Amor a la autoridad y al sacerdocio

El arte de educar a un niño consiste en inculcarle el amor a la autoridad. Por su ejemplo y palabras, Dña. Lucilia les enseñó a sus hijos a venerar lo que era superior a ellos, especialmente las almas consagradas a Dios.

En la época en que formé mi espíritu, la Revolución insistía mucho en un punto pésimo, en el que hoy ya no insiste porque cree que ha vencido la batalla. Cuando yo era joven, la batalla estaba casi ganada, pero aún quedaba algo que se resistía a la Revolución.

La idea era la siguiente. La bondad consistiría fundamentalmente en no causar sinsabor, tristeza, mala disposición de alma a nadie. Así, todo lo que representara autoridad sería, en cierto modo, contrario a la bondad. Esto se debe a que la autoridad impone el cumplimiento de la ley y toda ley disgusta a alguien en algo. La autoridad tendría, por tanto, la finalidad de contrariar y hacer sufrir a los otros. Luego, el mundo ideal sería aquel en el que no existiera autoridad.

La autoridad es amiga de los hombres

En primer lugar, no es cierto que la autoridad tenga como finalidad causar sufrimiento. Al contrario, el mundo sería un infierno si no hubiera autoridad que impidiera a los malos atormentar a los buenos. Porque existe autoridad es por lo que, por ejemplo, los ladrones no pueden robar —o roban lo menos posible— y los asesinos tiene miedo de matar. Se puede circular tranquilo por las calles porque hay leyes de tráfico y autoridades encargadas de hacer cumplir esas leyes; de lo contrario, o bien no se usarían vehículos y la gente se vería obligada a ir a pie, o bien los vehículos estarían atropellando a las personas a cada momento.

Es decir, la autoridad existe para hacer cumplir las leyes y proteger a los buenos. Es amiga de los hombres, no una enemiga. Les hace sufrir —eso es otra cuestión—, a causa del pecado original.

En efecto, después de la falta de Adán, el hombre se ha visto inclinado hacia el mal y sujeto a error. La autoridad se opone a que haga lo que no debe y, por consiguiente, de alguna manera su presencia es desagradable. Si imaginamos, no obstante, una sociedad sin autoridad, comprenderemos cuán deleitosa es su presencia.

Escalera y pasamanos de piedra

El pasamanos de una escalera

Un ejemplo más concreto de esa realidad lo encontramos en el pasamanos de una escalera.

A menudo, a los niños les gusta bajar por el pasamanos de la escalera en lugar de hacerlo por los escalones. Si la barandilla es muy lisa y se presta para ello, se deslizan de arriba abajo. Puede ser divertido, pero es una imprudencia. Si un niño se cae desde cierta altura podría lastimarse la columna y quedarse paralítico. Si tuviera diez años y viviera hasta los noventa, pasaría ochenta años tendido en la cama, a la espera de la liberación de la muerte, porque no consideró la autoridad que lo obligaba a respetar el pasamanos.

La autoridad juega el papel de un pasamanos en la vida: ayuda a caminar, protege a las personas. Todo esto la hace presentable y agradable, como ocurre con una barandilla bien construida y bonita.

Un tono de voz que inculcaba respeto por la autoridad

El arte de educar a un niño consiste en formarlo haciéndole ver el lado razonable de la autoridad y el bello aspecto de la jerarquía, a fin de que ame la obediencia. Así pues, se vuelve amigo de la Contra-Revolución, en lugar de hacerse amigo de la Revolución.

La actitud de mi madre ante este problema era la siguiente.

Su voz, aunque no fuera de cantante, era muy agradable para la conversación, llena de inflexiones. E inflexiones muy suaves, dulces, que correspondían a los movimientos de su temperamento y expresaban lo que quería expresar. A causa de ello tenía también tonos muy graves, profundos, que no eran a manera de regañina, sino que hacían ver la gravedad de lo que estaba diciendo.

Su temperamento era capaz de manifestar una gran seriedad y, al hablar, solía tomarse muy en serio todo lo que decía. Cuando mencionaba a cualquier autoridad, hablaba con cierto respeto y tenía una forma de modular la voz que nos hacía sentir por qué y de qué manera esa autoridad era respetada.

Veneración para con el sacerdocio

Esto ocurría, por ejemplo, en la manera en que se refería a un sacerdote.

Mi padre tenía un primo que era cura; se llamaba Luis Cavalcanti. Era un hombre muy inteligente; había estado soltero hasta la madurez y, en determinado momento, decidió hacerse sacerdote; se ordenó en la archidiócesis de Río de Janeiro.

Mantenía muy buena conversación. Entonces cuando venía a São Paulo era invitado a nuestra casa para comer o cenar. También asistían parientes de mi madre, para oír las palabras de ese primo de mi padre. Y hacían bien, porque era sacerdote y sostenía discusiones con algunos de mis tíos que eran ateos.

En esas discusiones se encontraba en una posición ventajosa por su cultura e inteligencia, pero argüía con cortesía y amenidad. De manera que a esos tíos míos incrédulos hasta les gustaba rendirse y se reían; el sacerdote, cuando los ponía contra la pared, también reía de un modo amable y todo ello constituía una conversación muy afable. Yo, porque era muy pequeño, no entendía bien los temas que trataban, pero me agradaba observar el juego de fisonomías, los tonos de voz, las actitudes de las personas.

Mi madre tenía un hermano muy listo, que le hacía al sacerdote preguntas provocadoras. Yo me quedaba mirando al cura y pensaba: «Esta vez parece que está contra las cuerdas». Él le escuchaba con mucha calma y le decía: «Sabe usted, eso hay que considerarlo desde un enfoque diferente». Le daba un giro al planteamiento, lo ponía en el punto justo y a mi tío le salía el tiro por la culata.

Cuando Dña. Lucilia hablaba de ese pariente, nunca lo hacía sin una inflexión de voz propia a dar a entender que, además de ser un primo de su marido —por tanto, también su primo—, se trataba de un sacerdote de la Iglesia Católica. Jamás decía «el primo Luis», sino «el padre Luis» y, posteriormente, «el canónigo Luis». Las palabras padre y canónigo adquirían una inflexión que expresaba toda su veneración por él, porque era un ministro de Dios.

El modo con el que mi madre decía «padre» o se refería a él, lo trataba o tenía para con él atenciones especiales y una actitud solícita que no tenía con los demás parientes, hacía que los niños aprendieran qué era un sacerdote, incluso antes de comprender la doctrina católica sobre el sacerdocio. De esta manera, el corazón quedaba predispuesto para recibir lo que la fe habría de mostrar después, a través de las enseñanzas de la Iglesia. 

Extraído, con adaptaciones, de:
«Formando os filhos no amor à autoridade».
In: Dr. Plinio. São Paulo.
Año XIV. N.º 155 (feb, 2011); pp. 6-8.

 

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