Amor filial en función de la Santa Iglesia

El principal título por el que el Dr. Plinio amaba y respetaba a su madre, Dña. Lucilia, iba mucho más allá de los lazos naturales que los unían: derivaba, sobre todo, de su condición de fervorosa católica apostólica romana.

En cuanto a la relación entre el Dr. Plinio y Dña. Lucilia, era posible vislumbrar cuánto había de entrelazamiento de almas hecho de mutuo cariño, consideración y estima. De él para con ella, un afecto filial muy entrañable y agradecido por todo lo que ella hacía por él. Ella, por su parte, poseía todo tipo de ternura y de embeleso; no obstante, muy cuidadoso y comedido, porque temía dejarse llevar por sus sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, sino sentir por él un amor enteramente desinteresado.

Más allá de los vínculos naturales, existía entre ellos un amor sublimado por lo sobrenatural, una bienquerencia toda ella hecha de gracias

«Por mi parte, el afecto hacia ella era un acto de admiración, que es algo muy halagador, porque es la afirmación de una cualidad. De ella para conmigo, era una actitud de esperanza; una invitación a llegar a tener esa cualidad. Eso es la esencia del afecto», explicaba el Dr. Plinio.

Más allá de los lazos naturales

Sin embargo, no cabe duda de que, más allá de los vínculos naturales, existía entre ellos un amor sublimado por lo sobrenatural, una bienquerencia toda ella hecha de gracias. Llamada a ser la madre de un varón fuera de lo común, es innegable que, por una dádiva especial del Espíritu Santo, Dña. Lucilia percibía de manera clara y profunda la inocencia de su alma y lo virtuoso que era.

Ella misma, en una carta a Plinio fechada del 23 de abril de 1950, llegó a manifestar su alegría y gratitud a Dios por tenerlo como hijo:

«Con todo mi corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me has dejado, y que tanto consuelo me ha traído […]. He llorado, es verdad, pero, gracias a Dios, ha sido de felicidad por haber recibido, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima, de un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con toda la fuerza de mi alma, para quien pido toda la protección divina y la luz del divino Espíritu Santo».

No hay nada más fuerte en el orden de la creación que el entrelazamiento de almas que se aman teniendo la santidad como objetivo. Comparado con eso, incluso un diamante es un salvado de polvo de arroz.

Más que madre, una verdadera católica

Además, el Dr. Plinio era un hombre católico apostólico romano con tanto amor a la Iglesia que, teniendo una madre como Dña. Lucilia, llevaba su desprendimiento hasta el punto de valorar mucho más el hecho de que fuera católica que el de que fuera su madre. Veamos algunas de sus afirmaciones en las que esto queda patente:

«Si amo tanto a mi madre es porque ella me condujo a la Iglesia. Y si la amé hasta el final es porque la examiné hasta el final y hasta el final noté que en ella todo llevaba a la Iglesia Católica.

»He dicho muchas veces cuánto quería y respetaba a mi madre. Sin duda, la respetaba como madre, pero no era el título principal. El título principal por el que la quería era esa unión de almas que había entre ella y yo, con vistas a Dios. Por ser para mí un reflejo de la Iglesia Católica, del Sagrado Corazón de Jesús, del Inmaculado Corazón de María y de todo lo que en ella había de afín conmigo, puesto intencionalmente por Dios para reflejarlo a Él, me sentía llevado a amarla de un modo muy especial, más por estos aspectos que por ser mi madre según la naturaleza».

Recuerdo haber oído al Dr. Plinio contar durante una comida un edificante episodio ocurrido entre ambos. Cuando Dña. Lucilia tenía ya cierta edad, él se hizo la siguiente pregunta: «¿Hasta dónde amo a mi madre y hasta dónde amo los principios que representa? Si se hiciese protestante, ¿seguiría amándola igual o sentiría repulsión por ella? ¡No! Sentiría repulsión, porque lo que amo en ella es lo que representa».

Cierta vez, mientras estaban sentados a la mesa, no se contuvo y pensó: «Es duro, pero voy a ponerla a prueba, porque quiero ver cómo reacciona cuando oiga esto». Y le dijo:

Mamá, ¿sabe lo que estaba pensando el otro día? Que si usted, Dios nos libre y guarde, por desgracia, dejase de ser católica y se hiciese protestante, yo me iría de casa y la dejaría sola. Seguiría manteniéndola económicamente, me ocuparía de todas sus necesidades y la visitaría una vez al año o cada seis meses, ¡pero nuestra relación estaría rota!

«Si la amé hasta el final es porque la examiné hasta el final y hasta el final noté que en ella todo llevaba a la Iglesia Católica»

Doña Lucilia aceptó aquello con toda naturalidad, como si alguien le hubiese dicho: «Tengo sed y me voy a tomar este vaso de agua», y respondió elogiando su actitud. Años más tarde, comentaría el Dr. Plinio: «Ese día la quise y la admiré más que antes. Porque le había hecho un test y lo había superado brillantemente».

Aunque no fuera su madre, la amaría con el mismo afecto

Por otra parte, el Dr. Plinio llegó a afirmar que se había puesto varias veces durante su vida ante un problema, en apariencia, contrario al anterior, pero cuya esencia era la misma: «¿La quiero tanto porque es muy buena o porque es mi madre? Si en vez de ser mi madre fuese mi tía o una señora de sociedad o una pariente o una prima mayor, ¿la querría como la quiero? ¿Sí o no?».

Y la respuesta surgía enseguida, sin lugar a dudas: aunque no fuese su madre y, por lo tanto, no tuviese ninguna relación natural con él, si la conociera en cualquier parte del mundo, la amaría con el mismo cariño, el mismo afecto, la misma estima y la misma consideración que le dispensaba.

«Yo querría tenerla como madre. Y si fuese, por ejemplo, mi tía, buscaría un pretexto para ir a su casa todos los días, me las arreglaría para que fuese mi madrina, haría cualquier cosa para hacer explicable que, aunque yo fuese su sobrino, tuviese con ella la relación que tengo con mi madre. Si fuese una prima, simile modo.1 Si fuese una señora de sociedad, sería mucho más difícil, pero acabaría encontrando la manera de que eso sucediera así». 

Extraído, con pequeñas adaptaciones, de:
Clá Dias, EP, João Scognamiglio.
El don de la sabiduría en la mente,
vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira
.
Città del Vaticano-Lima:
LEV; Heraldos del Evangelio,
2016, t. i, pp. 162-166.

 

Notas


1 Del latín: de manera similar.

 

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