El emperador mendigo y el pobre omnipotente

«Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero, puesto que «del Señor es la tierra y cuanto la llena», ¿qué puede pretender tener el César en exclusiva?

Las escenas que ilustran estas páginas resumen uno de los acontecimientos más impactantes de la historia, no sólo de la Iglesia, sino de la civilización. Ocurrido en el siglo xi, marcó su época y las mentalidades, tal es así su carácter paradigmático.

Gran parte de esa carga simbólica se concentra en los dos protagonistas de los cuadros. Por un lado, Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, el hombre más poderoso de su tiempo, un rey de reyes. Por otro, San Gregorio VII, un simple plebeyo del norte de Italia, que, sin embargo, había sido elevado a la sede de Pedro; era el Papa.

Se trata de dos supremos potentados de la cristiandad. Y de los dos antagonistas más contrastantes.

El emperador, aunque soberano, era esclavo de sus pasiones. No había exigencia de la carne a la que no obedeciera, ni capricho del orgullo que no dejara de satisfacer. El pontífice, en cambio, era dueño de sí mismo. Religioso desde joven, fue arrebatado del monasterio para guiar la nave de Pedro; no obstante, el monasterio nunca le pudo ser arrebatado a él, pues lo llevaba consigo a través de la contemplación, la humildad y el desprendimiento.

Enrique IV, pretencioso, no retrocedía ante ningún asesinato, perjurio, robo u otro crimen, con tal de crecer en poder. Pero San Gregorio VII también tenía una santa pretensión: que la Iglesia «permaneciera libre, pura y católica».1 El choque de ambas pretensiones se hizo, por tanto, inevitable.

Enrique se apropió de los derechos de la Iglesia. Nombró y destituyó obispos a su antojo, calumnió al Papa y lo persiguió con las armas. Para colmo, incluso tuvo la desafortunada idea de elegir un antipapa y «excomulgar» al verdadero pontífice. Pero el ataque actuó como un bumerán. Desde la cátedra de Pedro, el pontífice excomulgó solemnemente al emperador.

¡El golpe fue demoledor! Los siervos y vasallos de Enrique lo abandonaron, y de un momento a otro, el gran potentado, el dominador del mundo, el conquistador invicto, se vio arrojado al suelo…

Solo había una manera de recuperar el trono deshecho: pedirle perdón al Papa. Y Enrique se fue entonces a mendigar a la puerta de San Gregorio VII, ante las murallas del castillo de Canossa, en el norte de Italia. Corría el mes de enero de 1077, y se hacía sentir el más frío invierno del siglo. Con los pies descalzos, un sayal penitencial y lágrimas en los ojos, el imperial mendigo estuvo solicitándole al pobre monje su limosna durante tres días.

Finalmente fue recibido por el pontífice. De rodillas, protestó su arrepentimiento incondicional y juró fidelidad al sucesor de Pedro. Sólo le pedía un favor: que le fuera levantada la excomunión que lo había derribado.

Enrique IV ante San Gregorio VII, de Taddeo y Federico Zuccari – Palacio Apostólico (Vaticano)

El poder temporal se plegaba ante el espiritual. El cetro reconocía el imperio universal del Pastor de todo el rebaño católico. César estaba a los pies de Dios… en el sitio que le correspondía.

«Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Pero, puesto que «del Señor es la tierra y cuanto la llena» (Sal 23, 1), ¿qué puede pretender tener el César en exclusiva? De hecho, ¿qué poder tiene sino el que recibe de lo alto (cf. Jn 19, 11)? ¿Qué poseerá que no le haya sido dado por Dios (cf. 1 Cor 4, 7)?

La misión de los gobiernos seculares no es otra que la de encaminar a la sociedad civil hacia su fin natural y sobrenatural. Y éste consiste en la gloria del Creador y la salvación eterna de las almas.2 Una legislación que favorezca el pecado o prohíba la virtud traiciona, por tanto, su obligación y se encuentra en un estado de rebelión contra Dios. Así pues, el gobernante sólo podrá ser fiel a su vocación en la medida en que se arrodille ante el Señor.

Pero esta lección no es la única que nos deja el hecho aquí ilustrado. Al someter al emperador, el Papa dejó consignado para los siglos que no es la Iglesia la que debe adaptarse al mundo, sino el mundo a la Iglesia. Vicario de Cristo, el Papa extrae de Él la omnipotencia de la verdad. Y San Gregorio VII sabía que no es cediendo como se conquista para Dios. 

 

Notas


1 San Gregorio VII. Epistola LXIV. Ad omnes fideles: PL 148, 709.

2 Al respecto, Santo Tomás de Aquino dice: «Porque la buena vida, que en este siglo hacemos, tiene por su fin la bienaventuranza celestial, le toca al oficio del rey procurar la buena vida de sus súbditos por los medios que más convengan, para que alcancen la celestial bienaventuranza; como es, mandándoles las cosas que a ella encaminan y estorbándoles, en cuanto fuere posible, lo que es contrario a esto». (Santo Tomás de Aquino. De regno ad regem Cypri. L. I, c. 16).

 

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