La tortuga no tiene escapatoria. Su velocidad es mínima, no tiene a quién pedirle socorro, es incapaz de luchar contra la fiera. Sólo le queda una única salida…

 

Un día más en la inmensa sabana africana. El cielo está despejado, el sol radiante y los animales llevan su vida con normalidad. Sin embargo, no todas las bestias se comportan de manera pacífica. Unas son mansas y conviven tranquilamente con las demás. Pero hay otras bastante agresivas…

Ya es la hora de almorzar y la leona necesita alimentarse. Nada mejor entonces que pasear discretamente por la llanura y rondar los distintos grupos de animales en busca de una buena comida. Anda con aire despreocupado, fingiendo que sólo está caminando y mirando sin ninguna mala intención. Pero todos la conocen: a esas horas, una leona que vague por aquellos parajes únicamente lo hace en busca de alimento.

«Hoy estoy en extremo cansada», pensaba. «No tengo fuerzas suficientes para cazar una presa de gran tamaño. Procuraré algo más simple para comer. ¿Qué podrá ser? Por aquí nada más que hay animales veloces; para atraparlos, gastaría demasiada energía», se decía.

La leona continuaba deambulando, segura de que en breve hallaría una iguaria de la que servirse. Y no se equivocaba: a unos metros distingue una tortuga, que camina lenta y despreocupadamente. Disimula que no ha visto a la pobre víctima y se dirige hacia ella, mientras dialoga consigo misma: «¡Ah! Esa tortuga me valdrá, al menos como aperitivo, luego vendrá el almuerzo. Me acercaré a ella y, de un solo golpe, acabaré mi comida».

Para disfrazar su objetivo, la leona entabla una conversación y empieza diciendo: «Oh, simpática tortuga…»

La tortuga es lenta, pero experta. Ve que su depredadora se aproxima y piensa: «Uhm… ¿A estas horas viene una leona hacia mí? Esa perezosa querrá comerme. ¿Cómo voy a escaparme de ella? El caparazón que llevo no me permite correr».

Finalmente llega la gran felina. Para disfrazar su objetivo entabla una conversación y empieza diciendo:

—¡Oh, simpática tortuga! ¡Qué alegría encontrarme contigo! Hace tiempo que no veo a nadie de tu especie. Dime: ¿cómo están tus parientes, tus amigos?

La tortuga reconoce que nunca logrará huir y piensa en una manera de escapar de la muerte:

—¡Oh, doña leona! ¡El placer es mío! Infelizmente mis parientes y mis amigos no son motivo de buenas noticias… Los científicos que suelen aparecer por aquí acabaron de constatar una terrible enfermedad en nuestra especie. Parece que es un tipo de hongo: el que nos tocara o comiera sufriría un malestar pavoroso y, en poco tiempo, ¡caería muerto!

—¡¿De verdad?! —le pregunta asustada.

—Y tanto. De hecho, habíamos notado algo raro en nosotros, sin embargo, no lo sabíamos explicar. Pero ahora ya ha quedado claro de qué se trata. Estamos bastante deprimidos, ¿sabes? Porque en adelante ya no podremos tener ningún contacto con el resto de los animales. Tenemos que separarnos y convivir solamente entre nosotros, pues de lo contrario infectaríamos a toda la población de esta sabana.

Pensativa y percibiendo que sus planes habían fracasado, le contestó:

—Vaya, qué situación más triste… Me compadezco de vosotros. Entonces ya me voy, porque, a fin de cuentas, tampoco quiero contagiarme, ni pasarle el mismo mal a mi manada. ¡Deseo que te mejores!

—Muchas gracias, señora leona.

Se da la vuelta y emprende cabizbaja el camino de regreso, en busca de otro alimento, mientras la tortuga se ríe del engaño perpetrado contra su depredadora.

La felina va meditando sobre su suerte; siente el dolor del hambre y escucha el gruñido de su estómago vacío… De repente, cae en sí y se da cuenta de que ha sido blanco de una trapaza. Rabiosa, furibunda, regresa a pasos agigantados en dirección a su presa.

—¡Ay!… Allí viene mi enemiga. Se ha percatado de que la historia que le conté era mentira. Y ahora, ¿cómo voy a salir de este apuro?

La tortuga no tiene escapatoria. Su velocidad es mínima, no tiene a quién pedirle socorro, es incapaz de luchar contra esa fiera. Sólo le queda una única solución: ¡entrar en su fortaleza!

Al llegar junto al pobre quelonio, la leona no entiende lo que tiene ante sus ojos: «¿Cómo? ¿Adónde ha ido a parar esa farsante? Si la he visto hace poco. ¿Acaso ha salido de su caparazón y huido corriendo? ¿O estará aquí dentro?».

Intrigada a más no poder, gira y gira a la tortuga tratando de encontrar algún agujero por donde atraparla. Pero en vano. Los animales que por allí pasan piensan que está loca por jugar a la pelota con una tortuga; lo ven gracioso y comentan entre ellos la peculiar actitud de la fiera. Pero ésta ni siquiera nota las risas y únicamente está empeñada en desvelar ese «misterio».

Después de estar bastante tiempo dándole vueltas a la pobre tortuga por todas partes, la leona se persuade de su nuevo fracaso y regresa hambrienta y humillada a su casa. La tortuga se reconoce vencedora, pero espera largos minutos hasta salir de su caparazón. Se siente algo mareada, es verdad, tras haber estado girando tanto; ¡pero está a salvo! A continuación, regresa con los suyos, a quienes les cuenta lo que le había pasado.

*     *     *

Estamos en constante peligro, pues nuestro «adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1 Pe 5, 8). Para esos momentos de apuro, existe una salvación certísima: ¡el sagrado manto de la Santísima Virgen! Cual fortaleza inexpugnable, es el verdadero refugio de los pecadores y protección para todos los que se encuentran en dificultades y aflicciones. Porque los que acuden con confianza a la maternal protección de María siempre saldrán victoriosos contra las asechanzas del enemigo infernal

Nuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Estamos en constante peligro. En los momentos de apuro, existe una certísima vía de salvación…

 

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