La majestad de Cristo sobre las nubes viniendo para juzgar a la tierra, así como la esplendorosa grandeza del fin del mundo, disipa de nuestros espíritus las vivencias mundanas, desvelando en su fulgor la verdadera meta de nuestra vida: la eternidad.

 

Evangelio del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 24 «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, 25 las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. 26 Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; 27 enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. 28 Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 29 pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que Él está cerca, a la puerta. 30 En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del Cielo ni el Hijo, sólo el Padre» (Mc 13, 24-32).

I – La grandeza de la Historia contemplada en función del fin

Cuando la vida humana llega a su fin, se reviste de una gravedad especial, por muy banal que haya sido en las apariencias. La muerte —al menos en otras épocas así sucedía— realiza el papel de lente correctora, mostrando en su verdadera magnitud el valor de la existencia de cada persona ante Dios y ante sus semejantes. En este sentido, el esplendor de la pompa fúnebre de la Iglesia Católica, matizada por la nostalgia e iluminada por la esperanza, manifiesta la nobleza de todo y cualquier bautizado que alcanza el término de su peregrinación en esta tierra.

Ahora bien, si el Buen Dios modeló la liturgia a fin de expresar, mediante la sacralidad de los ritos, la enorme relevancia que a sus ojos tiene la bondad o la maldad de los actos de cada hombre, ¿cómo no iba a inspirar a poner de relieve la majestad de la Historia que termina?

Por esta razón, la predicción del fin del mundo hecha por el divino Profeta en los Evangelios marca la fase conclusiva del Año litúrgico, irguiendo las mentes de los fieles a consideraciones serias, sublimes y terribles, antes de la solemnidad de Cristo Rey. El desenlace de la Historia, sellada por el Hijo con poder y gloria, estará rodeado de acontecimientos inéditos y espantosos, constituyendo así el horizonte más grandioso de todos los tiempos.

II – El acontecimiento más majestuoso de la Historia

Al comienzo del capítulo decimotercero del Evangelio de San Marcos, Nuestro Señor vaticina la destrucción del Templo, después de que uno de sus discípulos le llamara la atención acerca de la belleza de las piedras y de las construcciones: «¿Ves esos grandes edificios?; pues serán destruidos, sin que quede piedra sobre piedra» (13, 2).

Impresionados con esa extraordinaria profecía, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le indagaron aparte: «Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas?, ¿y cuál será el signo de que todo esto está para cumplirse?» (13, 4). Por motivos de altísima sabiduría, el divino Maestro responde de un modo algo enigmático, anunciando las persecuciones que el Espíritu Santo les concedería ante tribunales inicuos.

Además, Nuestro Señor revela algunos signos indicativos de la futura destrucción del Templo. En el Evangelio de San Mateo y en el de San Marcos, menciona la «abominación de la desolación» (Mt 24, 15; Mc 13, 14) que se establecería allí, mientras que en el de San Lucas (cf. Lc 21, 20-24), presenta un elemento más concreto: la ciudad de Jerusalén sitiada por tropas extranjeras como indicio de su fin inminente, lo que se verificó durante el saqueo de la Ciudad Santa por el ejército del general Tito, ocasión en que el edificio sacro fue incendiado y arrasado.

La expresión «abominación de la desolación» hace referencia a las profecías de Daniel sobre la profanación del Templo de Jerusalén llevada a cabo por Antíoco Epífanes con la instalación en su interior de la estatua de Zeus (cf. 1 Mac 1, 54). Si lo aplicamos a los tiempos del Mesías, bien puede significar la tentativa de desfigurar a la Santa Iglesia, como explica San Pablo: «Primero [antes del día del Señor] tiene que llegar la apostasía y manifestarse el hombre de la impiedad, el hijo de la perdición, el que se enfrenta y se pone por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta instalarse en el templo de Dios, proclamándose él mismo Dios (2 Tes 2, 3-4).

Sin embargo, los vaticinios de Nuestro Señor están relacionados, simultáneamente, con los sucesos próximos, como fue la caída de Jerusalén, y con el desenlace de la Historia, cuando Él vendrá con gran poder y gloria. Para nosotros, sujetos al tiempo, ese modo de profetizar se reviste de misterio, a semejanza de diapositivas diferentes superpuestas que componen una única imagen. Tal misterio, no obstante, nos da la oportunidad de comprender que ciertos castigos divinos, aunque asestados contra los hombres antes de la parusía, poseen un carácter de justicia definitiva e inapelable típica del fin del mundo. Existiría así una especie de hilo de acontecimientos que se vinculan al Juicio final como intervenciones celestiales de porte magnífico. Betsaida, por ejemplo, ciudad maldecida por Nuestro Señor en el Evangelio (cf. Mt 11, 21-22), habría sufrido ya la debida punición al ser, de manera impresionante, como borrada del mapa.

A partir de esta consideración, el curso de la Historia adquiere, por así decirlo, una tercera dimensión y una luz particular, por el hecho de testimoniar la acción justiciera de Dios, que alcanzará su culminación y totalidad cuando regrese el Hijo del hombre con sus ángeles.

Desde el punto de vista divino, sin embargo, el panorama es diferente. Para el Verbo de Dios el tiempo no existe; por su conocimiento pleno y concomitante, contempla la multiplicidad de las criaturas y la variedad de los acontecimientos de una simple mirada, que todo lo abarca de modo inmediato y absoluto.

Armado con tales presupuestos, el comentario al Evangelio del trigésimo tercero domingo del Tiempo Ordinario presentará aspectos inéditos para nuestros lectores.

El Juicio final, por Fra Angélico (detalle) – Gemäldegalerie, Berlín

Hasta los astros tiemblan

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 24 «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, 25 las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán».

El estremecimiento del cosmos ante la inminencia de la venida gloriosa de Jesucristo mueve nuestro espíritu a la consideración de su absoluta soberanía e incalculable majestad. Como bien señala San Beda, «en el día del Juicio parecerán apagadas las estrellas, no porque disminuya su luz, sino porque aparecerá la claridad de la verdadera, es decir, la del Juez Supremo».1

La Creación entera, en lo que tiene de más estable, tiembla ante la perspectiva del gran Juicio, en el cual serán premiados o castigados los seres racionales, ángeles y hombres. En él comparecerán San Miguel Arcángel y sus flamantes legiones, con los justos de todas las épocas; así como Satanás, la escoria de sus ángeles rebeldes y los hombres que hayan pisado la sangre preciosa de Cristo. A unos se les concederá la corona de la vida, en compañía de la Virgen Santísima y con la alabanza del propio Dios; sobre los otros caerá la desgracia eterna, intercalada de llanto y rechinar de dientes.

¿Quién no experimenta un sano y profundo sentimiento de temor al considerar ese magnífico día?

Todos se presentarán ante el Juez que viene

26 «Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria».

Se alegrarán los santos y se llenarán de temor los pecadores empedernidos: así será la reacción de quienes asistan vivos a la venida del Hijo del hombre para poner el punto final de la Historia y retribuirle a cada uno según sus obras.

Nuestro Señor mostrará gran poder, pues someterá todas las criaturas racionales a las resoluciones del divino tribunal y a la sentencia de misericordia o de condenación eternas. Y lo hará con tal claridad, veracidad y discernimiento que manifestará en su máximo esplendor la luz adamantina y terrible de su justicia.

27 «Enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo».

Al comentar este versículo, San Beda afirma: «En aquel día no habrá ni un elegido que no vuele a recibir al Señor viniendo al juicio, y a Él vendrán también los réprobos para desaparecer ante la faz de Dios y perecer, una vez sentenciados».2

La humanidad entera, sin excepción, será convocada. Los muertos resucitarán y los santos que no hayan experimentado la muerte irán al encuentro de Jesús en los cielos, como describe magníficamente San Pablo: «Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes 4, 15-17).

Basílica de San Pedro, Vaticano

Los signos de los tiempos

28 «Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramraeas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 29 pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que Él está cerca, a la puerta».

Nuestro Señor les indica a los discípulos los «signos de los tiempos» a fin de que estén preparados para su glorioso regreso. Como explica Teofilato, «es como si dijera: así como viene el verano en cuanto brota la higuera, así también a las calamidades del Anticristo sucederá, sin intervalo alguno, la venida de Cristo. Ésta será para los justos como el verano después del invierno y para los pecadores como el invierno después del verano».3

Por lo tanto, se trata de que abramos bien los ojos y observemos hasta qué punto la Santa Iglesia de Dios será atribulada por sus enemigos externos y —¡oh dolor!— también internos. Cuando la traición alcance proporciones tales que se manifieste el hijo de la perdición, y el culto verdadero sea gravemente deturpado o incluso sustituido por la execrable idolatría, entonces estará cerca el momento crucial.

No obstante, basados en las promesas hechas por la Virgen en Fátima, los fieles confían en el efectivo triunfo, aún antes del fin del mundo, del Corazón Inmaculado de María, el cual no será otra cosa que el triunfo del Sagrado Corazón de Jesús, profetizado por Él mismo a Santa Margarita María Alacoque: «Nada temas, reinaré a pesar de mis enemigos».4 En esos tiempos benditos, la Redención dará sus mejores frutos colectivos de santidad, haciendo la vida terrena lo más semejante posible al Paraíso celestial. Entonces se cumplirá la súplica del padrenuestro: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo».

De este modo, se habrán creado las condiciones para que la Historia, tras haber conocido un auge inédito de sacralidad, pureza y fe, llegue a su término con el regreso glorioso de Nuestro Señor.

Impresionante previsión

30 «En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda».

El anuncio de Nuestro Señor se cumplió al pie de la letra, pues la caída de Jerusalén ocurrió en el año 70 de nuestra era, antes de que pasara aquella generación, motivo por el cual numerosos testigos que habían escuchado la predicción del divino Profeta asistieron atónitos a la catástrofe. El asedio y la destrucción de la Ciudad Santa y del Templo significaron el fin de un mundo, una vuelta de página en la Historia, que dejaba atrás los antiguos pactos de Dios con los hombres y cedía el sitio a la alianza nueva y eterna, sellada con la sangre del Cordero inmaculado.

Algunos Padres de la Iglesia consideran que el término «generación» se refiere también a los cristianos en general, de modo que, cuando el Salvador regrese, será aún el tiempo de los gentiles convertidos a la fe.

31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

La solidez de la palabra de Nuestro Señor conforta nuestros corazones. Anunció su propia resurrección tras su pasión y muerte, lo que se realizó de modo superior a cualquier expectativa. En este sentido, al Verbo encarnado se le puede aplicar la afirmación hecha con relación al Padre por el apóstol Santiago en su epístola: en Él no hay etapas ni períodos de cambio (cf. Sant 1, 17).

La estabilidad de la Palabra divina es de una firmeza absoluta y, por tanto, nuestra fe en la venida de Jesucristo, con gloria y poder, resulta inquebrantable.

Cristo Rey – Abadía de Westminster, Londres

El misterio del tiempo

32 «En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del Cielo ni el Hijo, sólo el Padre».

Conocer el tiempo exacto de acontecimientos futuros no le ha sido dado al común de los hombres. Excepcionalmente algunos santos profetizaron con acierto el día de su propia muerte o épocas de penuria, de cataclismo o de gracia. Sin embargo, en su señorío Dios se cuida de mantener veladas ciertas fechas más determinantes. De esa forma la Trinidad Santísima incentiva la virtud de la vigilancia, tan apreciada en el Nuevo Testamento. Estar atentos a la visita inminente de Jesús glorioso despierta el celo y el amor, así como extingue en los corazones la molicie y el gozo de la vida, fuentes de tantos vicios.

Por ese motivo, y para evitar que sus discípulos continuaran insistiendo en averiguar la fecha del fin del mundo, Jesús declara que ni los ángeles, ni el Hijo la saben. Pero tal afirmación ha de entenderse cum grano salis. Las palabras de Nuestro Señor significan que Él, en su naturaleza humana, ignoraba el día y la hora; pero sería incorrecto extender ese desconocimiento al Hijo en cuanto Verbo de Dios, omnisciente con el Padre y el Espíritu Santo.

III – ¡Elevemos nuestros corazones!

El mundo moderno está siendo arrastrado hacia la más profunda y sombría desesperación por las olas del caos, éste en buena medida organizado. Aterrorizadas ante la perspectiva de perder la salud y bombardeadas por las continuas solicitudes de la tecnología, las personas fácilmente se convierten en marionetas en manos mal intencionadas. Así, muchos se dejan guiar por la opinión dominante, vagando sin rumbo definido, de tal manera que todos se desplazan con movimiento frenético, pero pocos saben hacia donde son llevados.

Esta situación genera una inmensa frustración interior. Por una parte, las atenciones son captadas por el brillo artificial y seductor de las pantallas electrónicas; por otra, el nuevo régimen del miedo fomenta sentimientos de angustia, tristeza e incluso pavor. En consecuencia, aunque parezca paradójico, la muerte se ha vuelto fútil y sin sentido, así como la propia existencia humana.

Para curar los corazones heridos por las actuales circunstancias, nuestra tierna y servicial Madre, la Santa Iglesia, pone a nuestra disposición medios excelentes, de una eficacia sobrenatural plena. Ante todo, la buena doctrina católica, que nos enseña la altísima vocación del ser humano y, de modo particular, de los bautizados. Estar llamados a la vida eterna, en una convivencia íntima con Dios, es algo inimaginable.

Y la Esposa Mística de Cristo posee un instrumento propicio para, no sólo hacernos aprender, sino también degustar esa luminosa enseñanza: la liturgia. Al acercarse el término del Año litúrgico, la liturgia de la Palabra considera fragmentos del Evangelio relacionados con el fin del mundo y el regreso de Nuestro Señor, porque tener ante los ojos la grandeza de la conclusión de la Historia, así como el esplendor deslumbrante y maravilloso de Jesucristo llegando con majestad sobre las nubes del cielo, exorciza las vivencias cenicientas y apesadumbradas que inocula el ambiente circundante. En efecto, al contemplar tanta sublimidad el fiel descubre la belleza de su propia vocación, la magnificencia divina, la altísima meta reservada a cada uno.

Procuremos, pues, sacudir de nuestro espíritu los miasmas maléficos que flotan por los aires contaminados de nuestra triste sociedad y elevemos nuestra mente y nuestro corazón a los horizontes grandiosos por excelencia. De este modo, recuperaremos el ánimo, el énfasis y la determinación de buscar la santidad por encima de todas las cosas, y llenaremos nuestros pulmones con el aire puro de la esperanza, que nos promete, después de las luchas de esta vida, alcanzar la cima de la bienaventuranza eterna en compañía del Buen Jesús, de sus ángeles y santos. 

 

Notas

1 SAN BEDA, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Marcum, c. XIII, vv. 21-27.
2 Ídem, ibídem.
3 TEOFILATO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., vv. 28-31.
4 SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE. Autobiografía. São Paulo: Loyola, 1985, p. 69.

 

Artículo anteriorLa Iglesia Católica, fuente de la verdadera civilización
Artículo siguiente¿La Iglesia debe actualizarse?

DEJE UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí