Camino, desvío y atajo

Tal vez la exhortación más usada por el Salvador fue: «Sígueme». Se sirvió de ella no sólo para llamar a los Apóstoles —como a Mateo en la oficina de recaudación—, sino también para invitar al joven rico a emprender un nuevo camino.

En el primer caso, el publicano se alzó enseguida, abandonó su vida pasada y convidó a Jesús a un banquete. El joven rico, en cambio, prefirió huir del llamado; su corazón, entregado a los bienes terrenales, bloqueó la avenida que conduce a la santidad.

San Agustín subraya que existen únicamente dos vías o «ciudades»: aquella en la que se ama a Dios hasta el desprecio de sí propio y aquella en la que se ama a uno mismo hasta el desprecio de Dios. En otras palabras, sólo hay un camino verdadero, a saber, el que se identifica con el propio Cristo: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Todo lo demás es un desvío.

Habrá quien insinúe que cualquier itinerario de vida es válido: si «todos los caminos llevan a Roma», al final «todo saldrá bien»… ¿Será eso así?

La objeción a esta postura la encontramos en la vida de los Apóstoles. Judas no sólo traicionó al Maestro, sino también su recorrido salvífico; de hecho, «¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!» (Mt 26, 24), sentenció Jesús. El propio San Pedro, que había prometido seguir a Cristo a todas partes, aunque le costara la vida, lo negó tres veces. Estos ejemplos ilustran cómo la Patria celestial no está garantizada, ni siquiera para quien el Redentor ha convocado personalmente.

Si bien la senda que lleva a Dios es luminosa (cf. Sal 118, 105; Jn 8, 12), no excluye la dimensión ascética: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lc 9, 23). A su vez, el desvío que lleva a la perdición es ancho y espacioso, y muchos son los que entran por él (cf. Mt 7, 13); parece recto, sin embargo, conduce a la muerte (cf. Prov 14, 12).

San Pablo no duda en señalar que quien se desvía del llamamiento individual sigue a Satanás (cf. 1 Tim 5, 15), así como a sus artimañas. Y la mayor de ellas es el disimulo, plantando cizaña en el trigal o echando semillas al borde del camino.

Vale la pena destacar que la peor de esas semillas es arrojada por los «falsos profetas», esos lobos con piel de oveja tantas veces desenmascarados por el Salvador. Son esos mismos —a menudo desde lo alto del púlpito— quienes defienden que todos los caminos son válidos. Y es más, decretan, sin velos, que el infierno está vacío…

En realidad, como apunta San Bernardo, la conciencia culpable ya es de suyo «como un infierno» y una «cárcel del alma» (De quatriduo Lazari, et præconio Virginis, n.º 4). En efecto, la vida inicua constituye un infierno iniciado. En contrapartida, la vía de la santidad, el camino de la integridad (cf. Prov 10, 9), nos hace degustar anticipadamente la bienaventuranza del Cielo.

María Santísima es la mejor compañía para este viaje. A fin de cuentas, Ella ya lo realizó de modo perfecto en su vida y asunción. Por eso, querido lector, nada hay como el eco en tu interior de aquellas palabras del santo de Claraval: «Siguiéndola, no te desviarás». He aquí el atajo de la salvación. 

 

Nuestro Señor llama a los primeros Apóstoles – Iglesia de San Andrés, Joigny (Francia)

 

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