resumirlo todo en cinco letras, santa. Y su declive vio surgir una sed insaciable de gozo: «El apetito por los placeres terrenales se va transformando en ansia».11 ¿Qué hay de malo en esta tendencia? Ante todo, que el hombre, fascinado por ella, olvida su finalidad, sus deberes, la idea de un Dios, de un Cielo, de un Infierno. Y eso fue lo que ocurrió.

Con el crepúsculo de la austeridad medieval, emergerían entonces en la oscuridad, sin mostrar su hediondez, los ideales del paganismo que impulsarían todo el proceso revolucionario que estaba naciendo: el orgullo y la sensualidad. Esta última quedó bien perfilada, creemos, cuando hemos descrito más arriba algunos corifeos del Renacimiento. En cuanto al orgullo, era éste el rey de la fiesta: «Una nota característica de aquellos humanistas fue la extraordinaria vanidad y ambición de gloria; que les hacía imaginarse superiores al género humano».12

Un conflicto en la conciencia

¿Qué ocurrió entonces? La lucha de la luz contra las tinieblas, del amanecer contra la noche en el firmamento de las almas. La Roma de Cristo y la Roma de Júpiter se batían en un duelo a muerte en la conciencia de los hombres. César disputaba a Dios el imperio de los corazones. En cada arena, en la lucha que se libraba en cada individuo, el desenlace fue diferente. En el contexto general de la guerra, no obstante, podemos distinguir tres resultados.

Primero: el triunfo total, aunque gradual, del paganismo sobre la tradición cristiana en aquellos donde la cultura clásica actuó como corrosivo; el mero contacto causó un daño tremendo. Surgieron los primeros grandes ateos y sus diluciones: materialistas y agnósticos.

En segundo lugar: la victoria —tan a menudo parcial— de la Iglesia sobre el Panteón. Se trata de los que reaccionaron contra este ideal pagano, muchos de ellos de forma insuficiente, quizá incluso inconsciente. Todos los santos lucharon en este ejército. También un Felipe II de España, un Sebastián de Portugal, un Scanderbeg de Albania fueron almas medievales en pleno apogeo renacentista.

Entre estas dos pequeñas corrientes antagónicas —como una gran frase entre dos finos paréntesis— se encuentran la mayoría de los campos de batalla. Misteriosamente, tal vez por falta de profundidad, de coherencia o de sinceridad hacia sí mismos, se produjo un armisticio en ellos. Ninguno de los bandos fue derrotado y uno salió vencedor. Sí: el invasor ostenta la victoria cuando no es expulsado. Estos hombres —porque son el terreno del enfrentamiento— acumularon ambas influencias, manteniéndose más o menos cristianos y más o menos neopaganos. Mitad tierra, mitad agua: fango.

La Edad Media tuvo por ideal la existencia equilibrada, ordenada, orientada hacia su fin último. Y su declive vio surgir la sed insaciable de placer, el olvido de un Dios, un Cielo, un Infierno
De izquierda a derecha: Catedral de Notre Dame, París; Beau Dieu de la misma catedral; Coronación de Luis VIII y Blanca de Castilla, «Grandes Chroniques de France» – Biblioteca Nacional de Francia, París. De fondo, interior de la Sainte-Chapelle, París

El arte parece haber concretado este tercer grupo de almas: el Moisés de Miguel Ángel se parece más a un Júpiter capitolino, las basílicas se convirtieron en templos grecorromanos en donde se celebraba misa, algunos Kyries cantados en ellas recordaban las melodías de las antiguas bacanales.

Ayer y hoy, los mismos problemas

Y nosotros, al asistir a tales duelos de un tiempo que no es el nuestro, ¿nos quedaremos como los espectadores del Coliseo, limitándonos a sonreír, ante el vaivén de los golpes? Nuestra posición frente a esta guerra —lamento decírselo, querido lector, si esto le molesta— no es la de asistentes, sino la de combatientes. No nos caben ni aplausos, ni abucheos, ni gradas. A nosotros las armas, a nosotros la arena.

Sí, porque ese combate entre la catedral y el templo helénico se perpetúa desde hace siglos. Y lo mismo que ocurría antes vuelve a pasar ahora con nuevos ropajes. Permítanos, lector, que lo razonemos, basándonos en explicaciones del Dr. Plinio.13

El mundo moderno viene siendo trabajado a fondo por fermentos visceralmente anticatólicos. No entendemos —y esperamos que el lector tampoco lo entienda así— por «mundo moderno» el conjunto de desarrollos materiales introducidos a lo largo de las últimas décadas y la sorprendente recopilación de conocimientos adquiridos en todas las áreas. Nos referimos más bien a un cierto espíritu, a una cierta mentalidad neopagana dispuesta a aceptar todo lo que es opuesto a la religión, simplemente por placer terrenal, olvidando que la vida no termina aquí en la tierra y que seremos juzgados por Dios según nuestra adhesión, odio o indiferencia hacia Él.

A la vista de esta influencia fundamentalmente anticristiana —por no decir diabólica—, se dan los mismos tres escenarios. Hay católicos que pagan de tal modo su tributo de admiración a todo lo que el mundo ofrece de pecaminoso que venden, por un supremo impuesto, su propia alma. En el lado opuesto, encontramos a los fieles que, como reacción a la impiedad hodierna para seguir siendo católicos, se convierten en cruzados. Luego están las siempre numerosas actitudes intermedias, de los que pretenden conciliar lo irreconciliable, el espíritu de la Iglesia con el de Satanás.

¡Qué triste situación la de estos últimos! Al tener dos señores, viven entre dos temores. Por una parte, existe en ellos cierto recelo de abandonar la religión; rezan cuando se acuerdan, consideran sagrada la misa del domingo…, siempre que no les cueste demasiado. En el fondo, querrían ser mejores. Sienten incluso la inclinación a seguir el ejemplo de los santos, su entrega total, su amor. Pero el mundo… He aquí otro gran miedo: el respeto humano a ser diferente, a ser luz en la noche, a ser el único que vive en un campo de muertos. Y por eso condescienden con el espíritu moderno, simpatizan, se dejan imbuir, se dejan… matar.

Ahora bien, un católico sólo lo es de hecho cuando pertenece a la Iglesia sin mezcla ni heterogeneidad de nada ajeno a ella. Un católico sólo puede ser enteramente católico. Un católico a medias sería como una virginidad a medias, como un vaso de agua con tan sólo unas gotas de veneno. Un católico dividido, que obedece a dos señores, teme a ambos y no ama a ninguno. Teme a Jesucristo, su Juez; no ama a Jesucristo, su Redentor.

Como consecuencia, el paganismo triunfó sobre la tradición cristiana en aquellos en los que la cultura clásica actuó como un corrosivo. Y el combate entre la catedral y el templo helénico se perpetuó por los siglos
De izquierda a derecha: «El Precursor», de Eleanor Fortescue – Lady Lever Art Gallery, Merseyside (Inglaterra); «Moisés», de Miguel Ángel – Basílica de San Pedro in Vincoli, Roma; Templo de Bramante, Roma. De fondo, la basílica de San Lorenzo, Florencia (Italia)

El dilema

¡Quién nos iba a decir que el Renacimiento nos enseñaría tanto!… El pasado tiene sus novedades. Para muchos, hasta un susto.

El Humanismo aparentaba ser un simple paso en la cultura. Su alcance, sin embargo, sobrepasa el ámbito del arte, de la política, del pensamiento y de los siglos, tocando lo más hondo de las almas hasta nuestros días. El dilema planteado por la resurrección de la Antigüedad clásica sigue en pie: ¿neopaganismo o Iglesia Católica?

El hecho, no obstante, es que a menudo la respuesta formulada consiste en una tercera vía, utópica y peor: el paganismo y la Iglesia Católica. ¡Qué triste!

En realidad, el Renacimiento no está tan muerto como suelen decir… ◊

 

Notas


1 Daniel-Rops, Henri. História da Igreja de Cristo. A Igreja da Renascença e da Reforma (I). São Paulo: Quadrante, 1996, t. iv, p. 171.

2 Burke, Peter. El Renacimiento europeo. Centros y periferias. Barcelona: Crítica, 2000, p. 12.

3 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 15/9/1966.

4 La seudorreforma protestante, la Revolución francesa y el comunismo. Para comprensión y profundización de estas revoluciones y del proceso histórico que las une, véase: Corrêa de Oliveira, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 9.ª ed. São Paulo: Arautos do Evangelho, 2024, pp. 35-43.

5 Cf. Weiss, Juan Bautista. Historia Universal. Barcelona: La Educación, 1929, t. viii, p. 128.

6 Idem, p. 134.

7 Durant, Will. História da civilização. A Renascença. 2.ª ed. Rio de Janeiro: Record, 1953, t. v, p. 384.

8 Corrêa de Oliveira, Revolução e Contra-Revolução, op. cit., p. 38.

9 Cf. Durant, op. cit., p. 163.

10 Corrêa de Oliveira, Conferencia, op. cit.

11 Corrêa de Oliveira, Revolução e Contra-Revolução, op. cit., p. 36.

12 Weiss, op. cit., p. 129.

13 Corrêa de Oliveira, Conferencia, op. cit.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados