Es evidente que no conocí a Dña. Lucilia cuando era niña, pero puedo reconstruir fácilmente cómo se formó su mentalidad si considero su manera de ser en la edad adulta.
Su espíritu se caracterizaba, en cierto sentido, por una rectitud admirable, que consistía en ver las cosas de frente, fueran dolorosas o prometedoras. Consideraba el sufrimiento en toda su realidad, en toda la secuencia de amarguras que podía traer; también veía la alegría tal y como era, sin exagerar las ventajas que conllevaba, comprendiendo bien que todo en esta tierra es aleatorio y, por tanto, susceptible de desmoronarse, de venirse abajo de repente.
Por esta razón, adoptaba una postura muy tranquila y estable ante la vida, sin actitudes extremas, ni grandes ansiedades o depresiones. Esto no la convertía, en absoluto, en una persona apática, pues vivía profundamente todos los acontecimientos, pero siempre con cierta distancia. Había entre ella y los hechos una barrera, que los ruidos de las circunstancias no traspasaban, no lograban penetrar. Y más allá de las cosas concretas, Dña. Lucilia mantenía su serenidad, distancia psíquica y estabilidad.
Dos formas de considerar la vida
Ese estado de espíritu le proporcionaba recogimiento, fuerza y dulzura en todas las situaciones. Por más que cambiaran las condiciones, siempre mantenía la misma actitud interior, detrás de la cual había un profundo sentido del deber.
No concebía la vida como la definió cierto literato francés: «Un largo puro sabroso que hay que fumar hasta el final». No creía, por tanto, que el principal propósito del hombre fuera conquistar honores, placeres, gloria o dinero para disfrutar al máximo y luego morir neciamente.
Para ella, la existencia era algo diferente. Había placeres y tristezas; se trataba incluso de sacar partido de las alegrías para poder soportar las penas. Pero la meta de la vida consistía en llevar a cabo una misión, adquirir un cierto estado de espíritu y cumplir con el deber.
Afable y discreta actuación en el hogar
En el ámbito privado de la familia, Dña. Lucilia consideraba su obligación proporcionar formación, bienestar y elevación de alma al ambiente doméstico, a fin de que sus hijos llegaran a ser perfectos católicos y cumplidores de su deber. Buscaba marcar el hogar con la afabilidad y el afecto, hacerlo atractivo y disminuir entre los suyos la influencia que los lugares maléficos pudieran tener.
Deseaba acostumbrar a sus hijos a ese modo de ser, para que ellos, a su vez, educaran a sus descendientes en la misma escuela indefinidamente, pues entendía que ésa era la verdadera forma de vivir.
Quizá alguien se pregunte: ¿Doña Lucilia no preparó a sus hijos para las luchas de la vida? ¿No los animó a seguir una carrera brillante, a hacer fortuna? ¿No les inculcó aspiraciones de progresar?
Por encima de los objetivos materiales, el servicio a Dios
La respuesta es afirmativa. Doña Lucilia lo hacía, pero siempre desde la perspectiva de un deber, concebido de la siguiente manera: «Tenemos un compromiso de honor de no rebajarnos nunca, a menos que eso sea necesario para evitar pecar; por lo tanto, tenemos la obligación de trabajar, de esforzarnos para mantener a la familia a la altura que le corresponde a ella y a la tradición de nuestros mayores, pues las cosas elevadas deben conservar su dignidad».

El Dr. Plinio en 1982
Sin embargo, tal empresa no debe realizarse con vistas a la fruición de un placer o de las ventajas de nuestra condición social, sino por reverencia al ideal de honor como principio instituido por Dios. Para ello hay que vivir y luchar.
Ahora bien, forma parte de una buena conservación, si es posible, elevarse a condiciones aún mejores, sin recurrir jamás para tal fin a maniobras indecorosas, sino progresar mediante un trabajo honesto y gradual. Esta es una carga que existe y debe persistir para preservar el buen nombre de la familia.
Pero todo eso no era lo más importante. Ser verdadero católico apostólico romano y servir a Dios era lo principal. Entonces, todas las obligaciones para con el nombre de la familia, así como para con su tradición, pasaban a ser secundarias.
¿Dónde está la felicidad?
Tales preocupaciones eran un deber, no la felicidad. Ésta consistía, en la visión de Dña. Lucilia, en tener el alma elevada, piadosa y tranquila, disfrutando de los placeres sencillos, no pretenciosos y normales de la existencia.
No se encontraba en las grandes fiestas, sino en el buen orden de lo cotidiano; no en los grandes viajes, sino en el aprovechamiento de los momentos de ocio; no en las grandes fortunas, sino en el uso equilibrado de los recursos que uno posee.
Se trataba de un bienestar principalmente de alma, temperante, tranquilo y modesto, presente incluso en el infortunio, porque cuando éste cae sobre nosotros y empieza una derrocada, siempre que en ella uno no tenga culpa, nada esencial resulta afectado. Se mantiene una conciencia pura, una vida digna de ser vivida.
Respondiendo a los anhelos de la familia
Ahora bien, esa jerarquía entre la aspiración a una vida feliz y la consideración del verdadero sentido de la existencia condicionó varios hechos de la vida de Dña. Lucilia. Como toda buena madre, ansiaba que sus hijos desarrollaran dotes y cualidades, y lograran algo grandioso. Creía que yo podría ser un gran abogado, quizá incluso de mayor renombre que su propio padre, el Dr. Antonio Ribeiro dos Santos.
Además, al ser sobrino del consejero João Alfredo,1 nuestros parientes también esperaban que me convirtiera en una figura similar a él.
No obstante, cuando en 1932 fui elegido diputado federal para la Asamblea Constituyente, Dña. Lucilia reaccionó con una tranquilidad de alma y una serenidad impresionantes. Recuerdo que en ningún momento la vi exultante, aunque percibiera que ese hecho correspondía plenamente a lo que ella esperaba de su hijo a los 24 años.
El deber por encima de las ebriedades de la gloria
Entonces ocurrió un conmovedor episodio con ocasión de mi investidura como diputado. La ceremonia se celebraría en Río de Janeiro; mi madre, que había hecho tantos sacrificios para que me formara, se merecía con creces estar presente. Naturalmente, también invité a mi padre y a mi hermana, y partimos hacia Río.
El día de la inauguración de la Constituyente, nos dirigimos todos al solemne acto. Sin embargo, Dña. Lucilia tenía una molestia en los pies a causa de un problema de reumatismo, que no le permitía estar mucho tiempo de pie. Por eso llegamos muy temprano y la llevé a una galería, un espacio privativo del que los diputados podían disponer para sus invitados. Empezaron a sonar las campanitas, anunciando el inminente inicio de la sesión. Tuve que dejarla y bajar a toda prisa al recinto de los diputados.

A la izquierda, la inauguración de la Asamblea Constituyente, el 15 de noviembre de 1933; en el destacado, el Dr. Plinio. A la derecha, asistentes a la ceremonia; en el destacado, de izquierda a derecha, el Dr. João Paulo, padre del Dr. Plinio, Dña. Lucilia y su hija, Rosée.
Entonces me quedó la duda de si había conseguido o no el asiento esperado. Cuando llegué al sitio destinado a los diputados, antes incluso de entrar en la bancada paulista, la primera a la derecha de la mesa del presidente, me puse en medio del salón y comencé a buscar a Dña. Lucilia con la mirada para comprobar que estaba bien acomodada. Vi que había conseguido un buen asiento; le hice una señal y ocupé mi puesto en la bancada.
Tiempo después, Dña. Lucilia me hizo el siguiente comentario: «Hijo mío, me alegré mucho de tu elección como diputado. No obstante, significó mucho más para mí esa atención tuya, el día de la investidura, de saludar con la mano cuando ya estabas abajo. En aquel momento, en el que podrías estar inebriado de vanidad, acordarte de tu madre y querer asegurarte de que estuviera bien acomodada indicaban un temple de alma y una forma de cariño mucho más valiosos para mí que un escaño de diputado».
En el fondo, su pensamiento era: «Si es posible, sé diputado, sigue adelante; pero ese no es el centro de la vida. Es más importante tener un sentido del deber que esté por encima de las ebriedades de la gloria. Y, en consecuencia, tener para con tu madre el reconocimiento que sabes, por la ley de Dios, que es necesario tener».
Lo esencial de la vida: conocerse y quererse bien
Muchos años después, por consejo de algunos amigos, me presenté de nuevo como candidato. Cuando finalmente llegó la noticia de que no había sido elegido, le dije:
—Mamá, he sido derrotado.
Ella se quedó impasible. Yo observé:
—Se diría que no lo lamentas.
Y me contestó:
—No, no lo lamento. Lo esencial de la vida, hijo mío, no es ser diputado, sino valer algo, conocerse y quererse bien.
Estos episodios muestran claramente cómo era el carácter de espíritu de Dña. Lucilia. Sin embargo, vi ese modo de ser puesto a prueba y desarrollarse en otras ocasiones, en infortunios muy grandes que tuvo que atravesar.
Constancia de espíritu en la mutabilidad de la vida
Al casarse, recibió de su padre una buena dote, que ayudó al sustento de la familia; más tarde, a estos bienes se sumó también su herencia. No obstante, por diversas circunstancias, ya entrando en la madurez sufrió una enorme quiebra económica, un colapso tal que nos vimos amenazados de tener que vivir en condiciones incomparablemente inferiores a la que habíamos tenido hasta entonces. Recuerdo que ella me decía:
—Hijo mío, eres muy joven, no tienes idea de la casa adonde vamos a ir a parar. Ahora, debemos prepararnos para ello porque, si Dios lo permite, ésa es su voluntad y así se cumplirá.
Pero hacía ese comentario con toda calma y dignidad, sin dejar nunca de ser ella misma, siempre con templanza y normalidad, revelando la perfecta proporción entre el acontecimiento externo y la repercusión interna en ella. De manera que mi madre vibraba ante las cosas en la proporción y en la medida en que esa vibración debía existir.
En ciertas ocasiones, por falta de dinero, llevaba ropa muy gastada, aunque muy limpia, como todo lo que era suyo. Vestía tan pobremente que sólo iba a misa, porque no se consideraba en condiciones de aparecer en otro lugar. Sin embargo, iba con tranquilidad y distinción, segura de sí, sin agitación.
Una vez más, aquí se ve una serenidad de alma que la colocaba por encima de los altibajos y las vicisitudes, y hacía de ella una persona siempre fiel a sí misma, incluso cuando los caminos de la vida se cerraban, a veces de forma aterradora.
Un deber llevado hasta las últimas consecuencias
Cuando llegó a una edad avanzada, Dña. Lucilia empezó a tener dificultades de audición y, al mismo tiempo, problemas de vista, en una época en la que no se recomendaba la cirugía de cataratas. Al ver cada vez menos y casi sorda, caminaba hacia un aislamiento completo; por otra parte, con el corazón funcionándole bien, aún le quedaban algunos años de vida por delante.

El Dr. Plinio y Dña. Lucilia en 1959
Mis conversaciones con ella eran a gritos, para que pudiera seguir algo lo que le decía; pero pocas personas tenían esa paciencia. De modo que, cuando había una reunión familiar, mi madre, que era tan comunicativa, se quedaba totalmente sola: muy triste y melancólica, pero sin amarguras ni quejas, caminando con aquel paso siempre igual, avanzando.
Al final, conseguí los medios y decidí probar con un aparato moderno para mejorar su audición. Lo compré, empezó a usarlo y fue un renacer. Se puso muy contenta, pero no fue en absoluto una alegría desmesurada.
El ritmo de su vida continuó en la misma línea, con la misma tranquilidad, la misma dignidad. Sabiéndose cada vez más diferente de todo y de todos, no cambiaba en nada, por un principio de fidelidad. Si así debía ser, aunque los demás fueran de otra manera, ella continuaba, porque ése era su deber. Aunque le costara aislamiento o incomprensión, se mantendría fiel a sí misma hasta su encuentro con Dios.
Una mentalidad marcada por la constancia ante el dolor
Su forma de ser y su mentalidad se forjaron sufriendo todo lo que tenía que sufrir, perdiendo todo lo que tenía que perder, pasando por las grandes y pequeñas vicisitudes de una vida familiar problemática, yendo hasta el final con toda naturalidad.
Cuando le llegó su fin, percibió que iba a morir, hizo un gran «En el nombre del Padre…» y murió. Era el desenlace de su proceso, había terminado. ◊
Extraído, con adaptaciones
al lenguaje escrito, de:
Conferencia.
São Paulo, 24/6/1973.
Notas
1 João Alfredo Corrêa de Oliveira, tío abuelo del Dr. Plinio, ocupó distintos cargos en el Gobierno durante el reinado de Pedro II, entre ellos el de presidente del Consejo de Ministros del Imperio.

