Tras los amargos años de la Revolución francesa (1789-1799), el diplomático Talleyrand, al contemplar el desmoronamiento del Antiguo Régimen, dejó un nostálgico testimonio: «Quien no ha vivido en el siglo xviii, antes de la Revolución, no conoce la dulzura de vivir».1
Sin cerrar los ojos a las sombras del régimen absolutista francés de los siglos xvi al xviii, es necesario reconocer uno de sus grandes legados: el refinamiento de las buenas maneras, es decir, la pulidez. Ésta, como su propio nombre evoca, pule y barniza las acciones, las palabras y los comportamientos. Trasciende la mera etiqueta al simbolizar, en el trato humano, su esfuerzo por suavizar las asperezas de la convivencia y promover la civilidad.
En el Ancien Régime, París era el faro del mundo, la Ciudad de la Luz que irradiaba cultura a todo el orbe. Allí, la buena educación impregnaba desde los grandes salones palaciegos hasta las aldeas y sus interacciones cotidianas. Se cuenta que Goethe, el escritor alemán más famoso, al entrar en una pequeña tienda de Longwy, en el noreste francés, fue acogido con tal deferencia por la dependienta que, consciente de sus modales menos «dulces», se vio impulsado a elevar el nivel de cortesía para estar a la altura de la gentileza de su interlocutora.2 De manera análoga, un noble austriaco, también de viaje por Francia, observó que el cochero llevaba consigo una obra del literato Corneille. Admirado, exclamó: «¡Qué país! ¡Qué pueblo! ¡Los cocheros leen a los clásicos!».3
De hecho, la Francia de antaño destacaba tanto por su refinamiento que sus costumbres chocaban con las de otras naciones menos habituadas a la douceur de vivre. No sin picante, el sardónico Montesquieu soltó: «Los ingleses están muy ocupados; no tienen tiempo de ser educados».4 Parece que, por lo demás, la agenda del escritor francés andaba también bastante apretada…
Ornato de las virtudes
En aquellos tiempos dorados, la cortesía se entrelazó con la civilización occidental. Contrariamente a lo que suele imaginarse, la pulidez no era una costumbre artificial ni pretenciosa, sino la traducción del respeto, la elegancia y la benevolencia a los pequeños detalles de la vida cotidiana. Es innegable que las buenas maneras pueden degenerar en hipocresía, máscara de la virtud. Incluso los sinvergüenzas son capaces de exteriorizar cierta civilidad… pero el abuso no excluye el uso.
La cortesía era, ante todo, el ornato de las virtudes. Estaba imbuida de la caridad fraterna preconizada en las Escrituras: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev 19, 18; Mt 22, 39). Por ello, en respuesta a los hipócritas, los franceses acuñaron la expresión pulidez del corazón para indicar que la civilidad brota del interior, de una vida virtuosa. Ahora bien, la «ciencia de las buenas maneras» se revela «indispensable para la felicidad y la virtud de los hombres».5 Y como bien definió el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, «la cortesía es la musicalidad de las relaciones humanas».6 En resumen, la virtud se asemeja a un cuadro cuyo marco se llama pulidez.
Cristo: modelo de buena educación
En el arte de convivir, la humildad es piedra angular y antídoto contra el egoísmo y la incivilidad. Cristo nos dio la lección de su propia vida: era «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29) y el «Maestro de la humildad».7 Antes de enviar a los Apóstoles a predicar, «instituyó doce para que estuvieran con Él» (Mc 3, 14). Jesús quiso, ante todo, convivir. Así pues, el Verbo no se encarnó exclusivamente para rescatar a la humanidad del pecado, sino también para traer una nueva forma de vida (cf. Hch 5, 20).
Con razón Balzac comentó que «la verdadera pulidez presupone el pensamiento cristiano; es como la flor de la caridad, y consiste en olvidarse realmente de uno mismo».8 Hay en la urbanidad una dimensión casi litúrgica: armoniza la abnegación, la bondad y la reverencia, transformando lo cotidiano en un ritual de elevación mutua. Como las rúbricas de un misal, las reglas de cortesía refrenan el individualismo, ensalzan las acciones y nos exhortan a lo sublime.
La pulidez convive con la graciosidad
No obstante, es necesario que la pulidez lleve las riendas de la firmeza: «Lo cortés no quita lo valiente», señala el proverbio español. Así, la dulzura de vivir a veces necesita cierta pizca de sal para sazonar la convivencia con sabores, digamos, más intensos… En este sentido, exhorta el Apóstol: «Vuestra conversación sea siempre agradable, con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar a cada uno» (Col 4, 6). Una convivencia meramente protocolaria resulta insulsa. Para que se vuelva agradable, necesita ser sazonada con gracia, ligereza y un toque de jovialidad.
Un episodio protagonizado por Napoleón III (1808-1873) ilustra que la cortesía, cuando carece de sabiduría, se vuelve insípida. En cambio, la «sal», dosificada con moderación, es el condimento ingenioso de las ensaladas de la vida.9
Un día, al regresar exhausto a sus aposentos, el emperador se irritó por las constantes quejas de su esposa Eugenia. En un arranque de provocación, le espetó:
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y un espejo?
—No —respondió ella.
—Que el espejo refleja y tú no…
La emperatriz no se quedó corta:
—Bien, ¿y sabes cuál es la diferencia entre tú y un espejo?
Ante la intrigada negativa de su marido, Eugenia remató:
—Que el espejo está pulido y tú no.
Tras la «salada» pero bienhumorada discusión, ambos se sonrieron dulcemente…
Recuperar el sabor de la convivencia
Dejemos atrás la Francia de antaño y volvamos a nuestros días, época de prisas, de irreverencia, de encuentros cada vez más mediados por la tecnología. ¿Queda aún espacio para la pulidez? ¡Más que nunca!
A través del buen trato, es posible recuperar el sabor original de la convivencia humana. Ésta no se ha de alimentar jamás de la amargura, fruto de tantos pecados, especialmente la envidia. Tampoco de la acidez, consecuencia directa de uno de los pecados capitales de nuestro siglo: la impaciencia.
La receta consiste en restaurar la sabiduría, una virtud cuyo étimo se remonta precisamente a la palabra sabor. Corresponde al sabio ordenar, dar sabor a las cosas según la justa medida: a veces endulza, a veces sala… ◊
Notas
1 Talleyrand-Périgord, Charles-Maurice. La confession. Paris: L. Sauvaitre, 1891, p. 57.
2 Cf. Lenôtre, G. «Rêveries d’après guerre sur des thèmes anciens. La douceur de vivre». In: Revue des Deux Mondes. Paris. Año XXXIX. N.º 2 (15 mayo, 1917); p. 362.
3 Ibid.
4 Montesquieu, Charles de. «Pensées diverses». In: Œuvres. Paris: Dalibon, 1827, t. vi, p. 311.
5 Lenôtre, op. cit., p. 359.
6 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Musicalidade das relações humanas». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XIX. N.º 224 (nov, 2016); p. 2.
7 Bossuet, Jacques-Bénigne. «Abrégé d’un autre sermon pour le troisième dimanche de l’Avent». In: Sermons. 2.ª ed. Paris: Garnier Frères, 1886, t. i, p. 293.
8 Balzac, Honoré de. «Le lys dans la vallée». In: Œuvres complètes. Paris: Michel Lévy Frères, 1869, t. v, p. 511.
9 Cf. Lee, Elizabeth. Wives of the Prime Ministers. London: Nisbet, 1918, pp. 90-91.

