Nuestra meta era descubrir lejanas tierras. Debíamos, para ello, valernos de todos los medios. Y si el capitán no estaba a la altura de tan gloriosa misión, no había otro camino que la desobediencia…

 

«Era el 6 de mayo de 1503. El agua estaba muy fría esa noche. Inesperadamente, en contra de las predicciones meteorológicas, nuestro barco se vio envuelto en una tormenta horrible. Sacudidos por violentas olas, cada uno de nosotros se tuvo que agarrar donde pudo. Mis fuerzas y esperanzas casi se extinguían y de repente sentí que alguien me sujetaba y tiraba hacia sí. ¿Quién sería?…».

Con la mano temblorosa, compungido y vencido por un torbellino de sentimientos, Alfonso dejó caer su pluma… Se hallaba redactando la crónica de lo que sucedió en la nao «Virgen de la Santa Esperanza», la primera que intentó cruzar uno de los más temidos confines de su siglo: el cabo de las Tormentas.

Tras un profundo suspiro, el curtido marinero continuó escribiendo:

«¿Quién era esa persona? Una hermosa mujer, de aspecto majestuoso y, al mismo tiempo, acogedor. En aquel momento ¡me había salvado la vida! En cuanto al resto, fuimos duramente castigados. No quedaron más que destrozos de nuestro barco y algunos hombres que flotaban al capricho del mar».

Con esas breves líneas, Alfonso procuraba condensar los dolores y desventuras sufridos durante aquel terrible episodio. Pero después de leer lo que había redactado exclamó: «¡Ah! Nadie va a entender lo que acabo de contar. Para que no haya confusión he de narrarlo desde el principio». Y, cogiendo una nueva hoja, reinició su relato:

«Todo empezó cuando el timonel Guimarães, disgustado con las órdenes del comandante del navío, propuso que navegáramos en otra dirección. Ese capitán… ¡venga ya! ¡Ni sabe lo que manda! De esa manera nunca logremos atravesar el cabo de las Tormentas. Entonces varios marineros experimentados y yo nos pusimos a debatir sobre cuál sería la mejor ruta.

«Al vernos reunidos alrededor de un mapa, con lápiz, regla y compás en mano, el capitán nos dijo: “Si os rebeláis contra mis órdenes, podéis dar al barco por perdido”. Pero no le hicimos caso, porque nuestra meta era descubrir tierras lejanas. Para ello teníamos que valernos de todos los medios al alcance y si el comandante no estaba a la altura de tan gloriosa misión, no había más remedio que la desobediencia.

«Alteramos el rumbo de acuerdo con los cálculos que habíamos hecho, aunque en lugar de acercarnos a nuestro destino, éste parecía estar cada vez más lejos… Al anochecer, el mar cambió de aspecto. Terribles olas golpeaban el casco a cada segundo y nuestros hombres ya no tenían fuerzas para poner en marcha las bombas. El barco amenazaba con inundarse.

«Sintiendo la gravedad del peligro, muchos fueron a confesarse con el capellán, mientras que otros —tal vez demasiado ocupados con sus quehaceres— se obstinaba en olvidarse de Dios incluso en ese momento postrero.

«No veíamos balas de cañones ni sentíamos el olor de la pólvora, pero algo mucho más destructivo que la presencia de un enemigo externo hacía estragos entre nosotros: la desunión. Cuando partimos de Lisboa nos sentíamos un grupo de grandes héroes, unidos en el deseo de conquistar nuevas tierras para María y clavar en ellas la cruz de Cristo. Pero ya no nos acordábamos de eso… Cada cual quería imponer su opinión sobre los otros y eso nos desviaba aún más de la anhelada meta.

«A cierta altura, ya no podía ver al capitán. Parecía estar tan lejos…»

«A medianoche el mástil se cayó y nuestra embarcación, tan bella y hermosa, empezó a deshacerse paulatinamente. Al mirar a mi alrededor, vi al capitán apoyado en la baranda del puesto de mando, con los ojos bañados en lágrimas. En ese momento, me sentí apenado interiormente. Todo lo que estaba ocurriendo era un castigo por nuestra culpa. Nuestra revuelta había generado la desunión y, en consecuencia, el naufragio del barco…

«Unos pocos lograron subirse a los pequeños botes salvavidas. De los que cayeron al agua, los más ágiles se agarraron a pedazos de palos y tablas de madera para conseguir flotar. Otros, como yo, fuimos arrastrados por la fuerza de las olas.

«A cierta altura, ya no podía ver al capitán. Perdido en la inmensidad azul que me envolvía, sentía que era mi deber pedirle perdón. Sabía que Dios moraba en el corazón de aquel hombre, pues su mirada —en los días que navegábamos— brillaba como un cielo estrellado, guiándonos a través de las olas, de los peligros e incertidumbres.

«Pero ahora parecía estar tan lejos. No sólo mi capitán, sino también el perdón de Dios. Interiormente, pedí un milagro. Me faltaba el aliento y estaba a punto de ahogarme en ese mar embravecido… Mis esperanzas casi se extinguieron.

«De pronto, una mano me agarró y me tiró hacia sí. Poco a poco pude distinguir la fisonomía de mi bienhechora: era más bella que la luna y más rutilante que el sol. ¡Pobres lirios comparados con su hermosura y pureza! ¡Pobres estrellas delante de su mirada!».

Alfonso dejó caer nuevamente la pluma y empezó a llorar copiosamente. Después de unos momentos de meditación exclamó, mirando una imagen de la Virgen que lo había salvado:

—Ahora sí comprendo, Madre mía, la razón para escribir estas líneas. Habrá, ciertamente, otras muchas almas que pasarán por sufrimientos como el mío. A ellas le debo enseñar que, en los momentos de peligro e incertidumbre, nunca se debe apartar la mirada de los ojos del capitán, so pena de que surjan peleas, desunión, malentendidos…

A continuación, Alfonso retomó la pluma, la sumergió en la tinta y continuó escribiendo:

«Cuando desperté, me encontraba en Portugal nuevamente. Entonces la hermosa Señora, poniendo su suavísima mano en mi frente, me dijo: “No temas, Alfonso, pequeñito aún en el camino de la cruz, soy la Madre de la Esperanza. Tu pedido de perdón subió hasta el trono del Altísimo y Él se compadeció de ti. Fui a salvarte de la ira de las aguas que estaban a punto de devorarte. Sabe que nada deben temer aquellos que luchan por Dios, pues Él los protegerá con su diestra”.

«No vi nunca más a esa Señora de Luz… Pero una certeza conservo en mi alma hasta hoy: en la hora de los peligros más graves, nunca debe desesperar quien hace una sincera petición de perdón. Nuestras desobediencias, miserias y pecados, e incluso nuestras infidelidades al amor de Dios no deben debilitarnos. Confiemos siempre en María Santísima, bella y poderosísima Señora, porque es capaz de salvarnos en medio de las peores tempestades».

 

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